Hoy nuestra solidaridad con las víctimas no impide condenar la violencia económica y política. De las responsabilidades políticas se habla y está bien que se hable. De solidaridad con las víctimas y de consuelo también se debe hablar y compartir espacios y símbolos.
Pero orillar la violencia económica es hasta violencia cultural. No se puede promover la movilidad hasta la extenuación tanto para trabajo como para turismo y pensar que no pasa nada. La Alta velocidad en España es un despropósito. Países más ricos no tienen tanta. Pero aquí estamos en manos de una élite económica que vive de sus propias burbujas, que hace negocio.
¿Es normal trabajar en Valladolid e ir a diario a trabajar a Madrid? ¿Es normal el aumento del turismo en España? ¿Es normal la incorporación de empresas de trenes a competir sin calcular bien las consecuencias? La movilidad en tren se ha multiplicado por tres y la inversión en mantenimiento no.
Estamos en un momento en que los estudios más sensatos sobre economía nos dicen que hay que cambiar el modelo energético. Lo que ocurre con la energía es violencia, lo que ocurre con la política es violencia. Y nos tememos que la raíz última de la violencia es económica. Se llama capitalismo. Los accidentes forman parte del negocio. Como en la guerra, con víctimas colaterales.

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