“El único problema que tiene la escuela son los chicos que pierde”. Hace ya casi 60 años de esta sentencia de Lorenzo Milani y sus chicos de Barbiana. Hoy sigue siendo una sangrante y cruda realidad.
La asociación de directores de la escuela pública valenciana (ADEP-PV) denunció ante la Consellería de Educación de Valencia en 2025 una “sobrecarga burocrática inasumible”, recortes y falta de recursos humanos y materiales. Y, sobre todo, las dificultades para poder atender adecuadamente al alumnado con más necesidades educativas. Su presidente tildó la situación de “insostenible”.
Los docentes del IES Miquel Peris, en Castellón, denunciaron públicamente en medios autonómicos en mayo de 2026 que el centro solo tenía una pedagoga terapéutica y media jornada de Audición y Lenguaje para más de 740 alumnos.
La Asociación de Equipos Directivos de Infantil y Primaria de Aragón (AEDIPA) denunció en 2026 que los directivos estaban al límite por el exceso de funciones administrativas, agotamiento, falta de medios e incremento de responsabilidades sin apoyo suficiente.
La Asociación de Directores y Directoras de Institutos de Andalucía (ADIAN) denunció ya en 2016 falta de financiación, falta de planificación, carencia de profesorado y materiales y numerosos perjuicios directos para el alumnado, especialmente para los que más lo necesitan.
El sindicato CSIF denunció públicamente en 2022 el “exceso de papeleo superfluo” en los centros educativos señalando que la burocracia resta tiempo de atención al alumnado, aumenta la frustración del profesorado y perjudica la preparación de las clases. En Jaén también hubo protestas relacionadas con la atención al alumnado con necesidades especiales por precariedad del personal técnico de integración social (PTIS).
En A Coruña, el IES de Brion apareció en medios por denuncias sobre la saturación del centro, la falta de plazas, la insuficiencia de recursos y problemas graves para el alumnado con necesidades educativas especiales. Las familias y responsables educativos afirmaban que la administración “miraba para otro lado”.
La Asociación ADIMAD (Asociación de Directores de Institutos Públicos de Madrid) lleva años publicando comunicados sobre el deterioro de la escuela pública, el exceso burocrático, la falta de personal, problemas de convivencia y salud mental y sobrecarga de los equipos directivos.
Y así podríamos continuar enumerando denuncias de Directoras y Directores hasta rellenar “el Libro gordo de Petete”. Su clamor a pie de obra retumba en los despachos de los “pedagogos de salón” que ocupan los puestos principales del Ministerio y de las Consejerías de Educación. Los alumnos de Milani en su popular “Carta a una Maestra (1967)” tildaron a la maestra como hoy nosotros a los responsables políticos de la educación: “Sois simplemente unos superficiales”.
La injusticia educativa no siempre llega envuelta en castigos o expulsiones visibles. A veces adopta formas más silenciosas: papeles, plataformas, estadísticas, protocolos, instrucciones, requerimientos, informes interminables, pruebas de diagnóstico que no sirven más que para maquillar una mediocre formación. Mientras los despachos de los centros educativos multiplican los procedimientos, en las aulas siguen siendo desatendidos los que más necesitan una escuela más humana y más cercana.
Los hijos de la desigualdad, los que llegan cansados, los rotos, los invisibles, los que necesitan tiempo, escucha y oportunidades; necesitan menos papeles y más tiempo. Precisamente, eso -el tiempo- es lo que la burocracia está robando a directoras, directores y docentes. Cada hora dedicada a justificar evidencias es una hora menos para acompañar a un alumno. Cada plataforma duplicada, cada protocolo interminable, cada trámite innecesario; aleja a los equipos directivos de la verdadera tarea educativa: sostener personas, construir comunidad y evitar que nadie se quede atrás.
Como decía Milani, hoy seguimos perdiendo demasiados chicos fruto de la innecesaria repetición de curso, del fracaso escolar y del abandono escolar temprano. Y no siempre es porque abandonan físicamente el sistema, sino porque muchos dejan de sentirse mirados mucho antes. ¿Quién fracasa, el alumno o el sistema?
La burocracia no golpea igual a todos. El alumnado con más recursos siempre encuentra apoyos fuera: academias, familias disponibles, acompañamiento emocional, , estabilidad… Pero quienes dependen exclusivamente de la escuela pública necesitan centros presentes, equipos humanos disponibles y direcciones capaces de liderar pedagógicamente, no solo de gestionar administrativamente.
Sin embargo, la realidad diaria de muchos centros es otra: directoras resolviendo incidencias administrativas hasta la noche; directores atrapados entre aplicaciones que no funcionan, inspecciones, requerimientos y urgencias constantes; equipos agotados intentando responder a todo mientras lo esencial se escapa lentamente. Y lo esencial siempre tiene nombre y rostro. Es el niño que empieza a faltar a clase, el adolescente que desconecta, la familia que dimite. Es el niño “que molesta” aunque en realidad lo que está pidiendo es ayuda. Son esos últimos de los que habla Barbiana. Los que el sistema no debería permitirse perder jamás. Para nosotros, los últimos son nuestros “ángeles” (término que proviene del griego “ággelos” cuyo significado es “mensajero” o “enviado”. Son los que nos anuncian que lo nuevo y necesario está por venir). Los últimos no tienen la culpa de lo que les pasa. La promoción educativa es su única tabla de salvación para alcanzar la igualdad social que tanto necesitan. Por eso, la escuela pública debe ser compensatoria y ayudar más a los que más lo necesitan. Como decía Milani: “No hay mayor injusticia que tratar con igualdad a los que son desiguales”.
La educación pública necesita menos burocracia y más presencia. Menos cultura del control y más cultura del cuidado. Menos obsesión por documentarlo todo y más capacidad para escuchar lo que verdaderamente ocurre dentro de una escuela. Cuando la Administración convierte la educación en un laberinto de procedimientos, quienes primero se quedan atrás son siempre los mismos. Los últimos. Los más vulnerables. Los que siguen cayendo silenciosamente por el desagüe de la burocracia.
Manuel Pérez Real. Dos Hermanas, 16 de mayo de 2026.
