Al lanzarla, el arco le susurra a la flecha “tu libertad es la mía”. En esta cita de
Rabindranath Tagore, filósofo, dramaturgo y poeta bengalí, se recoge el sentido profundo
de la educación social. El arco: una generación que mira el mundo que habita y se propone
transformarlo para que quienes llegarán más adelante (la flecha) emprendan retos
diferentes y continúen, a través las camadas venideras, lanzando un mensaje de
esperanza, superación y aprendizaje en un ciclo que no termina y que siempre es diferente.
Es la transformación constante del mundo a través de la transmisión de los errores y los
aciertos y, sobre todo, la sabiduría que cada generación extrae de ellos. Es compartir el
fuego, es “impulsar lo que no se controla” hacia el futuro, mientras se lucha por crear en el
presente las condiciones para que ese futuro sea posible. Es ser el arco y ser la tierra,
donde otros puedan florecer. Estas comparaciones me sirven para hablar de la belleza de mi profesión. Pero no buscan
sólo ser bonitas: todas hacen referencia a una tarea que implica las manos; tacto y
precisión, firmeza y cuidado. Todas las tareas de mis comparaciones son oficios manuales
que requieren conocimiento, experiencia y compromiso personal. No le confiaríamos un
arco a cualquiera... ¿Verdad?
En el día a día, la intervención socioeducativa es un conjunto de tareas destinadas a
generar espacios de valor y de valores educativos en pro de la vida en común, el espíritu y
pensamiento crítico, la justicia y la solidaridad. Ya no como virtudes morales, sino como
elementos clave de la supervivencia de la raza humana hasta la fecha. Estas tareas, se
dividen en tres grandes grupos:
En primer lugar, la intervención directa con participantes (o generación de contextos con los
y las protagonistas de las transformaciones que las educadoras sólo intuimos).
Por otro lado, diálogos de equipo (es obvio que los valores, prácticas y estilos que se
promueven deben ser discutidos con rigor y estar presentes en el ambiente y esto requiere
dedicación y revisión permanente)
Y, finalmente, revisión de procesos (rendición de cuentas a la institución que ampara estas
tareas, registro documental que permita la memoria colectiva, evaluación de aprendizajes,
etc)
En la actualidad la educación social que, según lo dicho más arriba, debería ser un bien
común, está casi en su totalidad circunscrita a paliar la injusticia social. A parchear con
limosna y/o entretenimiento situaciones sistémicas de pobreza, exclusión y otras violencias.
En otras palabras, la educación social se vive como una asistencia para pobres y
excluíd@s, para que se integren, para que se saquen el graduado, para que encuentren
trabajo en Amazon, para que no de guerra y produzcan, como todos. Pero ese es otro tema.
No podemos ocuparnos de este vicio flagrante de nuestra profesión porque estamos muy
ocupadas; tenemos las manos en otra cosa: la burocracia.
La burocratización (entendida como el papeleo al servicio de la autobombo y no del registro
profesional ni de la creación de memoria colectiva) de la intervención educativa ha
provocado que la educación social “se nos vaya de las manos”. Educadoras y educadores
no podemos pararnos a pensar para qué (y para quién) sirve realmente lo que estamos
haciendo porque nos pasamos la mitad de nuestra jornada rellenando informes que nadie
va a leer con interés, produciendo documentación con verdades a medias para legitimar un
determinado flujo de recursos que no es adecuado ni suficiente y redactando objetivos que
no desafían a nadie porque no son el fruto de ninguna búsqueda colectiva con participantes.
Estamos muy ocupadas haciendo nuestra parte de la cadena para mantener este absurdo.
La educación social hoy está financiada por organismos públicos y privados: desde el
Ministerio de Trabajo hasta Coca Cola. Más allá de sus intenciones filantrópicas o la
responsabilidad social corporativa (y sus consecuentes desgravaciones en el fisco), en el
caso de las privadas; más allá de la necesaria supervisión del cómo y en qué se emplean
los recursos de la bolsa común, en el caso de los organismos públicos; más allá, en
definitiva, de cuestionar las razones por las que los financiadores deciden poner dinero al
servicio de determinados proyectos de intervención social, nos topamos con la siguiente
cadena: su dinero, su interés, su objetivo.
Por tanto, si el Ministerio de Trabajo, considera que lo importante de un proyecto educativo
con jóvenes es que formen parte de forma eficaz y ajustada del engranaje del mercado
laboral, premiará en sus concursos a aquellas entidades (privadas de mayor o menor
envergadura, pero con un gran músculo gestor, lo que supone una cantidad de recursos
que deja fuera del juego a entidades pequeñas y a pie de calle como Asociaciones de
Barrio, Juveniles, etc) cuyos programas tengan entre sus objetivos principales la
empleabilidad. Hasta aquí es hacer política. Al servicio del mercado laboral y no del bien
común, pero se le llama decisión política. Sin embargo es a la financiación de las entidades
privadas o sus fundaciones algo a lo que no sé cómo llamar…¿estratégica inversión de
capitales en márketing?; ¿producción de consumidores fidelizados a su marca por una
experiencia personal, biográfica, de alta activación emocional?. No ahondaré en esta
cuestión, pero el hecho de que transnacionales cuyo objetivo es sacar el máximo beneficio
al menor coste posible estén financiando proyectos educativos debería ser incluso aún más
preocupante, ya que los mecanismo de rendición de cuentas y depuración de
responsabilidades de estas trasnacionales son mucho más vagos y laxos. Una vez más:
quien paga, manda.
Además de las consecuencias éticas, en la contingencia del día a día, el resultado es que
en las organizaciones dedicadas a la educación social, el tiempo que se dedica a tareas de
gestión (para la captación de fondos o para la justificación de gastos) es cada vez mayor.
Esto, a su vez, tiene dos consecuencias:
Por un lado, educador@s, que deberían ser agentes de cambio, se limitan a cumplir con lo
que se les pide para huir de la precariedad y quedan con las manos atadas al teclado y
alejados del trato y el acompañamiento de las personas para las que realmente trabajan y
de la reflexión colectiva y organizada como profesionales que sería tan necesaria ante un
panorama como el actual.
Por otro, la educación social, incluso la intervención socioeducativa más urgente por lo
alarmante de algunas situaciones, se convierten en una feria de imágenes de niñas
racializadas sonrientes, números que han de cuadrar, logos y sellos de calidad +500. Y en
esta feria de concursos, licitaciones y sorteos sólo las grandes organizaciones con una gran
cuerpo gestor y de marketing, tienen opciones de competir. Sí: competir. Abaratando el
coste, precarizando a la plantilla, y reduciendo los recursos que deberían estar destinados a
la implementación de los programas en pro del objetivo educativo.
En esta situación, un ambiente de resignación, de “no se puede hacer más”, de impotencia,
de cansancio y de frustración se apodera de nosotras, educadoras, referentes, y nos vuelve
dóciles para seguir reproduciendo el sistema que no sana las heridas, sino las perpetúa.
Esto no está ocurriendo sólo con la educación e intervención social por estar casi
completamente externalizada y sometida al juego de los concursos, sino que también está
ocurriendo con la educación formal pública, como se recoge es este articulo de Andreu
Navarra en El País, https://elpais.com/educacion/2021-01-04/educacion-burocracia-y-espectaculo.html
Entonces, ¿Cómo se sale de este círculo vicioso? ¿Cómo recuperamos nuestra profesión, su
dignidad y su capacidad de transformar el mundo e imaginar colectivamente un futuro mejor
para todos? Probemos lo que ha funcionado siempre en la Historia y la Prehistoria de
nuestra especie: es urgente que nos busquemos para aliarnos. Es urgente volver a la tierra
y sembrar. Si somos necesarias para mantener despierta la pesadilla de Sísifo , eso quiere
decir que también tenemos poder para terminarla. Aunque aún no sepamos cómo, está en
nuestras manos.
Ahora más que nunca: Política solidaria
Garazi García Ortega