domingo, 10 de mayo de 2026

El brote actual de hantavirus y la necesaria prudencia


El antecedente de la pandemia por COVID-19 ha contribuido a incrementar la alarma, pero cabe insistir en que las características epidemiológicas del Hantavirus y las de la COVID-19 son muy distintas, con una transmisibilidad mucho menor del primero.

Andreu Segura y Amando Martín-Zurro

La preocupación social que está suscitando el brote epidémico detectado en el crucero MV Hondius, incrementada por la atención que los medios de comunicación dedican a determinadas circunstancias y situaciones –aunque no se conocen todos los aspectos implicados–, no ayuda a comprender cuál es el auténtico nivel de riesgo para la salud de la población. Los medios acentúan lo que resulta más sensacionalista, generando confusión y fomentando un bazar exagerado que promueve reacciones defensivas que podrían tener consecuencias perjudiciales, incluso peores que el brote mismo.

Porque las medidas preventivas, como cualquier intervención sanitaria, no son total y absolutamente inocuas. De ahí que sea necesario ponderar entre los beneficios esperables –en este caso, evitar eventuales nuevos casos, que ciertamente pueden ser graves– y los potenciales efectos adversos para las personas implicadas: los directos –dedicar unos recursos a la prevención que no se podrán dedicar a otros problemas más graves– y los indirectos –las interferencias a la vida cotidiana que más conlleva.

Los hantavirus son una familia de virus con ARN –ácido ribonucleico– algunos de los cuales parasitan animales, sobre todo roedores, que pueden convertirse en fuentes de infección para las personas susceptibles, contagios que habitualmente se producen al inhalar polvo contaminado con restos de orina o de heces de las bestias , o al entrar en contacto las mucosas –de los ojos, la nariz o la boca, con algún objeto manchado con estas heces, y mucho más raramente, por mordeduras o arañazos de los animales transmisores.

En algunos lugares de América del Sur se han notificado algunos casos sospechosos de contagio por contacto personal, asociados a una cepa específica del virus denominada Andes que, al parecer, es la causa de los casos que nos ocupan: un total, a fecha de 9 de mayo, de ocho sospechosos –tres muertos y cinco confirmados– de un total de 150 personas. En general, estos contactos deben ser persistentes e intensos, pese al antecedente –por ahora extraordinario– de un brote más contagioso.

Las infecciones por hantavirus que afectan a los humanos no siempre provocan manifestaciones clínicas, pero, en algunos casos, cuando lo hacen, pueden producir formas muy graves como las afectaciones pulmonares o de los riñones, con una letalidad elevada –proporción de muertes entre los afectados–, que puede superar el 25%, una gravedad clínica que no comporta un impacto poblacional significativo. Una situación que comparte con el tétanos, que cuando se sufre puede provocar la muerte, pero no causa mucha mortalidad en el conjunto. Está claro que el tétanos se puede prevenir con vacuna, lo que no ocurre con el hantavirus, pero la realidad es que los hantavirus son mucho menos problemáticos.

Por otro lado, que se haya convertido en un brote epidémico tampoco implica un riesgo relevante de propagación epidémica, ni mucho menos, pandémica. De hecho, desde los años 90, fecha en la que está documentada la enfermedad en Chile, se han producido algunos brotes, pero todos ellos suficientemente limitados en cuanto al número de infectados.

Por lo que se refiere a las reacciones de las autoridades sanitarias canarias, españolas y catalanas, por lo que sabemos, han sido coherentes con los compromisos establecidos por el Reglamento Sanitario Internacional e, incluso, han merecido los elogios del director general de la OMS. Tal vez, si ya funcionara la Agencia Estatal de Salud Pública como una entidad autónoma de reconocido prestigio –aprobada parlamentariamente pero aún inédita– podríamos habernos ahorrado algunos disturbios partidistas y sensacionalistas distorsionadores que confunden a la opinión pública.

Por ejemplo, la noticia de que una azafata de la compañía aérea KLM que había estado en contacto con una de las víctimas del brote -y que murió en Johannesburgo, donde había sido evacuada del barco donde había muerto su esposo- se había contagiado, generó más alarma, hasta que fue definitivamente desmentida, al resultar negativas.

Aunque, como el período de incubación de la enfermedad se estima que oscila entre una y seis semanas o más, no había tiempo material para que los leves síntomas respiratorios que la azafata sufrió fueran atribuibles al contagio por la mujer traspasada.

Extremar las medidas de seguridad –aunque no sean necesarias– en ocasiones es una manera de “curarse en salud” y guardarse las espaldas de los responsables políticos y sanitarios ante eventuales reivindicaciones populares o partidistas, pero a veces –aunque pueda parecerlo– tampoco mejoran realmente la credibilidad ni la confianza. Convertir en una cuestión central que el barco atraque o fondee en un puerto u otro, o que los viajeros sean trasladados con una circunspección desorbitada, si atendemos a todo lo que sabemos sobre los mecanismos de transmisión [1] .

La alarma y el miedo no son factores que promuevan actitudes prudentes. Entendiendo la prudencia como una disposición sensata, que no pusilánime ni asustada. Una cautela exagerada es, además de desproporcionada, potencialmente perjudicial, porque fomenta ilusiones –errores de percepción– que en vez de protegernos nos hacen más vulnerables ante el riesgo de eventuales epidemias, dado que el riesgo cero es imposible, aunque en la práctica nos cueste asumirlo El antecedente de la pandemia por COVID-19 ha contribuido a incrementar la alarma, pero cabe insistir en que las características epidemiológicas del Hantavirus y las de la COVID-19 son muy distintas, con una transmisibilidad mucho menor del primero.

De ahí que convenga evaluar cualquier propuesta preventiva lo más rigurosamente posible, aunque sea para evitar que el remedio sea peor que la enfermedad. Es preciso insistir en la necesidad de que nuestras autoridades sanitarias apliquen los instrumentos y procedimientos de que disponen para monitorizar la evolución de los contactos, detectar en su caso la aparición de nuevas infecciones y, si fuera necesario, proceder al aislamiento de los afectados, sosegadamente, informando a la población con transparencia –que no quiere decir detalladamente, sino sin detalle, sino de alarmas injustificadas y noticias falsas.

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[1] Recordemos el traslado del misionero moribundo afectado por el virus Ébola que fue expatriado a Madrid con unas precauciones espectaculares presumiblemente exageradas y el contagio de Teresa Romero, auxiliar de clínica que atendía al enfermo, a pesar del uso –seguramente inadecuado– de un sofisticado equipo de protección individual. Por cierto, Teresa Romero, diagnosticada el pasado 6 de octubre del 2014, recibió el alta afortunadamente el 5 de noviembre, aunque ya había dado negativo por Ébola el 19 de octubre. Y en ese período sus vecinos, con propósito desinfectante, le destrozaron el piso y mataron a su perro Excalibur.

 

martes, 28 de abril de 2026

Prioridades nacionales

Tengo preguntas. Algunas. Molestas quizá. ¿Qué es prioridad nacional?

¿Las mascotas de los españoles deben ser atendidas en la sanidad pública antes que las embarazadas que llegan en patera?

¿Si agresor español machista está triste porque su pareja lo abandonó tiene que ser atendido antes que la mujer nigeriana que él mismo violó? ¿Es eso prioridad nacional?

¿Para cuidar mi ciudad, o mi isla, o mi país enviamos todos los residuos químicos, electrónicos etc a África? ¿Eso es prioridad nacional?

Puede un joven de Las Palmas reservar una plaza universitaria sin aprovecharla y que niños de una familia hondureña no tengan escuela infantil? ¿Eso proponen?

¿Es prioridad nacional que los españoles tengan viajes pagados por el Inserso y los migrantes no puedan ir a los funerales por sus padres?

Claro que en algunos casos se da, de hecho, la prioridad nacional pero hay algo que hay siempre. Siempre hay prioridad para el que tiene. Prioridad para el que puede. La mascota del rico tiene lo que falta al niño del pobre. Existe la prioridad de clase, de origen social.

La justicia o es para todos o no es justicia. No enfrentemos a pobres de aquí con pobres de allá. Solidaridad.

Ahora más que nunca: SOLIDARIDAD

Eugenio A. Rodríguez

lunes, 13 de abril de 2026

CONSUMIDORES



La profesión se dejó de poner en el DNI a mediados de los 80 del siglo pasado, pues esta dejaba de ser fundamental para la inserción de la persona en la sociedad. Entonces se comenzaba a tener que realizar diversos trabajos durante la vida con frecuentes períodos de paro. Antes cada uno ocupaba un lugar en la sociedad desempeñando una profesión, era su aportación al común, lo que demandaba un sentido de profesionalidad, había motivos para exigirse a uno mismo y que te exigieran.

En enero de 2026 la UE firmó el acuerdo comercial con MERCOSUR y los medios anunciaban un mercado de más de 700 millones de “consumidores”, no decían de “trabajadores, profesionales, ciudadanos...”. En el pasado así se presentaron los acuerdos comerciales de la UE con otros países, o cuando se incorporaba a la UE un nuevo país se decía que sumaba consumidores al club europeo.

La economía actual necesita a la población más como consumidora que como productora de bienes. Esto se ve en hechos como:
-Dar a los jóvenes 400 € al cumplir 18 años para gastarlos en bienes culturales (en cultura de consumidor).
-Las ayudas a la juventud para viajar casi gratis por España y Europa.
-Viajes del INSERSO para jubilados con alojamiento en hoteles, balnearios... en temporada baja.
-“Vales” de compra organizados por ayuntamientos y asociaciones de comerciantes para comprar en ámbitos y tiempos determinados.
-Bonos turísticos que ponen en marcha las autonomías.
-Concursos de los medios de comunicación que incentivan el consumismo.

Todo ello con el fin de “adiestrar” en el consumismo y sostener negocios para incrementar la economía.

Tratar a la persona como consumidora es una primera agresión a su conciencia que le dificulta interrogarse sobre quién es y lo que está llamada a ser en diálogo con la sociedad, para que no reflexione sobre sus responsabilidades en la historia personal, familiar, social, política, económica y cultural. Paso a paso le dirigen la conciencia para que no sea protagonista de la historia en solidaridad, constructora de una sociedad más justa con sus semejantes, hacedora de puentes de colaboración con el próximo, pero sí sea un ser pasivo con más necesidades de consumo cada día. La publicidad le descubre nuevas “necesidades que no sabía que tenía”.

La cultura consumista provoca que el ser humano sea alienado (alien-ado, viva ajeno a sí mismo) y, por tanto, sea parte de una muchedumbre que se reúne en espectáculos de consumo masivo en el que crezca el ser manada, el gregarismo o en apariencia aislado pero atrapado “en las redes sociales” en el sentido más despersonalizado. Lo aleja de la reflexión y del diálogo en un compromiso político para conseguir el bien común.

El consumismo mira los seres humanos desde la perspectiva material y biológica. Cuando Viktor Frankl tenía 13 años su profesora de Historia Natural explicó en clase la tesis de que la vida de los seres vivos, incluidos los humanos, no era más que un proceso de “oxidación y combustión”. Él le preguntó con pasión: “entonces, ¿qué sentido tiene la vida humana?” En el evangelio la primera tentación que sufre Jesús de Nazaret en el desierto viene a ser la del consumismo, el materialismo, y la respuesta de Jesús es “no solo de pan vive el hombre”, pues este es un ser cultural, simbólico y espiritual.

La persona está llamada a trascenderse, a ser libre eligiendo entre las posibilidades existentes o creadas en cada momento y, por lo menos, puede decidir que postura existencial tomar ante lo que sucede inevitablemente. Las elecciones hechas pueden ser conscientes o inconscientes, rutinarias o pensadas, personales o de la masa, dialogadas o cerradas en uno mismo, las de menos coste o las que más humanicen, las de la propaganda y medios de comunicación o de la propia conciencia en busca de la verdad.

No es bueno admitir la degradación de ser considerados consumidores cerrados en lo material y zoológico. Seamos personas de conciencia corresponsables del destino de la sociedad y creadoras de justicia, paz y solidaridad, las que hacen que la sociedad cada día sea más humanizada y fraternal a imagen del Dios Trinitario, Comunidad en perfecta solidaridad.

La dignidad personal nos llama a vivir con responsabilidad y libertad ante la propia conciencia, los demás, la historia y Dios. Necesitamos recursos para vivir, pero lo que define la persona no son los bienes materiales consumidos, sino su actitud existencial y los valores que asume en su vida diaria.

Ahora más que nunca: SER PERSONA

Antón Negro



El brote actual de hantavirus y la necesaria prudencia

El antecedente de la pandemia por COVID-19 ha contribuido a incrementar la alarma, pero cabe insistir en que las características epidemiológ...