Si por religión se entiende un conjunto estructurado de normas morales y reglas de conducta, el cristianismo no es una religión como se deduce de la afirmación de Jesús: “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). O la de León XIV en Barcelona en el estadio de Montjuic a Carmina: “El mismo Evangelio, si lo leemos como un libro de indicaciones, de mandamientos y de deberes, corre el riesgo de causarnos mucho desánimo y frustración”.
También si por religión se entiende que las personas deben apartarse del mundo y de la vida real, que se debe construir un muro de separación entre lo religioso y lo profano, pues en este caso el cristianismo tampoco sería una religión, pues en el evangelio de Juan (17,15.18) Jesús afirma en la conocida como oración sacerdotal: “No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno (...) Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo”.
Además el cristianismo incorpora palabras de la vida cotidiana, es decir profanas, de origen griego o latino para acciones fundamentales de la vida cristiana como son evangelio (buena noticia), obispo (guardián), presbítero (más viejo), presbiterio (lugar de los más viejos), diácono (siervo), eucaristía (acción de gracias), iglesia (asamblea), católico (universal), ministro (servidor), ministerios (servicios), basílica (de basileus = rey, lugar de gobierno del rey), catedral (cátedra = lugar donde se enseña)...
El misterio de la Encarnación implica que nada humano es ajeno para un seguidor de Jesús, pues confesamos que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Por ello afirma la G.S. 22 “El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... (Cristo) manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”.
Las personas necesitan una ética y unas leyes para organizar la convivencia social y saber cómo comportarse en las diversas situaciones. Por ello las asociaciones y los grupos humanos tienen estatutos y reglamentos de régimen interno. Incluso una banda de ladrones tiene normas: no matarse ni robarse entre sí y respetar los acuerdos. Las leyes deben ser accesibles y tener carácter universal. Pero la fe cristiana no se rige por leyes y normas y por ello Pablo de Tarso le hace una crítica radical a la Ley en la carta a los Gálatas, aunque reconoce que tuvo una función de ayuda mientras no se llegó a la fe: “De manera que la Ley ha sido nuestro pedagogo hasta Cristo, para ser justificados por la fe. Mas, una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el pedagogo” (Gal 3, 24-25).
La fe cristiana tampoco es una ideología como afirma Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DCE nº 1). Ser cristiano es tener una relación amorosa con el Dios Trinitario, pues dice la 1ª carta de S. Juan (4,8): “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”. Y la comenta San Agustín: “Ama y haz lo que quieras: si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor”. En esa relación amorosa se acoge la Gracia que nos facilita ser más humanos, sabiendo que Dios nos espera con los brazos abiertos como enseña la parábola del Padre Bueno (Lc 15,11ss). Si por religión se entiende laligazón con Dios amor, entonces sí el cristianismo es religión.
Estoy de acuerdo con los que dicen, como me dijo un no creyente, que ser cristiano es una alegría, que nos remite a ser bienaventurados, dichosos. Por ello el cristianismo resulta ser un estilo de vida con una relación (re-ligazón) especial con Jesucristo que nos dio su mismo Espíritu para que el amor sea la clave de todas las relaciones humanas, que nos lleven a ser un pueblo, una comunidad de hijos de Dios y amigos de Jesús, como Él nos llama en el evangelio (Jn 15,15). Ser cristiano es acoger el amor incondicional de Dios manifestado en Cristo Jesús que transforma la vida y nos hace capaces de perdonar a quien nos hizo mal, como nos muestran tantos hechos históricos en España y en el mundo.






