miércoles, 23 de septiembre de 2026

Ceuta, cuentas y pago de facturas

A lo largo de las luchas sociales del siglo XX se fue acuñando una idea realmente luminosa: "privatización de beneficios y socialización de pérdidas". Yo la escuché a Julián Gómez del Castillo. Luego he sabido que la han usado muchos otros en todo el mundo, especialmente en el último tercio del siglo XX, a partir de los análisis del movimiento obrero.

El origen real de la frase es la observación atenta y persistente de la realidad. Para que se dé una respuesta hace falta una primera observación de la realidad, que es percibir el sufrimiento del otro como algo injusto. Si lo ves natural, no hay respuesta. Todas las revoluciones han partido de ver, sentir y empatizar con el sufrimiento. Pero después de esta empatía hay dos formas extremas (paradigmáticas) de afrontarlo, además de todas las posibles intermedias.

Una respuesta frecuente parte de hacer algo que alivie aquello, una asistencia que se queda normalmente ahí, y a veces se consagra en forma de asistencialismo Otra respuesta -muy distinta- se plantea afrontar las causas del problema, y puede llegar a plantearse cambios importantes, que frecuentemente se denominan “revolución”. Hay todo un arco de formas intermedias.

La idea (experiencia, muchas veces) que se resume en “privatización de beneficios, socialización de pérdidas” se convierte en una herramienta de análisis que cambia la visión. Escandalizó a algunos que Pablo VI en su tiempo no menospreciara el marxismo como herramienta de análisis. Las herramientas siempre influyen mucho, hasta a la hora de hacer una pequeña obra de fontanería o de electricidad. Si se aplica la idea que venimos señalando como “herramienta sociológica”, se pueden entender algunos hechos, la acción difícilmente caerá en el asistencialismo y, muy posiblemente, buscará formas revolucionarias. Apliquemos esta “llave” de comprensión a lo que está sucediendo en Ceuta.

En Ceuta entran migrantes. Que no los necesitan los pobres de Europa, sino la burguesía de Europa. Es la clase alta, y también la clase media -creo-, la que se beneficia de esta entrada de migrantes. El beneficio de las migraciones puede parecer universal, pero eso no lo tengo yo tan claro. Los salarios de los limpiadores, o de las jornaleras ¿no subirían si no hubiera migrantes desesperados que se ofrecen para esos trabajos? ¿Es marxismo recalentado decir que el capitalismo necesita el “ejército de reserva del proletariado”? ¿O es un hecho constatable?

Y a la hora de pagar los costes que también generan los migrantes ¿se cargan a los más pobres o a los más ricos? Algunos dirán que, si esos servicios se pagan con impuestos, los están pagando los más ricos. No estoy tan seguro. Démosle una vuelta.

Los ricos de Ceuta han podido enviar a sus hijos a pasar las vacaciones a otro sitio. Los pobres, en cambio, se han quedado sin playa este verano. Los políticos, los altos funcionarios y los ricos que han visitado Ceuta, de todos los colores, probablemente habrán pernoctado en hoteles. Los trabajadores de servicios sociales, policía, ejército... están malviviendo, ¿es así o no?

¿Estamos ante una nuevo hecho de “privatización de beneficios, socialización de pérdidas”? Eso me parece. Las herramientas de análisis son imprescindibles. El diálogo, contrastando hechos, también.

Ahora más que nunca: VERDADERO SOCIALISMO

Eugenio A. Rodríguez Martín



martes, 22 de septiembre de 2026

Síndrome de disfunción sexual cuando ya no se toma alguna medicación - Carmen Hernández

¿QUÉ ES EL síndrome de disfunción sexual post ISRS, CONOCIDO POR LAS SIGLAS PSSD?

Es un síndrome que puede aparecer después de haber tomado determinados antidepresivos, especialmente los inhibidores de la recaptación de serotonina.

Lo que diferencia al PSSD de los efectos secundarios sexuales habituales de estos medicamentos es precisamente que, en algunas personas, estos problemas continúan después de haber dejado el tratamiento.

Se manifiesta mediante anestesia o pérdida de sensibilidad genital, pérdida de libido, anorgasmia u orgasmos sin placer, y disfunción eréctil. Eso en la parte sexual porque para muchas personas con PSSD, el trastorno va mucho más allá.

Hay quienes describen un embotamiento emocional muy profundo: dejan de sentir la música como antes, ya no disfrutan de una película, de una puesta de sol o de las cosas que antes les producían placer. Algunas personas sienten incluso una pérdida de conexión afectiva con quienes más quieren. Dejan de sentir amor.

También hay pacientes que describen problemas cognitivos importantes y una pérdida de capacidad para disfrutar de la vida, una anhedonia que puede llegar a ser devastadora.

Carmen es posible que todo esto suene a algún oyente como una teoría de internet? Una fake...

No, no estoy hablando de una teoría que alguien se haya inventado en Internet o de los bulos que corren para amedrantar a la gente.

Existen publicaciones científicas sobre el PSSD, se han propuesto criterios diagnósticos y la propia Agencia Europea del Medicamentos ha reconocido y analizado casos de disfunción sexual que persiste después de suspender estos medicamentos.

Lo que todavía no sabemos es cuántas personas están afectadas exactamente, por qué ocurre en unas personas y no en otras, cuáles son sus mecanismos y, sobre todo, cómo tratarlo eficazmente.

Y ahí está precisamente el problema: existen pacientes, existen síntomas y existe sufrimiento, pero todavía hay muy poca investigación y muy pocas respuestas.

Yo soy una de esas personas.

En mi caso han pasado trece años desde que dejé los antidepresivos. Solo los tomé 14 meses pero me han dejado herida.

¿CÓMO HA SIDO TU EXPERIENCIA CON LOS PROFESIONALES SANITARIOS?

Mi experiencia, y también la de muchas personas que he conocido dentro de la comunidad de pacientes, tiene un patrón que se repite.

Cuando un paciente deja un antidepresivo y continúa teniendo problemas sexuales tras un plazo de tiempo largo, la primera explicación que recibe es que es algo psicológico o que terminará desapareciendo. O que la depresión ha vuelto, o que es ansiedad, Y que por ende ha de volver a la medicación.

Se gaslaitea al paciente, se le niega su experiencia, y se le reconduce a lo que casa mejor con la narrativa médica. SE LE SILENCIA PORQUE ES un paciente de los MOLESTOS

Pero hay algo que debería hacer reflexionar a cualquier profesional: ¿Cómo explicas una anestesia genital que aparece después del medicamento y continúa durante años?

La depresión puede afectar al deseo sexual. La ansiedad puede afectar a la respuesta sexual. Pero perder las sensaciones en los genitales durante 13 años tras dejarlo, no hay enfermedad psiquiátrica o psicosomática que lo explique.

¿A QUÉ CREES QUE SE DEBE ESTE SILENCIO?

Y te respondo con otra pregunta: Por qué, si se acepta de forma generalizada que los antidepresivos pueden causar disfunción sexual mientras se toman, cuesta tanto aceptar que esa disfunción se mantenga después de retirarlos?

Quizá haya que preguntarse también qué hay en juego. Los antidepresivos se encuentran entre los medicamentos más prescritos del mundo y constituyen un mercado de enormes dimensiones. Pero, más allá del dinero, hay algo todavía más importante: está en juego la confianza en el sistema médico.

Durante décadas se ha construido la idea de que estos medicamentos son, en términos generales, seguros y eficaces,

Pero reconocer que en algunas personas pueden producir una disfunción sexual y emocional persistente, potencialmente duradera y con un impacto enorme sobre su vida, obliga a revisar cómo se han comunicado sus riesgos.

Y eso plantea preguntas incómodas.

Si la profesión médica y el sistema sanitario en su conjunto tuvieran que asumir que existe un número de personas que, después de dejar estos medicamentos, continúa sufriendo alteraciones graves, ¿no habría que replantearse la forma en que se informa a los pacientes? ¿Cómo se regulan su salida al mercado? ¿Cuestionar a la industria? ¿Los conflictos de intereses?

¿QUÉ DEBERÍA CAMBIAR?

Para mí, lo primero es algo muy sencillo:

Poner la seguridad y el derecho del paciente a estar informado por delante de la comodidad del sistema.

Porque la decisión de tomar un medicamento cambia cuando conoces todos sus riesgos.

No es lo mismo decirle a una persona: "Este medicamento puede producirte disfunción sexual mientras lo tomas", que decirle: "En algunas personas, ciertos problemas graves pueden persistir tras dejarlo". La segunda información puede cambiar completamente la decisión de una persona.

Y ahí está, para mí, la cuestión fundamental: ¿Por qué se protege la tranquilidad del sistema antes que el derecho del paciente a conocer los riesgos?

La medicina tiene que ser capaz de reconocer sus incertidumbres y sus errores cuando aparecen. Porque reconocer un problema no destruye la medicina. Lo que destruye la confianza es que un paciente sufra durante años y sienta que nadie quiere mirar hacia donde señala.

Y si realmente queremos hablar de medicina basada en la evidencia, entonces también tenemos que escuchar a los pacientes cuando sus experiencias empiezan a repetirse una y otra vez.

También necesitamos profesionales sanitarios que sepan reconocer el PSSD y que no interpreten automáticamente cualquier síntoma persistente como una recaída psiquiátrica.

Los estudiantes de Medicina deberían conocer que existe, desde las facultades. Y necesitamos investigación: saber cuántas personas están afectadas, comprender qué ocurre biológicamente, identificar factores de riesgo y desarrollar tratamientos.

Actualmente, el conocimiento sobre los mecanismos sigue siendo insuficiente y las opciones terapéuticas, inexistentes.

También necesitamos mejorar la farmacovigilancia y la información que reciben los pacientes. Porque un efecto adverso que no se registra, Y que se oculta, permanece invisible durante décadas.

¿ALGO MÁS QUE AÑADIR?

Sí. Yo quiero que la gente entienda que detrás de las siglas PSSD hay personas. Personas que tenían una vida. Y que tomaron un medicamento porque confiaron en un profesional.

Cuando fueron a por la receta a la farmacia, no estaban aceptando perder su sexualidad y sus emociones. De hecho ni siquiera sabían que existía esta posibilidad.

Yo sigo hablando porque esto no es un síntoma secundario normal: mi pérdida ha sido demasiado grande. Cuando el PSSD comenzó, me di cuenta de que la sexualidad no es solamente coito.

La sexualidad es una experiencia que forma parte de la salud. Es algo que te hace ser quien eres, es parte de tu identidad, afecta a la manera en que te relacionas con los demás.Y cuando pierdes el placer, la sensibilidad y la conexión emocional, no sientes que simplemente has perdido "una función".

Has perdido una parte de ti. Una esencial para poder ser feliz. Porque en el núcleo central de la sexualidad están las emociones y las conexiones. Y perder la conexión con el mundo es perderlo todo.

Artículo citado de EL PAÍS

lunes, 21 de septiembre de 2026

Alice Hamilton (27 feb 1869-22 sep 1970)

La Casa del Saber/facebook

“Los hombres solo beben demasiado.”
“No se lavan las manos.”
“Son enfermizos por naturaleza.”
Era 1910. La industria rugía. Las chimeneas eran el símbolo del progreso.
Pero dentro de las fábricas, los hombres caían muertos. Perdían los dientes. Se les paralizaban las muñecas. Se volvían locos.
Los dueños se encogían de hombros. Culpaban a los trabajadores. Afirmaban que la “enfermedad industrial” no existía.
Entonces la doctora Alice Hamilton cruzó la puerta.
Era una mujer menuda, de voz suave, de una familia acomodada de Indiana. Parecía más de biblioteca que de taller.
Pero vivía en Hull House, en Chicago, la casa de acogida dirigida por Jane Addams. Vivía cerca de los barrios más duros. Veía a los obreros volver cubiertos de polvo, tosiendo sangre.
Decidió convertirse en detective.
Pero no de crímenes. De venenos.
El gobernador de Illinois la nombró para una comisión que investigara las enfermedades laborales. No había presupuesto. No tenía poder para entrar en fábricas. No tenía poder para multar a nadie.
Así que usó la única arma que tenía: la “epidemiología de suela de zapato”.
Fue donde ningún médico respetable (y desde luego ninguna mujer) se atrevía a ir.
Subía por escaleras tambaleantes para inspeccionar cubas de ácido. Se metía en talleres con polvo de plomo. Entraba en los bares donde bebían los trabajadores y les preguntaba por sus síntomas.
Persiguió a los asesinos silenciosos: plomo. Mercurio. Fósforo.
Su caso más famoso fue el de la industria del “plomo blanco”.
Los dueños decían que sus plantas eran seguras. Alice no les creyó.
Vigiló las fábricas. Observó que la ropa de los obreros quedaba cubierta por un polvo blanco y fino.
Demostró que los hombres no enfermaban por “sucios”. Enfermaban porque respiraban muerte.
Encontró hombres con “caída de la muñeca” (parálisis por plomo). Encontró hombres con la “línea del plomo” en las encías.
Reunió los datos. No gritó. Presentó estadísticas frías e irrefutables.
Fue a ver a los dueños y, en la práctica, les dijo: “Están matando a su gente. Y si no paran, haré pública esta lista de nombres”.
Los avergonzó hasta que aceptaron medidas de seguridad.
Y ayudó a que se reconociera que aquello eran daños del trabajo, no “cosas de la vida”.
Su trabajo fue tan contundente que el sistema ya no pudo ignorarla.
En 1919, la Facultad de Medicina de Harvard llamó.
Querían contratar a la mayor experta en medicina industrial. Solo había un “problema”: era Alice.
La contrataron de todos modos.
Se convirtió en la primera mujer nombrada para el profesorado de Harvard.
Pero Harvard seguía siendo Harvard.
Le dieron el puesto, pero le impusieron tres reglas:
No podía entrar al Club de la Facultad.
No podía participar en la procesión de graduación.
No podía pedir entradas para los partidos de fútbol americano.
A Alice no le importaban las entradas. Le importaba la tribuna.
Usó su posición para pelear la gran batalla del siglo XX: la gasolina con plomo.
En los años 20, General Motors y Standard Oil querían añadir plomo tetraetilo a la gasolina para que los motores funcionaran más suaves.
Alice se levantó y dijo: “Alto.”
Advirtió que expulsar plomo, una neurotoxina, por cada escape en Estados Unidos envenenaría a generaciones de niños.
Las petroleras la atacaron. La llamaron “histérica”. Pagaron a científicos para decir que el plomo era seguro.
Perdió esa batalla. La gasolina con plomo se extendió. (Décadas después, su retirada confirmó el daño que ella había anticipado).
Pero ganó la guerra.
Ayudó a fundar la salud laboral moderna.
Murió en 1970, a los 101 años, pocos meses antes de que el Congreso aprobara la ley federal de seguridad y salud en el trabajo que dio origen a la OSHA.
Cada vez que ves un cartel de “zona de casco obligatorio”… cada vez que un trabajador se pone un respirador… cada vez que una empresa recibe una sanción por condiciones inseguras…
Estás viendo el legado de Alice Hamilton.
Demostró que un salario no debería costarte la vida.
Fuente: Harvard University ("First Female Faculty at Harvard - Dr. Alice Hamilton", sin fecha)

BUROCRATIZACIÓN

 


El sociólogo Max Weber a principios del siglo XX definía el estado moderno por su creciente burocratización, y un siglo después ese diagnóstico se hace cada vez más cierto. En los años noventa con el desarrollo de la informática se nos decía que se iba reducir la burocracia y el consumo de papel, pero la realidad actual está desmintiendo esa tesis, pues el papeleo sigue creciendo. Si alguien tiene dudas de esta burocratización, basta con escuchar las quejas de profesores y diversos profesionales.

Una persona que comience cualquier actividad comercial o social verá que le exigen múltiples permisos burocráticos, ¡y que siguen aumentando! Por otra parte firmamos formularios de protección de datos a todas horas, mientras que en realidad nuestra vida personal nunca estuvo menos protegida. De hecho está más expuesta que nunca, como los autores que estudian el capitalismo de la vigilancia nos explican con datos y diversos argumentos.

Ante esta realidad es fácil de entender que mucha gente tenga nostalgia de aquella época en la que la palabra era como una firma, en la que la responsabilidad en el manejo de los datos de los demás era una obligación de conciencia para respetar el honor del prójimo, en la que las instituciones mantenían una seriedad y fidelidad en la defensa de las personas así como la protección de ellas.

Esta creciente burocratización en la sociedad y la praxis de tener que firmar tantos formularios de protección de datos desarrolla dos consecuencias deshumanizadoras: 
1) Genera una desconfianza creciente en las personas, incluidas las más próximas a cada uno. 
2) Alimenta un aumento en la sumisión a la burocracia estatal. Además ambas realidades se retroalimentan.

La desconfianza promovida hacia las personas próximas incrementa las actitudes individualistas y las ideologías correspondientes, que también promueven la mayoría de las películas y series. Este individualismo atraviesa los libros de texto, los planes educativos, las campañas publicitarias del estado y gobierno, los medios de comunicación, etc. Lógicamente esto deja las personas más solas y endebles, menos solidarias y con menos vínculos sociales para afrontar las adversidades y dificultades de la vida, pues están aisladas. De este modo tenderán a hacerse más dependientes del estado y sus instituciones. Como se escribe en el libro del Eclesiastés 4,10: “¡Ay del solo que cae!, que no tiene quien lo levante”.

La sumisión creciente a la burocracia estatal es la consecuencia lógica de esta soledad, debilidad e individualismo que nos hacen experimentar una incapacidad y una falta de recursos en orden a la colaboración por la existencia. El resultado es que dependemos cada vez más del aparato estatal, como si la salvación de las personas dependiera absolutamente del estado.

Todo esto nos permite entender por qué razón los estados no apoyan a las familias, sino que las van debilitando. También por qué combaten constantemente los grupos sociales autogestionarios y militantes... porque así la burocracia estatal se hace más imprescindible, al tiempo que aumenta su poder e influencia en la sociedad. En este sentido tiene explicación el interés persistente del gobierno en organizar lo que llaman “funerales de estado” con el fin de quitar a la sociedad, a los grupos y religiones el tránsito de las personas a la meta final con lo que aumentarán su poder y control social. Incluso construyen lo que los sociólogos de la religión llaman religión civil o religión política.

La burocratización lleva a que se actúe estrictamente según procedimientos y reglamentos. Es el “así está mandado”, “cumplo lo que está regulado”. En las parroquias sufrimos una consecuencia de eso pues muchas veces nos vienen a preguntar la fecha exacta de nacimientos, bodas y defunciones de familiares para después poder pedir los correspondientes documentos civiles, ya que si no dan la fecha concreta no se los buscan. Así de hecho solucionamos estas deficiencias de la burocracia estatal.

La existencia de una sociedad y estado cada vez más burocratizada le va imponiendo la burocratización a las otras realidades sociales e igualmente exige a la Iglesia que sea más burocrática, que incremente el papeleo y los procedimientos regulados. Esto lleva consigo que los sacerdotes sean más burócratas y menos profetas, cuestión a la que también contribuye la tendencia humana a dimitir de las responsabilidades y compromisos y, por tanto, a escudarse en las normas y protocolos. Es más cómodo ser burócrata que profeta, pero la conciencia cristiana y el evangelio nos llaman a ser militantes, a ser profetas del Reinado de Dios.

Ahora más que nunca: AUTOGESTIÓN

Antón Negro

domingo, 20 de septiembre de 2026

VICTORIA judicial histórica contra el loby sionista en España


Jasiel Paris

@jasielparis
-SEGUNDA querella inadmitida a ACOM, tras la de Antonio Maestre. En este caso especialmente humillante: se la tumban por no cumplir unos requisitos mínimos de forma, pero les piden que ni se molesten en intentar corregirla porque sus argumentos son inadmisibles. 
-Me querían acusar de delitos de odio, antisemitismo y ofensa al sentimiento religioso por el hecho de criticar a Israel y defender el derecho a la resistencia frente al genocidio. Pero el auto define estas posturas como "amparadas por el derecho a la crítica política y el derecho constitucional a la libertad de expresión". 
-Espero que mi caso sirva como precedente jurídico para todas las figuras públicas (sean de izquierda o derecha) injustamente denunciadas por esta panda de mercenarios inútiles. Os venceremos en todos los frentes.

sábado, 19 de septiembre de 2026

No lleves un logotipo en tu cuerpo




El cuerpo humano no es una valla publicitaria. El logotipo es un arma de destrucción masiva social.

El cuerpo humano no es una valla publicitaria. Es sagrado, digno y soberano. No es un muro para ser alquilado por las corporaciones. Sin embargo, hoy en día, la difusión multinacional de la cultura del consumo ha persuadido a millones de niños y adultos para que se marquen voluntariamente —llevando logotipos en sus camisetas, zapatos y gorras— como si su valor humano dependiera de una marca comercial. Este cartel es un llamamiento a recuperar nuestros cuerpos de la colonización corporativa. Llevar un logotipo es aceptar que uno es un objeto, un anuncio ambulante, un promotor no remunerado de un sistema que te explota.

Detrás de cada logotipo pulcro se esconde una arquitectura de explotación inhumana que, deliberadamente, nunca se permite ver al consumidor. Un logotipo no es simplemente un diseño; es un telón para ocultar crímenes. Las mismas prendas que resplandecen en los centros comerciales de Europa y América se fabrican en las sombras del Sur Global, en condiciones que violan todas las convenciones de derechos humanos. Las empresas multinacionales externalizan su producción a talleres de explotación donde niños pequeños trabajan como esclavos, donde jóvenes quedan atrapadas en condiciones equivalentes a la prostitución forzada, donde muchachos inhalan pegamentos tóxicos en fábricas de alfombras y cuero. La explotación es entonces blanqueada, empaquetada y oculta tras la belleza de un logotipo. El consumidor no compra una camiseta; compra un logotipo y, al hacerlo, financia sin saberlo la misma esclavitud que condena.

¿Por qué llamamos al logotipo un "arma de destrucción masiva social"? Porque no es un símbolo pasivo. Es un arma activa que desencadena una reacción en cadena de destrucción, algo demostrado tanto por la economía como por la historia. La lógica es inexorable: el logotipo aumenta artificialmente el consumismo; el consumismo aumenta artificialmente la demanda; el aumento de la demanda incrementa la presión para lograr una producción cada vez más barata; una producción más barata aumenta la demanda de mano de obra esclava e infantil; la esclavitud infantil crea una brecha catastrófica entre sociedades —los ricos que consumen y los pobres que sufren—; esa brecha social genera trata de personas; la trata genera conflicto social; el conflicto se convierte en violencia armada;...y la violencia armada se convierte en un mercado de armas. Así, un simple logotipo en una gorra en Lidköping está conectado con un mercado de armas en una zona de conflicto. El logotipo es el primer detonante de esta arma de destrucción masiva de nuestro tejido social.

Este mecanismo no es nuevo históricamente. Es la reencarnación moderna de la marca de esclavitud. Cuando se traficaba con esclavos africanos hacia Europa y las Américas, sus cuerpos eran marcados con hierro candente: una marca que declaraba: Este ser humano es mi propiedad. Era el signo supremo de la dictadura autoritaria y de la propiedad económica. Nadie más podía usar, vender o tocar a ese esclavo hasta que se pagara un precio. La ley de marcas de los logotipos modernos opera bajo el mismo principio psicológico y económico. Nadie más puede usar el logotipo de Nike, Adidas o Puma hasta que se pague un precio —una tarifa de licencia—. El cuerpo que lo viste se convierte en la propiedad que lo porta. El dueño ha cambiado de un amo de plantación a una corporación, pero la marca impuesta al cuerpo humano con fines de lucro persiste. En el pasado quemaban la carne para señalar la propiedad; hoy queman la mente. Queman la mente del niño que debe fabricar el producto y queman la mente del consumidor, a quien se le hace creer que sin el logotipo no es nada.

Por lo tanto, rechazar el logotipo no es una declaración de moda. Es un acto de resistencia histórica. Es afirmar que mi cuerpo no está en venta, que mi hijo no es un esclavo y que no participaré en una cadena que comienza con una marca comercial y termina con un arma. Hacemos un llamamiento a los líderes religiosos que enseñan la santidad del cuerpo, a los maestros que enseñan dignidad y a las universidades que enseñan pensamiento crítico para que se unan a esta campaña moral. No sean un cartel publicitario de la esclavitud.

Ehsan Ullah Khan
BLLF Global Sweden - Global Children's Voice
En marcha desde 1988
Artículo de la campaña global de BLLF en Suecia



lunes, 14 de septiembre de 2026

El saber ya no ocupa lugar


Antonio Muñoz Molina/El País

Dice el Tao Te Ching: “El que sabe, calla; el que habla no sabe”. Quizás el que sabe algo está tan ocupado en su aprendizaje o en su trabajo que no tiene tiempo de hablar; y también puede ser que calle no por propia voluntad sino porque nadie le pregunta. En el ya consabido espectáculo colectivo de los golpes de pecho y las acusaciones a otros después del último Informe PISA he oído opinar copiosamente a expertos universales de tertulia, a catedráticos de didáctica, a consejeros autonómicos, a portavoces virulentos de partidos políticos, incluso a una ministra de Educación que no había levantado la voz hasta ahora. Lo que no he visto ni oído en ningún medio impreso o digital, televisivo o radiofónico, ha sido a ningún maestro ni maestra, a ningún profesor de instituto, y ninguno de universidad, salvo los especialistas en saberes arcanos como la Didáctica o la Psicopedagogía.


Habría bastado con consultar a dos o tres de ellos en estos últimos años para predecir lo que el informe, con su sobreabundancia de porcentajes tan específicos como dudosos, ha venido a revelar. Los grandes especialistas en cuestiones teóricas y en retorcimientos verbales que encubren prestigiosamente el vacío se parecen quizás a los miembros de los servicios secretos en que están tan ocupados en sus propias maquinaciones que no tienen tiempo de observar la realidad, o no la consideran digna de su egregia atención. Los miembros de la que se llamó hace años “la secta pedagógica” llevan décadas elaborando planes cada vez más complicados y más ininteligibles para mejorar de una vez por todas los sistemas educativos, y en convencer a los dirigentes políticos de la solidez de sus volubles innovaciones doctrinales y lingüísticas, pero ni unos ni otros han considerado nunca necesario consultar a los profesores acerca de la aplicación de sus teorías en las aulas, y menos aún de las condiciones en las que se ejerce a diario el oficio noble y desdeñado de enseñar.

Nada ofende más a los ideólogos de grandes planes redentores que la obcecación de la realidad en no acomodarse a sus vaticinios. Cualquier fracaso en la acelerada industrialización soviética se atribuía no al disparate organizativo de los planes quinquenales, sino a los sabotajes de ingenieros a sueldo de la contrarrevolución imperialista. Con mucha frecuencia, los comisarios políticos de la educación en España —tan aficionados a la burocracia como los soviéticos— echan la culpa del incumplimiento de los resultados que ellos esperan y exigen a la mala fe, a la indolencia, al conservadurismo de los profesores, que si tienen ya cierta edad son culpables de no saber adaptarse a los nuevos tiempos y a los nuevos métodos. Como no se les puede deportar —y ni siquiera despedir, en muchos casos— se ha intentado todo, hasta comprarlos. En eso fue pionera Andalucía en 2008, en tiempos de gobierno regional socialista: a los profesores se les ofrecía un bono si aumentaban el número de aprobados. Con eso no se mejoraba la enseñanza, y ni siquiera la economía siempre modesta del profesorado, pero sí se lograban estadísticas más vistosas, indicadoras del éxito contra el fracaso escolar.

No he hablado en los últimos años con ningún profesor que no mostrara su asombro y su alarma por una caída brusca no ya en esos resultados escolares que pueden cuantificarse, sino en la actitud de los alumnos, en su capacidad de atención y comprensión, en su interés por las cosas, lo mismo en el instituto que en la universidad. Un amigo me cuenta el primer día de su clase de historia contemporánea, en un aula lleva de estudiantes de primer año a los que se supone un interés en esa materia que al fin y al cabo han elegido. Empieza a hablar del 11 de septiembre de 2001 y del modo en que el atentado de las Torres Gemelas cambió de golpe la política mundial, y observa miradas de extrañeza y desconcierto en las caras jóvenes. Entonces se le ocurre pedir que alce la mano quien sepa qué ocurrió en Nueva York ese 11 de septiembre: solo una mano insegura se levanta, imagino que acompañada por el antiguo miedo escolar a que lo acusen a uno de empollón.

Esos alumnos estaban en una universidad española: hoy hemos sabido que a una parte considerable de la gente joven en Nueva York tampoco les suena, o solo vagamente, lo que ocurrió en su ciudad aquel día, y pareció que la marcaba para siempre. Alguno, un poco más informado, aventura que hubo un atentado con aviones, pero que se estrellaron contra el Empire State.

Nuestro consuelo de tontos es que el progreso de la ignorancia es universal, tan rentable para los nuevos fascistas y para los milmillonarios psicópatas y antisociales de las grandes compañías tecnológicas. Y la sórdida variante española es el espectáculo de los expertos de todo tipo pontificando sobre lo que no saben ni les importa y de los políticos utilizando un desastre que nos afecta a todos como munición para culpar a los otros y evitar cualquier autocrítica o asumir cualquier responsabilidad. Unos y otros son culpables por igual de la manía de imponer nuevas leyes de educación cada vez que llegan al poder, y de hacer atolondradamente, sin debate verdadero, sin rastro de consenso, sin prevenir los medios necesarios y por supuesto sin consultar a quienes tienen el oficio de poner en práctica esas leyes. Unos y otros son responsables desde hace muchos años de los bajos sueldos y la precariedad de muchos profesores, que no escapan de ella después de aprobar una oposición, de las bajas que no se cubren, las instalaciones que se deterioran sin que las arregle nadie, incluyendo una necesidad tan elemental en estos tiempos como la refrigeración en las aulas y la sombra en los patios, del papeleo incesante que estorba tanto la tarea de enseñar, y de la pérdida de respeto hacia los profesores, equivalente a la falta de consideración hacia el saber y de simple y anticuada buena educación.

En un país en el que los padres de un alumno de universidad pueden acudir al despacho del profesor para quejarse de la nota de su hijo se ve que hay responsabilidades muy compartidas, y que no todas ellas se remedian con medidas políticas. En su laberinto de estadísticas, el célebre informe mide el porcentaje del daño educativo que corresponde al desorden en las clases, según los minutos que un profesor tarda en imponer cierto grado de silencio, de modo que si queda algún alumno con capacidad de atención pueda aprender algo. En mis tiempos escolares, el orden en el aula estaba garantizado por la bofetada y la palmeta: en una sociedad democrática y bien educada, el valor que se atribuye al aprendizaje debería reflejarse en el respeto a quien lo imparte y a la comunidad igualitaria de estudio que él o ella forma con los alumnos.

Aquí las responsabilidades están más repartidas todavía. Está el profesor demagogo que se hace el payaso o el coleguita, y está el entorno en el que toda disciplina se vuelve sospechosa de imposición represiva, y está la familia que abdica del deber y la tarea fatigosa de educar, y en la que a los hijos se les pagan clases de piano o de jiu-jitsu, pero no se les enseña a ser considerados hacia los otros y a no cerrar de un portazo o no tirar al suelo el envoltorio de un helado. A leer no se aprende solo en la escuela: un padre, una madre, una abuela, lee en voz alta al niño y le enseña así el valor mágico de las palabras escritas, y cuando va con él por la calle y el niño señala un cartel y pregunta qué pone ahí se lo lee y se lo explica. Cuando veo un bebé con una pantalla delante, o un padre y una madre y unos hijos de ocho o nueve años perdidos cada uno en su teléfono en un restaurante, siento tristeza, ira, lástima. La lástima es hacia esos niños a los que se les están saboteando dos de las facultades mejores del ser humano, el conocimiento y la imaginación.

Ceuta, cuentas y pago de facturas

A lo largo de las luchas sociales del siglo XX se fue acuñando una idea realmente luminosa: "privatización de beneficios y socializació...