viernes, 23 de octubre de 2026

El único problema que tiene la escuela es los chicos que pierde


Manuel Pérez Real

Han pasado casi 60 años desde que Lorenzo Milani y los muchachos de Barbiana lanzaron esta verdad incómoda.

Y, sin embargo, sigue doliendo porque sigue siendo verdad.

Hoy nuestros centros educativos están atrapados en una maquinaria burocrática que crece sin descanso. Plataformas, informes, protocolos, estadísticas, evidencias, requerimientos, pruebas, registros. Todo debe constar, justificarse y quedar documentado.

Pero mientras llenamos casillas, hay niños que se vacían por dentro.

Directores, docentes y equipos de orientación llevan años denunciándolo: falta personal, faltan recursos, sobra papeleo y falta tiempo. Tiempo para mirar a un alumno a los ojos. Para escuchar a una familia. Para detectar que ese adolescente que empieza a faltar no es un problema administrativo, sino una llamada de auxilio.

No es una anécdota local. Es una advertencia seria.

La burocracia no afecta a todos por igual. Quien tiene recursos encuentra apoyo fuera de la escuela. Pero los últimos, quienes dependen casi exclusivamente de ella, necesitan precisamente lo que el sistema está robando: presencia.

Cada hora dedicada a justificar una evidencia puede ser una hora menos para acompañar a un niño. Cada trámite inútil aleja a un director de su función pedagógica.

Y mientras tanto seguimos perdiendo chicos. Por el fracaso escolar, el abandono temprano y, muchas veces, porque dejan de sentirse mirados mucho antes de abandonar físicamente el aula.

¿Quién fracasa entonces? ¿El alumno o el sistema?

Para nosotros, los últimos son nuestros ángeles, nuestros mensajeros. Son quienes nos anuncian que algo debe cambiar. No son una estadística. Tienen nombre, rostro, familia, miedo, sueños y dignidad.

La escuela pública debe ayudar más a quien más lo necesita. Porque tratar igual a quienes parten de situaciones desiguales no es justicia.

Necesitamos menos cultura del control y más cultura del cuidado. Menos papeles y más personas. Menos burocracia y más pedagogía. Menos despacho y más aula.

Porque una escuela que pierde a sus últimos termina perdiéndose a sí misma.

Y eso, sencillamente, no debemos seguir permitiéndolo.


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