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sábado, 7 de febrero de 2026

Minneapolis 2026: La resistencia se canta

por Zuzanna Gawron

Más que una protesta, la 'Singing Resistance' es el tejido social que sustituye al Estado allí donde solo queda el miedo.

Minneapolis, febrero de 2026. El aire es gélido, pero el frío ya no trae silencio. Tras las muertes de Renée Good y Alex Pretti —ciudadanos de 37 años abatidos por agentes federales—, algo se ha quebrado en el alma del Norte. La ciudad, que atesora una tradición coral de más de 130 años, ha decidido que su mejor defensa no es el grito, sino la armonía.

Frente a los hoteles donde se hospedan las patrullas fronterizas, miles de personas no lanzan ya únicamente consignas, sino canciones. "Bajad las armas / venid a cantar", entonan ante agentes que, por primera vez, parecen no saber cómo reaccionar ante una masa que les invita, mediante el arte, a la deserción. Este "cerco de amor" ha levantado una infraestructura de solidaridad silenciosa: mientras el discurso oficial de Washington predica la división, en las calles de las Ciudades Gemelas se practica un apoyo mutuo que cubre desde la comida hasta el refugio.

Lo confirman testimonios como el que estremeció al Senado de los EE. UU. allí, Marimar Martínez, superviviente de cinco disparos de la Border Patrol, convirtió su dolor en un mandato ético. Su frase ante la Cámara Alta —"El silencio ya no es una opción"— ha dejado de ser un lema individual para transformarse en una partitura colectiva.

Bajo ese impulso, lo que en redes sociales se conoce como Singing Resistance es ya un movimiento orgánico que resuena con fuerza en ciudades como Winnipeg o Denver. Esta expansión demuestra que la armonía no es un adorno estético, sino una forma de resiliencia política capaz de cruzar fronteras

En una era de individualismo extremo, estas voces unísonas nos ofrecen una clave que el análisis político suele olvidar: cuando el Estado elige vulnerar los derechos humanos, el pueblo no solo responde marchando. Responde proveyendo, cuidando y, sobre todo, cantando con una voz que ninguna bala podrá silenciar.

martes, 2 de noviembre de 2021

El contexto




yo solo les quería contar


lo que están haciendo con hombres mujeres niños

encuadrados en un marco perfecto de exterminación

de la frontera comunitaria humanitaria o qué sé yo (1)


quería mandarles un texto sobre la miseria de un gobierno al que

no le interesa más que la seguridad de una nación comprimida en sus seis letras (2)

sin pensar en el resto del alfabeto


solo quería exponérselo desde un punto de vista de quien de alquien que ha vivido 

sus propios exilios y líos


en fin


decir lo mal que lo hacemos muchos y contar el valor de tantas y tantos

humanos

profundos

abruptos


señores, solo quería molestarles un poquito en un idioma que no me pertenece

pero que me duele bastante menos que el otro


gracias zuzana suzanna na na na

pero tu artículo no encaja 

en nuestra caja ja ja

tu texto en nuestro contexto

no, lo 

queremos algo más congruento contento


pero yo

solo quería aplicarles unos grumitos 

untarles este pan modesto

de un país tan lejano o no no no

salpicarles un poquito de miedo miseria y ejército 

en un idioma que no me pertenece 

y que sigo sin encajar

ajar en un contexto herido de voces perdidas de

esos que deambulan bailan por los bosques a ritmo de escuadras balas perros

disparos de unos kalashnikov apretados por manos blancas bielorrusas

ahora sí, sois nuestros soldados ala a bailar (3)


la danza de la suerte



perros

cadáveres

lágrimas




yo

solo




© Zuzanna Gawron



______

(1) ver nota nr 3


(2) en referencia al nombre polaco de Polonia: “Polska” y al ejecutivo del partido PiS, siglas de Prawo i Sprawiedliwość, Ley y Justicia


(3) el poema se refiere a la situación en la que se han encontrado cientos, si no miles de migrantes (se desconoce el número exacto) de procedencia afgana, siria, kurda, cubana, entre muchas otras, en la frontera polaco-bielorrusa. El régimen autoritario de Lukashenka, apoyado por Rusia,  ha puesto en marcha una táctica de guerra híbrida con la que intenta “atacar” Polonia (por sus muestras de solidaridad con el pueblo bielorruso) y, por ende, la UE. Por ello el gobierno bielorruso permite desde hace varios meses un flujo extraordinario de migrantes hacia Ucrania, para luego dejarlos en manos de traficantes/coyotes que los llevan cerca de la frontera con Polonia. Ahí los/las migrantes tratan de acercarse a los puntos de paso fronterizo. Los que lo logran piden de inmediato protección internacional pero por lo general se les niega presentar cualquier documento


La mayoría de los migrantes es, sin embargo, disuadida por los soldados bielorrusos que no les dejan retroceder para ir a otro sitio. La única opción es cruzar la frontera de manera ilegal. Los migrantes a menudo son aterrorizados por los soldados bielorrusos con disparos y perros. Los migrantes cruzan terrenos húmedos, apantanados y ríos que demarcan la frontera. Si lo consiguen, les esperan la policía y ejército polaco, que los devuelve de manera ilegal al lado bielorruso. En muchos casos también les golpean, quitan los teléfonos o se los destrozan, les roban las tarjetas SIM. Muchas veces los intentos de cruzar la frontera y las devueltas en caliente se suceden incluso varias veces al día, dejando a los migrantes sin comida ni agua. Sin techo, deshidratados, mojados, con hipotermia. 


El gobierno polaco liderado por el partido de ultraderecha PiS (ver nota 2) ha impuesto a principios de septiembre del 2021 la ley marcial en los terrenos fronterizos polacos. Vigilada día y noche por nueve mil soldados polacos, en esta zona se le tiene prohibido el paso a ONGs, ayuda humanitaria y periodistas. De momento se sabe de una decena de personas que no han conseguido pasar con vida a la Unión Europea – consecuencia de la política de ambos países.


Si no fuera por la ayuda de los ciudadanos de los terrenos fronterizos, grupos de médicos voluntarios, ciudadanos y persona de a pie que dejan sus tareas y se dedican a ayudar como pueden a estas personas en la situación en la que se han visto envueltas, tal vez se hubieran producido muchas más tragedias. Son cientos y miles de ciudadanos polacos, sobre todo mujeres, las y los que han hecho manifestaciones, acciones no violentas, y que no dejan de trabajar día y noche para reparar el daño que se está causando a las víctimas de una política cruel y sanguinaria en la que, otra vez, los que la pagan y más la sufren son las personas más vulnerables. 


jueves, 26 de agosto de 2021

Me acuerdo de



Me acuerdo del
parque de arena de mi ciudad
al sur de madrid
(al cielo)
del cercanías que nos quedaba algo lejos,
de los polos de a 20 pesetas, labios de fresa,
del chino de mi calle,
y del dame un vaso de agua en el bar

de las sesiones de beverly hills 90210 con Maricarmen y Charo
de mi calle sin salida
pero con un agujero por el que pasar
y atajar.

me acuerdo

del vacío que suponía estar lejos de mis abuelos
a miles y miles de lágrimas

de hablar con mi hermana ya no sé
en qué idioma
pero
desde luego que
no era el mío
o era el mío
o no o

me acuerdo
de no saber quien soy yo

de recoger con dos palitos lombrices del suelo
para no aplastarlas con mis propios zapatos
– es que después de la lluvia se salían las
muy tontas a la acera –
justo cuando íbamos a entrar al patio de la escuela

del olor del metro de madrid a principios de los noventa
(es el recuerdo de mi infancia de mi vida, ¿sabes?)
de mi madre que curraba hasta las tantas en las casas
de unas señoras con más dinero que nosotros
para que tuvieran
una vida digna.

y recuerdo que una vez
mi madre me contó
el cuento de la caperucita
roja – cuando íbamos en una línea agotadoramente gris –
al que le cambiamos el final,
cambiamos el final.

Y mira:

me acuerdo de
tantas y tantas
cosas pero
¿acaso te importa?

para ti seguiré siendo
una extranjera rara
hablando, eso
sí, maravillosamente bien
tu lengua tan natal.

Mira, podrías pasar perfectamente por...
(te lo piensas un poco, mides la mentira de tu cumplido
y la verdad de mi acento, que no llega, ay, casi, ca
si pero no – el diablo está en los detalles, dicen –
pero ¡al diablo! que se sepa lo generosos que somos,
me otorgas con el bisturí de tus palabras
la nacionalidad de tu imperio estancado)

Y, mira, ya no sé
qué me cansa más:

la presión del
tener que dar
todo el tiempo explicaciones a desconocidos,
callarme la boca
o aceptar
tu falta de discernimiento.


© Zuzanna Gawron

lunes, 8 de marzo de 2021

He visto a mujeres

He visto a mujeres abiertas como rosas sin flor. He visto a mujeres así. 

Mujeres sin juicio, que no supieron separar la vida de la muerte. Estancadas, a la deriva. Enfrascadas, detenidas en un tiempo exhausto, gozando de sus soliloquios inexistentes. Muertas en vida y sin ritual. Traslúcidas, fugaces. 

Mujeres inacabadas, acariciadas por la guerra del día sí, día no; por la supuesta soberanía de una futura y eterna abundancia, algo vacía y no tan al alcance de la mano; por el desgaste o la explotación, abrazados con tanta naturalidad.

Sumidas en el sudor, el cansancio y la esperanza lejana. Entregando su libertad al cuerpo de alguien, sin importar mucho de quién, con los ojos bien atados. Moradoras de vidas ajenas. Autoras de la nada.

Y he visto a otras mujeres, suaves como el viento, frágiles como una tenue capa de hielo. Que, cuando les llegó la hora, resplandecían como el sol candente en el mar.

Y he visto a hombres solos. Solos pero juntos. Rotos pero en paz.

Desprovistos de aliento. Pero dispuestos a amar, a despedazarse, despertarse a pesar del vacío y del silencio, del enjambre de las voces. Alejados de la ley y del dictado de las jerarquías enjauladas. Celebrando, callados, la verdad, que es una, una y sola. Indivisa. Que sangra, alumbra. Y sana.

Y he visto a otros hombres: encerrados en sus laberintos, empeñados en confundirse con el minotauro o con las paredes. Lentamente perdiendo cada una de sus batallas imaginarias. Desarmados. Consagrados a unos dioses demasiado opacos.

Mujeres, hombres. Dándose los unos a los otros: lo que son, lo que tienen en cada momento. Puzzles de una sola pieza.

Personas navegando en el tiempo. Un peculiar y eterno vaivén de seres deslizándose por la piel de la historia. Sacudidos por el velo de la noche y el temblor del alba. Aferrados al amanecer de los ojos, esa llama siempre viva.


Zuzanna Gawron

domingo, 16 de agosto de 2020

Ponerse en el lugar del otro: Maximiliano Kolbe

Zuzanna Gawron
Traductora

Era un caluroso día de agosto del año 1941. Como cada mañana, los presos del campo de concentración nazi, KL Auschwitz, al sur de Polonia, estaban en fila en la plaza. Daba igual si caía la nieve, hacía un frío atroz de 20 grados bajo cero o si quemaba el sol. Los presos tenían que aguantar el tiempo que el comandante quisiera. Una, dos tres, seis o diez horas. Muchos no sobrevivían esas torturas. 

Uno de los presos era el fraile franciscano Maximiliano María Kolbe. Llevaba ya varios meses en ese terrible lugar. Doctor de teología y filosofía, fundador de una de las primeras emisoras de radio católicas y de uno los conventos más grandes en la historia – era una pequeña ciudad, hoy día se llama la ciudad de la Inmaculada o Niepokalanów – y de una imprenta en la que salía una revista católica, que tuvo un éxito sin par. Misionero en Asia, fundó un convento en Nagasaki y una revista en japonés, sin conocer ni siquiera el idioma. Tenía planificado construir un aeropuerto y llegó a diseñar una nave aeroespacial con gran precisión. Su objetivo vital era ayudar a todo el mundo a que se entregaran a la Virgen Inmaculada. 

En Auschwitz le tatuaron en el brazo el número 16.670.  

Maximiliano, estaba, junto a los demás, de pie. El día anterior había escapado un preso y los demás, iban a pagar por el fugado. El comandante Karl Fritzsch estaba furioso. Empezó a seleccionar a diez hombres que iban a ser condenados a pena de muerte en represalia por el fugado. Serían asesinados de manera cruel: de hambre. En un largo proceso, una lenta agonía. 

El comandante pasaba lentamente fila, mirando con asco a los ojos a los presos. Eligiendo a los diez que iban a pagar por el acto de fuga. Estaban tremendamente agotados, pues les habían puesto en fila desde las primeras horas de la madrugada. Cansados del trabajo esclavo y la falta de comida.  Algunos temblando de miedo. Esos, junto a los más débiles, eran los que caían. 

El comandante hablaba en alemán. Había un traductor a su lado que iba traduciendo lo que se decía. Primera fila: “¡Du!” que significa “tú” en alemán. “¡Du!” “¡du!,” “¡du!”, un sonido que retumbaba en las cabezas de los presos que de tanto miedo y presión, pasados muchos años, recuerdan aún el terror que les provocaba escucharlo. Como si un tambor golpeara fuertemente una caja hueca. Y de repente por décima vez: “¡Du!”, dicho a un hombre que no llegaba a los cuarenta. Francisco, pues ese era su nombre, dijo solamente afligido, para sí mismo: “¡Ay, de mi mujer, ay de mis hijos que serán huérfanos! No los volveré a ver.” El fraile Maximiliano se encontraba cerca y escuchó sus palabras. Se salió de su fila. Todos los presos y los responsables del orden de fila de cada bloque miraban sin aliento lo que estaba pasando, una escena inusual. Por lo general nunca nadie se salía de su fila, del orden establecido. Si conseguías pasar el paso de lista y volvías con vida al bloque, significaba que probablemente ibas a sobrevivir una noche más. Salirse de la del orden, hacer cualquier gesto inesperado era castigado con pena de muerte. Mientras tanto, fray Maximiliano pasó una fila, y otra, y otra hasta así llegar al comandante Fritzsch. Cuando se le aproximó a la distancia permitida, se puso firme y se quitó la gorra. Fritzsch dijo en alemán “¿Qué quiere este cerdo polaco?” Maximiliano le respondió en alemán que quería ofrecerse por aquel hombre. “Soy un sacerdote polaco. Ya soy viejo y quiero morir por él porque tiene mujer e hijos”. El comandante, aunque irritado, aceptó su propuesta.  

Maximiliano y Francisco eran dos desconocidos a los que la historia les hizo que sus destinos se cruzaran en un bloque del campo de exterminio.Años después, Francisco recordaba: no pude decirle nada. Nos  miramos el poco tiempo que fue posible y él se fue.

Todos los condenados fueron llevados al “bloque de muerte”, el número 11. Los desnudaron y metieron en las celdas para que murieran de frío y hambre. Los testigos dicen que durante los primeros días se escuchaban rezos y cantos de ahí. A los pocos días, se fueron silenciando.

Fray Maximiliano murió entre los últimos. Pasadas dos semanas aún seguía vivo. Le aplicaron una dosis mortal de fenol en vena. Dicen que su cuerpo tras la muerte relucía.

Francisco llegó a la edad de los 94 años.El padre Maximiliano Kolbe, a los 47 años después de su asesinato, fue declarado santo por el papa polaco, Juan Pablo II. 

Santo Maximiliano María Kolbe nos dejó sus palabras: “sólo el amor es creativo”, “el amor no descansa sino se expande como el fuego que lo devora todo.”

Un sobreviviente del campo de concentración y antiguo compañero de Maximilianolo recuerda así:“me puso la mano aquí, en el hombro y me dijo: la esperanza, sólo la esperanza.”

¿DÓNDE PODEMOS LLEVARLA PA QUE NO QUIERA MORIR?

Es penoso y duro de vivir queriéndote morir cada día porque no ves luz ni sentido a nada de lo que haces. Es penoso y duro acompañar a una p...