lunes, 26 de octubre de 2026

Así comprendí que no había ido allí a enseñar a pescar, sino a aprender como pescaban allí


Alberto Pardos

En 1994, viajé a la Amazonía ecuatoriana para participar y coordinar un proyecto de Salud y Desarrollo Comunitario. Salí un jueves de Zaragoza, arrancado de la alegría de las fiestas del Pilar, llegué a Quito el viernes y el sábado atravesamos las angostas carreteras de los Andes, para llegar, después de doce horas de incómodo recorrido, a la ínclita ciudad del Coca, en la confluencia de los ríos Napo (afluente principal del Amazonas), Coca y Payamino. El domingo, “descansé” visitando bajo un sol de justicia, el mercado de la destartalada “ciudad” donde tenía que pasar un año y medio. El lunes fui con un compañero del proyecto a una comunidad indígena próxima al Coca, donde daba un curso de cuatro días y en el que dormiríamos en el suelo de cemento de la casa comunitaria, junto a los promotores de salud. 

Como el curso era en lengua indígena, yo no tenía más entretenimiento que defenderme de los mosquitos y otros pequeños seres infernales que habitan la selva y pasar sed. Los indígenas no tienen costumbre de beber agua, toman chicha que es una bebida ligeramente alcohólica hecha de yuca fermentada con saliva, en un mismo bol para todos. La primera vez que me ofrecieron, la rechacé pensando que era leche de vaca, pero mis compañeros enseguida me aleccionaron, de que era políticamente muy incorrecto rechazarla, así es que pesar de que siempre me supo a “vómitos”, la tomé cada vez que me ofrecieron. 


El único momento de agrado, era al atardecer, que hacíamos un poco de deporte y nos dábamos un baño en alguno de los abundantes ríos de la zona. El siguiente curso, fue peor, puesto que no podía hacer deporte por una fuerte contusión, y además me había llenado las piernas y zonas de roce, de pequeños ácaros que viven bajo la piel, y que son muy pruriginosos.


Yo estaba acostumbrado a la soledad, a dormir en el suelo y a otras incomodidades. Había viajado solo, incluso por el desierto de Argelia, por el Atlas, por Anatolia, por países de influencia soviética antes de la caída del muro, salía mucho al campo y a la montaña y creía que tras dos años de experiencia hospitalaria y formación en medicina tropical y Salud Pública, estaba holgadamente preparado para afrontar ese reto. 

Pero allí estaba yo, desconcertado, recién llegado y contando el tiempo que me faltaba para volver a mi querida España. Ni la cooperación, que estaba llena de gentes hechas a sí mismas y muchos frikis, ni la selva, eran tan idílicos como había previsto. La convivencia, en un lugar pequeño, donde la vida y las emociones estaban a flor de piel, tampoco era fácil, a veces tenía la sensación de que el ambiente se podía cortar a machete. Mi trabajo no era mejor, mis opiniones apenas contaban, a pesar de que me enviaban desde España con la previsión de asumir en breve tiempo la coordinación, ninguno de los coordinadores que tuvo el proyecto pintó nada, porque había una curiosa estructura de poder que los suplantaba y que había provocado la salida de muchos profesionales quemados. Mi desesperanza era tal que pensando en mi vuelta, llegué a mirar el calendario del reloj en dos ocasiones ¡en un mismo minuto! Los días no pasaban, tampoco los minutos, el tiempo se había detenido en el mismísimo infierno.

Cuatro larguísimos y dolorosos meses tardé en comenzar a asimilar mi situación e intentar cambiarla con un poco de acierto. Me junté con otras personas “no tóxicas”, viajé de vez en cuando a Lago Agrio, Quito y otros lugares para “oxigenarme” un poco, aprendí educación popular y comprendí que no había ido allí a enseñar a pescar, sino a aprender como pescaban allí (Posteriormente escuché al profesor de Sociología Tomás R. Villasante que a Latinoamérica hay que ir a aprender). 

La cooperación clásica era ineficiente. En nuestra zona atendíamos a una población de 80.000 personas, muy dispersa y donde sólo había cuatro ONG (dos nacionales y dos extranjeras), mientras que en zonas de clima agradable y abundantes comodidades como Cuenca, estaban llenas de ONG de todas las nacionalidades que manejaban grandes sumas de dinero, mayormente para sueldos e infraestructuras. 

En cambio, descubrí que había personas que con muy pocos medios, acompañaban a los pueblos indígenas, a las mujeres, a los jóvenes, y a otros grupos y a sus líderes para que se empoderaran, para que aprendieran a organizarse, a coordinar, a tejer acuerdos y confluencias. Eran los facilitadores de procesos, (una profesión que entonces no existía en España). Con su apoyo, el movimiento indígena pasó de estar ninguneado, a convertirse en la tercera fuerza política del país (más tarde, la coalición alianza país formada por organizaciones sociales sostendría en el poder al presidente Rafael Correa que le ha dado la vuelta a la situación política y económica de Ecuador en unos pocos años).

A mi regreso a España, enseguida comprendí que las organizaciones y movimientos sociales no tendían precisamente a la confluencia, ni al entendimiento, y que eso era aprovechado por el status quo para perpetuarse en el poder y perpetrar toda clase de abusos. Así es que con mi nueva vocación y oficio de facilitador, me lancé a practicar en toda clase de organizaciones y a tratar de aprender la compleja idiosincrasia hispánica que hacía que en nuestro país haya sido uno de los últimos países europeos en entrar la facilitación. Hoy, la mayoría de la población española comprende los efectos de la crisis, pero sigue faltando la organización efectiva para darle la vuelta a la realidad.

Veinte años después de la aventura amazónica, y a pesar del sufrimiento inicial, tengo un recuerdo entrañable del país y de su gente. Los cambios sociales no tardan días sino años. Las organizaciones no se organizan en días sino en meses. Hoy en nuestro país y en el mundo entero, muchas personas cuentan los minutos que les faltan para salir de su particular infierno. Un vistazo hacia las experiencias pasadas, nos permite una perspectiva suficiente para mirar hacia el futuro. Un futuro, que estamos empezando a construir desde un presente sereno y esperanzado.


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