sábado, 24 de octubre de 2026

Gardiner Harris, periodista de investigación: “Ninguna industria ha sido tan criminal como la farmacéutica”

PATRICIA GOSÁLVEZ
https://elpais.com/sociedad/2026-10-24/gardiner-harris-periodista-de-investigacion-ninguna-industria-ha-sido-tan-criminal-como-la-farmaceutica.html

“Este libro fue una misión suicida. Intenté alejarme del tema, pero me atormentaba”. Gardiner Harris (Princeton, 1968), reportero del sector farmacéutico en The Wall Street Journal y The New York Times, dejó la cartera en 2012 para cubrir asuntos menos frustrantes, primero como corresponsal en Nueva Delhi y luego en la Casa Blanca. No consiguió que se le pasase la rabia contra la impunidad de un sector “que en Estados Unidos funciona como una mafia”. Así que en 2019 abandonó el periodismo diario, donde sus reportajes lograron que multasen por fraude a la biofarmacéutica Bristol Myers Squibb o que se aprobase la Sunshine Act, la ley que obliga a las farmacéuticas a hacer públicos los pagos a médicos, para escribir un libro sobre Johnson & Johnson. “Es un caso de estudio fascinante: por un lado, es la que peor se comporta de todas las farmacéuticas; y por otro, tiene con diferencia la mejor reputación. Esa contradicción me enfurecía, pero también me daba curiosidad”, dice Harris, en Madrid por la presentación de No llores más, los oscuros secretos de Johnson & Johnson (publicado por Capitán Swing en castellano), donde disecciona nueve escándalos de la marca —de la presencia de amianto en sus míticos polvos de talco a la retirada de su vacuna para la covid—. Juntos dibujan un panorama desolador donde conviven empresas voraces, médicos comprados, un regulador que funciona “como un títere de la industria”, presiones a medios de comunicación, mentiras, puertas giratorias, lobbies con garras en Washington y demandas acalladas con montañas de dinero…
Pregunta. El escándalo de los polvos de talco a los que se relaciona con el cáncer de ovarios se saldó en julio con el pago de 5.500 millones de dólares (4.830 millones de euros) por parte de Johnson & Johnson (J&J) para zanjar miles de demandas pendientes. ¿Es una victoria o un fracaso para las víctimas?
Respuesta. Es una victoria para J&J. Cada una de las demandantes, unas 90.000, recibirá solo unos pocos miles de dólares. Sus abogados también ganan, porque obtienen el 40% de la indemnización. Y las aseguradoras que pagaron su atención médica…
P. En su libro dice que la empresa siguió comercializándolos hasta 2023 por “terquedad”.
R. En los sesenta descubrieron que su producto más icónico era peligroso. Es comprensible que en los primeros años desestimaran el riesgo, había amianto por todas partes. Pero a medida que fue eliminado de nuestras vidas, permaneció en el Baby Powder de J&J debido a esa obstinación, lo que pervirtió la empresa, porque, una vez te permites envenenar a bebés y madres, eres capaz de cualquier cosa.
P. Acusa a la empresa de contribuir en la muerte de dos millones de personas. ¿Cómo llega a ese número?
R. Incluye a los 500.000 muertos por la crisis de los opiáceos, al millón que murieron, sobre todo ancianos, por el mal uso de antipsicóticos para tenerlos tranquilos (Risperdal era uno de los cinco medicamentos más usados) y a los 500.000 pacientes oncológicos víctimas del abuso de la EPO [la eritropoyetina, utilizada para paliar los efectos de la quimioterapia, que hacía crecer los tumores]. J&J fue coautora de los tres mayores desastres farmacéuticos de la historia de EE UU. Aunque la proporción que causaron sus medicamentos sea menor, no hay manera de separar por marcas, solo por categorías.
P. ¿Cómo de comunes son estas prácticas en el sector?
R. Mucho. El sistema de salud estadounidense es profundamente corrupto. La industria farmacéutica se ha declarado culpable en cientos de casos y ha pagado decenas de miles de millones de dólares en multas. J&J lleva gastados unos 35.000 millones en litigios solo desde 2013. Ningún otro sector en la historia de EE UU ha atravesado una era de criminalidad semejante. Es extraordinario que hayamos permitido que la industria que nos debería cuidar haya causado tanto daño impunemente.
P. En Europa la regulación es más estricta, pero las estrategias de las multinacionales son globales, ¿nos afectan igual?
R. El sistema sanitario estadounidense lo empeora todo. Permitimos que las farmacéuticas paguen directamente a los médicos para que promocionen sus productos. Saben que, por cada dólar que gastan en un médico, recuperan cinco. Desde los 70 existía una ley que prohibía a las corporaciones estadounidenses agasajar a funcionarios públicos del resto del mundo y, como en Europa la mayoría de los médicos trabajan para los gobiernos estabais más seguros... Sin embargo, en 2025 la administración Trump la suspendió.
P. ¿Empeora la situación cuando gobiernan unos u otros?
R. No. En 1992, la administración Clinton cerró un trato que básicamente vendió la FDA [la agencia del medicamento estadounidense] al sector. Era el auge del sida, la FDA no aprobaba medicamentos con suficiente rapidez y necesitaba dinero. En vez de dárselo, el Gobierno la hizo depender de la industria.
P. ¿Qué opina del secretario de Salud Robert F. Kennedy y del movimiento MAHA (Make America Healthy Again)?
R. Creo que ha intentado tomar algunas medidas para controlar el sector. El movimiento MAHA es naturalmente escéptico respecto a la industria farmacéutica. Y hay razones para serlo; pero claro, parte del movimiento antivacunas, con el que estoy en desacuerdo, proviene de esa desconfianza.
P. ¿Le preocupa que exponer las malas prácticas del sector alimente el negacionismo?
R. Sí. Puede avivar un escepticismo que, en algunos casos, lleva a la gente a desconfiar de la ciencia en general.
P. Sin una regulación firme, los problemas se dirimen una vez hecho el daño, litigando, algo muy estadounidense.
R. Es absurdo: como decir, deshagámonos de la policía y, si alguien viola o asesina, que la víctima o su familia le demande. Nadie pensaría que eso es justo o apropiado. En aviacion, la agencia reguladora aprueba un avión, pero si hay un accidente, una organización independiente investiga para que no haya un conflicto de intereses. Es el tipo de sistema que debería existir con los medicamentos. Por cierto, Europa tampoco lo tiene.
P. Pero la Agencia Europea del Medicamento (EMA) tiene financiación pública, además de privada.
R. En cuanto a medicamentos, Europa tiene un sistema mejor que EE UU, pero no en los dispositivos médicos... Tanto la EMA como la FDA necesitan más poder e independencia, sobre todo, para hacer un seguimiento más exhaustivo una vez aprobados los productos.
P. El regulador también se captura con puertas giratorias. ¿Cómo de flagrantes son?
R. Todos los comisionados de la FDA de la historia, con la excepción del más reciente, han trabajado después para fabricantes de medicamentos. Y ocurre en otros ámbitos. Tres de los cuatro fiscales del caso Risperdal, en el que no se procesó a ningún ejecutivo de J&J, acabaron trabajando para bufetes que tienen a la empresa como uno de sus mayores clientes.
P. En los tribunales, la empresa en general ha prevalecido.
R. Por muchas razones. Destruyen registros, encubren estudios, mienten a los jueces. Tienen enormes cantidades de dinero y usan estrategias como crear empresas subsidiarias y declararlas en bancarrota. Aunque no cuele, la trampa alarga años los procesos. Y las indemnizaciones son mayores cuando la víctima está viva y sufriendo que cuando muere.
P. Arremete contra las instituciones científicas que también dependen de la financiación corporativa. ¿Cómo se corta esa fuente de ingresos sin dañar el avance de la ciencia?
R. Algunos ensayos clínicos son estrategias de marketing disfrazadas. Podríamos establecer leyes que permitan la financiación, al tiempo que se reduce la influencia de las farmacéuticas, pero hemos optado por no hacerlo, porque la industria también financia a los políticos.
P. Sobre las prebendas a los médicos, ¿qué es lo más descabellado que encontró en su investigación?
R. Hay muchos viajes, congresos, comidas… y pagos directos. Para promocionar los implantes de cadera metálicos, J&J pagó a una docena de los mejores cirujanos ortopédicos 15 millones de dólares para que recorriesen el país hablando de los beneficios de este dispositivo. Algunos sabían tan bien lo peligroso que era que dejaron de ponérselo a sus propios pacientes. En el caso de la EPO, los oncólogos que la promocionaban llegaban a duplicar sus ingresos. Unos 200 académicos sabían que hacía crecer los tumores, pero mantuvieron la boca cerrada. Hablé con muchos de ellos. Me decían: “¿sabes los abogados que tiene esta gente?”. Con razón, J&J es un bufete que vende fármacos.
P. En “la cultura de la impunidad”, ¿qué papel jugamos los medios?
R. Algunos periodistas intentaron contar las historias que narro, pero J&J amenazó con retirar sus anuncios. En EE UU, muchos medios no han querido entrevistarme a pesar de que el libro está en la lista de los más vendidos de The New York Times, lo que además normalmente significa que sería publicado en toda Europa, pero no ha sido así en Alemania, Francia, Reino Unido... Editoriales y medios se han vuelto más fáciles de intimidar. Y hay una parte de autocensura. Es difícil exigir responsabilidades a los poderosos cuando tratas de sobrevivir.
P. ¿Cómo de larga fue la revisión legal del texto?
R. Meses, pero era importante tener toda la documentación atada. El libro [500 páginas] era mucho más largo. Enfrentarse a una compañía tan influyente siempre es una locura. Me arrepiento de haberlo escrito, pero estoy orgulloso de los documentos que obtuve y de la escritura, que es tan buena como podía ser. No es un libro fácil de leer, ni de escribir. ¿Cómo construyes un buen relato sobre una organización sin rostro? El Imperio del Dolor [el superventas de Patrick Radden Keefe sobre la dinastía Sackler, dueños de Purdue Pharma, y su responsabilidad en la crisis de los opioides] se lee como una novela, aunque es erróneo que la crisis fue solo su culpa. Purdue era un blanco fácil, sin el ejército de lobbistas ni el presupuesto publicitario de J&J.
P. ¿Qué le mantuvo escribiendo cinco años?
R. Estaba muy enojado de que se hubiesen salido con la suya durante tanto tiempo.
P. ¿Habló con ellos para escribirlo?
R. Con muchos empleados, pero la empresa nunca me dio su versión. Es una debilidad del libro y lo saben. Se han limitado a emitir un comentario a posteriori que no niega nada en concreto.
[Contactada por EL PAÍS, la filial española remite el comunicado: “Desde Johnson & Johnson respaldamos la seguridad de nuestros productos y seguimos centrados en hacer llegar innovación médica a los pacientes de todo el mundo”.]
P. Desde 2022, después de los eventos que narra, el CEO internacional es el valenciano Joaquín Duato. ¿Han mejorado las cosas?
R. No hay razones para pensarlo. Duato es sucesor y gran amigo de Alex Gorski, el directivo que más aparece en el libro. Hay algo excepcional en J&J: su credo [una pionera declaración de 1943, tallada en piedra en su sede y repetida en las reuniones importantes, que pone al usuario por delante del beneficio]. Manipulan psicológicamente mejor que nadie a sus empleados, haciéndoles creer, incluso a los directivos, que, a pesar de toda la evidencia en contra, J&J es, en general, una fuerza excepcionalmente beneficiosa en el mundo.
P. ¿Lo es de alguna manera?
R. Fue uno de los primeros fabricantes de antirretrovirales contra el VIH/sida que salvaron a millones de personas (aunque fueron de los pocos que no compartieron su patente para fabricar genéricos para África). Muchos de sus medicamentos salvan vidas y, si te operan, es probable que te cosan con suturas de J&J. Desde su fundación [a finales del XIX] hasta mediados del siglo XX fue una compañía ética.
P. El libro arranca con un encuentro fortuito en un bar de aeropuerto con una comercial de J&J que le contó su conflicto moral.
R. Es sorprendente, a lo largo de mi carrera, lo erróneas que han resultado mis primeras impresiones. Cuando empecé a cubrir sucesos, creía saber quiénes eran los buenos y quiénes los malos, pero acabé haciendo que arrestasen por corrupto a un jefe de policía al que admiraba mucho. En el sector farmacéutico, al principio pensé que los investigadores y médicos eran seres admirables; luego estaban los ejecutivos, que a veces hacían cosas malas. Los peores me parecían los comerciales: bebían y llegaban a acostarse con los médicos para llevarles por el mal camino. Al final, invertí por completo esa jerarquía moral. Casi todos los denunciantes de la industria son precisamente los comerciales. Ganan menos y tienen menos estudios, pero mayor integridad.
P. Visto el panorama, ¿en quién confía un enfermo en EE UU?
R. En uno mismo. Lee todo lo que puedas. Y no tengas prisa por tomar el último medicamento. Espérate y observa cómo funciona en el mercado.
P. ¿Cuál es el mejor país para enfermar?
R. Debido al enorme gasto, en EE UU hay laboratorios punteros y hospitales magníficos; por algo van los príncipes saudíes a la Clínica Mayo… Pero para un enfermo medio, Dinamarca o Noruega ofrecen, con diferencia, la mejor atención clínica, mejores tasas de vacunación, un excelente sistema de auditoría entre pares. En general, Europa es mejor: deberíais estar orgullosos de un sistema que protege a sus ciudadanos.

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