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miércoles, 18 de mayo de 2022

Pandemia y Protocolo (o protoculo)

No es raro, en los últimos meses, oír hablar públicamente sobre las consecuencias que ha provocado la pandemia. Se insiste cada vez más en el daño que ha causando en la salud mental de la población, en lo laboral, en la economía o en el desarrollo de los niños.

Es innegable que, desde que se detectaron los primeros casos de COVID19, ha habido un importante deterioro en todos esos ámbitos, y quizá en algunos más. Es, además, una buena noticia que exista preocupación sobre ello.

Pero, quizá por ser demasiado quisquillosos, hay algo que no deja de chirriarnos. Y es esa suerte de prosopopeya que nos lleva a culpabilizar y responsabilizar a la pandemia de lo que estamos viviendo desde hace más de dos años.

La pandemia o, más concretamente, el SARS-CoV2, ha causado la enfermedad y la muerte de muchas personas. No seremos nosotros quienes discutamos que ello ha conllevado un impacto psicológico y social. Cualquier plaga de la Historia ha originado, además de enfermedad y muerte, sufrimiento, miedo y pobreza para muchos, y esta no iba a ser menos.

Lo que nos preguntamos es lo siguiente: ¿son el virus y su morbimortalidad los únicos causantes de tanto sufrimiento secundario? A nosotros mismos nos respondemos: no. El virus no ha decidido paralizar la vida, ni dejar morir a miles de personas en soledad (y, a veces, con -o de- hambre y sed), ni obligar a usar mascarillas a todos en todo momento y lugar, ni cerrar las escuelas, ni culpabilizar a los enfermos, ni utilizar el terror y la coacción como estrategias informativas o medidas de salud pública, ni...

Tenemos que dejar de culpar al virus, a la pandemia, a Pandemia, de todo lo que ahora sufrimos. Sé que es difícil asumirlo, pero es hora de reconocer que mucho de todo esto no ha sido responsabilidad de Pandemia, sino nuestra. Había otras maneras de hacer las cosas, pero no las contemplamos. Porque no pudimos o no supimos, pero así fue.

No pretendemos culpar a nadie. Hablar de responsabilidad no necesariamente es hablar de culpa, pero responsabilizar a Pandemia de todo no es más que una huida hacia adelante. Una huida que, al dificultar la honestidad en el análisis y la reflexión, nos puede convertir, ahora sí, en culpables.

Tenemos la tentación de pensar que, de haber algún culpable, desde luego no seremos nosotros. Nosotros no tomamos las decisiones. Más aún, algunas las hemos criticado. Pero no caemos en la tentación. Nosotros somos, como la mayoría, culpables de lo que quizá puede ser un pecado que añadir a los de pensamiento, palabra, obra y omisión: pecado por delegación.

No hablamos de la delegación de cierto grado de poder a representantes públicos elegidos. Eso es algo que, queramos o no, es fundamento de nuestro organización social.

Lo que nos asombra es cómo hemos delegado en los expertos y las autoridades nuestra capacidad para decidir sobre la propia vida y -aún más alarmante- cómo parece que incluso delegamos nuestra capacidad de pensamiento.

No crea quien esto lee que nos referimos únicamente a la época pandémica. Desde hace ya muchos años existe un fenómeno creciente que contribuye a esto y que Pandemia sólo ha exacerbado: la protocolización de la vida.

Se implementan por doquier protocolos para todo. Así, lo que diga el protocolo, lo que diga Protocolo, es lo que hay que hacer. No importa la circunstancia de las personas a las que Protocolo afecte, pues Protocolo debe ser obedecido aun en el caso de que sea ridículo o incluso dañino (sirva de muestra el ejemplo del tratamiento con hidroxicloroquina a pacientes con COVID19, tratamiento que indicaba Protocolo y que parece haber redundado en mayor mortalidad).

Merece la pena recalcar una cuestión importante: Protocolo (también víctima de la prosopopeya), habitualmente es anónimo y no argumenta sus instrucciones. Se manifiesta, eso sí, escudado por la autoridad experta y por la apariencia científica. ¿Cómo no entregarnos a él, que nos ayudará a agarrarnos a certezas (aunque sean ficticias) y nos eximirá de cualquier responsabilidad (incluso de la de pensar)?

No deja de ser difícil de entender cómo el juicio humano, algo tan libre y glorioso, se ha ido viendo cada vez más constreñido por la protoclización y la algoritmización del pensamiento. Se habla desde hace años de la posibilidad de que la inteligencia artificial iguale a la humana. Seguimos considerándolo imposible, pero si cada vez parece que nos acercamos más, habrá que determinar si se debe al desarrollo de la inteligencia artificial o a la robotización de la humanidad.

Podrá pensarse que esta obediencia ciega a Protocolo es algo nuevo. No lo es. Ya en tiempos bíblicos las normas de la vida cotidiana a la que, por fe, se sometían los judíos, llevó en algunos casos a situaciones en la que los fieles se encontraban en la difícil tesitura de cumplir un mandamiento que les perjudicaba o desobedecer la ley de Dios para hacer un bien.

El símil, se podrá alegar, no es acertado, pues no podemos comparar ciencia y religión. Es ese un debate interesantísimo que postergamos de momento. Ahora nos basta con recordar, parafraseando, que el protocolo está hecho para servir a las personas, y no las personas para servir al protocolo.

Juan Diego Areta y Eliseo García.
Sobrino y tío.
Médicos.

lunes, 25 de abril de 2022

MASCARILLAS. Renuncio a la inmortalidad



Estos días hay cierto revuelo, parece, con el tema de las mascarillas. El Gobierno ha determinado que dejan de ser obligatorias también en espacios interiores con algunas excepciones. Pensaba que la noticia sería recibida con un alivio general y, efectivamente, creo percibir que así ha sido para la mayoría. Aun así, me sorprendió escuchar, en mi vida cotidiana y en diversos medios de comunicación, cómo no pocas personas afirman que siguen y seguirán usando la mascarilla en interiores (y algunos también en exteriores).

Vaya por delante que ante una decisión libre como es usar una mascarilla cuando a uno le parezca bien, no tengo nada que objetar. Lo que me ha llamado la atención no es esa decisión, sino la repetición machacona de los mismos argumentos. A saber: que el coronavirus sigue aquí, que se previenen también otras enfermedades víricas, que la gente está más tranquila si vamos enmascarados, que es casi una cuestión de conciencia y respeto a los demás y que, por precaución, sería conveniente que a partir de ahora la lleváramos siempre que estemos en un sitio cerrado o con mucha gente.

Es relevante que ese argumentario esté exclusivamente basado -¡cómo no!- en la que sería la razón última: la Ciencia (en mayúscula, como la Religión) ha demostrado que el uso de las mascarillas salva vidas. He intentado repetidamente comprobar que esa afirmación es cierta, pero no he podido más que concluir, hasta la fecha, que las mascarillas puede que prevengan enfermedades si son usadas en algunos contextos concretos y de forma adecuada. En cambio, no he sido capaz de llegar al convencimiento de que el uso masivo y permanente de mascarillas en la vida cotidiana tenga utilidad.

A pesar de la multitud de artículos científicos a este respecto, realmente sigo sin saber, supino ignorante como soy, en qué evidencia se han basado los ‘expertócratas’ que decidieron que era necesario el abuso de mascarillas sin atender a los posibles efectos adversos que ahora parecen comenzar a percibirse (ansiedad al descubrir la cara en adolescentes, trastornos del desarrollo del lenguaje en niños…).

Seguramente, tras leer el párrafo anterior, muchos podrían lapidarme con “evidencias” arrojadas como piedras: ¡las mascarillas nos protegen del coronavirus y de otros virus!, ¡si las usamos habrá menos enfermedades infecciosas!

Bueno, vale, ¡tampoco es para ponerse así! Supongamos que sí, que es así, que me convenzo de ello, que la evidencia es indiscutible… Pues, resulta que, aun así, me sigo oponiendo al uso generalizado y permanente de las mascarillas. Más aún, incluso si la mascarilla nos confiriera inmortalidad, renunciaría a las dos, a la mascarilla y a la inmortalidad. Esto, dicho así, sugiere obstinación, estupidez, tal vez locura. No niego ninguna de esas acusaciones, aunque intentaré explicarme.

A nadie se le puede escapar que lo que aquí he expresado es únicamente mi posición personal y vital. Además, en estos tiempos de cientismo duro, es preciso también recordar que un posicionamiento vital no se basa sólo en datos científicos, que la vida humana incluye muchas otras facetas. Y es en este recordatorio en el que, de eso sí estoy convencido, se encuentra el principal escollo en estos debates.

Desde la Revolución Científica de los siglos XVI-XVII, la Ciencia se ha ido progresivamente consolidando como la única fuente de verdadero conocimiento. Así, el saber tecnocientífico, con su búsqueda constante de cada vez mayor certeza, con su método, ha ido desplazando a otras formas de conocimiento (Filosofía, Teología) o dando un barniz “científico” a lo que no puede serlo (Medicina, Psicología, Sociología).

Esto, como parece lógico, ha terminado originando una sociedad hipertecnificada, gobernada cada vez más por ‘tecnócratas’ y ‘expertócratas’, que poco a poco parece olvidarse de que lo humano es mucho más que lo científico; que ha creído en las promesas de la Ciencia, que asegura que será posible desentrañar todos los Misterios y que llegaremos a controlarlo todo.

Memento mori, se recordaban hace ya muchos siglos. Memento mori, quiero recordar yo hoy. Pese a las falsas promesas y a los espejismos que la Ciencia nos ofrece, la muerte nos va a llegar. Y la gran cuestión no es si hay vida después de la muerte, sino si la hay antes.

Por eso me opongo a la inmortalidad, porque es imposible. Y por eso me opongo al enmascaramiento permanente y general, porque impide vivir antes de morir. Porque vivir es besar, es abrazar, es sonreír, es amar, es odiar, es compartir, es bailar, es vernos, es tocarnos, es encontrarnos, es llorar y reír juntos, es morir… y es muchas más cosas que no podemos “cientificar”.

La vida es riesgo, siempre. Podemos y debemos evitar ciertos riesgos innecesarios e imprudentes, como conducir borrachos, pero la vida es riesgo, siempre. Y lo hemos olvidado. Y hemos llegado a creer que es mejor, más humano, no visitar a la abuela, porque así le evitamos riesgos. Y estamos obsesionados con la seguridad, con la salud y con el control. Y esa obsesión nos está impidiendo vivir -o vivir humanamente-; nos está convirtiendo en individuos aislados y manipulables, en temerosos y asustadizos, en ‘homo ignavus’. La ingente cantidad de malestares psicosociales que padecemos, ¿no tendrá al menos parte de su origen en la frustración y la alienación que son provocadas por creer en unas promesas irrealizables?

Quizá tengo una edad en la que, como canta Drexler, la certeza caduca. Lo cierto es que no tengo respuestas definitivas para casi nada. Por eso este breve texto no debe tomarse como nada más que como lo que es: la expresión de una actitud ante la vida, de un posicionamiento personal que nace también de la preocupación ante la posibilidad de un futuro en el que sea difícil encontrar otras formas de vivir.

Juan Diego Areta Higuera
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sábado, 15 de enero de 2022

Besos en la coronilla contra el Covid

El invierno ha comenzado y la pandemia retorna esplendorosa a los medios de comunicación. Volvemos a escuchar el reporte diario de casos, ingresados en hospitales y muertos. Volvemos a surfear diariamente en los datos de la incidencia acumulada y de la presión hospitalaria. Volvemos a contemplar casos particulares dramáticos en nuestras pantallas. Volvemos a escuchar las tertulias de prestigiosos expertos. Por volver, vuelve hasta el uso de la mascarilla en exteriores. Volvemos a tener mucho miedo, a evitar tocarnos, a aislarnos.

En este contexto, a pesar de todo, aún queda espacio para la sorpresa, que a mí me llegó una mañana, tempranito, cuando conducía hacia el trabajo y una famosa periodista de radio dedicaba unas palabras de ánimo a la población, deslizando un hecho que para mí era desconocido: hay personas que saludan a su seres queridos con besos en la coronilla para disminuir el riesgo de contagio por coronavirus.

He visto (y en algún caso me han obligado a hacer) lamentables saludos con los puños, con el codo e incluso con una especie de reverencia mutilada. Pero nunca había oído hablar de besos en la coronilla.

Quiero pensar que eso no se hace por recomendación de ningún experto, pero por desgracia no me resultaría increíble. No en vano hemos escuchado y visto aplicar, en los últimos dos años, recomendaciones expertas (a veces imposiciones) para luchar contra la pandemia y que eran manifiestamente ridículas: afeitarse, limpiar los productos del supermercado, usar guantes por la calle, pulsar interruptores con llaves u otros objetos, limpiarse los zapatos en felpudos con desinfectantes, desinfectar con ozono las superficies y las calles, utilizar mascarillas al aire libre, controles de temperatura aleatorios, pasear en distintas horas según la edad, no cantar (o, si se canta, hacerlo bajito y al final de la reunión), no hablar si se comparte coche o normativizar dónde debe sentarse cada miembro de la familia en la cena de Navidad.

Además de tamañas absurdidades, algunas de las cuales aún se mantienen, cabe también recordar medidas mucho más contundentes y potencialmente dañinas cuya eficacia en la contención de la pandemia es más que dudosa y que han sido y son defendidas con gran ahínco por muchos expertos salubristas. Me refiero, por ejemplo, a la instauración de los pasaportes sanitarios, a la propuesta de vacunación obligatoria, a la vacunación masiva de niños o a los confinamientos generales y estrictos.

Todas estas medidas tienen en común, como se ha dicho, una eficacia dudosa, pero también una voluntad de colonizar la vida cotidiana de las personas, un espíritu autoritario innegable y una apelación a la fe en los expertos y en la Ciencia.

Ya antes de la actual pandemia era evidente el proceso de medicalización de la vida cotidiana y de expropiación de la salud, cuyo cuidado hemos ido delegando acrítica y peligrosamente en la institución médica. A pesar de ser un proceso que viene de lejos, las cotas que estamos alcanzando estos meses rozan el delirio y no sabemos qué consecuencias pueden tener. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Quizá el factor clave sea el miedo. Vivimos mayoritariamente asustados y, por ello, paralizados. La enfermedad y la muerte son experiencias humanas inevitables que intentamos negar y que nos aterran profundamente. Así, el mantenimiento de la salud se ha convertido en el objetivo vital de demasiadas personas, de tal forma que el resto de experiencias humanas deben sometérsele. Pues bien, aquí afirmo, y reconozco que es un posicionamiento vital personal, que la salud no es -o no tiene que ser- lo más importante.

Una buena salud puede ayudarnos a tener una vida mejor, eso es evidente, y de ello intento ser partícipe en mi trabajo como médico. Pero nos equivocamos si olvidamos que, como me enseñó un colega, “la salud es como el dinero, fantástica como abono pero una mierda como cosecha”.

Gracias a los misteriosos vericuetos del pensamiento, al escribir lo anterior me viene a la cabeza la frase del presidente Sánchez hace unos días: “el criterio de la Ciencia debe anteponerse a todo por el bien común”.

Las palabras de Sánchez son asombrosas. Lo son porque insisten en la gran paradoja de nuestro tiempo: la conversión de la Ciencia en Religión. Y lo son también porque inciden en la errónea idea de que lo tecnocientífico está desprovisto de ideología y de que, por esa neutralidad, se le deben someter todos los demás ámbitos de la vida humana.

Nada tienen que decir los propios seres humanos sobre cómo desean vivir su vida individual y también su vida social y comunitaria. La Ciencia, a través de los expertos reconfigurados en sacerdotes y conocedores de la Verdad, sabe lo que es mejor para todos nosotros y por sus normas debemos regirnos por nuestro bien personal y común.

No es sólo que los expertos sepan qué hacer para que obtengamos el bien, sino que saben qué es lo bueno y qué es lo malo. Es esa una cuestión previamente decidida -o revelada- y de la que tampoco tenemos nada que decir. Por eso se torna necesario obligar a todos a seguir sus dictados: para protegernos incluso de nosotros mismos. Se nos pide fe, y con fe nos entregamos. La Ciencia nos salvará.

Es preciso, tal vez, que aclare algo importante: no estoy afirmando que los expertos de cualquier área no deban aportar su conocimiento a la sociedad y trabajar por el bien de todos. Deben hacerlo y debemos tenerles en cuenta. Mi crítica es otra. Es al hecho de que a la población le haya sido expropiada su capacidad para decidir la mejor forma de, individual y comunitariamente, afrontar la propia vida.

Esta expropiación ha sido tristemente espoleada desde los púlpitos de la Salud Pública, que parece haber olvidado algunos de sus elementos fundamentales: que la salud es un concepto amplio, que debe tener en cuenta todos los factores que influyen en ella; que su misión no es obligar e imponer, sino facilitar y proponer; que no debe centrarse únicamente en una enfermedad, que debe tener una visión global y de largo plazo; y, sobre todo, que las personas no son maniquíes, que deben respetarse sus derechos, tradiciones y cosmovisiones.

Es preciso, a mi juicio, que rompan su silencio muchas voces también expertas que, seguro, no están de acuerdo con la deriva autoritaria que ha tomado el salubrismo. Es preciso que se reinstaure el debate científico y también el social, y que luchemos contra la pandemia apelando a la razón y no a la obediencia. Es preciso que se abandonen el dogmatismo y el silenciamiento de las opiniones críticas. Es preciso que recuperemos los lazos sociales y comunitarios, que recuperemos nuestras capacidades para el autocuidado y el apoyo mutuo.

Si no construimos entre todos, nada quedará en pie.

Besos en la coronilla.

Juan Diego Areta Higuera.

martes, 11 de enero de 2022

Veritas? Quid est veritas?


Juan Diego Areta Higuera

Yo estaba sentado a su lado y veía con qué atención escudriñaba su móvil hasta que, de repente, se levantó con decisión. “Voy a tender la ropa”, me dijo. Miré por la ventana. Las nubes eran muy oscuras; el viento, de tormenta. Incluso en la habitación olía a lluvia. “¿Seguro?”, le pregunté. “He visto en ‘el tiempo’ que no va a llover”. Llovió.

Esta anécdota es pequeña, pero no es única. Es interesante comprobar cómo tendemos a fiarnos cada vez más de la información que obtenemos de nuestros dispositivos digitales. Es paradigmática la broma/performance de Simon Weckert, quien, paseando por la calle con una carretilla llena de teléfonos, consiguió alterar el tráfico de Berlín.

Es tal la confianza que tenemos en nuestros apéndices electrónicos y en sus casi ilimitadas capacidades que llegamos incluso a dudar de lo que nuestros sentidos y nuestra razón nos están indicando. Si la aplicación dice que no va a llover o que hay un atasco… ¿quién soy yo para dudar por pequeñas nimiedades como que esté lloviendo o que la calle esté vacía?

Es ya algo establecido que grandes mayorías utilicen las redes sociales para informarse sobre distintos temas. Cabe recordar aquí que dichas redes no tienen vocación periodística ni informativa, sino que su principal interés es captar nuestra atención y que pasemos más tiempo conectados, para así saber más de nosotros y podernos ofrecer/publicitar productos de forma personalizada. Es ese el modo en el que pueden acabar generando beneficios económicos.

Por eso, las redes sociales no se preocupaban de si la información que un usuario ve, lee o escucha es real o no. Su objetivo era que dicho contenido le llamase la atención, por lo que le iba ofreciendo cada vez más. Si era o no verdad, era irrelevante.

Esto era exclusivamente así hasta que los escándalos derivados de las llamadas fake news llegaron a influir incluso en las elecciones estadounidenses. A partir de ahí entramos en una nueva fase y encontramos que, las mismas redes sociales -cuyos intereses no han cambiado sustancialmente- empiezan a autoerigirse en los principales luchadores contra las fake news. Se han transformado en “verificadores de hechos”.

¿Qué quiere decir esto? Sencillamente, que estas redes, con Facebook y Twitter a la cabeza, borrarán las noticias que puedan considerarse fake news (e incluso la cuenta de quien la publique o difunda). En principio, si una noticia o una información es falsa, podríamos convenir en que lo mejor es que no sea divulgada. De hecho, esa es una premisa ética fundamental de la profesión periodística.

Pero, y aquí entramos en una cuestión relevante, ¿hay periodistas detrás de Facebook o Twitter? ¿Cuáles son los criterios que se siguen para considerar una noticia como falsa? En definitiva, ¿qué es la verdad en la era de la desinformación por sobreinformación?

No quisiera teorizar más sobre esta cuestión, sino traer aquí un ejemplo de como Facebook, actuando como “verificador de hechos”, ha llegado a bloquear un artículo periodístico publicado por la histórica y prestigiosa revista médica ‘The British Medical Journal’.

El 2 de noviembre de 2021, el BMJ publicaba un artículo de investigación del periodista Paul D. Thacker en el que se relataba que un ex empleado de Ventavia (una empresa de investigación por contrato que ayudaba a llevar a cabo el ensayo principal de la vacuna de Pfizer contra la COVID19), aportó al BMJ una serie de documentos internos que dejaban entrever la posibilidad de que la investigación no estuviera realizándose adecuadamente, lo cual podría alterar la integridad y fiabilidad de los datos del ensayo clínico, así como la seguridad del paciente. Al parecer, el BMJ también tuvo acceso a la información de que la FDA no había investigado estos hechos a pesar de que recibió quejas directas sobre ello.

Según parece, a partir del 10 de noviembre, hubo lectores de la revista que avisaron de que tenían dificultades para compartir el artículo en Facebook, que llegó a marcar la publicación con una advertencia de que “los verificadores de hechos independientes dicen que esta información podría engañar a las personas", de que compartían “información falsa”, justificando esa decisión en base al criterio de los verificadores de hechos de Lead Stories (empresa contratada por Facebook para ello).

Esta situación llevó a dos editores del BMJ (Fiona Godlee y Kamran Abbasi) a escribir una carta abierta a Mark Zuckerberg. En dicha carta, publicada el 17 de diciembre de 2021, exponían por qué consideran que la “verificación de hechos” realizada por Lead Stories es “inexacta, incompetente e irresponsable”, argumentando que (y cito literalmente):
- No proporciona ninguna afirmación de hecho de que el artículo de BMJ se equivocó;
- Tiene un título sin sentido: "Verificación de hechos: la revista médica británica NO reveló informes descalificadores e ignorados de fallas en los ensayos de la vacuna Pfizer COVID-19";
- El primer párrafo etiqueta incorrectamente al BMJ como un "blog de noticias";
- Contiene una captura de pantalla de nuestro artículo con un sello sobre él que indica "Defectos revisados", a pesar de que el artículo de Lead Stories no identifica nada falso o falso en el artículo de The BMJ;
- Publicó la historia en su sitio web con una URL que contiene la frase "alerta de engaño". 


Aseguran desde el BMJ que se pusieron en contacto con Lead Stories y Facebook para abordar este problema pero que no tuvieron respuestas. Exponen además Godlee y Abbasi una preocupación que personalmente comparto: “Somos conscientes de que el BMJ no es el único proveedor de información de alta calidad que se ha visto afectado por la incompetencia del régimen de verificación de datos de Meta (empresa propietaria de Facebook). Por ejemplo, destacaríamos el tratamiento de Instagram (también propiedad de Meta) a Cochrane, organización internacional experta en revisiones sistemáticas de alta calidad de evidencia médica. En lugar de invertir una parte de las ganancias sustanciales de Meta para ayudar a garantizar la precisión de la información médica compartida a través de las redes sociales, aparentemente ha delegado la responsabilidad a personas incompetentes para llevar a cabo esta tarea crucial. La verificación de hechos ha sido un elemento básico del buen periodismo durante décadas. Lo que ha sucedido en este caso debería ser motivo de preocupación para cualquiera que valore y confíe en fuentes como el BMJ”.

Veritas? Quid est veritas? Es evidente que el BMJ no tiene la patente de la verdad, y que en sus artículos puede haber errores; pero también es evidente que son poco claros los métodos de los “verificadores de hechos” que pretenden combatir las fake news.

Pero la capacidad de influencia de estas grandes plataformas puede hacer que, por ejemplo, Facebook gane al BMJ en esta extraña “batalla por la verdad”… ¡sin que lleguemos a saber siquiera por qué! También yo puedo subir a tender bajo la lluvia. ¿Hacia dónde nos lleva esto? Cada cual que saque sus conclusiones. Las mía es quizá la misma que la de Antonio Machado: “¿Tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.

Iván Illich, en el centenario de su nacimiento. Demostró que la mayor amenaza para la salud mundial es la medicina, que el patógeno clave es la obsesión por la salud perfecta y que la escuela es una agencia de publicidad de la sociedad enferma.

Juan Gérvas (Doctor en Medicina, médico general rural jubilado, Equipo CESCA, Madrid, España, exprofesor de salud pública, Universidad Johns...