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lunes, 21 de septiembre de 2026

Alice Hamilton (27 feb 1869-22 sep 1970)

La Casa del Saber/facebook

“Los hombres solo beben demasiado.”
“No se lavan las manos.”
“Son enfermizos por naturaleza.”
Era 1910. La industria rugía. Las chimeneas eran el símbolo del progreso.
Pero dentro de las fábricas, los hombres caían muertos. Perdían los dientes. Se les paralizaban las muñecas. Se volvían locos.
Los dueños se encogían de hombros. Culpaban a los trabajadores. Afirmaban que la “enfermedad industrial” no existía.
Entonces la doctora Alice Hamilton cruzó la puerta.
Era una mujer menuda, de voz suave, de una familia acomodada de Indiana. Parecía más de biblioteca que de taller.
Pero vivía en Hull House, en Chicago, la casa de acogida dirigida por Jane Addams. Vivía cerca de los barrios más duros. Veía a los obreros volver cubiertos de polvo, tosiendo sangre.
Decidió convertirse en detective.
Pero no de crímenes. De venenos.
El gobernador de Illinois la nombró para una comisión que investigara las enfermedades laborales. No había presupuesto. No tenía poder para entrar en fábricas. No tenía poder para multar a nadie.
Así que usó la única arma que tenía: la “epidemiología de suela de zapato”.
Fue donde ningún médico respetable (y desde luego ninguna mujer) se atrevía a ir.
Subía por escaleras tambaleantes para inspeccionar cubas de ácido. Se metía en talleres con polvo de plomo. Entraba en los bares donde bebían los trabajadores y les preguntaba por sus síntomas.
Persiguió a los asesinos silenciosos: plomo. Mercurio. Fósforo.
Su caso más famoso fue el de la industria del “plomo blanco”.
Los dueños decían que sus plantas eran seguras. Alice no les creyó.
Vigiló las fábricas. Observó que la ropa de los obreros quedaba cubierta por un polvo blanco y fino.
Demostró que los hombres no enfermaban por “sucios”. Enfermaban porque respiraban muerte.
Encontró hombres con “caída de la muñeca” (parálisis por plomo). Encontró hombres con la “línea del plomo” en las encías.
Reunió los datos. No gritó. Presentó estadísticas frías e irrefutables.
Fue a ver a los dueños y, en la práctica, les dijo: “Están matando a su gente. Y si no paran, haré pública esta lista de nombres”.
Los avergonzó hasta que aceptaron medidas de seguridad.
Y ayudó a que se reconociera que aquello eran daños del trabajo, no “cosas de la vida”.
Su trabajo fue tan contundente que el sistema ya no pudo ignorarla.
En 1919, la Facultad de Medicina de Harvard llamó.
Querían contratar a la mayor experta en medicina industrial. Solo había un “problema”: era Alice.
La contrataron de todos modos.
Se convirtió en la primera mujer nombrada para el profesorado de Harvard.
Pero Harvard seguía siendo Harvard.
Le dieron el puesto, pero le impusieron tres reglas:
No podía entrar al Club de la Facultad.
No podía participar en la procesión de graduación.
No podía pedir entradas para los partidos de fútbol americano.
A Alice no le importaban las entradas. Le importaba la tribuna.
Usó su posición para pelear la gran batalla del siglo XX: la gasolina con plomo.
En los años 20, General Motors y Standard Oil querían añadir plomo tetraetilo a la gasolina para que los motores funcionaran más suaves.
Alice se levantó y dijo: “Alto.”
Advirtió que expulsar plomo, una neurotoxina, por cada escape en Estados Unidos envenenaría a generaciones de niños.
Las petroleras la atacaron. La llamaron “histérica”. Pagaron a científicos para decir que el plomo era seguro.
Perdió esa batalla. La gasolina con plomo se extendió. (Décadas después, su retirada confirmó el daño que ella había anticipado).
Pero ganó la guerra.
Ayudó a fundar la salud laboral moderna.
Murió en 1970, a los 101 años, pocos meses antes de que el Congreso aprobara la ley federal de seguridad y salud en el trabajo que dio origen a la OSHA.
Cada vez que ves un cartel de “zona de casco obligatorio”… cada vez que un trabajador se pone un respirador… cada vez que una empresa recibe una sanción por condiciones inseguras…
Estás viendo el legado de Alice Hamilton.
Demostró que un salario no debería costarte la vida.
Fuente: Harvard University ("First Female Faculty at Harvard - Dr. Alice Hamilton", sin fecha)

miércoles, 15 de julio de 2026

LA EPISIOTOMÍA CREA MÁS PROBLEMAS DE LOS QUE RESUELVE

 

Juan Gérvas (Doctor en Medicina, médico general rural jubilado, Equipo CESCA, Madrid, España, exprofesor de salud pública, Universidad Johns Hopkins, Baltimore, Estados Unidos) y
Mercedes Pérez-Fernández (especialista en Medicina Interna y médica rural jubilada) Equipo CESCA, Madrid, España.
jjgervas@gmail.com mpf1945@gmail.com www.equipocesca.org @JuanGrvas @juangrvas.bsky.social

NOTA

Este texto es la actualización del capítulo 34 del libro de los autores “El encarnizamiento médico con las mujeres. 50 intervenciones sanitarias excesivas y cómo evitarlas”. Los libros del lince. Barcelona. 2016.

El libro está descatalogado y fuera de ventas.

Los autores han actualizado este capítulo en homenaje a Michael Klein, (quien demostró la inutilidad y peligrosidad de la episiotomía) en ocasión de su muerte, el 10 de junio de 2026.

Aquí su obituario: https://everloved.com/life-of/michael-c-klein/obituary/

SITUACIÓN CLÍNICA: Sara ha tenido su segundo hijo. Un parto vaginal sin ningún problema, en el hospital de Teruel. Ahora sólo se queja de “los puntos”. A veces piensa, mientras cambia de posición para aliviar las molestias,: “¿No me había dicho la matrona que esta vez me iba a librar de los malditos puntos?”.

PREGUNTA: ¿Es útil la episiotomía?

RESPUESTA: En general es inútil, y perjudicial si se emplea sistemáticamente.

COMENTARIO:

La mujer como problema

Desde antiguo se ha visto a la mujer como un problema. Bien se expresa en la mayoría de las religiones en las que la mujer es pecadora y causa del pecado. Es decir, la mujer es quien lleva al varón a pecar. Tales religiones tienen una larga letanía que se repite mecánicamente, ahora en voz queda pero antes en alta voz.

Por ejemplo: · La mujer es mentirosa. · La mujer es lasciva. · La mujer arrastra al varón a la perdición. · La mujer es mala. · La mujer es peligrosa. · La mujer, la pata quebrada y encerrada. · La mujer es rencorosa. · La mujer es sucia. · La mujer es enemiga de la mujer. · La mujer es tonta. · La mujer no sabe lo que quiere. · La mujer es diabólica. · La mujer es perversa. · La mujer es destructora. · La mujer es malvada. · La mujer emplea sus encantos para seducir y manipular a los varones. · La mujer es débil. · La mujer es siempre inmadura. · La mujer nunca está contenta ni satisfecha. · La mujer es irracional. · La mujer es ambiciosa. · La mujer es dominante.

La mujer es un problema en esta sociedad patriarcal en la que todavía vivimos. No es extraño que el parto también sea un problema, siendo un acto femenino y exclusivo de la mujer.

El parto en su momento

La evolución ha llevado a que las mujeres tengan caderas anchas, lo que incrementa el diámetro del canal del parto y facilita el mismo. También ha llevado a un parto en el momento apropiado; es decir, 1/ cuando los requerimientos metabólicos del feto se satisfacen mejor con la leche materna que con el intercambio placentario y 2/ cuando el tamaño de la cabeza es el máximo para el canal de parto y todavía los huesos craneales del feto no están completamente osificados y se hallan separados entre sí por espacios de tejido fibroso que forman las suturas y fontanelas.

Durante el parto, el cráneo y la cara son deformables y las suturas y fontanelas del cráneo admiten una mecánica de superposición entre los huesos, lo que posibilita el paso de la cabeza fetal a través del canal de parto; esta plasticidad es clave para un parto normal.

En general, el parto en las mujeres es complicado por comparación con los de las hembras de grandes simios; en las primeras dura de media nueve horas, y dos en las segundas. Es el precio que paga la especie humana por andar sobre las extremidades posteriores.

Este parto complicado explica que desde la Prehistoria hayan existido comadronas, mujeres solidarias y con capacidad para "ayudar" a la mujer parturienta.

El parto es peligroso sólo en algunas situaciones muy específicas, como placenta previa y otras.

De cómo se transformó el parto en un proceso patológico

A principios del siglo XX, en los años veinte, en Estados Unidos se transformó todo parto en patológico. El ginecólogo “responsable”, Joseph DeLee, de Chicago, logró impacto mundial con su artículo, en 1920: "The Prophylactic Forceps Operation"

https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0002937802001175

https://embryo.asu.edu/pages/prophylactic-forceps-operation-1920-joseph-bolivar-delee

También publicó un libro que se convirtió en la “biblia” de la obstetricia, “Principles and Practice of Obstetrics” (“Principios y práctica de la obstetricia”).

La hospitalización y medicalización del parto se logró creando las ideas de que 1/ el parto es siempre peligroso en el sentido de que sólo sabemos que ha sido “normal” cuando ha terminado y no se ha complicado y 2/ los especialistas en ginecología y obstetricia tenían la solución preventiva con las nuevas técnicas, con la anestesia, los forceps y la episiotomía.

Esta medicalización de un proceso fisiológico fue expresión de una “ola” que, cien años después, se ha transformado en tsunami, la de la “prevención” sin límites mezclada con la omnipotencia de la tecnología sanitaria.

El parto devino en patológico por definición para justificar la existencia de una especialidad que dominaba dichas técnicas. Por consecuencia, se eliminaba de la atención al parto a matronas y médicos generales que no las dominaban (y eran responsables de la alta mortalidad materna).

Ciertamente, la mortalidad materna y perinatal en Estados Unidos era intolerable, pero relacionada principalmente con la pobreza, la desigualdad, la falta de higiene y otros determinantes sociales.

Por no comentar que la medicalización previa del parto había incrementado la mortalidad por la fiebre puerperal transmitida muchas veces por los propios profesionales.

El parto no era (ni es) patológico, la situación de la mujer sí.

Suecia como ejemplo

Se cree que la disminución de la mortalidad materna en los países occidentales después de la década de 1920 está asociada principalmente con el surgimiento de la atención obstétrica moderna (la de Joseph DeLee), mientras que se ha propuesto que las políticas de salud pública y la disminución de la pobreza y la desnutrición asociada con la pobreza fueron de importancia relativamente menor.

Pero el patrón de mortalidad materna antes del surgimiento de la tecnología ginecológica moderna no era uniforme en todos los países occidentales. En los Países Bajos, Noruega y Suecia, a principios del siglo XX se registraron bajas tasas de mortalidad materna, que se atribuían a una amplia colaboración entre médicos y parteras locales altamente competentes.

Entre 1900 y 1904, Suecia registró una mortalidad materna anual de 230 por cada 100 000 nacidos vivos, mientras que la tasa en Inglaterra y Gales fue de 440 por cada 100 000. En 1900, Estados Unidos registró entre 520 y 850 muertes maternas por cada 100 000 nacidos vivos.

La formación rigurosa de las matronas suecas les dio enorme prestigio social, similar al de maestros. De esta forma, las jóvenes suecas vieron en la profesión una oportunidad que aprovecharon, casi con independencia de clase social. Ello llamaba la atención a los visitantes extranjeros tanto como los excelentes resultados.

Por otra parte, no fue fácil para las matronas suecas el “hacerse” un lugar entre las comadronas populares y los médicos, pero lo lograron por su profesionalidad y, al final del siglo XIX, atendían a domicilio casi el 85% de los partos (10% eran atendidos por comadronas en domicilios y 5% por médicos en hospitales).

Otros países, como Dinamarca, Holanda y Noruega lograron éxito semejante tomando decisiones similares.

https://actasanitaria.com/el-parto-mortalidad-materna-y-encarnizamiento-medico/

https://ajph.aphapublications.org/doi/full/10.2105/AJPH.94.8.1312

https://web.archive.org/web/20141006045538/https://actasanitaria.com/el-parto-mortalidad-materna-y-encarnizamiento-medico/

Contraintuitivo pero cierto, la episiotomía conlleva más y peores desgarros

Para cualquiera es obvio que la enorme cabeza del feto pasa a duras penas por el estrecho canal del parto, y que más de una vez desgarra el suelo pélvico de la madre. Parece lógico cortar y hacer una episiotomía para ampliar la salida del canal y evitar desgarros con cicatrices y lesiones de uretra, recto y de la propia vagina. Así, "los puntos" se han convertido en la molestia más molesta del postparto y puerperio; "los puntos" es la sutura para reparar la herida quirúrgica que es la episiotomía.

Lamentablemente, es tan cierto que la episiotomía mejora el resultado del parto como que la Tierra sea plana o que la Tierra sea el centro del Universo. Es contraintuitivo pero falso. De la misma forma que la Tierra no es plana y no es el centro del Universo, la episiotomía no mejora el parto y, de hecho, lo empeora.

El poderoso influjo de los especialistas, que se juegan poder y dinero con sus técnicas, convenció a la sociedad, a los profesionales (matronas y médicos generales incluidos) y a las mujeres de que la episiotomía era segura y una mejor opción ante el "parto salvaje".

Michael Klein, médico de familia canadiense, tuvo su primer contacto con partos sin episiotomía en Etiopía, en los sesenta del siglo XX, en medio de la pobreza del subdesarrollo. En el mundo desarrollado los ginecólogos-obstetras habían impuesto su paradigma.

En 1984 se publicó el primer ensayo clínico que demostraba la inutilidad y peligrosidad de la episiotomía, hecho por matronas en el Reino Unido, que obtuvo poco eco. El impacto lo tuvo Michael Klein, que tardó 10 años entre diseñar el estudio y lograr su publicación en 1993. Naturalmente, tuvo dificultades para lograr la ayuda económica para desarrollar el ensayo clínico y tuvo dificultades para publicar los resultados pues era increíble que la episiotomía provocara más daños que el simple devenir natural.

Síntesis

La episiotomía se asocia a mayores desgarros, mayores lesiones, mayor daño rectal y uretral, alteraciones del piso pélvico y dispareunia. El remedio es peor que la enfermedad. Se precisaría episiotomía en casos excepcionales, si alguno.

Nos espantamos con la mutilación genital femenina, pero no con la que se realiza “en casa”, la episiotomía.

España registra actualmente una tasa global de episiotomías cercana al 28%, superando la recomendación de la OMS (que sugiere un límite del 10%). En Navarra o Baleares la tasa baja del 15%, pero su frecuencia sube en comunidades como Castilla-La Mancha (33%). En la Comunidad de Madrid, el 18%. En Europa las tasas más bajas, en torno al 5%, se dan en Dinamarca, Islandia y Suecia.

En resumen: la episiotomía de rutina produce más daños que beneficios y es epítome del encarnizamiento médico con la mujer pero se sigue realizando con frecuencia.

https://web.archive.org/web/20231224200107/https://www.espaciosanitario.com/opinion/el-mirador/episiotomia-como-ejemplo-del-encarnizamiento-contra-la-mujer-cuando-las-creencias-tropiezan-con-la-ciencia_1077811_102.html

¿QUÉ HACER?

Exigir un parto “humanizado” y científico en el que no se decidan técnicas por rutina. Difundir el daño que provoca la episiotomía. Mantener un suelo pélvico “sano”, con ejercicios apropiados.

PARA TERMINAR:

En 1984 las autoras del primer ensayo clínico sobre episiotomía proponían un uso "prudente" de la técnica, pero tuvieron poco impacto. Michael Klein lo consiguió y lo relató en un texto que debería ser de obligada lectura en las escuelas de enfermería y en las facultades de medicina: "Studying episiotomy: when beliefs conflict with science" [Al investigar la episotomía, las creencias chocaron con la ciencia]

http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/7595267

https://www.elpartoesnuestro.es/sites/default/files/public/blog/20140723ParirSinCiencia/studying_episiotomy_ed.pdf

Desde 2014 la duda ha sido si ni siquiera promover la episiotomía selectiva e ir a una política activa contra la episiotomía en general, por sus daños (con resultados prácticos de una tasa menor del 2%)

http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC4142063/

https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC5402639/

¿Por qué disminuyó la mortalidad materna a mediados del siglo XX?

La mortalidad materna no disminuyó por llevar el parto al hospital, ni por considerarlo siempre “potencialmente peligroso”, ni por pasarlo a manos de médicos obstetras-ginecólogos, ni por introducir intervenciones varias para “prevenir” las complicaciones que la “Naturaleza” no había sabido evitar mediante el uso rutinario de la anestesia, del forceps, de la episiotomía y de la extracción manual precoz de la placenta. De hecho, tales medidas indiscriminadas aumentaron en mucho la mortalidad materna.

La mortalidad materna disminuyó bruscamente, en apenas 20 años, por la confluencia de varios factores; entre ellos:

  1.  Las mejoras en la asepsia y antisepsia, que evitaron la fiebre puerperal.

  2.  La introducción de las sulfamidas (y después del la penicilina y otros antibióticos) que permitió tratar la fiebre puerperal.

  3.  Las mejoras en las transfusiones de sangre, que se necesitaron menos al permitir la expulsión espontánea de la placenta.

  4.  Las mejoras en la anestesia, que evitaron la mortalidad que conllevaba por sí misma, así como la restricción a su uso universal.

  5.  Las mejoras en la organización de la atención prenatal, y de la atención al parto y puerperio (en muchos casos en paritorios sin relación física con hospitales)

  6.  La disminución del tamaño de las familias, con menos hijos por mujer (se sumó posteriormente el control con los anticonceptivos), y mujeres con mejor educación formal, junto al menor número de embarazos de riesgo, como en adolescentes.

  7.  La disminución de la virulencia del estreptococo (germen más frecuente como causa de la fiebre puerperal).

Desde luego, las mejoras en el suministro y depuración de agua, en la vivienda y en la nutrición tuvieron también inmenso impacto.

El ejemplo sueco demuestra que la atención prudente a domicilio por matronas competentes logra un impacto en salud por encima de los determinantes sociales. Y no es el único ejemplo. Lo mismo demostró una matrona estadounidense, Mary Breckinridge, entre 1925 y 1937, quien con métodos “europeos” logró bajar la mortalidad de mujeres pobres en Kentucky hasta menos de la décima parte (60-70 contra 800-900) de la mortalidad de mujeres ricas atendidas en hospitales por médicos obstetras-ginecólogos en zonas limítrofes (Lexington).

No cabe duda, el encarnizamiento médico y el exceso “preventivo” en el parto pueden ser mortales.

¡Pobres mujeres!


domingo, 28 de junio de 2026

Nueva York retira la estatua al padre de la ginecología moderna

Curioso Dann/facebook

¿Y si te dijera que uno de los mayores avances de la medicina moderna nació en un sótano lleno de gritos, sangre y tortura? Esta es la perturbadora historia de J. Marion Sims, el hombre que la historia coronó como el "padre de la ginecología", pero cuyo legado esconde un secreto tan oscuro que la ciudad de Nueva York tuvo que arrancar su estatua de Central Park tras años de furia y protestas.

Imagínate viajar a Alabama en el año 1845. El dolor de las mujeres tras partos traumáticos era una condena a muerte social debido a las fístulas, una condición médica que las dejaba con incontinencia crónica. Sims prometió encontrar la cura, pero el precio de su obsesión lo pagaron los cuerpos de mujeres negras esclavizadas. Tres nombres han quedado grabados en la infamia de la ciencia: Anarcha, Betsey y Lucy. Ellas no eran pacientes; eran propiedad.

Aquí es donde la historia se vuelve verdaderamente escalofriante. Sims realizó decenas de cirugías experimentales en los órganos reproductores de estas mujeres. ¿El detalle más aterrador? Lo hizo sin usar un solo miligramo de anestesia. El cirujano se justificaba bajo una de las mentiras más racistas y crueles de la época: la teoría científica de que las personas negras tenían un sistema nervioso inferior y, por lo tanto, no sentían el dolor de la misma forma que los blancos. Anarcha, una joven de apenas 17 años, fue sometida a más de treinta cirugías consecutivas en carne viva, amarrada a una mesa mientras los aprendices de Sims observaban el horror.

Mientras Sims ganaba fama mundial, inventaba el espéculo vaginal que se usa hoy en todos los hospitales del planeta y fundaba instituciones médicas prestigiosas, el sufrimiento de sus víctimas quedaba sepultado bajo el peso del éxito. La medicina avanzó, sí, pero a costa de una carnicería humana que hoy sería catalogada como un crimen de lesa humanidad.

La caída de su monumento en Nueva York no fue solo un acto político; fue el despertar de una sociedad que exige reescribir la historia. El debate incendia las redes: ¿Se puede aplaudir el descubrimiento científico si el método para conseguirlo fue una tortura sádica? Sims salvó a millones de mujeres en el futuro, pero destrozó las vidas de las esclavas que lo hicieron posible. Al final del día, la estatua se ha ido, pero las cicatrices de la ciencia siguen abiertas. ¿Héroe de la medicina o monstruo de la historia?

viernes, 1 de mayo de 2026

MATERFIESTO: política disruptiva con voz de madre, de Isabel Salas

Ibone Olza

En estos tiempos absurdamente polarizados, decir que ser madre no es lo mismo que ser padre puede ser motivo de cancelación. Igual que afirmar que, si el cerebro de las mujeres se transforma durante la gestación, es para que podamos AMAR a nuestras criaturas, un amor que es sinónimo de protección, de desear y procurar que esa hijo o hija que habitó nuestro cuerpo y salió de nuestro vientre viva y nos sobreviva. Hay toda una biología, evolucionada y perfeccionada a lo largo de millones de años que sostiene estos procesos, pero cuando la señalamos nos tachan de esencialistas.  Maternamos con y desde el cuerpo, pero socialmente se sigue intentando minimizar, cuando no ocultar o negar, la fuerza y la potencia de toda esa biología mamífera y transformadora.

En este contexto, este Materfiesto parido por una madre me ha parecido tan necesario como contundente. Un libro breve, bien escrito, que resume, explica y sintetiza como se construye el patriarcado, los mandatos que siguen gobernando el mundo, y ofrece soluciones para, poco a poco, ir desmontando el patriarcado. Brillante, claro y directo.

La autora es una madre y escritora, Isabel Salas, que tuvo que salir huyendo cuando la justicia patriarcal intentó arrebatarle la custodia de sus hijas. Sabe bien de lo que habla.  Desde ese lugar, ofrece una propuesta para el debate y la política, una propuesta de “ley de Protección del Vínculo Filio-Materno que reconozca la jurisdicción materna como ámbito vital prioritario y establezca límites claros a la intervención institucional en esa unidad originaria”.
El capítulo que más me ha gustado ha sido el dirigido al padre amoroso (el 10) dónde señala claves que me parecen fundamentales:

“un padre que ama de verdad no busca autoridad, construye cuidado. Y eso no se mide en visitas, sentencias ni cuotas”… Sabe que la madre es el centro de la vida del hijo, sobre todo en los primeros años, y esto no le molesta ni le causa celos o inseguridades. No lo vive como pérdida. No necesita desplazar para pertenecer. Sabe que su momento llegará más adelante, cuando el hijo busque un horizonte más allá del regazo. Y entonces él está. Se ubica desde otro lugar: el del acompañamiento real. Sin ego. Sin planillas…El padre amoroso no invade la jurisdicción materna. La sostiene. La fortalece. La honra».

Os dejo algunas frases más, y os recomiendo muchísima su lectura. (Aquí se puede adquirir si estás en España)

La maternidad no se otorga: se encarna. Y cada hijo necesita a su madre más que la madre a él.

El vinculo materno-filial es jurisdicción vital porque asegura la vida del niño, no porque satisfaga a la madre.

La madre es custodia, no propietaria.

Cualquier mujer tiene el privilegio de poder ser madre, pero el hijo tiene la necesidad de su madre: la necesidad de permanecer con quien lo gestó y  quien conoce desde antes del nacimiento.

No se puede hablar de liberación sin hablar de maternidad, la autonomía materna es un eje político…

La persecución de quienes defienden el vinculo materno filiar, en realidad, es una persecución contra la infancia.

Lo que se juega es la existencia misma de la maternidad como vinculo humano no sustituible para los niños y niñas de un futuro próximo.

martes, 14 de abril de 2026

Cuando tener hijos deja de ser una opción económica viable


Rafael Pampillón/eldebate.com

En cierta ocasión, un amigo me contó que, cuando le habló a su novia de planes de futuro, ella (economista) le dijo que tener hijos es inviable. Concepto económico, como se sabe.

Durante años, el debate público en España ha girado en torno a una pregunta aparentemente sencilla: ¿por qué nacen tan pocos niños? Las respuestas más repetidas han sido: falta de ayudas a la natalidad, precariedad laboral o dificultad para conciliar. Sin embargo, estas explicaciones, aunque no son incorrectas, resultan superficiales.

¿Por qué? Porque evitan cuestionar la realidad. ¿Y cuál es la realidad? La realidad es que España mantiene un modelo redistributivo que, de forma sistemática, traslada recursos desde las generaciones jóvenes (aquellas en edad de formar familias) hacia los mayores.

En nuestro país, el gasto público, en las últimas décadas, se ha destinado de forma muy significativa a pensiones y sanidad. Mientras que las políticas de familia, infancia o vivienda han quedado en un segundo plano, el 50 % del incremento del gasto público entre 1995 y 2025 se fue a pensiones.

Cuando un sistema redistributivo concentra recursos en quienes ya han completado su ciclo reproductivo, debilita la capacidad de quienes lo están iniciando. Y sin capacidad económica ni expectativas de futuro, la decisión de tener hijos deja de ser una opción viable para convertirse en un lujo.

Aquí es donde fallan muchas de las políticas actuales. Se ofrecen cheques por hijo, ampliaciones de permisos o ayudas puntuales, como si la decisión de tener un hijo fuera equiparable a una compra que puede estimularse con un descuento. Pero sigue sin avanzarse en lo importante: vivienda y estabilidad laboral.

Algo similar ocurre con la inmigración. Alivia temporalmente el envejecimiento de la población, pero no lo resuelve. Porque los propios inmigrantes, al integrarse en la sociedad española, adoptan sus mismos patrones reproductivos.

La cuestión de fondo es que el sistema penaliza económicamente a quienes se encuentran en la fase vital de construir un proyecto familiar. Los jóvenes ganan menos en términos relativos que las generaciones anteriores y se enfrentan a mayores costes en ámbitos como la vivienda.

El resultado es una paradoja. Se exige a las nuevas generaciones que sostengan el sistema (financiando pensiones y servicios), pero al mismo tiempo se les priva de las condiciones necesarias para hacerlo.

Este desequilibrio no es exclusivo de España, pero aquí alcanza una intensidad particularmente alta. Las generaciones mayores, más numerosas y con mayor participación electoral, tienen un peso decisivo. Las más jóvenes están precarizadas y tienen menor influencia.

No se trata simplemente de diseñar mejores políticas, sino de reordenar prioridades. Reducir el gasto en pensiones y aumentar la inversión en familias y vivienda son decisiones que afectan a unos jubilados con gran capacidad de movilización. Lo que supone un coste político.

Sin embargo, ignorar esta realidad tiene consecuencias. La más evidente, la caída de la natalidad. También se está produciendo una fractura generacional cada vez más profunda. Los jóvenes no solo tienen menos recursos; también perciben que el sistema no está pensado para ellos. Esto erosiona la confianza en las instituciones y debilita el pacto social implícito que ha sostenido el modelo de bienestar durante décadas. En un entorno donde, desgraciadamente, las expectativas para los jóvenes son inestables, la opción de no tener hijos se convierte en una realidad.
¿Qué hacer entonces?

Primero, hay que reconocer que el problema no se resolverá con medidas cosméticas, como las ayudas a la conciliación o los incentivos fiscales.Segundo, asumir que la política presupuestaria tiene consecuencias demográficas. Si una gran parte de los recursos se orienta hacia el consumo presente de las generaciones mayores, se está comprometiendo la capacidad de reproducción futura de la sociedad.

Tercero, quizá el más difícil, es introducir una perspectiva intergeneracional en el debate público. No se trata de enfrentar a jóvenes y mayores, sino de reconocer que el sistema debe equilibrar las necesidades de ambos.

España no necesita más eslóganes sobre natalidad ni debates simplificados sobre inmigración. Necesita una conversación honesta sobre cómo distribuye sus recursos y qué consecuencias tiene esa distribución. Porque, al final, el problema no es que los jóvenes no quieran tener hijos. Es que puedan tenerlos.

lunes, 13 de abril de 2026

Rachel Carson (27 de mayo de 1907 - 14 de abril de 1964

En la primavera de 1962, una mujer tranquila, con el cáncer avanzando por su cuerpo, se sentó frente a una máquina de escribir y cambió la forma en que el mundo entendía la naturaleza.

Se llamaba Rachel Carson.

Sabía que su tiempo era limitado. Y también sabía algo más inquietante: si guardaba silencio, millones de seres vivos desaparecerían. No por una catástrofe natural, sino por un “avance” celebrado como un milagro.

Ese milagro tenía nombre: DDT.

Durante la Segunda Guerra Mundial, este químico había salvado innumerables vidas al reducir enfermedades transmitidas por insectos. Su creador recibió el Premio Nobel. Tras la guerra, el DDT se convirtió en símbolo de progreso. Se rociaba en campos, jardines y barrios enteros. Los niños jugaban entre la niebla química. Parecía la victoria definitiva del ser humano sobre la naturaleza.

Pero Carson, bióloga marina especializada en los delicados equilibrios de los ecosistemas, comenzó a notar algo alarmante: los pájaros estaban desapareciendo.

Durante cuatro años reunió pruebas con una paciencia implacable. Lo que descubrió era simple y devastador. El DDT no desaparecía. Se acumulaba en el suelo y el agua. Subía por la cadena alimentaria. Llegaba a los peces. Luego a las aves. Allí debilitaba las cáscaras de los huevos hasta que no podían sostener la vida.

Las primaveras estaban quedándose sin cantos.

Su libro se llamó Primavera silenciosa.

La reacción fue inmediata y feroz. La industria química la ridiculizó. Puso en duda su salud mental, su formación y sus intenciones. Se publicaron parodias y advertencias alarmistas. Se dijo que sus ideas traerían retroceso y escasez.

Carson enfrentó todo eso mientras recibía radioterapia. Su cuerpo se debilitaba, pero su voz no.

Cuando el presidente Kennedy ordenó una revisión científica independiente, los resultados confirmaron sus hallazgos. Años después, en 1972, Estados Unidos prohibió la mayoría de los usos domésticos del DDT. Carson ya no estaba viva para verlo.

Las consecuencias fueron claras. Las águilas calvas regresaron. Otras aves se recuperaron. El silencio no se convirtió en norma

La historia no terminó ahí.

Hoy, otro químico domina los campos agrícolas: el glifosato, componente principal de un herbicida ampliamente usado. Durante años fue presentado como seguro y revolucionario. Con el tiempo, surgieron debates científicos, demandas judiciales y posturas regulatorias contradictorias. Algunas instituciones lo consideran de bajo riesgo bajo ciertas condiciones. Otras han señalado posibles efectos preocupantes y han impuesto restricciones.

Investigaciones recientes también han observado impactos en polinizadores como las abejas, organismos esenciales para los ecosistemas y la producción de alimentos. La discusión continúa, compleja y abierta.

El paralelismo no es exacto. El glifosato no es DDT. La ciencia actual es más sofisticada y el contexto distinto. Pero el patrón resulta familiar: una sustancia ampliamente aceptada antes de comprender del todo sus efectos, grandes intereses defendiendo su uso y señales que invitan a mirar con más atención.

Rachel Carson entendió algo fundamental: no estamos separados de la naturaleza. Lo que liberamos en ella vuelve a nosotros. En el agua. En los alimentos. En el aire.

También entendió que una sola persona, armada con evidencia y convicción, puede alterar el rumbo de la historia.

Gracias a su valentía nació el movimiento ambiental moderno. Se fortalecieron las políticas de protección ambiental. Y se demostró que la ciencia podía abrirse paso incluso frente a una oposición poderosa.

Las primaveras aún cantan.

Ese canto es un legado.

Cuidarlo exige lo mismo que ella demostró: atención, pensamiento crítico y el coraje de no callar cuando algo no está del todo bien.

Sesenta años después, su fe en nosotros sigue siendo nuestra mayor responsabilidad y nuestra mayor esperanza.

jueves, 12 de febrero de 2026

OLGA VIERA - Mesa redonda

Mesa redonda sobre una gran creyente. Estos días recordamos a Olga Viera.

 ¡Comparte este testimonio! 

Fue pueblo, madre, feminista y ecologista de verdad. Supo crecer y evangelizar.
Nos escriben:
- "Mujer que, a través de la sencillez de su persona, hacía Evangelio, más que predicar vivía"
- "Me gustó la idea de que se hacía cargo de la realidad tal como ésta se presentaba, fuera del signo que fuera. O sea, su capacidad de acogida sin condiciones"
-Transmisora de paz en una vida intensa.
-Facilitadora de vida.
-Enfrentaba la vida sin dejar de mirar a los demás.
-SEMBRADORA DE PALABRAS, DE ESPERANZA.

viernes, 12 de diciembre de 2025

Rosa Añel: Mamografias. Por un uso adecuado

¿De verdad prevenir es mejor que curar?

En la entrevista “Mamografías. Por un uso adecuado”, Rosa Añel, Médica de familia y editora del Blog Sano y salvo, desmonta, con calma y rigor, uno de los mantras más repetidos en salud: “Más vale prevenir que curar”. 

El corazón de la entrevista gira en torno a las mamografías, muy de actualidad tras el “escándalo de los cribados” y de la no comunicación de los resultados de las mamografías a miles de mujeres en Andalucía. 

Es importante diferenciar entre una prueba de cribado y una prueba diagnóstica. El diagnóstico se aplica a personas con síntomas y alta probabilidad de tener una enfermedad, es decir, en situaciones en las que la prudencia indica que es necesario descartar enfermedad. El cribado o screening se dirige a personas sin síntomas, muchas de las cuales nunca desarrollarán la enfermedad, y ahí reside su ambivalencia y la explicación de por qué, si no se aplica adecuadamente, puede causar más mal que bien.

Frente a la idea de que “cuantas más pruebas, mejor”, la entrevista invita a hacerse algunas preguntas incómodas pero necesarias: ¿qué beneficios reales aportan los programas de cribado? ¿qué daños pueden causar? ¿qué información reciben las mujeres antes de someterse a una mamografía? ¿por qué es tan importante el consejo de tu médica de familia? 

Las pruebas de detección precoz no son inocuas: pueden etiquetar de “enfermas” a personas sanas. Sin embargo, la creencia popular sobre sus bondades es tal que conduce al pensamiento mágico, llegando a creer que someterse a mamografías periódicas evitará tener cáncer de mama. El halo de protección de la prevención no deja ver sus posibles riesgos. Es el caso del sobrediagnóstico, donde el principal problema es la cascada de intervenciones posterior a un “hallazgo” mamográfico: comunicación de un resultado “no concluyente”, necesidad de nuevas pruebas de imagen, biopsias… que en muchos casos se podrían haber evitado y, sin embargo, pueden terminar incluso recibiendo tratamiento sin ser necesario. En el otro extremo tenemos el problema de que, con frecuencia, las personas de mayor riesgo son la que menos atención reciben.

¿Qué hacer, entonces, para evitar pasarnos de largo (sobre-prevención) o quedarnos cortos (infra-prevención)? La recomendación de Añel es tratar de disponer de la mejor información en cada caso. Para conseguirlo, lo mejor es seguir el consejo de tu médica o médico de familia, el profesional más cualificado para hacerte “el traje a medida”. No se puede comparar el caso de una mujer con antecedentes familiares de cáncer de mama con una mujer sin factores de riesgo. La actitud y las recomendaciones van a ser totalmente diferentes. 

Desde el arranque, Añel subraya que en el ámbito sanitario ninguna intervención está libre de riesgos, y que ningún daño es más prevenible, ni más lamentable, que el derivado de haber hecho algo que era innecesario. De ahí la importancia de evaluar muy bien, según las características de cada paciente, qué es lo más adecuado.

Una conversación imprescindible para cualquiera que quiera hablar de “hacerse o  no hacerse pruebas” y reivindicar algo tan sencillo y necesario como el derecho a una decisión informada.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Franca Viola, la importancia de decir "no"

Tenía diecisiete años.
Y la ley decía que debía casarse con su violador… o ser deshonrada para siempre.
Ella dijo no.

En 1965, Franca Viola era una adolescente que vivía en Alcamo, Sicilia, cuando tomó una decisión que cambiaría la historia de Italia.
Pero antes de hacerlo, tuvo que sobrevivir.
Franca había terminado su relación con Filippo Melodia, un hombre con vínculos con la mafia que no aceptó el rechazo.

La casa del saber/facebook

El 26 de diciembre de 1965, Melodia y un grupo de hombres armados irrumpieron en la casa familiar. Golpearon a su madre.
Secuestraron a Franca y a su hermano pequeño, Mariano, de ocho años, que intentó desesperadamente defenderla.
Mariano fue liberado. Franca, no.
Durante ocho días, fue retenida, violada y amenazada, obligada a aceptar un matrimonio con su agresor.

Porque en la Italia de 1965, esa era la “solución”. Era la ley.
El artículo 544 del Código Penal italiano permitía que un violador evitara la cárcel si se casaba con su víctima.
A esto se le llamaba matrimonio reparador (matrimonio riparatore).
La idea era que el matrimonio “restauraría” el honor de la mujer, supuestamente destruido por la violación.
Su honor, no su crimen.
Y no hablamos de tiempos antiguos. Era 1965 — el año en que los Beatles cantaban Yesterday y Estados Unidos enviaba tropas a Vietnam.

En la Italia moderna, las mujeres violadas debían casarse con su agresor o vivir como parias, “manchadas” para siempre.
Cuando Franca fue finalmente liberada, todos —su comunidad, la sociedad, incluso parte de su familia— esperaban que hiciera lo que hacían todas las mujeres:
aceptar el matrimonio y seguir adelante con su vida “reparada”.

Pero Franca dijo no.
Ese simple “no” quebró un sistema que llevaba siglos oprimiendo.
Ante los jueces, los periodistas y todo el país, Franca Viola declaró:
“No quiero reparar un crimen que no cometí. Quiero justicia.”
Fue un escándalo.
En Sicilia, una mujer que se negaba a casarse con su violador no solo era “deshonrada”: también arrastraba la vergüenza sobre su familia.
Su padre recibió amenazas, pero nunca se rindió.
Dijo con firmeza:
“El honor no se repara con un matrimonio. Se pierde cuando se niega la verdad.”

El juicio, en 1966, fue histórico.
Filippo Melodia fue condenado a once años de prisión, un hecho sin precedentes.
Por primera vez, una mujer siciliana no fue vista como una víctima “sin honor”, sino como una mujer digna y valiente.

Italia tardó todavía años en cambiar la ley.
No fue hasta 1981, dieciséis años después del secuestro de Franca, que el Parlamento italiano abolió el matrimonio reparador.
Pero aquel día, en el tribunal de Alcamo, la historia ya había cambiado para siempre.

Franca Viola se casó años después, por amor, con otro hombre.
Vivió discretamente en su pueblo natal.
Siempre rechazó ser vista como una mártir:
“Solo hice lo que cualquier mujer debería hacer.
El verdadero deshonor es renunciar a la libertad.”

Hoy, su nombre se enseña en las escuelas italianas.
Es un símbolo del valor, la dignidad y la libertad femenina.
Una adolescente de diecisiete años que se atrevió a decir no cuando todo un país esperaba que guardara silencio.
Y ese no cambió Italia para siempre.

lunes, 21 de julio de 2025

“El parto es un momento en el que se ejerce mucho la relación médica de poder”

CARME VALLS LLOBET / MÉDICA
Meritxell Rigoll/CTXT

rear una medicina que se fije en las especificidades biológicas de las mujeres, así como en su posición en el mundo –cómo se ven y cómo las ve la sociedad–, es una cuestión pendiente que denuncia Carme Valls Llobet, médica especializada en endocrinología y directora del programa Mujer, Salud y Calidad de vida del Centro de Análisis y Programas Sanitarios (CAPS). ¿Progresos en tres décadas? Bien escasos, lamenta. En Mujeres invisibles para la medicina (Capitán Swing, 2020), Valls presenta un recorrido por la salud física y mental con el que reclama que las mujeres dejen de ser obviadas en la investigación de patologías y tratamientos. “Muchas veces pregunto si un antibiótico metaboliza igual en hombres que en mujeres y a menudo no me lo saben explicar ni desde el propio laboratorio que lo vende”, explica la médica defensora de la “ciencia de la diferencia”. Insuficiente esfuerzo diagnóstico y sobremedicalización son algunas de las consecuencias del vacío de conocimiento biomédico diferencial que perjudica la atención a la salud de las mujeres y les resta vitalidad a los años vividos, según Valls.

¿Cómo afectan los estereotipos de género a la atención médica que reciben las mujeres?

En la atención a las mujeres se mezclan los estereotipos con la falta de ciencia. La ciencia médica es androcéntrica, ha estudiado fundamentalmente lo que les pasa a los hombres [cisgénero]. Lo que pasa a las mujeres parece que es menos importante y si se sale mucho de la norma masculina es, directamente, ignorado. Me refiero por ejemplo a todo lo que tiene que ver con la menstruación, el parto, el postparto y la menopausia. La ciencia médica tiene que avanzar en atender la calidad de vida de las mujeres, porque no se trata solo de vivir más tiempo, sino de que los años que se vivan sean sin dolor, sin llagas ni espaldas que se curvan. Con más ciencia, lo retardaríamos. Se las valora como inferiores. Cuando una mujer está en la consulta por cosas que a los hombres no les pasan, o que no les pasan igual, hay la maldita tendencia a decir que son nervios. Y cuando la medicina dice esto, además de equivocarse muchas veces, lo que hace es medicalizarlas. Vivir en una sociedad androcéntrica y patriarcal, en una sociedad que te menosprecia y en la que tienes que prepararte las cosas el doble que los hombres para ser escuchada, pone de los nervios, obviamente, y genera un desgaste. Pero cuando esto se convierte en un nombre técnico, como ansiedad o depresión, y te dan una pastilla, se psiquiatriza, y esto es un error.

Detecta un insuficiente esfuerzo diagnóstico en la atención médica a las mujeres ¿Qué enfermedades pasan desapercibidas y son a menudo inadecuadamente tratadas con psicofármacos?

Todas las que son más insidiosas, es decir, que se manifiestan con malestar. ¡Todo el mundo quiere encontrar un dolor concreto en un punto concreto! Cuando las mujeres dicen “me duele todo” o “tengo un malestar rarísimo” o “no me encuentro bien”, se enmascaran enfermedades como las carencias metabólicas, empezando por las anemias y la falta de B12. También las enfermedades autoinmunes, que predominan entre las mujeres, y que empiezan siempre con malestar y dolor hasta que no se manifiestan de manera más concreta. Serían la artritis reumatoide, el lupus o la enfermedad del síndrome seco. Y también problemas que están surgiendo en una sociedad que usa tantos productos químicos, como la fatiga crónica, la fibromialgia o la sensibilidad química múltiple. Son enfermedades que no causan la muerte de forma inmediata pero que en cambio alteran la calidad de vida de la persona. Como no estás preparado para diagnosticarlas rápido y como falta más ciencia, quedan en ese grupo de “malestar vago” ante el que se dice a las mujeres que seguramente es psicosomático. ¡Antes de llamarlo psicosomático usted tiene que hacer toda una batería de pruebas! Hace años que trabajo con la fibromialgia y lo que veo es que no diagnosticamos bien las causas del dolor crónico. Lo que hacemos es psiquiatrizarla, les damos sedantes antidepresivos y parches de morfina para tratarla.

¿Pero es cierto que las mujeres sufrimos más depresión?

Hay artículos médicos en los que dicen que las mujeres ‘por su naturaleza’ tienden a la depresión o a la ansiedad. No es que tengamos una tendencia innata a la depresión, pero vivir en una sociedad androcéntrica es un factor depresógeno. Tenemos que aprender a bailar aquí dentro, con todo lo que se dirige a aplastarnos. Hacer frente a las humillaciones que recibimos es un esfuerzo. Por otro lado, hay más ansiedad en las mujeres cuanto menos reservas de hierro tienen. Y resulta que hay mujeres que desde los doce años a los cincuenta tendrán el hierro bajo, porque tienen sangrado menstrual alto. Sumado a una sociedad llena de disruptores endocrinos en el medioambiente, que las llevan a tener una menstruación más abundante. En este caso, es un factor ansiógeno [que genera estrés] y es biológico. Esto los médicos y las médicas lo tienen que aprender, como si recitaran un poema, porque es el poema angustiante de la vida de muchas mujeres. Hace falta saber mucho de la biología diferencial de las mujeres pero de la facultad de medicina se sale sabiendo muy poco de ello. Al ciclo menstrual se le dedica tan solo una hora en toda la carrera. Hay una gran diferencia entre decirle a una mujer que está deprimida o que hay muchos factores sociales y biológicos que la pueden derrumbar y que tiene que ser consciente de estos factores para que le afecten lo menos posible.

Usted observa que los sentimientos de culpa son los agresores principales para la salud mental de las mujeres. ¿Cómo se puede encajar reparar o fortalecer la autoestima de las mujeres en la política de salud pública?

Todo lo que pueda subir nuestra autoestima, como que se reconozca nuestro trabajo y se visibilice, mejora la salud mental. En cambio, no la mejora tratar esta salud agredida por la sociedad con una pastilla. Medicalizamos lo que es social y cultural. Sacarse la culpa, que permite tenernos más controladas, con ideas como que “quizás he hecho algo malo” o “quizás no valgo mucho”, es un tema complejo y social, que no se arregla medicalizando a las mujeres.

Detecta que en el acto médico se ejercen violencias hacia las mujeres ¿Qué debemos desnormalizar en la relación con los médicos y médicas?

No tenemos que normalizar ninguna relación de poder. El poder se tiene que alejar de las relaciones humanas, también en el acto médico. La persona que tienes delante tiene que ser escuchada e informada de lo que le propones, de lo que le pasa y de lo que puede pasar, con la máxima calidad posible y no diciendo palabras raras. No se puede cometer ningún abuso, y me refiero no solo a lo más obvio, como puede ser el abuso sexual, sino también a la prepotencia. Las mujeres acuden más a la atención primaria y son las que reciben más actos médicos prepotentes. Los hombres, que viven muy fuera de su cuerpo, solo piden ayuda cuando están vomitando sangre, con una pulmonía doble o con un infarto, por lo que van a parar a urgencias, donde han avanzado mucho en respeto a las personas. Hay unas pautas diferentes a las del acto médico habitual. Hay que tener en cuenta, también, que el médico o la médica de primaria tiene una lista de cuarenta visitas y cinco minutos por visita. A pesar de esto, hay quienes lo hacen con respeto.

Además de cambiar el trato que nos dan algunos médicos y médicas, ¿qué más es imprescindible tocar en el sistema sanitario para superar el impacto que tiene el sesgo de género en la atención sanitaria que recibimos las mujeres?

Para que cambien la actitud también hace falta construir ciencia de la diferencia, es decir, que tenga en cuenta lo que les pasa a las mujeres. Muchas veces pregunto si un antibiótico metaboliza igual en hombres que en mujeres y a menudo no me lo saben explicar ni desde el laboratorio que lo vende. De la investigación, saldrá la docencia, lo que enseñamos en ciencias de la salud. También hacen falta unas buenas guías de práctica profesional de asistencia, que te ayuden a tomar decisiones rápidas y bien formadas.

Apuntaba que el ciclo menstrual es fundamental para entender la salud de las mujeres pero que está poco estudiado. ¿Considera que la anticoncepción hormonal se receta demasiado a la ligera?

Sí. No niego que hay casos en los que hace falta, como en las mujeres con endometriosis, en los que tenemos que intentar evitar este dolor tan inmenso. Pero cuando hay un trastorno de la menstruación, lo que hace falta es paciencia y armonía, y explicar a las jovencitas que, sobre todo, no tomen cafeína porque estimula el síndrome premenstrual, y que tienen que mantener una vida lo más sana posible y que con las propias hormonas el cuerpo se equilibra. Y si continúa teniendo una menstruación muy abundante cada mes, pues quiere decir que tiene demasiados estrógenos y poca progesterona, que no ovula bien. La tienes que ayudar a ovular, ¡no a no ovular! Si le das anticonceptivo, le matas el ciclo. Más de seis años de anticonceptivos antes de tener el primer hijo es un factor de riesgo de cáncer de mama antes de la menopausia. ¿Se conocen estos efectos? ¿Se les dice que se les puede producir una trombosis o que les pueden salir varices? Damos anticonceptivos hormonales como si fueran un caramelo. Y hay médicos que dicen que si les explican las consecuencias no se tomarán las pastillas. Pues estupendo, ¡es que quizás la chica no se lo tiene que tomar! Cuando quieren tener hijos se preguntan por qué se lo han dado durante 10 o 15 años... Las mujeres no tienen que recibir menos información por ser jóvenes. Si le damos una pastilla tiene que saber los efectos que puede tener y valorar si vale la pena una u otra opción. Hay recursos para regular la menstruación antes de llegar a dar anticonceptivos. El médico o médica tiene que ofrecerlos. Por ejemplo, dar vitaminas.

Critica también que se medicaliza la menopausia, a la que usted, a contracorriente del imaginario que hay sobre esta etapa de la vida, incluso se refiere como un “momento glorioso” ¿Por qué?

¡Dejamos de perder sangre y empezamos a ganar en hierro! Nos han impuesto el miedo de que será una etapa muy mala, y no. Es una etapa nueva, en la que tienes que cuidarte un poco más, no por la menopausia en sí, sino porque tienes 50 años y vives con el mismo hígado desde que naciste y llevas los mismo huesos puestos, que se habrán deformado un poco, por lo que tienes que vigilar cómo andas y cómo te sientas, el ejercicio que haces... El problema no es la menopausia, es los años que vas viviendo. Para los síntomas de la menopausia, la sequedad vaginal y los sofocos, quizás no hace falta una terapia hormonal. Quizás si hacemos yoga los reducimos, porque toda actividad que armonice nuestro cerebro, los disminuirá. Incluso a muchas mujeres se les ha despertado una sexualidad mucho mejor con la menopausia. Es un momento en el que la vida toma otra dimensión.

¿Considera que el parto también se sobremedicaliza?

Medicalizamos procesos que son naturales. Suerte que ha habido una serie de luchas y la asociación El Parto es Nuestro ha denunciado rasuraciones innecesarias y que se corte la vagina cada vez que se tiene un hijo. A no ser que esté a punto de desgarrarse, no se tiene que hacer una episiotomía. Tampoco se las tiene que atar a las mesas cuando es mucho mejor ir andando hasta el último momento porque se encaja mejor la criatura. Todo esto ha sido una batalla frente a prácticas que son controladoras e hipermedicalizadoras. Hay violencia obstétrica. El parto es un momento en el que se ejerce mucho la relación médica de poder. Para muchas es un momento de tortura, de mucho sufrimiento. Luego, hay una ausencia de ciencia sobre el postparto. Por ejemplo, la tiroiditis post parto, ¡la gran desconocida!, aunque la tiene una de cada cuatro mujeres. Es una inflamación de la glándula tiroides que genera cansancio, irritabilidad o angustia, porque la glándula se dispara hacia arriba o hacia abajo.

¿La sobresaturación del sistema sanitario bajo la pandemia diría que ha aumentado las situaciones de violencia en el acto médico que usted ya denunciaba?

En este momento, la violencia es estructural: sin tener suficiente personal, no se atienden cosas graves o que pueden llegar a serlo. Los diagnósticos de cáncer se están atrasando. Es un fallo del sistema, tendría que atender la pandemia sin desatender lo que ya era habitual.

Con la gestión de la pandemia vemos cómo se tiende a individualizar la responsabilidad sobre salud, a vincularla a lo que hacemos o no hacemos, pero esta mirada no es nueva. ¿Echa de menos más atención a los determinantes sociales de la salud?

Necesitamos salud en todas las políticas. ¿De qué sirve la economía si no hay salud en lo que promueves? Tenemos que encontrar fórmulas para vivir de otra manera. De esta pandemia tenemos que salir más humildes. La sanidad en este momento es lo más político que hay. Quién paga la investigación tiende a ser la industria, que quiere introducir nuevos fármacos, y hay cosas que no se arreglan con fármacos, por ejemplo, equilibrar el cuerpo, o que se arreglan con fármacos que no son caros. No habrá un lobby de la industria para que se estudien las anemias, aunque sea lo que produce más cansancio en el 50% de las mujeres. Es salud pública quien tiene que promover estudios que tengan en cuenta la diferencia entre mujeres y hombres.

Los ‘males’ del turismo

Guillem López-casanovas /La Vanguardia Profesor de Hacienda Pública de la UPF El análisis económico del sector turístico se ha hecho, tradic...