sábado, 13 de abril de 2024
LA ESCUELA DE LA ATENCIÓN
jueves, 7 de diciembre de 2023
LA BATALLA DE LA ATENCIÓN
Jaime Nubiola/Facebook
En esta semana me han llegado dos interesantes artículos sobre la atención. El primero de Graham Burnett y otros dos autores publicado en el New York Times del 24 de noviembre. Lleva por título «Powerful Forces Are Fracking Our Attention. We Can Fight Back» [Fuerzas poderosas están cuarteando nuestra atención. Podemos contraatacar]. El segundo en La gran aldea «La crisis de atención de nuestros días» de mi amigo y colega Rafael Tomás Caldera, publicado el 2 de diciembre.
Al mismo tiempo, en mis dos semanas de docencia en la UIC, he podido comprobar cuánto les cuesta a algunos de mis alumnos mantener la atención en las clases a pesar de que sean muy activas y participativas. Quizás estén cansados de la jornada —son al caer la tarde—, quizá tienen la cabeza en los trabajos que han de hacer para otras asignaturas o en los mensajes que esperan recibir por una red social. Aun así, me parece que simplemente no tienen el hábito —no lo han adquirido todavía: son alumnos de primero— de prestar atención a lo largo de hora y media de clase, pues la imparto en dos bloques de 45 minutos con un breve descanso intermedio de 10 minutos.
Graham Burnett en su artículo en el New York Times considera que hoy en día "el problema de la atención volátil o fragmentada ha alcanzado verdaderamente proporciones catastróficas" tanto en la enseñanza secundaria como en los primeros años de universidad. Recomienda prestar atención a la atención, esto es, dedicar espacio en la enseñanza a enseñar a escuchar lo que otros dicen, a leer un texto enterándose, o a mirar un paisaje o una obra de arte. Lo que las enseñanzas de humanidades habrían de lograr es precisamente este entrenamiento de la atención.
Por su parte, Rafael Tomás Caldera destaca que la atención es un regalo, porque es una "entrega de nuestra disposición, de nuestra actitud [...] una entrega del yo que se hace a un lado para que podamos ver el rostro de la otra persona o aquel pequeño prodigio de la naturaleza que, como a un niño, es capaz de fascinarnos". Qué observación más penetrante que recuerda aquello que escribió Simone Weil: "La atención es la forma más rara y pura de la generosidad". La atención no es fruto del esfuerzo, sino de la limpieza del corazón que se deja llenar por lo que dice o hace el profesor, por un texto cautivador o por una obra de arte.
Para lograr esto es preciso que mis alumnos se olviden durante hora y media de su yo, de sus inquietudes y problemas del momento, y me entreguen generosamente su atención a mí o a sus compañeros que están exponiendo sus ideas. Para mí resulta siempre un desafío e intento de clase en clase cautivar la atención de los estudiantes: no siempre lo consigo.
Barcelona, 7 de diciembre 2023.
Ilustración: Stefan Draschan, Salir con Arte
domingo, 5 de noviembre de 2023
DECIR QUE SÍ
martes, 29 de agosto de 2023
La necesidad de consuelo
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| "Piedad" - Manolo Velázquez Pintura "escucchando" la piedra |
Hace un mes falleció inesperadamente mi hermana pequeña Eulalia. Tenía 64 años y gozaba de buena salud. Su corazón se detuvo al levantarse de la cama en la mañana del domingo 23 de julio. Para mí ha sido un golpe devastador del que, conforme pasan los días, poco a poco he ido recuperándome. La actividad me ha ayudado, por así decir, a anestesiar el dolor. También la oración. Además he podido estar una semana en Buenos Aires con ocasión de una reunión académica y he aprovechado para encontrarme con numerosos amigos argentinos.
Me ha llamado la atención cómo el compartir el dolor de la muerte de mi hermana con mis amigos y personas queridas, aunque traiga al presente la pena, alivia su intensidad al sentir el cariño y el apoyo de los demás. Probablemente sea esta una experiencia universal, pero cuando uno la vive en primera persona, en la propia carne o más bien en el propio corazón, se ilumina algo muy profundo de la condición humana. No somos islas, no podemos aislarnos con nuestro dolor a solas. Compartir nuestra pena nos alivia al unirnos a los demás, al estrechar los lazos afectivos con aquellas personas a quienes queremos.
Esta necesidad de consuelo no es debilidad, ni tampoco es amargar la vida de los demás. El que nos apoyemos afectivamente unos en otros es en un sentido muy profundo lo que nos hace humanos. Todos tenemos bien comprobado cómo los niños recién nacidos adquieren su humanidad al calor del cariño de sus padres. Algo parecido podría decirse de la muerte: el compartir la pena nos hace más humanos.
Como destacó el filósofo escocés Alasdair MacIntyre, los seres humanos somos animales racionales y dependientes, esto último, sobre todo, al comienzo y al final de la vida. Frente a la imagen individualista moderna del hombre aislado y solitario, el reconocimiento de que dependemos unos de otros es un logro formidable: el descubrimiento de que en nuestra vida social hay tanta interdependencia como puede haberla en una familia, ayuda a restaurar el sentido fraterno de una genuina vida comunitaria. No quiero tener una pena a solas: no solo necesito el consuelo de los demás, sino que los demás necesitan también que les deje adentrarse en mi pena y eso no solo alivia mi dolor, sino que también a ellos y a mí nos hace más humanos.
Nuestra sociedad tiende a ocultar el dolor o a privatizarlo, a considerarlo un asunto privado que quizás incluso puede gestionarse con medicación analgésica. Por el contrario, lo que estoy queriendo decir en estas líneas es que el compartir el dolor es también una forma de amor, pues convierte las relaciones afectuosas en verdaderas relaciones familiares, ya que en cierto sentido nos hace hermanos. Como se dice en las coplas de Jorge Manrique, «la muerte a todos iguala», nos ayuda a descubrir que somos vulnerables y que estamos muy necesitados de los demás.
En este sentido, los centenares de mensajes de condolencia y los diversos modos en los que tantas personas me han expresado su afecto y solidaridad no me han parecido en modo alguno un formalismo social vacío de sentido. Al contrario, me han parecido una maravillosa afirmación de nuestra común humanidad, de nuestra capacidad solidaria de compartir el dolor.
El día del fallecimiento de mi hermana venían con fuerza a mi memoria aquellos versos de Miguel Hernández en la muerte de su joven amigo Ramón Sijé "con quien tanto quería":
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada.
Nunca estamos preparados para la muerte de una persona querida, más todavía, como en el caso de mi hermana, si muere "antes de tiempo".
En medio del dolor he descubierto que el compartir la pena nos hace más humanos, más cercanos, mejores personas. La necesidad del consuelo nos ayuda a descubrir la hondura de nuestra común humanidad, de nuestra fraternidad.
martes, 18 de abril de 2023
LIBERTAD Y SEXO
viernes, 10 de marzo de 2023
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