La dramática situación que viven jornaleras españolas e inmigrantes en Huelva ha hecho nacer la asociación "Jornaleras de Huelva en lucha". Nos cuenta algunos aspectos de esa situación el periodista P. Echevarría. Entrevista de radio
martes, 12 de julio de 2022
sábado, 9 de julio de 2022
La paradoja del victimismo
Prácticamente toda discusión pública en la actualidad se expresa en términos de víctimas y victimarios. Las mujeres dicen ser víctimas de los varones, los negros de los blancos, los homosexuales de los heterosexuales, los nativos de los conquistadores, los discapacitados de los no-discapacitados, los inmigrantes de… La lista podría continuar. Sin duda que hay hechos y razones para justificar esta perspectiva. El mundo ha sido y es una fábrica de víctimas y en muchos casos esa condición se vincula a la pertenencia a determinados colectivos pero pareciera que desde hace ya unas décadas vivimos en el marco de una “cultura del victimismo”. Hay varios autores de distintas tradiciones que vienen advirtiendo esto especialmente en la medida en que las reivindicaciones de las izquierdas a lo largo del mundo han adoptado las agendas identitarias en detrimento de las disputas de clase pero hoy quisiera detenerme en un libro publicado en el año 2014. Su nombre es Crítica de la víctima y su autor es el italiano Daniele Giglioli.
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El título no debe entenderse como un juicio de valor contra las víctimas reales sino como un intento por reconocer cuáles son las características de esta cultura del victimismo y establecer una delimitación entre las víctimas reales e imaginarias.
El primer párrafo del libro es bastante elocuente y deja una enorme cantidad de elementos para discutir:
“La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable. ¿Cómo podría la víctima ser culpable, o responsable de algo? La víctima no ha hecho, le han hecho; no actúa, padece. En la víctima se articulan carencia y reivindicación, debilidad y pretensión, deseo de tener y deseo de ser. No somos lo que hacemos sino lo que hemos padecido”.
Para los nazis, ser judío era un “delito anterior” a cualquier acción que un judío pudiera realizar. Y hoy volvemos a ser testigos de situaciones en las que antes que evaluar qué delito se cometió nos preguntamos qué es quien lo cometió y qué es quien lo padeció
¿Qué quiere significar Giglioli con esta idea de que ser víctima confiere una identidad? Se trata de un signo de los tiempos y de otra de las características que muestra la transformación de las izquierdas después de la caída del muro: es que la clásica pregunta por el “qué hacer”, una pregunta cuya respuesta siempre tenía que ver con una acción transformadora del mundo, hoy ha sido reemplazada por el “qué soy”. El “qué hacer” nos lleva hacia afuera y hacia la acción; el “qué soy” nos lleva a la introspección y a indagar en el terreno de las propiedades atribuibles al sujeto, a algo ya dado. Del “qué hacer” puede venir una revolución; del “qué soy” pueden derivar muchas cosas pero también un manual de autoayuda.
En este sentido no es casual lo que muchos señalan en relación al regreso de la perimida idea de “delitos de autor”, esto es, delitos donde no se juzga la acción en sí sino las características de quien la realiza. Para los nazis, ser judío era un “delito anterior” a cualquier acción que un judío pudiera realizar. Y hoy volvemos a ser testigos de situaciones en las que antes que evaluar qué delito se cometió nos preguntamos qué es quien lo cometió y qué es quien lo padeció. ¿Es un varón o una mujer? ¿Un negro o un blanco? ¿Un hetero o un gay? ¿Un indígena o un descendiente de conquistadores? El qué hizo queda en un segundo plano.
De esto se sigue un elemento central que todavía no hemos mencionado: la cultura del victimismo supone que la condición de ser víctima o victimario no es circunstancial sino esencial. No se es víctima o victimario por algo que se haya padecido o se haya realizado sino que, a priori, en función de a qué identidad se pertenezca, se forma parte del bando de las víctimas o de los victimarios. Si usted ha nacido en una familia de buen pasar, es un varón blanco, heterosexual y occidental cumple con todas las condiciones para ser un victimario esencial. Sus privilegios pueden incluso determinarse a priori y este es un punto a tener en cuenta porque, como indica el propio Giglioli, dado que el concepto de “culpa” se ha secularizado para devenir “deuda”, el castigo que debe recibir el privilegiado/victimario esencial es una deuda eterna. Juega aquí también esta particular concepción por la cual la condición de víctima y victimario se transmite de generación en generación a tal punto que hoy alguien puede sentirse víctima de lo que padeció un ancestro de su comunidad 600 años atrás. Estos reclamos buscan, claro está, efectivizarse jurídicamente o en políticas públicas pero la idea de la existencia de victimarios esenciales con deudas, por definición, inextinguibles, permite comprender por qué muchas de las disputas de la actualidad se dan más en internet que en la justicia. Lo que sucede es que la justicia puede demostrar que una denuncia es falsa o aun cuando demostrara que la denuncia en cuestión es verdadera, impondría una pena proporcional al delito. Esto demostraría que todo individuo agresor no es un victimario esencial sino un victimario circunstancial que debe cumplir una pena que, aun cuando fuera extensa, tiene un límite en el tiempo. En cambio, cuando las acusaciones, denuncias, etc. se dan en redes sociales o se replican en portales, el señalado pierde su presunción de inocencia y automáticamente se le impone de hecho una pena que no tiene proporción. Es una pena eterna porque quedará en el mundo virtual por siempre como merece quien es considerado un victimario esencial. Si su ser es el de un victimario esencial, usted tiene una deuda impagable y le corresponde una pena eterna. Por eso hoy en muchos casos la lucha se da menos en sede judicial que en la edición de wikipedia.
Volviendo al primer párrafo citado de Giglioli y en conexión con lo que estamos desarrollando, aparece la cuestión de cómo juega la problemática de la verdad en esta cultura del victimismo. El italiano entiende que cuando alguien adquiere el status de víctima queda inmune a toda crítica. Efectivamente, siempre ha sido así. Incluso está extendida la idea de que “a una víctima se le perdona todo” y no hay discusión racional posible allí. Esto se ve muy claro cuando un funcionario lleva a la televisión datos de que bajó la delincuencia pero enfrente le ponen al familiar de una persona, que acaba de ser asesinada, llorando y pidiendo soluciones a lo que lamentablemente no tiene solución. Aquí se muestra que, aunque a todas luces se trata de una falacia, la condición de víctima acaba estableciendo una especie de relación directa con la verdad. Y esto resulta bastante paradójico para tiempos posmodernos donde nos dicen que todo es relativo, que toda mirada es una perspectiva, que los grandes relatos han caído, etc. En realidad, la estructura de los grandes relatos, de la verdad con mayúscula, de Dios, etc. no ha sido reemplazada y eso no es ni bueno ni malo en sí mismo. Necesitamos creer en algo aun en los tiempos donde decimos no creer en nada. Y en aquello en lo que creemos es en la víctima real o en cualquiera que asuma públicamente su condición de víctima. Giglioli lo dice así: “Si el criterio para distinguir lo justo de lo injusto es necesariamente ambiguo, quien está con la víctima no se equivoca nunca”.
Esto también explica esta suerte de abrazo colectivo inmediato que recibe quien es, o dice ser, víctima. Por supuesto que no niego la enorme solidaridad humana pero no perdamos de vista que apoyando a quien aparece como víctima muchos buscan, más bien, tener garantía de verdad, tener garantía de estar en el lugar correcto en un mundo donde todo es líquido. No lo hacen por ayudar al que padece. Lo hacen por ellos mismos, más por debilidad que por empatía. Así dicen cosas como “ante la duda estoy con la víctima” o “hay que acompañar a la víctima hasta que se expida la justicia”. Claro que es la justicia la que finalmente determina quién es la víctima y quizás quien decía ser víctima es el victimario. Pero eso es un detalle cuando el yo necesita aferrarse a alguna certeza. Aun cuando la víctima no sea tal, lo que importa es que, si aparece como tal, se garantiza inmunidad y relación directa con la verdad. No sólo para ella sino también para todos los que la apoyen. En ese sentido, la víctima es un Dios de los tiempos seculares.
Y como cuando hablamos de “verdad” hablamos también de “poder” quisiera culminar con un breve desarrollo a partir de esta frase de Giglioli: “La víctima es irresponsable, no responde de nada, no tiene necesidad de justificarse: es el sueño de cualquier tipo de poder”.
La retórica del victimismo no está empoderando a las verdaderas víctimas sino generando una competencia en la cual las viejas élites se acomodan y absorben a las figuras emergentes con discurso rebelde en la medida en que entienden que esas reivindicaciones no ponen en tela de juicio sus privilegios de clase
Efectivamente, la cultura del victimismo está erigiendo una nueva forma de poder irresistible, un poder total que anula todo debate porque habla desde una verdad presuntamente inapelable. Este nuevo poder es tan arrasador que hasta los propios poderosos adoptan el lenguaje de la víctima para poder legitimarse. En un nuevo síntoma de este giro de la tradición cínica que, como diría el filósofo alemán, Peter Sloterdijk, ya no se ejerce contra sino desde el poder, hoy podemos escuchar a millonarios europeos decir que son víctimas de los inmigrantes africanos; o a individuos que pertenecen a algunas de las minorías antes mencionadas presentarse como víctimas de un sistema que los ha ubicado en la elite mundial económica, social, cultural, artística y políticamente hablando.
Esto muestra que, paradójicamente, la retórica del victimismo no está empoderando a las verdaderas víctimas sino generando una competencia en la cual las viejas élites se acomodan y absorben a las figuras emergentes con discurso rebelde en la medida en que entienden que esas reivindicaciones no ponen en tela de juicio sus privilegios de clase. A propósito de los liderazgos y los referentes, el propio Giglioli recuerda que, cuando Freud hablaba de la psicología de las masas, resaltaba que lo que atraía de los grandes líderes era su potencia; hoy en día se da exactamente al revés: se celebra la impotencia, el padecimiento. No liderará quien haya realizado una acción encomiable sino quien haya padecido una acción aberrante.
De aquí que el italiano se anime a afirmar que nunca hemos vivido tiempos tan contrarrevolucionarios. Es que la idea de revolución estuvo asociada siempre a valores modernos como el sujeto activo, la responsabilidad, la potencia, mientras que la posmodernidad viene a realzar sus opuestos: identidad anclada en el padecimiento propio o ancestral, pasividad e impotencia, ausencia de responsabilidad, etc. Si la modernidad, de la mano del prusiano Immanuel Kant, era una apuesta por abandonar la minoría de edad, la posmodernidad parece una era en la que volvemos a pedir tutelaje y donde se nos pretende anclar en la cárcel de una identidad fija predeterminada por un padecimiento como si lo que somos y nuestro destino estuviera marcado para siempre.
Un clima de época en el que el “qué hacer” es reemplazado por el “qué soy”, con un mundo que se divide entre víctimas y victimarios esenciales y una verdad irresistible accesible sólo a los que han padecido una injusticia, avanza a pasos acelerados. El cambio cultural se percibe y comienza a tener incidencia directa en diseños institucionales y en políticas estatales. Se auguran tiempos conflictivos pero sobre todo tiempos paradójicos en los que el triunfo de la cultura victimista podrá ser una buena noticia para algunos pero nunca lo será para la inmensa mayoría de las verdaderas víctimas.
Original y lugar para comentarios en: https://disidentia.com/la-paradoja-del-victimismo/?fbclid=IwAR0l8hO0lRCx7VVm9vZVFoZjtUeMJPGkUDo2YpPdTC5VyTjh0MXhY65-JcE
Foto: Hermes Rivera
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El título no debe entenderse como un juicio de valor contra las víctimas reales sino como un intento por reconocer cuáles son las características de esta cultura del victimismo y establecer una delimitación entre las víctimas reales e imaginarias.
El primer párrafo del libro es bastante elocuente y deja una enorme cantidad de elementos para discutir:
“La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable. ¿Cómo podría la víctima ser culpable, o responsable de algo? La víctima no ha hecho, le han hecho; no actúa, padece. En la víctima se articulan carencia y reivindicación, debilidad y pretensión, deseo de tener y deseo de ser. No somos lo que hacemos sino lo que hemos padecido”.
Para los nazis, ser judío era un “delito anterior” a cualquier acción que un judío pudiera realizar. Y hoy volvemos a ser testigos de situaciones en las que antes que evaluar qué delito se cometió nos preguntamos qué es quien lo cometió y qué es quien lo padeció
¿Qué quiere significar Giglioli con esta idea de que ser víctima confiere una identidad? Se trata de un signo de los tiempos y de otra de las características que muestra la transformación de las izquierdas después de la caída del muro: es que la clásica pregunta por el “qué hacer”, una pregunta cuya respuesta siempre tenía que ver con una acción transformadora del mundo, hoy ha sido reemplazada por el “qué soy”. El “qué hacer” nos lleva hacia afuera y hacia la acción; el “qué soy” nos lleva a la introspección y a indagar en el terreno de las propiedades atribuibles al sujeto, a algo ya dado. Del “qué hacer” puede venir una revolución; del “qué soy” pueden derivar muchas cosas pero también un manual de autoayuda.
En este sentido no es casual lo que muchos señalan en relación al regreso de la perimida idea de “delitos de autor”, esto es, delitos donde no se juzga la acción en sí sino las características de quien la realiza. Para los nazis, ser judío era un “delito anterior” a cualquier acción que un judío pudiera realizar. Y hoy volvemos a ser testigos de situaciones en las que antes que evaluar qué delito se cometió nos preguntamos qué es quien lo cometió y qué es quien lo padeció. ¿Es un varón o una mujer? ¿Un negro o un blanco? ¿Un hetero o un gay? ¿Un indígena o un descendiente de conquistadores? El qué hizo queda en un segundo plano.
De esto se sigue un elemento central que todavía no hemos mencionado: la cultura del victimismo supone que la condición de ser víctima o victimario no es circunstancial sino esencial. No se es víctima o victimario por algo que se haya padecido o se haya realizado sino que, a priori, en función de a qué identidad se pertenezca, se forma parte del bando de las víctimas o de los victimarios. Si usted ha nacido en una familia de buen pasar, es un varón blanco, heterosexual y occidental cumple con todas las condiciones para ser un victimario esencial. Sus privilegios pueden incluso determinarse a priori y este es un punto a tener en cuenta porque, como indica el propio Giglioli, dado que el concepto de “culpa” se ha secularizado para devenir “deuda”, el castigo que debe recibir el privilegiado/victimario esencial es una deuda eterna. Juega aquí también esta particular concepción por la cual la condición de víctima y victimario se transmite de generación en generación a tal punto que hoy alguien puede sentirse víctima de lo que padeció un ancestro de su comunidad 600 años atrás. Estos reclamos buscan, claro está, efectivizarse jurídicamente o en políticas públicas pero la idea de la existencia de victimarios esenciales con deudas, por definición, inextinguibles, permite comprender por qué muchas de las disputas de la actualidad se dan más en internet que en la justicia. Lo que sucede es que la justicia puede demostrar que una denuncia es falsa o aun cuando demostrara que la denuncia en cuestión es verdadera, impondría una pena proporcional al delito. Esto demostraría que todo individuo agresor no es un victimario esencial sino un victimario circunstancial que debe cumplir una pena que, aun cuando fuera extensa, tiene un límite en el tiempo. En cambio, cuando las acusaciones, denuncias, etc. se dan en redes sociales o se replican en portales, el señalado pierde su presunción de inocencia y automáticamente se le impone de hecho una pena que no tiene proporción. Es una pena eterna porque quedará en el mundo virtual por siempre como merece quien es considerado un victimario esencial. Si su ser es el de un victimario esencial, usted tiene una deuda impagable y le corresponde una pena eterna. Por eso hoy en muchos casos la lucha se da menos en sede judicial que en la edición de wikipedia.
Volviendo al primer párrafo citado de Giglioli y en conexión con lo que estamos desarrollando, aparece la cuestión de cómo juega la problemática de la verdad en esta cultura del victimismo. El italiano entiende que cuando alguien adquiere el status de víctima queda inmune a toda crítica. Efectivamente, siempre ha sido así. Incluso está extendida la idea de que “a una víctima se le perdona todo” y no hay discusión racional posible allí. Esto se ve muy claro cuando un funcionario lleva a la televisión datos de que bajó la delincuencia pero enfrente le ponen al familiar de una persona, que acaba de ser asesinada, llorando y pidiendo soluciones a lo que lamentablemente no tiene solución. Aquí se muestra que, aunque a todas luces se trata de una falacia, la condición de víctima acaba estableciendo una especie de relación directa con la verdad. Y esto resulta bastante paradójico para tiempos posmodernos donde nos dicen que todo es relativo, que toda mirada es una perspectiva, que los grandes relatos han caído, etc. En realidad, la estructura de los grandes relatos, de la verdad con mayúscula, de Dios, etc. no ha sido reemplazada y eso no es ni bueno ni malo en sí mismo. Necesitamos creer en algo aun en los tiempos donde decimos no creer en nada. Y en aquello en lo que creemos es en la víctima real o en cualquiera que asuma públicamente su condición de víctima. Giglioli lo dice así: “Si el criterio para distinguir lo justo de lo injusto es necesariamente ambiguo, quien está con la víctima no se equivoca nunca”.
Esto también explica esta suerte de abrazo colectivo inmediato que recibe quien es, o dice ser, víctima. Por supuesto que no niego la enorme solidaridad humana pero no perdamos de vista que apoyando a quien aparece como víctima muchos buscan, más bien, tener garantía de verdad, tener garantía de estar en el lugar correcto en un mundo donde todo es líquido. No lo hacen por ayudar al que padece. Lo hacen por ellos mismos, más por debilidad que por empatía. Así dicen cosas como “ante la duda estoy con la víctima” o “hay que acompañar a la víctima hasta que se expida la justicia”. Claro que es la justicia la que finalmente determina quién es la víctima y quizás quien decía ser víctima es el victimario. Pero eso es un detalle cuando el yo necesita aferrarse a alguna certeza. Aun cuando la víctima no sea tal, lo que importa es que, si aparece como tal, se garantiza inmunidad y relación directa con la verdad. No sólo para ella sino también para todos los que la apoyen. En ese sentido, la víctima es un Dios de los tiempos seculares.
Y como cuando hablamos de “verdad” hablamos también de “poder” quisiera culminar con un breve desarrollo a partir de esta frase de Giglioli: “La víctima es irresponsable, no responde de nada, no tiene necesidad de justificarse: es el sueño de cualquier tipo de poder”.
La retórica del victimismo no está empoderando a las verdaderas víctimas sino generando una competencia en la cual las viejas élites se acomodan y absorben a las figuras emergentes con discurso rebelde en la medida en que entienden que esas reivindicaciones no ponen en tela de juicio sus privilegios de clase
Efectivamente, la cultura del victimismo está erigiendo una nueva forma de poder irresistible, un poder total que anula todo debate porque habla desde una verdad presuntamente inapelable. Este nuevo poder es tan arrasador que hasta los propios poderosos adoptan el lenguaje de la víctima para poder legitimarse. En un nuevo síntoma de este giro de la tradición cínica que, como diría el filósofo alemán, Peter Sloterdijk, ya no se ejerce contra sino desde el poder, hoy podemos escuchar a millonarios europeos decir que son víctimas de los inmigrantes africanos; o a individuos que pertenecen a algunas de las minorías antes mencionadas presentarse como víctimas de un sistema que los ha ubicado en la elite mundial económica, social, cultural, artística y políticamente hablando.
Esto muestra que, paradójicamente, la retórica del victimismo no está empoderando a las verdaderas víctimas sino generando una competencia en la cual las viejas élites se acomodan y absorben a las figuras emergentes con discurso rebelde en la medida en que entienden que esas reivindicaciones no ponen en tela de juicio sus privilegios de clase. A propósito de los liderazgos y los referentes, el propio Giglioli recuerda que, cuando Freud hablaba de la psicología de las masas, resaltaba que lo que atraía de los grandes líderes era su potencia; hoy en día se da exactamente al revés: se celebra la impotencia, el padecimiento. No liderará quien haya realizado una acción encomiable sino quien haya padecido una acción aberrante.
De aquí que el italiano se anime a afirmar que nunca hemos vivido tiempos tan contrarrevolucionarios. Es que la idea de revolución estuvo asociada siempre a valores modernos como el sujeto activo, la responsabilidad, la potencia, mientras que la posmodernidad viene a realzar sus opuestos: identidad anclada en el padecimiento propio o ancestral, pasividad e impotencia, ausencia de responsabilidad, etc. Si la modernidad, de la mano del prusiano Immanuel Kant, era una apuesta por abandonar la minoría de edad, la posmodernidad parece una era en la que volvemos a pedir tutelaje y donde se nos pretende anclar en la cárcel de una identidad fija predeterminada por un padecimiento como si lo que somos y nuestro destino estuviera marcado para siempre.
Un clima de época en el que el “qué hacer” es reemplazado por el “qué soy”, con un mundo que se divide entre víctimas y victimarios esenciales y una verdad irresistible accesible sólo a los que han padecido una injusticia, avanza a pasos acelerados. El cambio cultural se percibe y comienza a tener incidencia directa en diseños institucionales y en políticas estatales. Se auguran tiempos conflictivos pero sobre todo tiempos paradójicos en los que el triunfo de la cultura victimista podrá ser una buena noticia para algunos pero nunca lo será para la inmensa mayoría de las verdaderas víctimas.
Original y lugar para comentarios en: https://disidentia.com/la-paradoja-del-victimismo/?fbclid=IwAR0l8hO0lRCx7VVm9vZVFoZjtUeMJPGkUDo2YpPdTC5VyTjh0MXhY65-JcE
Foto: Hermes Rivera
¡¿Creer en la ciencia!?
En estos tiempos de pandemia Covid ha aparecido muchas veces en los medios de comunicación la expresión “creo en la ciencia”, frase que hemos escuchado a periodistas, personas de la calle e incluso a profesores. Pero, la ciencia ¿es objeto de fe, de creencia? O más bien, ¿es el campo de la experimentación, demostración, comprobación con una metodología científica, revisión por otros...? La ciencia se mueve en este segundo nivel y por eso un descubrimiento científico modifica con frecuencia teorías científicas anteriores.
La fe, por otra parte, pertenece al campo de las interrelaciones humanas, tanto de las relaciones entre las personas como a la relación de ellas con Dios, es decir, al campo de la religión y de la convivencia social, de la religación a Dios y a su pueblo. De hecho, ¿quién no escuchó muchas veces “yo, si te creo”?
En la vida sociocultural abunda la premisa de que las creencias pueden ser verdaderas o falsas, lo que sí es verdad, pero la aceptada premisa contraria de que el saber científico siempre es verdadero, no es cierta. Si alguno tiene dudas al respeto, llegaría para disiparlas con una breve pasada por la historia de las ciencias. Tampoco debemos olvidar que los dictadores y opresores instrumentalizaron y manipularon las religiones, y no es menos cierto que hicieron lo mismo con las ciencias y la filosofía.
La ciencia responde fundamentalmente a la pregunta del CÓMO? Cómo suceden los fenómenos y cómo cambian si hacemos intervenir otras variables, aunque a veces encontremos muchos porqués, que en realidad son cómo. Para validar la ciencia usaremos criterios verificacionistas, probabilísticos, falsacionistas (K. Popper afirma que no es posible demostrar la verdad de los enunciados y teorías científicas, pero sí su falsedad)... y en la mayor parte de los casos con un grado de probabilidad, que nunca es el 100%. La ciencia avanza con el método del ensayo-error-rectificación, como expresaba en una entrevista el científico Robert Langer: “Durante dos años todos los diseños que llevé a cabo fracasaron. Hasta que un día, por motivos que yo entonces desconocía, encontré uno que funcionó” (El Mundo 12-VI-2022).
Hay otras preguntas fundamentales de los humanos para hacer: ¿Por qué hay algo y no nada? ¿Por qué el orden emerge del desorden? ¿Por qué esto es bueno y/o justo? ¿Por qué lo otro es malo y/o injusto? ¿Es bueno existir? ¿Para qué existir? ¿Merece la pena vivir? ¿Cuál es el significado del proceso vital que vivimos? ¿Tiene la historia alguna finalidad? ... Estas son preguntas para teólogos, filósofos...
Sí, es verdad que se puede tener fe, confianza, en los científicos. Ciertamente en unos más que en otros. Las personas creemos, pues si no se creyese en nadie sería imposible vivir en sociedad. Creemos normalmente en las personas y en lo que hacen, incluida la actividad científica, de lo contrario: ¿comeríamos en un restaurante? ¿Iríamos al médico? ¿Conduciríamos un coche por la carretera?... Así se entiende la importancia de la confianza en el médico y los efectos “placebo” y “nocebo” ampliamente documentados.
Thomas Khun en su libro, “Estructura de las revoluciones científicas”, explica como a veces las teorías científicas se imponen por consideraciones estéticas, por la novedad de un nuevo paradigma frente al antiguo, por las técnicas de la argumentación persuasiva.... y Saint-Exupery en “El Principito” lo expresa de bella manera:
“Tengo razones bien serias para creer que el planeta de donde venía el Principito es el asteroide B 612. Este asteroide no fue visto más que una vez con la ayuda del telescopio, por un astrónomo turco, en el año 1909. Dicho astrónomo había hecho entonces una gran demostración de su descubrimiento en un Congreso Internacional de Astronomía. Pero nadie le creyó por culpa de su vestimenta. Las personas mayores son así. Felizmente para el asteroide B 612, un dictador turco impuso a su pueblo, bajo pena de muerte, la obligación de vestirse a la europea. El astrónomo informó de nuevo sobre su descubrimiento en el año 1920. Iba vestido de un modo muy elegante y todo el mundo aceptó su demostración”
No tener Fe en Dios abre paso a cualquier superstición, dijo Chesterton. Como ejemplo, aquel que en su tesis de doctorado en una facultad de ciencias salta de la conclusión 12 a la 14, suprime la 13, y comentaba un profesor amigo mío “habría que suspenderlo por acientífico”. Uno que se examinaba del MIR (médicos internos residentes) en el telediario de Antena 3 respondía al periodista: “Sí, llevaba mis amuletos como todo el mundo”¿?
Sorprende, aunque parezca irreal, este texto en “The religions book” (Penguin Random House, London): “Jewish Sciencie acknowledges modern medicine and, unlike Christian Sciencie, permits conventional medical treatment (p.333)” (La ciencia judía reconoce la medicina moderna y, a diferencia de la ciencia cristiana, permite el tratamiento médico convencional). Es evidente que la Iglesia tiene hospitales y facultades de medicina... ¡¡¡que falsos estereotipos tendrán en el subconsciente para escribir tal cosa!!!
La ciencia no es objeto de fe, sino que es una actividad humana que se somete a criterios de análisis, comprobación, experimentación... y la fe pertenece al mundo de la relación con Dios y con las personas.
La fe, por otra parte, pertenece al campo de las interrelaciones humanas, tanto de las relaciones entre las personas como a la relación de ellas con Dios, es decir, al campo de la religión y de la convivencia social, de la religación a Dios y a su pueblo. De hecho, ¿quién no escuchó muchas veces “yo, si te creo”?
En la vida sociocultural abunda la premisa de que las creencias pueden ser verdaderas o falsas, lo que sí es verdad, pero la aceptada premisa contraria de que el saber científico siempre es verdadero, no es cierta. Si alguno tiene dudas al respeto, llegaría para disiparlas con una breve pasada por la historia de las ciencias. Tampoco debemos olvidar que los dictadores y opresores instrumentalizaron y manipularon las religiones, y no es menos cierto que hicieron lo mismo con las ciencias y la filosofía.
La ciencia responde fundamentalmente a la pregunta del CÓMO? Cómo suceden los fenómenos y cómo cambian si hacemos intervenir otras variables, aunque a veces encontremos muchos porqués, que en realidad son cómo. Para validar la ciencia usaremos criterios verificacionistas, probabilísticos, falsacionistas (K. Popper afirma que no es posible demostrar la verdad de los enunciados y teorías científicas, pero sí su falsedad)... y en la mayor parte de los casos con un grado de probabilidad, que nunca es el 100%. La ciencia avanza con el método del ensayo-error-rectificación, como expresaba en una entrevista el científico Robert Langer: “Durante dos años todos los diseños que llevé a cabo fracasaron. Hasta que un día, por motivos que yo entonces desconocía, encontré uno que funcionó” (El Mundo 12-VI-2022).
Hay otras preguntas fundamentales de los humanos para hacer: ¿Por qué hay algo y no nada? ¿Por qué el orden emerge del desorden? ¿Por qué esto es bueno y/o justo? ¿Por qué lo otro es malo y/o injusto? ¿Es bueno existir? ¿Para qué existir? ¿Merece la pena vivir? ¿Cuál es el significado del proceso vital que vivimos? ¿Tiene la historia alguna finalidad? ... Estas son preguntas para teólogos, filósofos...
Sí, es verdad que se puede tener fe, confianza, en los científicos. Ciertamente en unos más que en otros. Las personas creemos, pues si no se creyese en nadie sería imposible vivir en sociedad. Creemos normalmente en las personas y en lo que hacen, incluida la actividad científica, de lo contrario: ¿comeríamos en un restaurante? ¿Iríamos al médico? ¿Conduciríamos un coche por la carretera?... Así se entiende la importancia de la confianza en el médico y los efectos “placebo” y “nocebo” ampliamente documentados.
Thomas Khun en su libro, “Estructura de las revoluciones científicas”, explica como a veces las teorías científicas se imponen por consideraciones estéticas, por la novedad de un nuevo paradigma frente al antiguo, por las técnicas de la argumentación persuasiva.... y Saint-Exupery en “El Principito” lo expresa de bella manera:
“Tengo razones bien serias para creer que el planeta de donde venía el Principito es el asteroide B 612. Este asteroide no fue visto más que una vez con la ayuda del telescopio, por un astrónomo turco, en el año 1909. Dicho astrónomo había hecho entonces una gran demostración de su descubrimiento en un Congreso Internacional de Astronomía. Pero nadie le creyó por culpa de su vestimenta. Las personas mayores son así. Felizmente para el asteroide B 612, un dictador turco impuso a su pueblo, bajo pena de muerte, la obligación de vestirse a la europea. El astrónomo informó de nuevo sobre su descubrimiento en el año 1920. Iba vestido de un modo muy elegante y todo el mundo aceptó su demostración”
No tener Fe en Dios abre paso a cualquier superstición, dijo Chesterton. Como ejemplo, aquel que en su tesis de doctorado en una facultad de ciencias salta de la conclusión 12 a la 14, suprime la 13, y comentaba un profesor amigo mío “habría que suspenderlo por acientífico”. Uno que se examinaba del MIR (médicos internos residentes) en el telediario de Antena 3 respondía al periodista: “Sí, llevaba mis amuletos como todo el mundo”¿?
Sorprende, aunque parezca irreal, este texto en “The religions book” (Penguin Random House, London): “Jewish Sciencie acknowledges modern medicine and, unlike Christian Sciencie, permits conventional medical treatment (p.333)” (La ciencia judía reconoce la medicina moderna y, a diferencia de la ciencia cristiana, permite el tratamiento médico convencional). Es evidente que la Iglesia tiene hospitales y facultades de medicina... ¡¡¡que falsos estereotipos tendrán en el subconsciente para escribir tal cosa!!!
La ciencia no es objeto de fe, sino que es una actividad humana que se somete a criterios de análisis, comprobación, experimentación... y la fe pertenece al mundo de la relación con Dios y con las personas.
Ahora más que nunca: Verdad
Antón Negro
miércoles, 6 de julio de 2022
Momentos de la Eucaristía-Fiesta con Antonio Romo(+) - Celibato como Amor desbordado
Eugenio A. Rodríguez
Que la vida es Amor lo decía Antonio. Y lo dice la vida. Para mí era difícil llegar a esta fiesta eucarística con Antonio, Carmina... y tantos amigos.
Lo que no me esperaba es que Tomás me fuera enviando furtivos pequeños vídeos y llamadas de whatsapp que me permitieron seguir la ceremonia en directo. ¿Cómo explicar lo que sentí al oír a Rufo tocando el tamboril? ¡Gracias a la Vida! una vez más. ¡Nos regala tanto! Bien lo dijo Antonio... CUANDO ARRIESGAMOS.
Teresa ha ido componiendo estos retales con amor y ha salido este traje con los defectos y la belleza de lo que se hace con retales. ¡Gracias! Hay quien cree (también en la Iglesia) que las cosas salen mejor a base de contratar gente. Antonio demostró que no y se sigue demostrando. La fuerza de los pobres es la solidaridad.
Su gran amigo Paco Buitrago dijo (yo no recordaba esto) que Antonio se sentía antes célibe que cura. En estos tiempos esta dimensión del poliedro que es Antonio quizá sea digna de destacar. Por eso he incluido en el título del vídeo la alusión al celibato como "amor desbordado" aunque no me satisface del todo, pero quizá así se anime el debate y otros aporten otra palabra mejor ¡y la cambiamos! y se lo agradecemos. Y ya os dejo estas imágenes entrañables:
domingo, 3 de julio de 2022
Antonio Romo en Café-TV
Cura pobre, origen pobre, libremente pobre, educador limpio -enfadado no pocas veces-, amante, libre siempre creciendo, amigo de Jesús, enamorado de la Iglesia, persona, trataba mejor al que más lo necesitaba, optimista, generoso, promocionante, lograba meterte en vena la promoción ("el trabajo es liberador"),animador de empresas económicas, nada adulador, abierto a aprender, alegre, feliz, poeta: "He recibido mucho porque he arriesgado mucho". Odiaba la hipocresía del blablabla que luego no quería sacrificios. Quiso ser feliz y lo logró a base de aquello de Tagore "Servir es alegría" y se pasó la vida contagiando. Buena entrevista:
Más enlaces -muy recomendables-
sábado, 2 de julio de 2022
viernes, 1 de julio de 2022
Juan Antonio García - "La ética de las pequeñas cosas", SIAP TOLEDO
Una entrevista de radio a Juan Antonio García, médico de Atención Primaria en Gran Canaria, sobre el Seminario de Innovación Primaria celebrado en Toledo.
Puede verse una propuesta del Seminario de Innovación en Atención Primaria celebrado en Toledo, en su fase presencial, los días 10 y 11 de junio de 2022
http://equipocesca.org/atencion-primaria-en-espana-donde-estamos-y-a-donde-queremos-ir/
Puede verse una propuesta del Seminario de Innovación en Atención Primaria celebrado en Toledo, en su fase presencial, los días 10 y 11 de junio de 2022
http://equipocesca.org/atencion-primaria-en-espana-donde-estamos-y-a-donde-queremos-ir/
Para oir la entrevista hay que pinchar en la flechita:
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