El sociólogo Max Weber a principios del siglo XX definía el estado moderno por su creciente burocratización, y un siglo después ese diagnóstico se hace cada vez más cierto. En los años noventa con el desarrollo de la informática se nos decía que se iba reducir la burocracia y el consumo de papel, pero la realidad actual está desmintiendo esa tesis, pues el papeleo sigue creciendo. Si alguien tiene dudas de esta burocratización, basta con escuchar las quejas de profesores y diversos profesionales.
Una persona que comience cualquier actividad comercial o social verá que le exigen múltiples permisos burocráticos, ¡y que siguen aumentando! Por otra parte firmamos formularios de protección de datos a todas horas, mientras que en realidad nuestra vida personal nunca estuvo menos protegida. De hecho está más expuesta que nunca, como los autores que estudian el capitalismo de la vigilancia nos explican con datos y diversos argumentos.
Ante esta realidad es fácil de entender que mucha gente tenga nostalgia de aquella época en la que la palabra era como una firma, en la que la responsabilidad en el manejo de los datos de los demás era una obligación de conciencia para respetar el honor del prójimo, en la que las instituciones mantenían una seriedad y fidelidad en la defensa de las personas así como la protección de ellas.
Esta creciente burocratización en la sociedad y la praxis de tener que firmar tantos formularios de protección de datos desarrolla dos consecuencias deshumanizadoras:
1) Genera una desconfianza creciente en las personas, incluidas las más próximas a cada uno.
2) Alimenta un aumento en la sumisión a la burocracia estatal. Además ambas realidades se retroalimentan.
La desconfianza promovida hacia las personas próximas incrementa las actitudes individualistas y las ideologías correspondientes, que también promueven la mayoría de las películas y series. Este individualismo atraviesa los libros de texto, los planes educativos, las campañas publicitarias del estado y gobierno, los medios de comunicación, etc. Lógicamente esto deja las personas más solas y endebles, menos solidarias y con menos vínculos sociales para afrontar las adversidades y dificultades de la vida, pues están aisladas. De este modo tenderán a hacerse más dependientes del estado y sus instituciones. Como se escribe en el libro del Eclesiastés 4,10: “¡Ay del solo que cae!, que no tiene quien lo levante”.
La sumisión creciente a la burocracia estatal es la consecuencia lógica de esta soledad, debilidad e individualismo que nos hacen experimentar una incapacidad y una falta de recursos en orden a la colaboración por la existencia. El resultado es que dependemos cada vez más del aparato estatal, como si la salvación de las personas dependiera absolutamente del estado.
Todo esto nos permite entender por qué razón los estados no apoyan a las familias, sino que las van debilitando. También por qué combaten constantemente los grupos sociales autogestionarios y militantes... porque así la burocracia estatal se hace más imprescindible, al tiempo que aumenta su poder e influencia en la sociedad. En este sentido tiene explicación el interés persistente del gobierno en organizar lo que llaman “funerales de estado” con el fin de quitar a la sociedad, a los grupos y religiones el tránsito de las personas a la meta final con lo que aumentarán su poder y control social. Incluso construyen lo que los sociólogos de la religión llaman religión civil o religión política.
La burocratización lleva a que se actúe estrictamente según procedimientos y reglamentos. Es el “así está mandado”, “cumplo lo que está regulado”. En las parroquias sufrimos una consecuencia de eso pues muchas veces nos vienen a preguntar la fecha exacta de nacimientos, bodas y defunciones de familiares para después poder pedir los correspondientes documentos civiles, ya que si no dan la fecha concreta no se los buscan. Así de hecho solucionamos estas deficiencias de la burocracia estatal.
La existencia de una sociedad y estado cada vez más burocratizada le va imponiendo la burocratización a las otras realidades sociales e igualmente exige a la Iglesia que sea más burocrática, que incremente el papeleo y los procedimientos regulados. Esto lleva consigo que los sacerdotes sean más burócratas y menos profetas, cuestión a la que también contribuye la tendencia humana a dimitir de las responsabilidades y compromisos y, por tanto, a escudarse en las normas y protocolos. Es más cómodo ser burócrata que profeta, pero la conciencia cristiana y el evangelio nos llaman a ser militantes, a ser profetas del Reinado de Dios.
La desconfianza promovida hacia las personas próximas incrementa las actitudes individualistas y las ideologías correspondientes, que también promueven la mayoría de las películas y series. Este individualismo atraviesa los libros de texto, los planes educativos, las campañas publicitarias del estado y gobierno, los medios de comunicación, etc. Lógicamente esto deja las personas más solas y endebles, menos solidarias y con menos vínculos sociales para afrontar las adversidades y dificultades de la vida, pues están aisladas. De este modo tenderán a hacerse más dependientes del estado y sus instituciones. Como se escribe en el libro del Eclesiastés 4,10: “¡Ay del solo que cae!, que no tiene quien lo levante”.
La sumisión creciente a la burocracia estatal es la consecuencia lógica de esta soledad, debilidad e individualismo que nos hacen experimentar una incapacidad y una falta de recursos en orden a la colaboración por la existencia. El resultado es que dependemos cada vez más del aparato estatal, como si la salvación de las personas dependiera absolutamente del estado.
Todo esto nos permite entender por qué razón los estados no apoyan a las familias, sino que las van debilitando. También por qué combaten constantemente los grupos sociales autogestionarios y militantes... porque así la burocracia estatal se hace más imprescindible, al tiempo que aumenta su poder e influencia en la sociedad. En este sentido tiene explicación el interés persistente del gobierno en organizar lo que llaman “funerales de estado” con el fin de quitar a la sociedad, a los grupos y religiones el tránsito de las personas a la meta final con lo que aumentarán su poder y control social. Incluso construyen lo que los sociólogos de la religión llaman religión civil o religión política.
La burocratización lleva a que se actúe estrictamente según procedimientos y reglamentos. Es el “así está mandado”, “cumplo lo que está regulado”. En las parroquias sufrimos una consecuencia de eso pues muchas veces nos vienen a preguntar la fecha exacta de nacimientos, bodas y defunciones de familiares para después poder pedir los correspondientes documentos civiles, ya que si no dan la fecha concreta no se los buscan. Así de hecho solucionamos estas deficiencias de la burocracia estatal.
La existencia de una sociedad y estado cada vez más burocratizada le va imponiendo la burocratización a las otras realidades sociales e igualmente exige a la Iglesia que sea más burocrática, que incremente el papeleo y los procedimientos regulados. Esto lleva consigo que los sacerdotes sean más burócratas y menos profetas, cuestión a la que también contribuye la tendencia humana a dimitir de las responsabilidades y compromisos y, por tanto, a escudarse en las normas y protocolos. Es más cómodo ser burócrata que profeta, pero la conciencia cristiana y el evangelio nos llaman a ser militantes, a ser profetas del Reinado de Dios.
Ahora más que nunca: AUTOGESTIÓN
Antón Negro
Antón Negro

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