Felix García Moriyón Está claro, muy claro. Los seres humanos somos seres sociales por naturaleza. Siempre ha sido así, y nuestros rasgos específicos nos convierten en una de las especies más solidaria y cooperativa del planeta. El lenguaje o la larga duración de la infancia, por seleccionar dos rasgos muy importantes, refuerzan esa dimensión social y cooperativa de nuestra especie. Una metáfora, relativamente reciente, expresa esa idea de que vamos juntos y dependemos los unos de los otros. Es la comparación de la Tierra con un barco en el que todos navegamos compartiendo nuestro destino: si el barco se hunde, todos nos hundimos con él.
Decir esto, con ser cierto, no es suficiente. Junto al apoyo mutuo ha existido siempre el conflicto entre los seres humanos. Por un lado está lo que algunos autores han llamado la lucha por el reconocimiento: queremos ser reconocidos como pasajeros del barco, con todos los derechos y en igualdad de condiciones con los demás pasajeros, algo que no está dado como punto de partida. Por otra parte, como bien señalaban otros autores, luchamos por el estatus social y por el acceso en condiciones favorables a los medios que garantizan nuestras necesidades. En algunas situaciones, la lucha está marcada por la escasez de recursos, que puede ser tal que la supervivencia de todos no esté garantizada fácilmente; en otras situaciones, lo que se pretende es lograr la parte que nos corresponde de los excedentes de producción que existen en una determinada sociedad. Algunos, mejor dotados quizá por la naturaleza, intentan llevarse una parte mayor, considerando que son superiores sus méritos.
La igualdad auspiciada por ese sentido, que también es exigencia, de apoyo mutuo, queda así permanente cuestionada por la lucha por hacerse con los recursos necesarios para vivir, incluso con más recursos de los necesarios, como si se pretendiera conjurar peligros futuros de escasez. Comunitaristas como lo han sido Aristóteles, Tomás de Aquino, Tomás Moro, Hegel o Kropotkin, por citar solo unos cuantos autores de épocas diversas, han tenido como opositores intelectuales a otros autores más individualistas, especialmente frecuentes en la tradición occidental, sobre todo desde Hobbes en adelante. Es por eso por lo que la metáfora del barco, tal y como es utilizada en la actualidad por algunos pensadores y responsables políticos, puede inducir a confusión. Claro que vamos en un mismo barco, pero no todos viajamos en las mismas condiciones. Si nos atenemos a la imagen del barco, en un barco hay tripulación y pasajeros, y en ambos grupos las condiciones de existencia no son en absoluto las mismas. Dentro de la tripulación están los marineros que apechugan con el trabajo que mantiene el barco en condiciones de navegación y garantiza la vida cotidiana de los pasajeros; pero también están los oficiales y el capitán del barco en la cúspide de la pirámide. Y por otra parte, hay pasajeros de primera y de segunda, incluso existen pasajeros de tercera en algunas situaciones. O pasajeros reducidos a la condición de mercancías, como ocurría en los barcos dedicados al negocio de esclavos.
Según la interpretación de Adorno y Horkheimer, la metáfora más adecuada para describir la condición humana no es la del barco, sino la que ofrece un barco concreto, el barco en el que Odiseo (Ulises) y sus compañeros se esforzaban por regresar a la patria de la que habían salido en busca de gloria y botín. Pues bien, cuando el barco se acercaba al peligroso lugar en el que las sirenas seducían a las tripulaciones con sus cantos, Odiseo, persona famosa por su astuta inteligencia, inventa un procedimiento sugerente: el permanecerá atado al poste, disfrutando del canto de las sirenas, pero no participará en el trabajo de remar, mientras que sus compañeros se dedicarán a remar, pero con los oídos bien tapados para no caer en la trampa urdida por las malévolas sirenas.
La metáfora queda así más próxima a la real condición humana, no a aquella que debería ser, incluso que debería ser para garantizar a todos las mejores condiciones. Es la metáfora de una sociedad en la que unos trabajan y acceden al pan necesario para seguir trabajando, pero no disfrutan de las rosas de la vida, mientras que otros, muchos menos, disfrutan a espuertas de algo más que pan y sobre todo de las rosas, pero no trabajan, mucho menos en aquellos trabajos que son más duros, pero probablemente más necesarios.
La metáfora del barco adquiere así una nueva luz y permite una comprensión más ajustada de lo que nos está ocurriendo en las últimas décadas. Por un tiempo, pareció que nos acercábamos a una sociedad que lograba generar riqueza para todo el mundo y la repartía además repartirla de forma aparentemente más equitativa. Había pan y rosas para todos, más bien para casi todos, aunque solo en algunos países sin duda privilegiados. Pero pronto empezamos a percibir que algunos pasajeros y parte de la tripulación del barco consideraban que debían quedarse con una parte mayor de los recursos, y actuaron para conseguirlo así.
Mientras las condiciones fueron favorables, permitieron que la mayoría accediera a niveles confortables de existencias, pero garantizaron que ellos se quedaban con la mejor parte y que su riqueza se incrementaba notablemente. La desigualdad incluso disminuía, por más que el reparto no era del todo equitativo. Y la codicia y afán acaparador de esas minorías no tenía límites. Espoleados por esa codicia y surgidas nuevas y complejas circunstancias, no han tenido ningún problema en imponer un modelo en el cual unos pocos se apropian de los beneficios y otros muchos cargan con el peso de las dificultades y las penurias, mientras siguen trabajando para que el barco llegue a puerto. Se describe así mejor una sociedad en la que unos mejoran en sus condiciones de vida y consolidan sus posiciones de privilegio, mientras otros perciben claramente que sus condiciones de existencia se han deteriorado.
Lo decisivo, por tanto, no es estar en un mismo barco, sino el tipo de barco en el que estamos. |
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