jueves, 23 de abril de 2020

¿Es realmente progresista la renta básica?



Hace tiempo que se puede ver claramente que progresismo y regresismo es el mismo calcetín dado la vuelta. ¿Es el progresismo una forma acicalada de regresismo?

 Al progresismo de hoy, como el poder es progre, no les va meterse con el poder, les va defenderlo en nombre de la unidad. En nombre de que todos vamos en el mismo barco ¡Ya! 

Como el progresismo no quiere políticas verdaderamente socialistas (nacionalizar la banca, limitar beneficios a las eléctricas, expropiar grandes propietarios de vivienda, elevar el impuesto de lujo, prohibir acuarios con más consumo de pescado que los niños de barrios pobres…)  proponen paternalismos como el de la renta básica. Olvidan que los pobres lo son no por ignorantes sino porque el capitalismo necesita el paro para bajar los salarios. 

Como ya dijeron los socialistas intelectualmente honestos tras la encíclica de Juan Pablo II sobre el trabajo: “El Papa nos ha pasado por la izquierda”. Ahora el portavoz de los obispos españoles también ha pasado por la izquierda al progresismo. Es moralmente de izquierdas no querer el paternalismo de la renta básica (aunque ofenda al bueno de Juan Torres) y no quejarse del Decreto del gobierno que puede acabar con expropiaciones de viviendas vacías de la Iglesia. Esto, que ha desatado las iras de la derecha, no ha movido al portavoz. La cosa es para pensarlo.

Ante cualquier situación como el COVID, o la caída de Julen en un pozo, la sociedad toma conciencia del poder y servicio sagrados de las profesiones ¡sanitarios, limpiadores, fabricantes, inventores, repartidores! ¡los de abajo! ¡imprescindibles! Todo ese bien es hijo del Trabajo, no de la Renta. Pero los “progres” de ahora creen que se pueden desperdiciar esos talentos y basta con darles limosna. Progres de hoy que se comportan como los limosneros regres de antes.

No entiendo por qué hay que calcular cómo pagar y de dónde esas cantidades para mantener a gente en el paro. Menos entiendo que además esas cantidades no dan nunca para vivir con normalidad. Bastaría que aplicaran ese decreto gubernamental (que atribuyen a Pablo Iglesias y frena Ábalos) sobre la posibilidad de expropiar viviendas vacías, para que las familias sintieran un alivio mayor que el de la limosna. Porque es frecuente que esas familias tengan que hacer frente a alquileres, muchas veces en viviendas deterioradas, que se consumen prácticamente ¡toda la “renta”! Con lo cual la “renta mínima” alimenta las rentas máximas, al menos en la mayor parte de los casos, pues son muy pocos los que necesitan esa renta para vivir.

Sí, desde la izquierda y desde la doctrina social de la Iglesia, se puede estar contra esas limosnas y no porque seamos mezquinos sino por Justicia y Solidaridad. Y no porque temamos que se acostumbren a vivir de las ayudas sino porque esas personas son necesarias para la sociedad mediante la aportación de su trabajo. Trabajo que debe ser siempre tratado con honor (y ningún honor para otras cosas mucho menos honorables, o “molt honorables”); honor sí, y salario justo.

Debemos dejar claro también que más aún que contra esas rentas básicas estamos contra otras rentas (máximas, por cierto) que se merecen mucho más el nombre de rentas: la renta por haber sido presidente del Gobierno, la renta por haber invertido en Bolsa, la renta por acumular y acumular viviendas, la renta por ser propietario de licencias de taxi en los que no aporto trabajo, y un largo etcétera de rentas que no vienen precisamente del trabajo. Quizá se las podría llamar “rentas máximas de explotación social”.

¿La miserable renta mínima no será la mejor excusa para otras rentas máximas? Rogamos a los que se posicionen contra las rentas mínimas que dejen claro que piensan de las rentas máximas. Rogamos a los que se posicionan a favor de las rentas mínimas nos digan que proponen respecto de las rentas máximas

Ahora más que nunca: verdadero socialismo

Eugenio A. Rodríguez

miércoles, 22 de abril de 2020

LA POLARIZACIÓN COMO ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA




Desde Sócrates en adelante la búsqueda de la verdad ha sido una exigencia moral de todos aquellos que aspiraban a la libertad. No es casual que los que han querido controlar y dominar a los pueblos, frecuentemente, hayan impuesto “su verdad” a sangre y fuego. La libertad, como es lógico, se suele llevar mal con el poder establecido. Con el tiempo se han desarrollado sistemas cada vez más sutiles de manipulación, capaces de persuadir e inclinar las conciencias, sin necesidad de utilizar la fuerza.

Hoy, la polarización juega un papel fundamental en esa estrategia diabólica. Las redes sociales, que sugerían nuevas formas de democratización de la información, también se han convertido en presa fácil de este virus sumamente contagioso. La polarización es un ataque en toda regla al diálogo y como consecuencia neutraliza cualquier esfuerzo por buscar la verdad.

Si uno critica una propuesta de un partido de derechas, es atacado por reaccionario y si uno cree que el gobierno se equivoca en la gestión de la crisis del COVID 19 es que está de acuerdo con las políticas de privatización de la sanidad del PP, si uno opina X es facha y si opina Y es comunista. Si denuncias la mentira de uno te responden con las mentiras de sus oponentes políticos como si unas mentiras justificaran las otras. Todo es blanco o negro, sin matices.

A la sociedad la polarización no le viene nada bien, va contra el sentido común y contra la convivencia. Normalmente la polarización se activa de arriba abajo. En ella se sienten cómodos la mayoría de los partidos políticos y gran parte de las empresas de comunicación que llamamos medios de comunicación. Forma parte de su estrategia de poder.


Lo que no podemos hacer como sociedad es alimentar al monstruo. No podemos aceptar que la realidad tiene que ser blanca o negra. No podemos partir de la premisa de que no podemos acercar posturas. Es una tragedia conformarnos con ser una copia de los partidos políticos y los medios de comunicación. Nuestra libertad se juega precisamente en ese ejercicio, tan lógico y natural, de intentar comprender la verdad que hay en el que piensa diferente. Esa es la solidaridad más profunda que ha unido a los pueblos frente a las tiranías.

Ahora más que nunca: Promover el diálogo

Moisés Mato

lunes, 20 de abril de 2020

DESAHUCIADOS POR LA PANDEMIA

Cuando Sonia explica dónde vivía hasta hace unos días utiliza la palabra habitación. Luego especifica. “Bueno, era una terraza acristalada”. Situada en Arganda del Rey, a 30 kilómetros de Madrid, pagaba por ella 140 euros al mes y la compartía con sus tres hijos, Carolina, de 17 años, Elizabet, de 13 y Manuel, de 9. Los cuatro convivían no solo apretados, también en silencio. “Las dos habitaciones del piso las ocupaban dos hombres que trabajaban de noche y dormían por el día. Así que teníamos que estar en silencio siempre”. Cuando llegó el confinamiento, Sonia, de 41 años, se quedó sin trabajo. Sin dinero, llamó a los servicios sociales. “Cuando vieron la situación en la que estábamos, nos sacaron y nos trajeron aquí”.

“Aquí” es uno de los dispositivos de emergencia que Cruz Roja ha habilitado para personas expulsadas de sus hogares debido a la crisis del coronavirus. “No estamos hablando de personas en situación de calle o sin techo. Lo que está ocurriendo por culpa de este confinamiento es que gente que pagaba sus alquileres diaria o semanalmente se han quedado sin trabajo y han sido expulsados por sus caseros”. Lo explica Laura Ballesteros, coordinadora del dispositivo de la calle Atocha de Madrid. Mientras sube las escaleras del lugar, protegida con una mascarilla, añade: “Tenemos también casos de gente que no había dejado de pagar, pero vivían en pisos compartidos, muy llenos de gente y el casero los echó porque no quería que pasasen ahí el confinamiento. Esta gente nunca se había visto en una situación así. Familias enteras se han quedado en la calle de forma repentina y por primera vez en su vida”.

El dispositivo de Atocha es, en realidad, un hostal obligado a cerrar durante el estado de alarma. Sonia y sus hijos viven ahora en la habitación 111, una estancia mucho más amplia que la terraza y con una cama para cada uno. Nos invitan a pasar y nos muestran la pequeña televisión, las sábanas blancas y una mesita donde Manuel deja algunos juguetes. “Ni yo ni mis hijos habíamos estado nunca en un hotel, así que intentamos estar contentos. Yo les digo, para animarlos, que es como si estuviéramos viviendo unas vacaciones”. Sonia intenta sonreír.

En el hostal convertido en centro de acogida viven 33 personas. Tienen sitio para 45, más dos habitaciones de aislamiento por si alguien se infecta. Nadie puede salir si no es por algo esencial. La recepción es ahora el sitio donde un trabajador de Cruz Roja controla las entradas y salidas, la habitación 105 es un despacho y la 106 se ha convertido en un almacén donde se puede ver papel higiénico, kits de higiene y alimentos suministrados por el Grupo VIPS. “Las familias llegan con sus maletas, inquietas. Han sido expulsadas de sus casas y la mayoría cree que las vamos a alojar en albergues o sitios para personas sin techo. Y eso asusta sobre todo a las madres con hijos. Una vez aquí, se tranquilizan”, explica Ballesteros.

“Jamás me imaginé estar así”
En la zona común y el comedor del hostal descansa sentado Manuel Gil, de 61 años. Hasta hace una semana vivía en la habitación de una pensión. “Llevaba un tiempo viviendo ahí. Soy jubilado, no tengo relación con mi familia así que prefería vivir en un hostal que alquilar un apartamento”, explica pausado. Pero la pensión cerró y cuando Manuel empezó a buscar un piso o una habitación para alquilar se dio cuenta de que no había nada. “Nadie está alquilando, no hubo manera. Nadie se fía, nadie admite nuevos inquilinos. Así que he acabado aquí. Y menos mal. Por un momento me vi en la calle o durmiendo en el aeropuerto. Si me ocurre eso duro cuatro días”.

Con un hilo de voz, cuenta: “Jamás me imaginé estar en esta situación. Ha sido todo muy rápido”. Manuel comparte habitación con otras cinco personas. “No es lo mejor del mundo, porque cada uno es de su padre y de su madre, pero por lo menos aquí estoy seguro… Fíjate que yo muchas veces pensaba qué haría o cómo estaría si viniese una guerra. Y mira, esto no es una guerra, pero estamos bloqueados. Yo me siento inmóvil. No puedo tomar decisiones. Es asfixiante”.

En Cáritas han dejado de rotar. Sus centros para personas sin hogar tienen un límite de estancia de 21 días, pero debido a la prevención sanitaria por el coronavirus no pueden desalojar espacio. Lo explica por teléfono Susana Hernández, responsable de Obras Sociales Diocesanas de Cáritas Madrid. “Entre las organizaciones y las instituciones públicas no está siendo suficiente. Según los datos que tenemos, solo en Madrid, unas 300 personas están ahora mismo a la espera de que les admitan en algún centro. Y entre esas personas hay mujeres”, explica. Y añade, como un giro macabro: “Y nos consta que, a algunos de ellos, en otras provincias, les ha llegado a multar la policía por no estar confinados”.

La crisis de la covid-19 ha cambiado el perfil de las personas sin hogar. Ha trascendido a la figura del sin techo que está instalada en el imaginario. “Con esta crisis nos encontramos muchas mujeres y familias”, dice la portavoz de Cáritas. “Por ejemplo, nos estamos encontrando gente a la que han dado de alta por coronavirus y a la que no les dejan volver a sus casas. Otros que, mientras estuvieron ingresados, no pudieron pagar y los echaron. O simplemente familias que se han quedado sin trabajo y las han expulsado”.

A todos ellos se suma gente que vivía en pensiones y hostales que han cerrado y que, como Manuel, se han quedado sin un sitio donde vivir. “Estamos al 100% de capacidad y esto se acentúa cada día”, advierte Hernández. “Igual que se ha activado una emergencia sanitaria también debe activarse una social. Y de la misma forma que se levantan hospitales de campaña también deben proporcionarse centros de acogida. La gente sin hogar ya no son lo que todos tenemos en la cabeza”, dice Susana.

El futuro no parece claro. La gente que organizaciones como Cáritas o Cruz Roja atiende no tienen medios para volver a su vida de antes. “Con la economía parada es imposible que puedan regresar a su anterior escenario”, explica la portavoz de Cáritas. “Si no se recupera la economía, esta gente no va a poder reincorporarse a la vida normal. Y ni nosotros ni nadie tiene la capacidad para acogerlos indefinidamente”.

AHORA… SUBSIDIARIEDAD Y RESPONSABILIDAD

Cuando por el 11 de marzo tuve la confirmación de que a médicos con síntomas no les estaban realizando la prueba del Covid 19 se me hizo evidente que: a) La pandemia estaba totalmente fuera de control. b) El proyecto político y de imagen del actual gobierno se había ido al traste. 

Pero el futuro también depende del comportamiento de todos nosotros, por acción o por omisión, aunque estar dentro de la Unión Europea supone saber que hay un marco jurídico e institucional organizado para la toma de decisiones y también unas ciertas garantías en el marco de la economía de mercado con una mejor financiación. De esto se escuchará mucho en las noticias en estos próximos días.

Si nos preguntan, ¿qué pasará en nuestra sociedad después de la pandemia? Pues pasará algo similar a cuando a Unamuno le preguntaron si duraría mucho la Dictadura. Su respuesta fue sensata: “Depende de lo que empujemos”. Así que de esta crisis, según se actúe, saldremos con más protagonismo de la sociedad y sus asociaciones o más dependientes del Gobierno y del Estado, más responsables o más subvencionados...

En el cuadro macroeconómico está claro que el Estado estará más endeudado, por tanto todos nosotros, y eso lleva consigo consecuencias de menos salarios para funcionarios, pensionistas, trabajadores... que se hará por alguno, o varios a la vez, de los siguientes mecanismos:
-Bajar directamente el sueldo. Por ejemplo si un funcionario cobraba 30.000 € brutos al año pasar a 25.000, o un pensionista si cobraba 15.000 pasar a 12.000... más o menos.
-Otra forma de bajarlo es pasar de pagar 4.000 € de impuesto del IRPF a pagar 6.000, 7.000, 8.000...
-También subir el IVA dos, tres puntos... con lo que se pierde por lo menos directamente 2 o 3 % del valor del salario.
-Aumento de impuestos especiales, por ejemplo 5 cts más en el litro de los combustibles, con que con el mismo dinero se hacen menos kms y los bienes costarán más. Se pueden poner nuevos impuestos, tasas, etc.

Bien sabemos que la tendencia de los Gobiernos es hacerse cada vez más poderosos y que los ciudadanos se hagan cada vez más dependientes de ellos. Pero, si queremos ser ciudadanos libres adultos, debemos asumir nuestra libertad y responsabilidad social. Para eso pueden ser muy importantes algunas de las enseñanzas de la Doctrina Social de la Iglesia aplicables aquí, de las que destaco:
-El Principio de Subsidiaridad que defiende que lo que puede hacer una persona o un grupo más pequeño no se lo impida un grupo mayor o el Gobierno, con el correspondiente derecho a la iniciativa económica y social. Lo podríamos resumir como Autogestión.
-El Trabajo sobre el Capital, es decir, que el dinero debe estar al servicio de las personas, lo que implica el  Destino Universal de los Bienes y la Solidaridad.

Humanamente es claro que ganarse el sustento con el propio trabajo dignifica más a las personas que otros medios de vivir o sobrevivir. Por eso serían importantes cosas pequeñas a hacer como:
-Dar oportunidad a que las personas puedan ejercer su trabajo mediante obras pequeñas, o no tan pequeñas, buscando que sean las más eficientes económica y socialmente ahora y en el futuro.
-Consumo solidario, responsable y ecológico para sostener el trabajo.
-Compartir el trabajo con diversas fórmulas.
-Préstamo sin interés a familiares, amigos, vecinos, necesitados... para que puedan poner en marcha su puesto de trabajo y comenzar a ganarse la vida. Esto es legal al menos desde 2011, aunque no sea nada anunciado en los medios por razones obvias. (¿Con parte a fondo perdido?).
-Seguir por la senda de aquel grupo de militantes de la HOAC que en Valencia en el año 1963 crearon un nuevo tipo de empresa, la Sociedad Anónima Laboral (de los Transportes Urbanos de Valencia, SALTUV), para hacerse cargo de la Compañía de Tranvías y Ferrocarriles ante el fin de la concesión al dueño anterior. Así, hoy, crear también nuevos modelos económicos desde la solidaridad.
-Por supuesto, sin olvidar lo urgente de que a nadie le falte el sustento diario, pero con la mirada puesta en lo importante, ¡qué puedan ganarlo cuanto antes!.

Para terminar, quiero traer aquí el criterio justo para evaluar las decisiones que pongan en marcha los Gobiernos y otras instituciones, que resumen muy bien los obispos de USA en “Justicia Económica para Todos”, nº 24: “Hay que evaluar las decisiones (de política económica) a la luz de lo que hacen POR los pobres, lo que hacen A los pobres y lo que posibilitan que los pobres hagan POR SI mismos. El criterio moral fundamental para todas las decisiones, las políticas y las instituciones económicas es el siguiente: deben estar al servicio de todos y especialmente al servicio de los pobres”.


Ahora más que nunca: AUTOGESTIÓN


Antón Negro

domingo, 19 de abril de 2020

¿Es ético pedir comida a domicilio durante la pandemia?

Un chico pedalea bajo la lluvia, con un paquete más grande que él a sus espaldas. Otras dos personas, que bien podríamos ser cualquiera de nosotros, le observamos: "Oye, viéndole me han entrado ganas de pedirme una pizza", "no lo hagas, hombre, sus condiciones laborales son horribles. ¿No acabas de verlo?", "bueno, pero si nadie pidiera sus servicios no tendrían trabajo", concluye una de las dos voces. Elige tú a quién perteneces.

Es una dicotomía bastante frecuente en nuestra vida, igual que la eterna discusión de los niños que cosen balones o aquellas personas que confeccionan ropa en algún país al sur de Asia. Y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. ¿O nos arriesgamos a caer en la incoherencia, como algún diputado político que critica a un famoso empresario español pese a vestir la ropa que fabrica? Las empresas de reparto a domicilio han llegado a nuestras vidas para quedarse. Nos proporcionan comida a altas horas de la noche, cuando todo está a punto de cerrar y no queremos cocinar nada, también alcohol o incluso preservativos. Felicidad tangible.

Si pides comida a domicilio aumentas el riesgo de propagar el virus, pero si no lo haces, no apoyas financieramente a trabajadores y empresas

También lo hacen en los tiempos del coronavirus, por supuesto. Sin embargo, en la coyuntura actual, la ética parece diluirse un poco con ese paquete que llama a tu puerta. El reparto a domicilio sigue siendo un servicio esencial, pero, basándonos en nuestra moral: ¿es más adecuado en estos tiempos cocinar en casa o coger comida para llevar? Lo segundo parece más peligroso, pues significa aumentar el riesgo de propagar o contraer el coronavirus, pero por otro lado significa no apoyar financieramente a los trabajadores o las empresas, que podrían necesitar desesperadamente el dinero. ¿Qué opinan los implicados?

La precariedad del sector
"¿Cómo puede ser que seamos un servicio esencial y, sin embargo, nuestras condiciones de trabajo sean tan precarias?", es lo primero que apunta Daniel Gutiérrez, portavoz de 'Riders en lucha', a El Confidencial. La plataforma surgió hace tres años, cuando un grupo de exrepartidores decidieron unirse para dejar constancia de la terrible vulnerabilidad a la que está sometida el colectivo. "Con el virus, esta precariedad se ha acentuado. Las empresas no dan a sus trabajadores ninguna protección (ni mascarillas ni guantes) por lo que no hay ninguna garantía sanitaria. Además, tampoco nos forman para tomar las medidas correctas, lo cual es muy peligroso si tienes que ir a una casa en la que debes tocar un timbre, abrir una puerta..."

Insiste en que el reparto a domicilio no solamente pone en riesgo la salud de los repartidores, también de los clientes. "Al fin y al cabo, el 'rider' no sabe quién ha tocado la bolsa que lleva a una casa, cómo se ha preparado esa comida, él simplemente la transporta", apunta. Aunque no hay evidencias científicas de que el virus se transmita por los alimentos, siempre es buena idea, en caso de recibir un paquete a domicilio, desechar el paquete y lavarse las manos como prevención.

Como era de esperar, con la crisis del coronavirus, la demanda de comida a domicilio ha bajado, pues muchos comercios locales han cerrado y no hacen repartos, solo siguen abiertas las grandes cadenas. "Sin embargo, muchos compañeros se han negado a trabajar en estas condiciones, por lo que hay menos repartidores y, claro, el ritmo de trabajo es aún más alto", indica el portavoz.

Si somos trabajadores esenciales las condiciones tienen que ser acordes, por eso pedimos EPIS y formación para afrontar la crisis

Un repartidor tiene que estar al pie del cañón 40 horas semanales por 600 euros al mes. Es difícil compaginar esta labor, pues trabajan de lunes a domingo y en turnos partidos. "No culpamos al consumidor", explica Gutiérrez, "sino a las empresas y al Estado. Somos falsos autónomos, el Gobierno pierde cada año millones de euros en la Seguridad Social, que las empresas defraudan. Si nuestros trabajos son esenciales, las condiciones tienen que ir acompañadas, por eso pedimos EPIS y formación para poder afrontar esta crisis".

Todo esto coincide con un momento en el que Glovo ha reducido la tarifa base de sus repartidores a la mitad, aún en estado de alarma. "Imagínate, ahora para tener un sueldo normal, haciendo cálculos tendríamos que estar trabajando 70 horas a la semana", apunta el portavoz de 'Riders en Lucha'. Los trabajadores pasarán de recibir 2,5 euros por recogida a 1,25, lo que provocó la manifestación del pasado día 16 en Madrid, que fue rápidamente disuelta.

Somos falsos autónomos, el Gobierno pierde cada año millones de euros en la Seguridad Social que las empresas defraudan

Es difícil, por tanto, hablar de ética en estos momentos. Como indica Sarau Jarayman, director del Centro de Investigación de Trabajo de Alimentos en Berkeley, en un reciente artículo de 'The Atlantic': "La mayoría de los trabajadores en la actualidad probablemente te dirán que sigas pidiendo cosas a domicilio. No es porque no tengan miedo, por supuesto que lo tienen, pero ponen por delante el hecho de que tienen que comer y alimentar a sus hijos".

Mientras los riders de España exigen seguridad para poder trabajar en tiempos de pandemia, algunos se encuentran imágenes dantescas: un repartidor explicaba hace unos días en redes sociales cómo había tenido que ir a repartir una pizza a una casa para una familia. En la puerta, de manera tragicómica, colgaba un cartel dibujado por unas manos infantiles que rezaba una frase que ya conocemos todos a la perfección: "Esta crisis la superamos entre todos, #quédateencasa".

Con todos estos ingredientes (sociales, sanitarios y económicos) y en medio de estos tiempos tan excepcionales, en la mano de cada usuario está decidir cuál es la respuesta más adecuada a la hora de pedir comida a domicilio.

https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2020-04-17/etico-comida-domicilio-pandemia-coronavirus_2553595/?utm_campaign=BotoneraWebapp&utm_source=whatsapp&utm_medium=social

sábado, 18 de abril de 2020

El virus SÍ entiende de CLASES


El virus -dicen los que viven bien- no entiende de clases.
Eso sí que sería una novedad. Todo entiende de clases.

Unos: teletrabajan, menos riesgo.
Otros: reparten, más riesgo.

Unos: compran por internet y pagan con tarjeta, menos riesgo.
Otros: hacen cola, más riesgo.

Unos: transporte privado, menos riesgo.
Otros: transporte público, más riesgo.

Unos: vivienda buena, menos riesgo.
Otros: vivienda mala, más riesgo.

Unos: buenos medios en casa para educar, menos riesgo.
Otros: malos medios en casa para educar, más riesgo.

Unos: posibilidad de test, menos riesgo.
Otros: imposibilidad de test, más riesgo.

Unos: inversiones en bolsa, menos riesgo.
Otros: problemas desde mediados de mes, más riesgo.

Unos: vacaciones pagas, menos riesgo.
Otros: sin vacaciones, más riesgo.

Unos: papeles de primera, menos riesgo.
Otros: sin papeles.

Ahora más que nunca: mirada limpia

Eugenio A. Rodríguez

jueves, 16 de abril de 2020

LA MUERTE Y LA POLÍTICA




Antes de que el coronavirus ocupara todo el espacio y el tiempo, el gobierno apuraba una de esas leyes que aspiraban a revestir al gobierno de una aureola progresista. Se trataba de legislar por una muerte digna ¿Quién puede estar en contra de algo así?

La polarización, instalada en nuestro país de forma interesada, exige que ante esa propuesta la derecha diga no y la izquierda sí. De esta forma hablaremos más de la derecha y la izquierda que del contenido de la ley, la ideología ( o lo que sea eso) por encima del análisis.

Sí uno observa el resultado de leyes similares en los escasos países en los que se ha aprobado y tiene en cuenta el caldo de cultivo sobre el que se quiere aprobar la ley, la postura más coherente sería: Ahora no, así no. Para legislar sobre la muerte digna es necesario garantizar la vida digna. Y estamos muy lejos de eso.

La mayoría de los que lidian cotidianamente con la muerte saben que no hay cuidados paliativos para la mitad de la población, que no hay ayudas suficientes a la dependencia y que la precariedad de los trabajadores de los cuidados clama al cielo. Los que lidian con la economía saben que hay una relación entre las expectativas de vida y el paro, la precariedad, la vivienda y la pobreza. Ante un debate de ese calado, causa rubor que el gobierno se dedicara a hablar de la película Mar adentro en un intento de apelar a lo sentimental.

Pero ahora la pandemia ha levantado la alfombra y en sólo un mes va desvelando las relaciones perversas que hay entre la sanidad, la vejez, las condiciones laborales de los cuidados, los negocios y la política. Esas relaciones ya estaban operando ahí, la pandemia simplemente las ha hecho visibles. Hemos pasado de ser “la mejor sanidad del mundo” a tener las mayores cifras de muertos por millón de habitantes y de sanitarios contagiados y a descubrir que el material más elemental para los cuidados depende de China y que las condiciones de atención a la vejez son más que deficientes. En los próximos meses hemos de mirar con atención los datos (reales) y la relación entre ellos, será necesario escuchar los testimonios de las familias y los trabajadores y valorar en su conjunto esta cuestión. Lo que sabemos hasta ahora ya pone los pelos de punta y obliga a repensar en su globalidad los parámetros que estamos manejando en la atención a nuestros mayores.

La dignidad es un atributo esencial de todas las personas por el simple hecho de ser, no es una prerrogativa del estado concederla o no. Este debe garantizar las condiciones para que sea posible ejercer la dignidad en la vida y en la muerte. No se trata de decir sí o no, de ser progres o regres, si no de afrontar la complejidad de la realidad de las personas mayores y responder a ella salvando la dignidad de todos en la vida y en la muerte. Eso es política. Lo demás politiquería.

Ahora más que nunca: Política solidaria

Moisés Mato

VICTORIA judicial histórica contra el loby sionista en España

Jasiel Paris @jasielparis -SEGUNDA querella inadmitida a ACOM, tras la de Antonio Maestre. En este caso especialmente humillante: se la tumb...