Federico J. Losantos
Si Pujol y el nefasto Tribunal Constitucional no se hubieran
cargado el proyecto de Ley del Suelo de Aznar que, si no
recuerdo mal, presentó a finales del 96 o comienzos del 97 el
entonces diputado Guillermo Gortázar, el PP hubiera podido
despedir a Bárcenas y, a cambio de liquidar o limitar los
sobresueldos, no estaría hoy abrumado por el escándalo. Porque
si la corrupción generalizada de los partidos políticos tiene su
base en «el ladrillo», es decir, en el sector de la
construcción, no hay que olvidar que para construir primero hay
que urbanizar, y que es ahí, en la urbanización, donde nace la
corrupción generalizada. Porque son los ayuntamientos, con el
visto bueno de las autonomías, los que deciden la cantidad y
calidad del suelo urbanizable o, lo que es lo mismo, la cantidad
de dinero que, jugando con su rentabilidad, pueden pedir a los
constructores. En blanco o legal y en negro o ilegal. Se dice
que si los ayuntamientos no tuvieran el poder de decidir dónde,
cuánto y cómo se urbaniza, no tendrían ingresos. Pero los que
perderían la fuente de su fortuna serían los raboalcaldes y
roboediles, esos partiditos o partidas indígenas que nacen para
alcanzar la concejalía de Urbanismo y disfrutar en Suiza sus
dividendos como bisagra municipal.
Este martes, la Comisión Nacional de la Competencia publicó un
informe durísimo sobre la urbanización del suelo en España,
manantial de atropellos éticos y estéticos, amén de causa
esencial de que el suelo en España, y en consecuencia las
viviendas, sean tan caras. Y –no lo dice el informe pero está en
los juzgados– razón de que constructores y políticos se hayan
hecho de oro gracias al poder urbanizador que la ley –de origen
franquista– les concede. Lo que propone la CNC es lo que
proponía el PP cuando era liberal: que todo el suelo nacional
sea urbanizable excepto los lugares protegidos por razones
ecológicas o ambientales. O sea, al revés que ahora, cuando la
rapacidad política es la que dicta arbitrariamente las zonas
urbanizables. España mejoraría mucho si no viéramos en las
afueras de cualquier población esas horrendas urbanizaciones de
siete alturas que cobijan y apretujan miles de viviendas
carísimas, mientras a su alrededor se extiende la estepa yerma,
vacía, barata; y por barata, incorruptible.

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