Lo importante del suceso se halla en los instantes
inmediatos que siguieron a las llamas. Tras desplegar el protagonista
del suceso una pancarta con sus reivindicaciones, rociarse con cinco
litros de gasolina y prenderse fuego, varias de las personas que
presenciaron el horror de la escena acudieron sin pensarlo a socorrer
a la víctima, como parece lógico suponer que ocurra. Sin embargo,
no todas lo hicieron.
Y aquí viene el punto matriz de este escrito: una
dependienta de un comercio próximo, a la que se le solicitó una
manta para poder extinguir las llamas que devoraban en ese justo
momento el cuerpo del hombre, se negó a entregar la prenda porque,
según sus propias palabras, “yo no puedo hacer eso”.
Entrevistada por un periodista de La Opinión
posteriormente, la empleada de la tienda expresó lo siguiente: “Ha
venido corriendo y me ha dicho que si le podía dejar una manta, y
eso que el chico es cliente de aquí. Pero yo no puedo hacer eso y le
he dicho que no se la dejaba”. La Opinión añadía:
“reconocía Mari Luz, la empleada de la tienda, en declaraciones a
este periódico”.
Pues bien, la tienda en cuestión es Zara. Es de
suponer que semejante comportamiento bovino por parte de una de sus
empleadas ha hecho plantearse a la empresa que su imagen de marca
podría resultar perjudicada. Poco después desaparecía todo rastro
del incidente de la manta de Zara del diario La Opinión, y
era sustituido por anécdotas de benevolencia del resto de comercios:
que si Mango prestó un extintor, que si El Corte Inglés cedió
otro, que si las dependientas de Stradivarius acudieron por si podían
prestar ayuda (por cierto, Stradivarius pertenece a la misma cadena
que Zara, el gigante Inditex de Amancio Ortega, y no tenía mención
en el artículo original).
La
Opinión no es el único medio de prensa en el que la palabra Zara
desaparecía de entre las líneas de su artículo-bonzo, el resto de
diarios importantes actuaban de igual manera, después de que algunos
lectores comentaristas pusieran el grito en el cielo por la actuación
desalmada de la dependienta.
Y aquí surgen dos cuestiones. Una y principal es
¿qué tipo de empleados está generando esta sociedad, que actúan
como autómatas al servicio de la empresa y, siguiendo sus dictados
de no pienses-obedece, dejan de ser personas con ideas y sentimientos
propios para convertirse en maquinaria útil y servil?, ¿acaso tenía
miedo a perder el empleo por ofrecer una simple manta en una
situación de emergencia?, ¿ni siquiera se planteó la posibilidad,
humana, de pagar ella misma la prenda para socorrer a un herido
mortal? No, ella “no podía hacer eso”. No estaba contemplado en
el manual de buenas prácticas del buen empleado que le darían en
arenga al incorporarse a la empresa.
La otra cuestión es la relativa a la prensa. Se volatiliza en un
click el dato negativo referido a Zara y es sustituido por el dato
positivo protagonizado por Stradivarius. Pocos lectores se habrán
dado cuenta y, además, no importa, sus voces son menores. Así, las
grandes empresas que nos movilizan como hormiguitas a las colas de
sus cajas de pago pueden seguir contando con nuestro beneplácito y,
sobre todo, con nuestra ausencia de crítica, para que podamos
continuar siendo magníficos trabajadores no pensantes, maquinitas de
vender y comprar sus productos, engranaje de un sistema consumista
que, bovinamente, no nos cuestionaremos.
El herido, por cierto, a falta de manta, acabó
siendo envuelto en su propia pancarta, cuyo texto íntegro
reivindicativo desconocemos.
Que
los medios de prensa tradicionales dependen del dinero de sus
patrocinadores y empresas anunciadas en sus páginas es un hecho. Que se
modifique el contenido de una noticia en cuestión de minutos para
eliminar un dato que podría perjudicar a un patrocinador en concreto,
también, y sobradas muestras tenemos de ello. Pero que todos los
periódicos se pongan de acuerdo en que el enfoque total de la noticia
pervierta la realidad para favorecer la imagen general de la sociedad de
consumo y evitar, así, que los lectores-consumidores se planteen el
sistema en el que están inmersos es ya algo que raya la conspiranoia, y
nos deja envueltos en el más tórrido de los ambientes distópicos. Sin
embargo, eso es lo que ha ocurrido.
Hasta ahí llegan los
titulares de los muchos medios que se han hecho eco de la escabrosa
noticia. Una noticia triste y alarmante, sí, pero, obviando que se
desconocen los motivos por los que le fue retirada la custodia (y que
pueden resultar ser aún más escandalosos, o no), el verdadero titular y
el fondo de lo noticioso debió haber surgido de otro asunto, a mi
parecer, mucho más alarmante.
Lo importante del
suceso se halla en los instantes inmediatos que siguieron a las llamas.
Tras desplegar el protagonista del suceso una pancarta con sus
reivindicaciones, rociarse con cinco litros de gasolina y prenderse
fuego, varias de las personas que presenciaron el horror de la escena
acudieron sin pensarlo a socorrer a la víctima, como parece lógico
suponer que ocurra. Sin embargo, no todas lo hicieron.
Y aquí viene el punto
matriz de este escrito: una dependienta de un comercio próximo, a la que
se le solicitó una manta para poder extinguir las llamas que devoraban
en ese justo momento el cuerpo del hombre, se negó a entregar la prenda
porque, según sus propias palabras, “yo no puedo hacer eso”.
Ella no podía hacer “eso”.
Según aparecía anoche en el artículo de La Opinión
de Murcia, una de las primeras personas que acudió a atender al herido
envuelto en fuego fue un chico que en ese momento se encontraba
trabajando en la calle realizando encuestas para alguna ONG. El muchacho
corrió hacia una de las tiendas más próximas al suceso –desde la que
podía contemplarse todo lo ocurrido– y solicitó una manta para poder
apagar el fuego del cuerpo del inmolado.
Entrevistada por un periodista de La Opinión posteriormente, la empleada de la tienda expresó lo siguiente: “Ha
venido corriendo y me ha dicho que si le podía dejar una manta, y eso
que el chico es cliente de aquí. Pero yo no puedo hacer eso y le he
dicho que no se la dejaba”. La Opinión añadía: “reconocía Mari Luz, la empleada de la tienda, en declaraciones a este periódico”.
Pues
bien, la tienda en cuestión es Zara. Es de suponer que semejante
comportamiento bovino por parte de una de sus empleadas ha hecho
plantearse a la empresa que su imagen de marca podría resultar
perjudicada. Poco después desaparecía todo rastro del incidente de la
manta de Zara del diario La Opinión,
y era sustituido por anécdotas de benevolencia del resto de comercios:
que si Mango prestó un extintor, que si El Corte Inglés cedió otro, que
si las dependientas de Stradivarius acudieron por si podían prestar
ayuda (por cierto, Stradivarius pertenece a la misma cadena que Zara, el
gigante Inditex de Amancio Ortega, y no tenía mención en el artículo
original).
Y
aquí surgen dos cuestiones. Una y principal es ¿qué tipo de empleados
está generando esta sociedad, que actúan como autómatas al servicio de
la empresa y, siguiendo sus dictados de no pienses-obedece, dejan de ser
personas con ideas y sentimientos propios para convertirse en
maquinaria útil y servil?, ¿acaso tenía miedo a perder el empleo por
ofrecer una simple manta en una situación de emergencia?, ¿ni siquiera
se planteó la posibilidad, humana, de pagar ella misma la prenda para
socorrer a un herido mortal? No, ella “no podía hacer eso”. No estaba
contemplado en el manual de buenas prácticas del buen empleado que le
darían en arenga al incorporarse a la empresa.
La
otra cuestión es la relativa a la prensa. ¿En qué tipo de sociedad
vivimos que, con una simple llamada telefónica de una multinacional, la
realidad desaparece de todos los diarios y es sustituida por un
embellecedor muy al estilo de la novela 1984?
Se
volatiliza en un click el dato negativo referido a Zara y es sustituido
por el dato positivo protagonizado por Stradivarius. Pocos lectores se
habrán dado cuenta y, además, no importa, sus voces son menores. Así,
las grandes empresas que nos movilizan como hormiguitas a las colas de
sus cajas de pago pueden seguir contando con nuestro beneplácito y,
sobre todo, con nuestra ausencia de crítica, para que podamos continuar
siendo magníficos trabajadores no pensantes, maquinitas de vender y
comprar sus productos, engranaje de un sistema consumista que,
bovinamente, no nos cuestionaremos.
El
herido, por cierto, a falta de manta, acabó siendo envuelto en su propia
pancarta, cuyo texto íntegro reivindicativo desconocemos.
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Que
los medios de prensa tradicionales dependen del dinero de sus
patrocinadores y empresas anunciadas en sus páginas es un hecho. Que se
modifique el contenido de una noticia en cuestión de minutos para
eliminar un dato que podría perjudicar a un patrocinador en concreto,
también, y sobradas muestras tenemos de ello. Pero que todos los
periódicos se pongan de acuerdo en que el enfoque total de la noticia
pervierta la realidad para favorecer la imagen general de la sociedad de
consumo y evitar, así, que los lectores-consumidores se planteen el
sistema en el que están inmersos es ya algo que raya la conspiranoia, y
nos deja envueltos en el más tórrido de los ambientes distópicos. Sin
embargo, eso es lo que ha ocurrido.
Hasta ahí llegan los
titulares de los muchos medios que se han hecho eco de la escabrosa
noticia. Una noticia triste y alarmante, sí, pero, obviando que se
desconocen los motivos por los que le fue retirada la custodia (y que
pueden resultar ser aún más escandalosos, o no), el verdadero titular y
el fondo de lo noticioso debió haber surgido de otro asunto, a mi
parecer, mucho más alarmante.
Lo importante del
suceso se halla en los instantes inmediatos que siguieron a las llamas.
Tras desplegar el protagonista del suceso una pancarta con sus
reivindicaciones, rociarse con cinco litros de gasolina y prenderse
fuego, varias de las personas que presenciaron el horror de la escena
acudieron sin pensarlo a socorrer a la víctima, como parece lógico
suponer que ocurra. Sin embargo, no todas lo hicieron.
Y aquí viene el punto
matriz de este escrito: una dependienta de un comercio próximo, a la que
se le solicitó una manta para poder extinguir las llamas que devoraban
en ese justo momento el cuerpo del hombre, se negó a entregar la prenda
porque, según sus propias palabras, “yo no puedo hacer eso”.
Ella no podía hacer “eso”.
Según aparecía anoche en el artículo de La Opinión
de Murcia, una de las primeras personas que acudió a atender al herido
envuelto en fuego fue un chico que en ese momento se encontraba
trabajando en la calle realizando encuestas para alguna ONG. El muchacho
corrió hacia una de las tiendas más próximas al suceso –desde la que
podía contemplarse todo lo ocurrido– y solicitó una manta para poder
apagar el fuego del cuerpo del inmolado.
Entrevistada por un periodista de La Opinión posteriormente, la empleada de la tienda expresó lo siguiente: “Ha
venido corriendo y me ha dicho que si le podía dejar una manta, y eso
que el chico es cliente de aquí. Pero yo no puedo hacer eso y le he
dicho que no se la dejaba”. La Opinión añadía: “reconocía Mari Luz, la empleada de la tienda, en declaraciones a este periódico”.
Pues
bien, la tienda en cuestión es Zara. Es de suponer que semejante
comportamiento bovino por parte de una de sus empleadas ha hecho
plantearse a la empresa que su imagen de marca podría resultar
perjudicada. Poco después desaparecía todo rastro del incidente de la
manta de Zara del diario La Opinión,
y era sustituido por anécdotas de benevolencia del resto de comercios:
que si Mango prestó un extintor, que si El Corte Inglés cedió otro, que
si las dependientas de Stradivarius acudieron por si podían prestar
ayuda (por cierto, Stradivarius pertenece a la misma cadena que Zara, el
gigante Inditex de Amancio Ortega, y no tenía mención en el artículo
original).
Y
aquí surgen dos cuestiones. Una y principal es ¿qué tipo de empleados
está generando esta sociedad, que actúan como autómatas al servicio de
la empresa y, siguiendo sus dictados de no pienses-obedece, dejan de ser
personas con ideas y sentimientos propios para convertirse en
maquinaria útil y servil?, ¿acaso tenía miedo a perder el empleo por
ofrecer una simple manta en una situación de emergencia?, ¿ni siquiera
se planteó la posibilidad, humana, de pagar ella misma la prenda para
socorrer a un herido mortal? No, ella “no podía hacer eso”. No estaba
contemplado en el manual de buenas prácticas del buen empleado que le
darían en arenga al incorporarse a la empresa.
La
otra cuestión es la relativa a la prensa. ¿En qué tipo de sociedad
vivimos que, con una simple llamada telefónica de una multinacional, la
realidad desaparece de todos los diarios y es sustituida por un
embellecedor muy al estilo de la novela 1984?
Se
volatiliza en un click el dato negativo referido a Zara y es sustituido
por el dato positivo protagonizado por Stradivarius. Pocos lectores se
habrán dado cuenta y, además, no importa, sus voces son menores. Así,
las grandes empresas que nos movilizan como hormiguitas a las colas de
sus cajas de pago pueden seguir contando con nuestro beneplácito y,
sobre todo, con nuestra ausencia de crítica, para que podamos continuar
siendo magníficos trabajadores no pensantes, maquinitas de vender y
comprar sus productos, engranaje de un sistema consumista que,
bovinamente, no nos cuestionaremos.
El
herido, por cierto, a falta de manta, acabó siendo envuelto en su propia
pancarta, cuyo texto íntegro reivindicativo desconocemos.
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