miércoles, 28 de enero de 2026

Accidentes en una sociedad consumista



Si algún día llegáramos a vivir una sociedad comunitaria, amable y libre también habría accidentes. Sí, claro que habría accidentes. ¿Más, menos o igual? Date un momento para pensarlo si estas leyendo este escrito… Me parece que habría menos. Y menos despilfarro. Y menos derroche. Y menos dinero. Y menos… Pero también habría más. Más eficacia en el trabajo (o sea más trabajo en sentido de las leyes físicas), también más descanso, más solidaridad, más alegría. No solo allá lejos en la infancia nuestros mejores momentos fueron hacer cualquier cosa con otros. Eso pasa en la adultez también. Alguien dijo “el trabajo de los niños es jugar, el juego de los mayores es trabajar”.

El capitalismo ha logrado envilecer muchas cosas y una de ellas ha sido someter a los niños al consumismo. Todavía me río cuando cuento que a un niño que entre todos los tíos (el primer sobrino) le compraron un peluche que no cabía por la puerta (y entró por la ventana de una casa de planta baja en un pueblo pequeño de Salamanca) se llevaron la sorpresa de que Rubén prefería la caja. La caja hizo de casa, de barco y de todo lo imaginable. Al peluche solo le faltó llorar.

En familia y amistad cualquier juego es divertido. Es el sistema el que ha inventado, promovido y logrado hacer creer a muchos que para sonreír hace falta pagar. Y ahí se ha disparatado el turismo. Estoy cansado de ver vagar aburridos a los turistas por Las Palmas de GC. He visto que Salamanca se ha convertido en un auténtico parque temático. Todo caras largas. Pero me acerco al Parque de Cemento (el nombre ya lo dice todo) o a la cancha deportiva del barrio de al lado y veo chicos y chicas alegres simplemente jugando. La infancia no necesita a sus padres para ir a museos y menos a campos de futbol a cientos de kilómetros. Hay vida, cultura y deporte mucho más cerca. Resulta que -por ejemplo- lo que más contamina la ciudad de Barcelona son los cruceros. El consumismo (y no el ser humano) es el que perjudica al medio ambiente.

¿Cómo es posible que puedan volar con descuento las familias (o no familias) que van de Las Palmas a Madrid al teatro, al futbol, a pasar el fin de semana? ¿De dónde viene esta obsesión por entender que moverse es descansar? Mi hipótesis es que es la recompensa por dejarse explotar el resto del tiempo. Sí, lo he visto, personas que llevan una vida laboral cargada de tensiones y explotación que creen que la solución de eso es una simple compensación: “A mi me gusta que me sirvan”. Pero eso no arregla realmente nada. Solo alimenta al monstruo. No somos partidarios de clausurar a nadie en su pueblo. Libertad total. Pero libertad real. No llamemos libertad al toque de corneta del capitalismo.

Una vez preguntaron a Juan Pablo II qué hacía en su tiempo libre y contestó que todo su tiempo es libre. Eso hace pensar. Luego me fui fijando en que a los grandes mandatarios en sus viajes a veces (otras veces no) les preparaban visitas turísticas. A Juan Pablo II nada.

Imagino la difícil tarea de consolar a los que perdieron a alguien en accidentes. Saber que la culpa la tiene el capitalismo o el ministerio de Fomento, o los que se enriquecieron con las obras no creo que sirva de consuelo. Imagino que los más difíciles de consolar son aquellos que emprendieron viaje por algo innecesario. Será duro para aquellos que hasta desaconsejaron tal viaje. De lo ocurrido no sirve de nada culpabilizarse pero una sociedad adulta sí debe reflexionar sobre si moverse responde a una necesidad real o a una necesidad inducida por los que hacen negocio.

Ahora más que nunca: VERDADERO SOCIALISMO

Eugenio A. Rodríguez Martín

lunes, 26 de enero de 2026

A VUELTAS CON EL TIEMPO

Muchos consideran que los mitos son un hecho del pasado de la humanidad, que no tienen cabida en estos “tiempos”, pero no es así pues los mitos son realidades actuales y no me refiero solo a figuras de gran trascendencia pública, porque el pensamiento mítico es una forma de conocimiento, de comunicación y de enfrentar esa realidad que llamamos “tiempo”.

A veces pregunto cuándo comienza el año y la respuesta común es el 1 de enero. También responden así los estudiantes, pero para ellos el año (curso) empieza en septiembre y finaliza en julio. Lo mismo sucede para los jugadores de deportes populares como el fútbol, baloncesto... mientras que para pilotos, atletas, tenistas... comienza en enero. Para los romanos el año comenzaba en marzo y finalizaba en febrero, de ahí que el séptimo, octavo, noveno y décimo mes sean septiembre, octubre, noviembre y diciembre. A los que eran quinto y sexto mes dos emperadores les cambiaron el nombre y le añadieron un día que quitaron al último mes, que quedó en 28, y así promovieron el llamado culto a la personalidad; se deduce que eran Julio César y Octavio Augusto. Para los judíos el año comienza en primavera con el mes de Nisán y el día 14 (luna llena) celebran la Pascua como vemos en el libro del Éxodo cap. 12, versículos 1 al 11.

Si le preguntamos por el comienzo del año a un musulmán devoto responderá que comienza con el mes de Muharram, que no tiene correspondencia exacta con ninguno de nuestros meses, pues su calendario consta de 12 meses lunares y, por tanto, su año dura unos 354 o 355 días (cada 33 años musulmanes se corresponde con 32 gregorianos). Así su famoso mes del Ramadán, el noveno, va rotando poco a poco por las diversas estaciones solares.

Hoy el mundo tiene en la base un calendario cristiano. El año empieza en el inicio del invierno y dura una vuelta completa de la tierra alrededor del sol, que son 365 días, 5 horas 48 minutos y 45,10 segundos. Por eso hay años bisiestos de 366 días. Es el calendario gregoriano (del Papa Gregorio XIII) que reformó el juliano (de Julio César) para adaptarlo al equinocio astronómico por llevar ya este un desfase de 10 días, según calculó la Universidad de Salamanca por petición papal. Del juliano jueves 4 de octubre de 1582 se pasó al gregoriano viernes 15 de octubre de 1582. Así Santa Teresa de Jesús murió el 4 de octubre y la enterraron el día siguiente, que fue el 15 del mismo mes y año.

El año, en vez de una vuelta completa alrededor del sol, podría ir de equinocio a equinocio o de solsticio a solsticio, de máxima cercanía a máxima cercanía o de máxima lejanía a máxima lejanía. Una vuelta completa alrededor del sol varía de los 88 días en Mercurio a los 60266 (165 años) en Neptuno... según lo que dura un día en la tierra, pero lo que dura una vuelta sobre sí mismo es diferente en cada planeta.

Hoy la vida de las sociedades está marcada por el reloj mecánico. Un invento de los monjes benedictinos en el siglo X para organizar el tiempo con la conciencia de que la vida es para Dios (Padre) y las personas (hermanos) según la máxima de Ora et Labora. De servir al Señor y a la comunidad, el artefacto fue degenerando para servir al capital con la máxima de time is money.... Es interesante leer lo que escribe sobre esto el estadounidense Jeremy Rifkin en el libro El sueño europeo (Paidós 2004. p. 139 a 149).

Al que cumple 30 años acostumbro decirle “bienvenido a la cuarta década de tu vida”. Este me responde que es la tercera la que comienza y hay que aclararle que la década de los 0 a los 10 años también la vivió. Si al que llega a los 60 le dices “bienvenido a la séptima década” es fácil que casi le dé un infarto.

Si me preguntan cuántos años tengo, respondo que lo no sé. Sí sé los que gasté, pero no los que me quedan y que seguiré gastando hasta que sea mi “paso”. Se gasta sin saber si ya están agotados como ilustra el libro más sabio, el evangelio. Tenemos el ejemplo del hombre que tuvo una gran cosecha y se le acabó la vida sin prepararse para rendir cuentas de ella (Lc. 12, 16-21). Los años que acostumbramos a decir que tenemos ya no existen, se gastaron, y de ellos solo podemos sacar enseñanzas y guardar recuerdos para no tropezar dos veces en la misma piedra.

Más que pasar los años, somos nosotros los que “pasamos” por la vida hacia el “paso” a la morada definitiva, en la que se nos hará y haremos la evaluación de si humanizamos o pusimos el corazón en las cosas materiales que ya no nos acompañarán. Volviendo al libro sabio: “Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?” (Lc. 9, 25).

Ahora más que nunca: libertad

Antón Negro

miércoles, 21 de enero de 2026

El primer contrato también va por clases

Meritocracia: ¡porque yo lo valgo! 

Quim González Muntadas
https://elblogdequim.wordpress.com/2026/01/14/meritocracia-porque-yo-lo-valgo/
14 enero 2025

Cuánto agradezco a la innovación tecnológica que hoy me permite acceder y estudiar textos que durante buena parte de mi vida me resultaban inalcanzables por no conocer idiomas como el inglés, el alemán o el chino. Hoy, gracias a estas herramientas, puedo leer investigaciones que cuestionan —con datos y evidencias— algunos de los grandes dogmas ideológicos de nuestro tiempo. Entre ellos, el de la meritocracia, convertida en coartada moral de desigualdades que siguen teniendo un profundo origen de clase.

Porque resulta curioso —y políticamente muy significativo— observar cómo determinados jóvenes bien situados socialmente, los hijos e hijas de “papá”, se presentan como ejemplo de esfuerzo y superación personal, repartiendo consejos de autoayuda profesional desde la cómoda plataforma de sus ventajas iniciales. Bajo ese discurso del “si yo lo he conseguido, tú también puedes” o del “porque lo valgo”, se ocultan redes familiares, apoyos económicos, capital cultural y oportunidades que no están al alcance de la mayoría. Y así lo que es privilegio se presenta como mérito, y lo que es estructura social se disfraza de biografía individual.

Por eso me resulta tan valioso poder acceder —aunque sea en inglés— a estudios como Who Rides Out the Storm? The Immediate Post-College Transition and its Role in Socioeconomic Earnings Gaps. Un trabajo que ilumina un momento decisivo y casi invisibilizado en el debate público: la transición inmediata entre la universidad y el primer empleo. Ahí, precisamente ahí, es donde la retórica meritocrática se confronta con la realidad material de las desigualdades y donde las condiciones de origen siguen marcando, de manera silenciosa pero decisiva, el rumbo del futuro.

El estudio sigue las trayectorias de decenas de miles de graduados de un gran sistema público universitario urbano de Estados Unidos durante los cinco años posteriores a su titulación. No se basa en percepciones, opiniones o encuestas; se apoya en registros académicos, datos socioeconómicos y salarios reales. Y lo hace con una pregunta muy concreta: si dos jóvenes han estudiado la misma carrera, en la misma universidad y con resultados académicos similares, ¿por qué, cinco años después, sus salarios pueden ser tan diferentes?

Para responderla los autores controlan los factores que solemos asociar con el “mérito”: notas, institución, itinerario académico, rendimiento previo. Es decir, ponen en igualdad de condiciones aquello que el discurso meritocrático suele considerar decisivo. Y a partir de ahí dirigen la mirada a un punto del camino que raramente recibe atención: el primer empleo.

Ese primer empleo no se mide solo por el salario inicial. Importa si el graduado tenía un puesto asegurado al terminar la carrera, el tipo de empresa en la que entra, el nivel salarial medio de esa empresa, el ajuste del puesto con el campo de estudios y el grado de estabilidad o precariedad de la inserción laboral. Dicho de otro modo, importa desde qué peldaño entras en la escalera.

El resultado es tan contundente como políticamente incómodo: cinco años después de graduarse, los jóvenes de origen acomodado ganan como mínimo un 12 % más que los de origen humilde, aunque hayan estudiado lo mismo, en el mismo lugar y con las mismas notas. La desigualdad no se produce en el aula: aparece después, en ese pequeño pero crucial tramo que separa la universidad del primer contrato.

Y hay un dato especialmente revelador: cuando se introducen en el análisis las características del primer empleo, la parte de la brecha salarial que quedaba sin explicar se reduce en casi dos tercios. Es decir, una parte decisiva de la desigualdad futura no procede del talento o del esfuerzo individual, sino de la posición social desde la que cada joven inicia su vida laboral.

Ahí es donde la meritocracia deja de ser teoría moral y se convierte en ideología justificadora.

Quien cuenta con respaldo familiar puede rechazar ofertas malas, permitirse meses de búsqueda, hacer prácticas mal pagadas mientras acumula contactos, esperar la oportunidad adecuada. Ese tiempo no es un sacrificio: es una inversión sostenida por un colchón económico y afectivo.

Quien no dispone de ese margen acepta lo que primero aparece. Y lo que aparece pronto, demasiadas veces, es un empleo peor pagado, menos estable o escasamente relacionado con la formación recibida. No es falta de ambición ni de mérito, es una urgencia material. Hay alquileres, facturas, responsabilidades familiares,…., pendientes. La necesidad empuja y la elección se convierte en imposición.

El problema es que ese primer empleo no se queda en el presente: se convierte en trayectoria. Un salario inicial más bajo supone progresiones más lentas, menor capacidad para cambiar de sector, menos redes profesionales. La desventaja deja de ser coyuntural y se vuelve estructural. Y entonces el relato del “so quieres, puedes” se transforma en una forma elegante de culpabilizar a quien nunca pudo elegir.

Porque hoy, más que medir méritos, el primer empleo clasifica destinos. Podríamos decir que la universidad forma. Que el mercado laboral jerarquiza. Y que el origen social, silencioso pero eficaz, ordena esa jerarquía.

Reconocerlo no es despreciar el esfuerzo ni negar el mérito. Es sacarlos del vacío y rebajar la inflamación de tantos egos que se exhiben en las redes sociales presumiendo —con gesto autosuficiente— “por que lo valgo”.

El orgullo de limpiar culos

Diario de un sanitario/facebook

Hoy volvió a sonar, con esa media sonrisa de superioridad:
«En el fondo, lo que haces es limpiar culos para ganarte la vida».
No es la primera vez. Ni la décima.
Por eso lo digo fuerte y sin bajar la mirada:
SÍ. Limpio culos.
Corto uñas de los pies que parecen fósiles de otra era. Desenredo cabellos que guardan meses de olvido. Visto cuerpos que ya no obedecen. Ducho personas que llevan demasiado tiempo sin sentir el consuelo del agua tibia. Les doy de comer cucharada a cucharada cuando las manos les tiemblan tanto que la comida termina en la barbilla. Hago todo eso y otras cien cosas que no caben en un tuit.
Y lo hago por personas que siguen siendo personas, aunque su cuerpo ya no les deje serlo como antes.
Pero claro, seguid reduciendo doce horas de empatía, técnica, paciencia y cariño a solo «limpiar culos». Es fácil. Provoca una risita rápida y barata.
Estoy harta del desprecio que esconden esas palabras.
No todos valemos para todo.
Yo, por ejemplo, jamás podría pasarme la vida sentada frente a una pantalla haciendo que unos pocos acumulen millones mientras otros pierden el techo. No podría vender humo con una sonrisa perfecta ni mentir por un bonus de fin de año. Y sin embargo, esos trabajos suelen venir con sueldos altos y palmadas en la espalda.
El mío, en cambio, parece quedar en el último escalón solo porque a veces incluye el culo de un adulto mayor.
A los que les parece tan gracioso: de corazón espero que nunca necesitéis que alguien os limpie el vuestro.
Lo deseo de verdad.
Pero la vida no pregunta opinión.
Un día puede llegar un ictus, una caída, una enfermedad degenerativa, la vejez implacable… y de repente estaréis en esa cama, vulnerables, dependiendo de unas manos ajenas.
Y os lo prometo: cuando ese día llegue, una de nosotras estará ahí.
Os limpiaremos con cuidado, con respeto, con profesionalidad.
Os hablaremos con cariño, os haremos reír si podemos, os miraremos a los ojos y nunca, jamás, os haremos sentir menos.
Dejaremos la habitación oliendo a limpio y la dignidad intacta.
Así que, por favor, dejad de usar «limpiaculos» como burla o como insulto.
Porque el día que estéis ahí tumbados, con el corazón acelerado y el orgullo herido, rogando en silencio que os traten como seres humanos y no como un estorbo…
en ese preciso instante entenderéis quiénes son los héroes de verdad.
Con la cabeza alta, los guantes bien puestos y el corazón en su sitio,

Una auxiliar de enfermería orgullosa de limpiar culos y de devolver dignidad,
turno tras turno.

lunes, 19 de enero de 2026

Accidente y más que accidente

Inmersos en la tragedia no resulta fácil decir que este accidente es mucho más que un accidente. La palabra accidente nos suena a inevitable. Y “accidentes” anteriores y la experiencia habitual nos hace sospechar que es mucho más. Hoy se responsabiliza hasta el exceso a las personas de los “accidentes” personales. Los de salud por ejemplo. Que si no se cuidaba, que si se veía venir. Pero los accidentes colectivos, los accidentes que se originan en una suma de decenas de decisiones a veces se nos intenta hacer creer que fueron muy difícilmente evitables. El caso es que a los individuos se nos obliga a trámites muchas veces excesivos en las ITVs etc.

Cuando el trágico “accidente” de Spanair me sorprendió la portada del diario El Mundo apuntando a la crisis económica de la empresa como causante del “accidente”. Por entonces las compañías aéreas daban periódicos y al día siguiente Spanair dejo de dar el periódico El Mundo. Esas cosas no se perdonan. ¿Exageraba el periódico? No le pareció eso a buena parte de la ciudadanía. El periódico no negaba que concurrieran algunas circunstancias fatales, simplemente afirmaba el peso de los aspectos socioeconómicos en que estaba inmensa la compañía.

En este caso he visto en redes sociales que una doctora muy sensata ha publicado las noticias de prensa en que se venía advirtiendo de que esto podía ocurrir. Nos recuerda hoy Mónica Lalanda que en un post del 10 de septiembre del 25 dijo en X que “los maquinistas de los AVEs avisan de su preocupación: los trenes vibran y habría que disminuir la velocidad y los trenes pesan demasiado y hay un gran deterioro en las vías”. Recientemente respecto de la tragedia valenciana ha dicho Antonio Muñoz Molina: “No se dio la voz de alarma porque se acercaba un puente largo y no se quería perjudicar a la hostelería”.

El sistema económico capitalista alardea de eficaz pero no lo es. Lo que sí hace bien es responder a la demanda de los adinerados aunque sea de cosas superfluas porque no busca resolver necesidades sino hacer negocio. Cuando llegan los problemas los mismos partidarios de privatizar los beneficios son partidarios de socializar las pérdidas. Los incrementos en las cuentas de resultados de las empresas y de algunos particulares están en la raíz del deterioro de las infraestructuras. Parece razonable afirmar que tras la pandemia se ha dado un incremento de las comunicaciones de tal calibre que ha presionado todo.

Los responsables políticos y muchos otros actores sociales esto lo saben pero el extendido mantra de “no alarmar a la población” se convierte en la norma numero uno de todos. Algún día se vera el alto grado de paternalismo que hay en ello pero en estos momentos esto es difícilmente cuestionable.

Habrá quien piense que hablar hoy de esta manera y no limitarse al respeto por el dolor de las víctimas es una falta de sensibilidad. No lo creo. Quizá sea una forma de sensibilidad mayor, más consciente, más responsable. Decir esto no significa que no creamos que hay que analizar bien lo ocurrido. Todo lo contrario. Creemos que debe irse al fondo de la cuestión, sin dejar a un lado las estructuras económicas del mercado ni la responsabilidad del Estado y cada persona.

Ahora más que nunca: Verdad

Eugenio A. Rodríguez



BUROCRATIZACIÓN

  El sociólogo Max Weber a principios del siglo XX definía el estado moderno por su creciente burocratización, y un siglo después ese diagnó...