sábado, 18 de abril de 2020

El virus SÍ entiende de CLASES


El virus -dicen los que viven bien- no entiende de clases.
Eso sí que sería una novedad. Todo entiende de clases.

Unos: teletrabajan, menos riesgo.
Otros: reparten, más riesgo.

Unos: compran por internet y pagan con tarjeta, menos riesgo.
Otros: hacen cola, más riesgo.

Unos: transporte privado, menos riesgo.
Otros: transporte público, más riesgo.

Unos: vivienda buena, menos riesgo.
Otros: vivienda mala, más riesgo.

Unos: buenos medios en casa para educar, menos riesgo.
Otros: malos medios en casa para educar, más riesgo.

Unos: posibilidad de test, menos riesgo.
Otros: imposibilidad de test, más riesgo.

Unos: inversiones en bolsa, menos riesgo.
Otros: problemas desde mediados de mes, más riesgo.

Unos: vacaciones pagas, menos riesgo.
Otros: sin vacaciones, más riesgo.

Unos: papeles de primera, menos riesgo.
Otros: sin papeles.

Ahora más que nunca: mirada limpia

Eugenio A. Rodríguez

jueves, 16 de abril de 2020

LA MUERTE Y LA POLÍTICA




Antes de que el coronavirus ocupara todo el espacio y el tiempo, el gobierno apuraba una de esas leyes que aspiraban a revestir al gobierno de una aureola progresista. Se trataba de legislar por una muerte digna ¿Quién puede estar en contra de algo así?

La polarización, instalada en nuestro país de forma interesada, exige que ante esa propuesta la derecha diga no y la izquierda sí. De esta forma hablaremos más de la derecha y la izquierda que del contenido de la ley, la ideología ( o lo que sea eso) por encima del análisis.

Sí uno observa el resultado de leyes similares en los escasos países en los que se ha aprobado y tiene en cuenta el caldo de cultivo sobre el que se quiere aprobar la ley, la postura más coherente sería: Ahora no, así no. Para legislar sobre la muerte digna es necesario garantizar la vida digna. Y estamos muy lejos de eso.

La mayoría de los que lidian cotidianamente con la muerte saben que no hay cuidados paliativos para la mitad de la población, que no hay ayudas suficientes a la dependencia y que la precariedad de los trabajadores de los cuidados clama al cielo. Los que lidian con la economía saben que hay una relación entre las expectativas de vida y el paro, la precariedad, la vivienda y la pobreza. Ante un debate de ese calado, causa rubor que el gobierno se dedicara a hablar de la película Mar adentro en un intento de apelar a lo sentimental.

Pero ahora la pandemia ha levantado la alfombra y en sólo un mes va desvelando las relaciones perversas que hay entre la sanidad, la vejez, las condiciones laborales de los cuidados, los negocios y la política. Esas relaciones ya estaban operando ahí, la pandemia simplemente las ha hecho visibles. Hemos pasado de ser “la mejor sanidad del mundo” a tener las mayores cifras de muertos por millón de habitantes y de sanitarios contagiados y a descubrir que el material más elemental para los cuidados depende de China y que las condiciones de atención a la vejez son más que deficientes. En los próximos meses hemos de mirar con atención los datos (reales) y la relación entre ellos, será necesario escuchar los testimonios de las familias y los trabajadores y valorar en su conjunto esta cuestión. Lo que sabemos hasta ahora ya pone los pelos de punta y obliga a repensar en su globalidad los parámetros que estamos manejando en la atención a nuestros mayores.

La dignidad es un atributo esencial de todas las personas por el simple hecho de ser, no es una prerrogativa del estado concederla o no. Este debe garantizar las condiciones para que sea posible ejercer la dignidad en la vida y en la muerte. No se trata de decir sí o no, de ser progres o regres, si no de afrontar la complejidad de la realidad de las personas mayores y responder a ella salvando la dignidad de todos en la vida y en la muerte. Eso es política. Lo demás politiquería.

Ahora más que nunca: Política solidaria

Moisés Mato

miércoles, 15 de abril de 2020

Voluntad política


Esta crisis del coronavirus, nos demuestra una vez más, que lo importante para resolver un problema no es saber cómo resolverlo, ni tener todos los medios para hacerlo, sino tener voluntad: QUERER. 

Sería un buen ejercicio personal, buscar las diferencias entre la España del coronavirus que estamos viviendo y la anterior, en el ámbito social, educativo, sanitario… Y contrastar cómo se pasa por ejemplo de la humillación laboral, al aplauso mediático de las limpiadoras, o de la inconsciencia, a la preocupación por las diferencias sociales entre el alumnado…

 Pero si tuviese que escoger un hecho, uno sólo, creo que escogería cómo se pasa del desprecio y la violencia política e institucional hacia los migrantes, a la condescendencia interesada e hipócrita con ellos. El trabajo del campo en condiciones peores de las habituales, ha hecho que la clase política viese sencillo lo que antes parecía imposible: considerar al trabajador migrante, como trabajador, sin importar sus “papeles”.

Permisos de trabajo, homologaciones, y burocracias que parecen insalvables, son sencillamente superadas cuando hay voluntad política. Hasta los CIEs, donde miles de personas han estado encerradas sin cometer ningún delito, han abierto sus puertas…De esta situación, la sociedad, la gente sencilla, los que queremos vivir la solidaridad ¿aprenderemos?

 Ahora más que nunca: Política solidaria


 Nuria Sánchez Díez de la Isla

martes, 14 de abril de 2020

Niños españoles: el mundo desde la pecera


El confinamiento de los niños españoles mientras ven pasear a las mascotas espero que pase a los libros de historia: al "ridiculum vitae" de nuestra historia política. Espero que un día un Parlamento español mande desenterrar nuestras meteduras de pata no para maldecirnos no; simplemente para hacernos una caricia y echarnos una mirada compasiva. 

El secuestro de la infancia me parece que no se ha reflejado en las actas del Congreso de los diputados porque sorprendentemente todo el arco parlamentario ha estado de acuerdo. 

La decisión no me parece nada científica a no ser que no sean científicas las decisiones de Francia, Alemanía, Gran Bretaña, República Checa, Suecia y un largo etcétera que sí dejan salir a los niños. Lo dijo magníficamente una doctora: "el remedio puede ser peor que la enfermedad"... ¿Queremos niños de  cuatro años golpeándose la cabeza contra la pared? ¿Queremos que crezca la obesidad infantil? ¿la sobreexposición a aparatos electrónicos? 

Punto y aparte se merece la estupidez de no dejar salir a los bebés a tomar el aire y coger sol. Lo mismo habrían logrado salir si metiéramos el debate de si los sacan los padres o las madres, pero no: Todos a prisión. En nombre del bien general el sol se lo quedan los chaleteros. 

Los niños necesitan correr y coger sol tanto o más que algunos saberes. En el Parlamento nada se ha oído de que el confinamiento no es igual para todos. Detrás de este melifluo "entre todos" hay crueldad salvaje. ¿Cómo va a ser lo mismo los patios interiores de Moncloa que una chabola o una vivienda sin balcón? ¿O no saben que 5 millones de españoles viven en casas de menos de 60 metros? ¿Y un número de familias que ignoramos viven en habitaciones de 9 metros para toda la familia? 

Los padres (primeros educadores) y los educadores de profesión, especialmente los progresistas ahora se quejan. Más les valía haberse metido antes en política. Les he oído decir cientos de veces a buenos educadores que "la educación es política" y otras muchas verdades que les recluían en los cómodos (o incómodos) cuarteles de invierno de la casa y las aulas. Sin el frío polar del campamento enemigo. Ahora se quejan y no les falta razón pero es tarde. Ya les han impuesto a sus hijos y a las niñas de sus ojos el confinamiento. 

Muchos sanitarios ya se han dado cuenta de que la salud se juega en la vida fuera de sus consultas. Quizá ahora los padres y los educadores nos demos cuenta de que la vida está más allá de sus hogares y sus aulas. Y que fuera de las casas y las aulas, en el Parlamento, se toman medidas decisivas sobre la vida y educación reales de los niños. Citan poco los educadores españoles a los grandes educadores revolucionarios como Milani o Freire. ¿Seguiremos los españoles creyendo que la arena política es un lugar prescindible? Los padres y educadores ¿seguiremos dejando una parte importante de la educación en manos de los políticos? 

Ahora más que nunca: verdadero socialismo 

 Eugenio A. Rodríguez





lunes, 13 de abril de 2020

LAS PALABRAS NO SON SOLO PALABRAS



Estos días se repiten hasta la saciedad expresiones que aspiran a definir la realidad tan especial que estamos viviendo. Desde el presidente del gobierno, hasta un usuario de facebook, pasando por muchos contertulios televisivos, han repetido como si de un mantra se tratara, que los médicos son héroes, que estamos todos en el mismo barco y que hay que volver a la normalidad cuanto antes.

Las ideas tratan de convertirse en palabras y las palabras en acciones, decía Chesterton. De alguna forma las palabras que repetimos y consensuamos están marcando nuestro pensamiento y definirán nuestras acciones del futuro. Por eso conviene revisar nuestro lenguaje, reflexionar sobre el horizonte que nos plantea y hacernos conscientes del compromiso que entraña.

Es por ello, por lo que, en este momento donde muchas expresiones acaban siendo consignas que me atrevo a proponer algunos cambios:

Propongo que no llamemos HÉROES a los que hacen lo que deben.

No sea que pensemos que ser responsables, es una heroicidad y de esta forma, llegado el caso, podamos alegar que “no somos héroes”, cuando tengamos que admitir que “somos unos irresponsables”.

Propongo que no digamos “VAMOS TODOS EN EL MISMO BARCO”.

Más bien digamos que “estamos todos en el mismo mar”. Unos van en yate, otros van con potentes motores y otros con remos; algunos tienen velas, otros viajan en pateras y algunos van en flotadores; otros, a nado.

Propongo que no deseemos VOLVER A LA NORMALIDAD cuando controlemos al virus.

Deseemos, más bien, dadas las circunstancias, declararnos en alerta permanente hasta que lo normal sea el respeto a la dignidad de todos.


AhoraMQNunca: Promover el diálogo


Moisés Mato

domingo, 5 de abril de 2020

¿Destaparemos con la crisis del coronavirus las vergüenzas del capitalismo?

Eugenio A. Rodríguez Martín

Son ya muchas las voces que ponen el punto de mira en que la crisis económica será peor que la emergencia sanitaria. Que matará más. Sí, estamos de acuerdo en que las vidas valen más que la economía, eso no lo niega nadie. El problema es que cuando pase el problema sanitario y su altísimo coste en vidas, la economía real se llevará más vidas todavía que el virus.


Si ponemos tanto amor en el análisis y la critica como en el encierro, la ingente tarea de sanitarios y fuerzas de seguridad, el trabajo de tantos trabajadores de la producción y distribución de bienes, la elaboración de mascarillas y otros bienes, las compras llevadas a quien no podía y otro sin fin de cuidados, es posible que el pueblo (y no ese futil “entre todos”) desenmascare al capitalismo.

El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo que creía que no pasaba nada si China era el polígono industrial del mundo. Pues sí pasa. Cuando vas a echar mano de las mascarillas, resulta que vienen de la otra punta del mundo.  Y cuando vemos en vídeo que algunas están hechas por niños esclavos en la India (http://dignitex.org/es/ninos-fabricando-mascarillas-contra-el-coronavirus-en-un-taller-textil-de-la-india) algo se revuelve en nuestro interior. Nos habían hecho creer que nosotros poníamos el I+D y que ellos hacían más barato el trabajo precario. El tema era grave porque hacía subir el paro aquí pero no fuimos capaces de cambiar eso. Pues al final nos ha salido caro.

El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo que hace negocio con la vivienda. No quiere resolver el problema de la vivienda porque le viene muy bien. Alguien se beneficia de que casi 5 millones de viviendas en España están por debajo de los 60 metros. Aproximadamente el 80% de las viviendas en alquiler pertenecen a grandes propietarios, no a personas que necesiten esos ingresos. Cuando llega el coronavirus, se ve más claro que hay personas sin vivienda, viviendas insalubres, etc., mientras hay millones de viviendas vacías que no se atreve a tocar este Gobierno aunque mande quedarse en casa. Las políticas de vivienda, desde la regulación del suelo a la vivienda pública, pasando por la financiación, se quedan cortas y no las toca ni el estado de Alarma ¡son sagradas!. Con el confinamiento aumenta la violencia doméstica, la distancia educativa entre los que pueden salir adelante desde su casa y los que no. Aumentan las drogadicciones, incluidas las apuestas que el gobierno dice combatir; también el tabaco. Nos ha salido caro.

El coronavirus ha desenmascarado el capitalismo y su sagrada ley de la oferta y la demanda. Suben los precios en general. En una farmacia -por poner un ejemplo- se pagan 50 euros por dos mascarillas y dos botecitos de gel. La oferta y la demanda mandan al paro a legiones de trabajadores. Y a nivel mundial lo mismo; algún día se conocerán las facturas que han pagado obedientemente poderosos estados. Nos ha salido caro.

¿Qué dirán los forofos del mercado cuando ven que el precio de los respiradores se multiplican por respeto a las sagradas leyes del mercado tantas veces adoradas? ¿seguirán diciendo que es mejor dejarlo? ¿no queda otra opción que esperar a que otros ven ahí un nicho de negocio? ¿qué dicen los forofos del mercado cuando se confirma que, por contra, el salario de los que migrantes que recogen la fruta no sube? ¿ni en estas circunstancias son mejor pagados? ¿quedará alguien que no entienda que los migrantes más que huir del hambre son piezas de un mecanismo de contención de salarios de las tareas más tediosas?

El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo que creía que no pasaba nada por invertir en el AVE, que es muy guay para quien lo pueda pagar, y no en tener respiradores, que seguramente nos harán falta. Cuando no haya respiradores, no se preocupen, que en la Ruber no van a faltar y en la pública habrá debates éticos sobre para quien son los respiradores con que se pueda contar. Pero cuando a los profesionales les toca decidir se le caen las lágrimas y no duermen. Nos ha salido caro.

El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo que busca la concentración urbana para hacer negocio. ¿Es lo mismo el coronavirus en conglomerados humanos con tal grado de hacinamiento que exigen tener “metro”? ¿No se puede empezar a promover políticamente un urbanismo a la medida humana? La locura de concentración urbana ya la veníamos pagando cara en salud, y ahora otro poco más. Nos ha salido caro.

El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo que promueve el turismo como elemento esencial de la vida económica de regiones enteras. Los cruceros, el lío en el transporte, los aeropuertos. ¿Quién cierra ahora la conexión de Madrid con China cuando los millones de chinos que pueden hacer turismo son esenciales para la economía española y pueden elegir otro destino? Las zonas turísticas del mundo compiten entre sí aunque les cueste vidas. Los grandes beneficiarios del turismo tendrán también una sanidad mejor a su disposición. Nos ha salido caro.

El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo en que los yuppies van por el mundo tejiendo relaciones financieras entre China, Japón, Londres, Suiza. Nadie propone que se deje de viajar, pero ¿estos viajes responden a una actividad económica de progreso o a los intereses de un capitalismo que concentra la riqueza y aumenta la desigualdad? Si se demuestra que estos viajes tienen que ver con la aceleración de la expansión del virus, tenemos que decir que nos ha salido caro.

El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo en el que un test rápido sale por 300 euros en la privada y cuyo coste real es de 10 o 15 e. El Dr. Simón dijo al principio que eso no era necesario. Después, Sánchez dijo que eran esenciales y la ministra de Hacienda dijo que el mercado era muy complicado. Confiados como estábamos (o como nos imponen estarlo) en el mercado no se debate siquiera sobre la conveniencia de tener industrias nacionales para medicamentos cuya eficacia se ha demostrado en otros países. El uso masivo de esos test es la gran diferencia entre Corea y España. Con test a tiempo no habrían hecho falta respiradores. No poder fabricarlos nos ha salido caro.

El coronavirus ha desenmascarado la democracia formal. Y aunque había advertencias desde enero, la democracia española no es democracia-democracia sino democracia representativa, y en este tipo de democracia (sin duda mucho mejor que la dictadura)  hay todavía camino por recorrer hacia formas más maduras de democracia, en la cual no se delegue todo el poder al Parlamento durante cuatro años, sino que se articulen otros mecanismos tendentes a la autogestión; que se haga más o menos rápidamente es otra cuestión. De forma que las decisiones caprichosas de un gobierno que miró hacia otro lado (y no se me acuse de partidismo antiSanchez, que tan lento como Sánchez lo fueron ante otras cuestiones Rajoy, Zapatero, Aznar…. ) son inamovibles, aunque ya se habla de que pueden llegar al Juzgado. Una democracia real nos habría permitido tomar decisiones más acertadas. Democracia real significa, entre otras cosas: referendums, diversas formas de articulación social, verdadera transparencia informativa, nuevas formas de organización política y, sobre todo, debate ciudadano sobre cómo caminar hacia una democracia auténtica: “poder del pueblo, para el pueblo y por el pueblo”.

El coronavirus ha desenmascarado la supuesta eficiencia del capitalismo. ¿Puede un sistema regido por la maximización del beneficio de cada uno afrontar un problema de este calibre? Es la idolatría al máximo beneficio individual seguramente el primer responsable de este problema. La maximización del beneficio particular nos ha salido cara. 

Sé por experiencia que más de un amable lector está pensando que el comunismo es peor. Y no seré yo quien defienda el comunismo y sus cien millones de muertos. Desde hace aproximadamente un siglo un sinfín de asociaciones, especialmente el movimiento obrero pero también algunas conservadoras, defienden que el comunismo no es más que un capitalismo de Estado. O sea, parecido. Pablo VI hizo una brillante aportación al distinguir capitalismo de industrialización. Los que dicen que el progreso viene de la mano del capitalismo es porque no han escuchado seriamente esta distinción. Nada tenemos contra lo mejor del proceso tecnológico, pero eso no es el capitalismo. Rovirosa distinguía, inteligentemente, entre los técnicos y los explotadores de los técnicos. Algo similar hace hoy Francisco, cuando alaba la tecnología y condena la tecnocracia. No reflexionar juntos sobre estas cosas también nos está saliendo caro.

Los movimientos solidarios de la historia han defendido que la democracia-democracia exigía trabajar, desarrollar y esforzarse por la democracia económica, es decir, por la igualdad y fraternidad económicas: “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”. La democracia económica exige salario justo, afrontar y disminuir drásticamente las desigualdades salariales, desarrollar formas de copropiedad, incluso de los medios de producción, cooperativismo, intervención pública en áreas imprescindibles como la energía, el transporte y todo aquello en lo que la experiencia nos diga que es necesario para el bien de todos. 

Camilo Sánchez, alcalde en su día más votado de España en ciudades de más de 20.000 habitantes, creía que, al tiempo que se cultivaba la democracia económica, debía cultivarse la democracia política, y tenía razón. Moría hace 20 años y siguen haciendo falta personas que se plantean intervenir en la estructura económica del mundo desde la acción política. No contar con ellos nos ha salido caro. Esta crisis ¿pro-vocará vocaciones así?

VICTORIA judicial histórica contra el loby sionista en España

Jasiel Paris @jasielparis -SEGUNDA querella inadmitida a ACOM, tras la de Antonio Maestre. En este caso especialmente humillante: se la tumb...