Ángel M Rodríguez
domingo, 12 de abril de 2020
domingo, 5 de abril de 2020
¿Destaparemos con la crisis del coronavirus las vergüenzas del capitalismo?
Eugenio A. Rodríguez Martín
Son ya muchas las voces que ponen el punto de mira en que la crisis económica será peor que la emergencia sanitaria. Que matará más. Sí, estamos de acuerdo en que las vidas valen más que la economía, eso no lo niega nadie. El problema es que cuando pase el problema sanitario y su altísimo coste en vidas, la economía real se llevará más vidas todavía que el virus.



Si ponemos tanto amor en el análisis y la critica como en el encierro, la ingente tarea de sanitarios y fuerzas de seguridad, el trabajo de tantos trabajadores de la producción y distribución de bienes, la elaboración de mascarillas y otros bienes, las compras llevadas a quien no podía y otro sin fin de cuidados, es posible que el pueblo (y no ese futil “entre todos”) desenmascare al capitalismo.
El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo que creía que no pasaba nada si China era el polígono industrial del mundo. Pues sí pasa. Cuando vas a echar mano de las mascarillas, resulta que vienen de la otra punta del mundo. Y cuando vemos en vídeo que algunas están hechas por niños esclavos en la India (http://dignitex.org/es/ninos-fabricando-mascarillas-contra-el-coronavirus-en-un-taller-textil-de-la-india) algo se revuelve en nuestro interior. Nos habían hecho creer que nosotros poníamos el I+D y que ellos hacían más barato el trabajo precario. El tema era grave porque hacía subir el paro aquí pero no fuimos capaces de cambiar eso. Pues al final nos ha salido caro.
El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo que hace negocio con la vivienda. No quiere resolver el problema de la vivienda porque le viene muy bien. Alguien se beneficia de que casi 5 millones de viviendas en España están por debajo de los 60 metros. Aproximadamente el 80% de las viviendas en alquiler pertenecen a grandes propietarios, no a personas que necesiten esos ingresos. Cuando llega el coronavirus, se ve más claro que hay personas sin vivienda, viviendas insalubres, etc., mientras hay millones de viviendas vacías que no se atreve a tocar este Gobierno aunque mande quedarse en casa. Las políticas de vivienda, desde la regulación del suelo a la vivienda pública, pasando por la financiación, se quedan cortas y no las toca ni el estado de Alarma ¡son sagradas!. Con el confinamiento aumenta la violencia doméstica, la distancia educativa entre los que pueden salir adelante desde su casa y los que no. Aumentan las drogadicciones, incluidas las apuestas que el gobierno dice combatir; también el tabaco. Nos ha salido caro.
El coronavirus ha desenmascarado el capitalismo y su sagrada ley de la oferta y la demanda. Suben los precios en general. En una farmacia -por poner un ejemplo- se pagan 50 euros por dos mascarillas y dos botecitos de gel. La oferta y la demanda mandan al paro a legiones de trabajadores. Y a nivel mundial lo mismo; algún día se conocerán las facturas que han pagado obedientemente poderosos estados. Nos ha salido caro.
¿Qué dirán los forofos del mercado cuando ven que el precio de los respiradores se multiplican por respeto a las sagradas leyes del mercado tantas veces adoradas? ¿seguirán diciendo que es mejor dejarlo? ¿no queda otra opción que esperar a que otros ven ahí un nicho de negocio? ¿qué dicen los forofos del mercado cuando se confirma que, por contra, el salario de los que migrantes que recogen la fruta no sube? ¿ni en estas circunstancias son mejor pagados? ¿quedará alguien que no entienda que los migrantes más que huir del hambre son piezas de un mecanismo de contención de salarios de las tareas más tediosas?

El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo que creía que no pasaba nada por invertir en el AVE, que es muy guay para quien lo pueda pagar, y no en tener respiradores, que seguramente nos harán falta. Cuando no haya respiradores, no se preocupen, que en la Ruber no van a faltar y en la pública habrá debates éticos sobre para quien son los respiradores con que se pueda contar. Pero cuando a los profesionales les toca decidir se le caen las lágrimas y no duermen. Nos ha salido caro.
El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo que busca la concentración urbana para hacer negocio. ¿Es lo mismo el coronavirus en conglomerados humanos con tal grado de hacinamiento que exigen tener “metro”? ¿No se puede empezar a promover políticamente un urbanismo a la medida humana? La locura de concentración urbana ya la veníamos pagando cara en salud, y ahora otro poco más. Nos ha salido caro.
El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo que promueve el turismo como elemento esencial de la vida económica de regiones enteras. Los cruceros, el lío en el transporte, los aeropuertos. ¿Quién cierra ahora la conexión de Madrid con China cuando los millones de chinos que pueden hacer turismo son esenciales para la economía española y pueden elegir otro destino? Las zonas turísticas del mundo compiten entre sí aunque les cueste vidas. Los grandes beneficiarios del turismo tendrán también una sanidad mejor a su disposición. Nos ha salido caro.

El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo en que los yuppies van por el mundo tejiendo relaciones financieras entre China, Japón, Londres, Suiza. Nadie propone que se deje de viajar, pero ¿estos viajes responden a una actividad económica de progreso o a los intereses de un capitalismo que concentra la riqueza y aumenta la desigualdad? Si se demuestra que estos viajes tienen que ver con la aceleración de la expansión del virus, tenemos que decir que nos ha salido caro.
El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo en el que un test rápido sale por 300 euros en la privada y cuyo coste real es de 10 o 15 e. El Dr. Simón dijo al principio que eso no era necesario. Después, Sánchez dijo que eran esenciales y la ministra de Hacienda dijo que el mercado era muy complicado. Confiados como estábamos (o como nos imponen estarlo) en el mercado no se debate siquiera sobre la conveniencia de tener industrias nacionales para medicamentos cuya eficacia se ha demostrado en otros países. El uso masivo de esos test es la gran diferencia entre Corea y España. Con test a tiempo no habrían hecho falta respiradores. No poder fabricarlos nos ha salido caro.
El coronavirus ha desenmascarado la democracia formal. Y aunque había advertencias desde enero, la democracia española no es democracia-democracia sino democracia representativa, y en este tipo de democracia (sin duda mucho mejor que la dictadura) hay todavía camino por recorrer hacia formas más maduras de democracia, en la cual no se delegue todo el poder al Parlamento durante cuatro años, sino que se articulen otros mecanismos tendentes a la autogestión; que se haga más o menos rápidamente es otra cuestión. De forma que las decisiones caprichosas de un gobierno que miró hacia otro lado (y no se me acuse de partidismo antiSanchez, que tan lento como Sánchez lo fueron ante otras cuestiones Rajoy, Zapatero, Aznar…. ) son inamovibles, aunque ya se habla de que pueden llegar al Juzgado. Una democracia real nos habría permitido tomar decisiones más acertadas. Democracia real significa, entre otras cosas: referendums, diversas formas de articulación social, verdadera transparencia informativa, nuevas formas de organización política y, sobre todo, debate ciudadano sobre cómo caminar hacia una democracia auténtica: “poder del pueblo, para el pueblo y por el pueblo”.
El coronavirus ha desenmascarado la supuesta eficiencia del capitalismo. ¿Puede un sistema regido por la maximización del beneficio de cada uno afrontar un problema de este calibre? Es la idolatría al máximo beneficio individual seguramente el primer responsable de este problema. La maximización del beneficio particular nos ha salido cara.
Sé por experiencia que más de un amable lector está pensando que el comunismo es peor. Y no seré yo quien defienda el comunismo y sus cien millones de muertos. Desde hace aproximadamente un siglo un sinfín de asociaciones, especialmente el movimiento obrero pero también algunas conservadoras, defienden que el comunismo no es más que un capitalismo de Estado. O sea, parecido. Pablo VI hizo una brillante aportación al distinguir capitalismo de industrialización. Los que dicen que el progreso viene de la mano del capitalismo es porque no han escuchado seriamente esta distinción. Nada tenemos contra lo mejor del proceso tecnológico, pero eso no es el capitalismo. Rovirosa distinguía, inteligentemente, entre los técnicos y los explotadores de los técnicos. Algo similar hace hoy Francisco, cuando alaba la tecnología y condena la tecnocracia. No reflexionar juntos sobre estas cosas también nos está saliendo caro.

Los movimientos solidarios de la historia han defendido que la democracia-democracia exigía trabajar, desarrollar y esforzarse por la democracia económica, es decir, por la igualdad y fraternidad económicas: “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”. La democracia económica exige salario justo, afrontar y disminuir drásticamente las desigualdades salariales, desarrollar formas de copropiedad, incluso de los medios de producción, cooperativismo, intervención pública en áreas imprescindibles como la energía, el transporte y todo aquello en lo que la experiencia nos diga que es necesario para el bien de todos.
Camilo Sánchez, alcalde en su día más votado de España en ciudades de más de 20.000 habitantes, creía que, al tiempo que se cultivaba la democracia económica, debía cultivarse la democracia política, y tenía razón. Moría hace 20 años y siguen haciendo falta personas que se plantean intervenir en la estructura económica del mundo desde la acción política. No contar con ellos nos ha salido caro. Esta crisis ¿pro-vocará vocaciones así?




Si ponemos tanto amor en el análisis y la critica como en el encierro, la ingente tarea de sanitarios y fuerzas de seguridad, el trabajo de tantos trabajadores de la producción y distribución de bienes, la elaboración de mascarillas y otros bienes, las compras llevadas a quien no podía y otro sin fin de cuidados, es posible que el pueblo (y no ese futil “entre todos”) desenmascare al capitalismo.
El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo que creía que no pasaba nada si China era el polígono industrial del mundo. Pues sí pasa. Cuando vas a echar mano de las mascarillas, resulta que vienen de la otra punta del mundo. Y cuando vemos en vídeo que algunas están hechas por niños esclavos en la India (http://dignitex.org/es/ninos-fabricando-mascarillas-contra-el-coronavirus-en-un-taller-textil-de-la-india) algo se revuelve en nuestro interior. Nos habían hecho creer que nosotros poníamos el I+D y que ellos hacían más barato el trabajo precario. El tema era grave porque hacía subir el paro aquí pero no fuimos capaces de cambiar eso. Pues al final nos ha salido caro.
El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo que hace negocio con la vivienda. No quiere resolver el problema de la vivienda porque le viene muy bien. Alguien se beneficia de que casi 5 millones de viviendas en España están por debajo de los 60 metros. Aproximadamente el 80% de las viviendas en alquiler pertenecen a grandes propietarios, no a personas que necesiten esos ingresos. Cuando llega el coronavirus, se ve más claro que hay personas sin vivienda, viviendas insalubres, etc., mientras hay millones de viviendas vacías que no se atreve a tocar este Gobierno aunque mande quedarse en casa. Las políticas de vivienda, desde la regulación del suelo a la vivienda pública, pasando por la financiación, se quedan cortas y no las toca ni el estado de Alarma ¡son sagradas!. Con el confinamiento aumenta la violencia doméstica, la distancia educativa entre los que pueden salir adelante desde su casa y los que no. Aumentan las drogadicciones, incluidas las apuestas que el gobierno dice combatir; también el tabaco. Nos ha salido caro.
El coronavirus ha desenmascarado el capitalismo y su sagrada ley de la oferta y la demanda. Suben los precios en general. En una farmacia -por poner un ejemplo- se pagan 50 euros por dos mascarillas y dos botecitos de gel. La oferta y la demanda mandan al paro a legiones de trabajadores. Y a nivel mundial lo mismo; algún día se conocerán las facturas que han pagado obedientemente poderosos estados. Nos ha salido caro.
¿Qué dirán los forofos del mercado cuando ven que el precio de los respiradores se multiplican por respeto a las sagradas leyes del mercado tantas veces adoradas? ¿seguirán diciendo que es mejor dejarlo? ¿no queda otra opción que esperar a que otros ven ahí un nicho de negocio? ¿qué dicen los forofos del mercado cuando se confirma que, por contra, el salario de los que migrantes que recogen la fruta no sube? ¿ni en estas circunstancias son mejor pagados? ¿quedará alguien que no entienda que los migrantes más que huir del hambre son piezas de un mecanismo de contención de salarios de las tareas más tediosas?

El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo que creía que no pasaba nada por invertir en el AVE, que es muy guay para quien lo pueda pagar, y no en tener respiradores, que seguramente nos harán falta. Cuando no haya respiradores, no se preocupen, que en la Ruber no van a faltar y en la pública habrá debates éticos sobre para quien son los respiradores con que se pueda contar. Pero cuando a los profesionales les toca decidir se le caen las lágrimas y no duermen. Nos ha salido caro.
El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo que busca la concentración urbana para hacer negocio. ¿Es lo mismo el coronavirus en conglomerados humanos con tal grado de hacinamiento que exigen tener “metro”? ¿No se puede empezar a promover políticamente un urbanismo a la medida humana? La locura de concentración urbana ya la veníamos pagando cara en salud, y ahora otro poco más. Nos ha salido caro.
El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo que promueve el turismo como elemento esencial de la vida económica de regiones enteras. Los cruceros, el lío en el transporte, los aeropuertos. ¿Quién cierra ahora la conexión de Madrid con China cuando los millones de chinos que pueden hacer turismo son esenciales para la economía española y pueden elegir otro destino? Las zonas turísticas del mundo compiten entre sí aunque les cueste vidas. Los grandes beneficiarios del turismo tendrán también una sanidad mejor a su disposición. Nos ha salido caro.

El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo en que los yuppies van por el mundo tejiendo relaciones financieras entre China, Japón, Londres, Suiza. Nadie propone que se deje de viajar, pero ¿estos viajes responden a una actividad económica de progreso o a los intereses de un capitalismo que concentra la riqueza y aumenta la desigualdad? Si se demuestra que estos viajes tienen que ver con la aceleración de la expansión del virus, tenemos que decir que nos ha salido caro.
El coronavirus ha desenmascarado un capitalismo en el que un test rápido sale por 300 euros en la privada y cuyo coste real es de 10 o 15 e. El Dr. Simón dijo al principio que eso no era necesario. Después, Sánchez dijo que eran esenciales y la ministra de Hacienda dijo que el mercado era muy complicado. Confiados como estábamos (o como nos imponen estarlo) en el mercado no se debate siquiera sobre la conveniencia de tener industrias nacionales para medicamentos cuya eficacia se ha demostrado en otros países. El uso masivo de esos test es la gran diferencia entre Corea y España. Con test a tiempo no habrían hecho falta respiradores. No poder fabricarlos nos ha salido caro.
El coronavirus ha desenmascarado la democracia formal. Y aunque había advertencias desde enero, la democracia española no es democracia-democracia sino democracia representativa, y en este tipo de democracia (sin duda mucho mejor que la dictadura) hay todavía camino por recorrer hacia formas más maduras de democracia, en la cual no se delegue todo el poder al Parlamento durante cuatro años, sino que se articulen otros mecanismos tendentes a la autogestión; que se haga más o menos rápidamente es otra cuestión. De forma que las decisiones caprichosas de un gobierno que miró hacia otro lado (y no se me acuse de partidismo antiSanchez, que tan lento como Sánchez lo fueron ante otras cuestiones Rajoy, Zapatero, Aznar…. ) son inamovibles, aunque ya se habla de que pueden llegar al Juzgado. Una democracia real nos habría permitido tomar decisiones más acertadas. Democracia real significa, entre otras cosas: referendums, diversas formas de articulación social, verdadera transparencia informativa, nuevas formas de organización política y, sobre todo, debate ciudadano sobre cómo caminar hacia una democracia auténtica: “poder del pueblo, para el pueblo y por el pueblo”.El coronavirus ha desenmascarado la supuesta eficiencia del capitalismo. ¿Puede un sistema regido por la maximización del beneficio de cada uno afrontar un problema de este calibre? Es la idolatría al máximo beneficio individual seguramente el primer responsable de este problema. La maximización del beneficio particular nos ha salido cara.
Sé por experiencia que más de un amable lector está pensando que el comunismo es peor. Y no seré yo quien defienda el comunismo y sus cien millones de muertos. Desde hace aproximadamente un siglo un sinfín de asociaciones, especialmente el movimiento obrero pero también algunas conservadoras, defienden que el comunismo no es más que un capitalismo de Estado. O sea, parecido. Pablo VI hizo una brillante aportación al distinguir capitalismo de industrialización. Los que dicen que el progreso viene de la mano del capitalismo es porque no han escuchado seriamente esta distinción. Nada tenemos contra lo mejor del proceso tecnológico, pero eso no es el capitalismo. Rovirosa distinguía, inteligentemente, entre los técnicos y los explotadores de los técnicos. Algo similar hace hoy Francisco, cuando alaba la tecnología y condena la tecnocracia. No reflexionar juntos sobre estas cosas también nos está saliendo caro.

Los movimientos solidarios de la historia han defendido que la democracia-democracia exigía trabajar, desarrollar y esforzarse por la democracia económica, es decir, por la igualdad y fraternidad económicas: “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”. La democracia económica exige salario justo, afrontar y disminuir drásticamente las desigualdades salariales, desarrollar formas de copropiedad, incluso de los medios de producción, cooperativismo, intervención pública en áreas imprescindibles como la energía, el transporte y todo aquello en lo que la experiencia nos diga que es necesario para el bien de todos.
Camilo Sánchez, alcalde en su día más votado de España en ciudades de más de 20.000 habitantes, creía que, al tiempo que se cultivaba la democracia económica, debía cultivarse la democracia política, y tenía razón. Moría hace 20 años y siguen haciendo falta personas que se plantean intervenir en la estructura económica del mundo desde la acción política. No contar con ellos nos ha salido caro. Esta crisis ¿pro-vocará vocaciones así?
domingo, 3 de noviembre de 2019
martes, 29 de octubre de 2019
lunes, 9 de septiembre de 2019
miércoles, 28 de agosto de 2019
EL PRECIO DE LA NIEVE
LACABECERA.ORG
Si no existiese en Europa un país en donde se paga una contribución para disfrutar de la luz del día, podría causar maravilla el ver que en América se considera como propiedad del rey de España aquella capa de nieve que cubre la alta cordillera de los Andes.
Alexander von Humboldt. Ensayo político sobre el reino de la Nueva España
Así se asombraba el científico prusiano en una de sus expediciones por las propiedades americanas de los Borbones españoles a propósito del impuesto real que se aplicaba a la nieve, ya que ésta era un producto de lujo para enfriar las bebidas y refrescos de las clases más adineradas. Si en los primeros años del siglo XIX era insólito la tasa sobre los neveros que, inmanentes, permanecían en el continente desde hacía milenios, ¿cómo de insólitos son hoy los precios que sobre determinados productos -tan necesarios o más que la nieve andina- se imponen también con voluntad regia?
Eso es lo que se pregunta la Cátedra Universitaria Extraordinaria ‘Derecho a la salud y acceso a medicamentos’ de Farmamundi en la Universidad Complutense de Madrid en el curso que recientemente ha organizado en el marco de los Cursos de Verano de la UCM a propósito del precio de los medicamentos y al que tuvieron la amabilidad de invitarnos a acudir.

La indescifrable factura de los medicamentos. Adaptado de la ponencia de Irene Bernal durante el curso.
¿Cómo es, entonces, el modo de fijación del precio de los medicamentos? En 1994 aparecen en el seno de la Organización Mundial del Comercio los Acuerdos sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC). Es decir, las patentes. Podemos deducir del hecho de que este sea el marco en que nos movemos que el asunto de los fármacos es de índole comercial, no sanitaria. Primer strike. El acuerdo sobre los ADPIC proporciona al “descubridor” de una nueva molécula 20 años de exclusividad en el comercio de dicha molécula con la siguiente lógica: este monopolio de facto permite al industrial recuperar lo invertido en I+D y asimismo seguir invirtiendo en I+D y por tanto progresar en el campo de los tratamientos farmacológicos.
Pero incluso este generoso modelo es insuficiente para la industria y aparecen dos elementos perturbadores: por un lado, la negociación “país a país” de los precios del medicamento y la absoluta oscuridad en que se dan estas negociaciones. Por otro, las indignas prácticas de evergreening, esto es, la modificación superficial de la molécula en patente sin cambios innovadores para poder renovar la patente, alargando esos 20 años iniciales de exclusividad hasta más del doble en muchos casos. Algunas moléculas hoy en el día en comercio bajo patente llevan a sus espaldas la friolera de más de 100 patentes adjudicadas (1). De modo que parece que el supuesto retorno en I+D que procuraban los ADPIC no eran tal, especialmente si tenemos en cuenta que sólo alrededor del 30% de los nuevos fármacos e indicaciones de los últimos 10 años suponen un beneficio o novedad real (2).
Esta espiral desbocada de precios ascendentes estalló a principios del siglo XXI con la crisis de los antirretrovirales lo que llevó a la OMC en su conferencia de Doha del año 2001 a recordar a los miembros que los ADPIC no pueden suponer un obstáculo para la salud pública y que los distintos países pueden y deben hacer uso de las flexibilidades (excepcionalidades) recogidas en dichos acuerdos (3).
Aunque los distintos países no han hecho un uso precisamente desmedido de dichas flexibilidades –quizá más bien rácano-, la industria no quiso dejar al azar la posibilidad de que esto pudiera suponer un contratiempo en sus contabilidades anuales y empezó a promover un concepto hoy plenamente instaurado: el precio por valor. Es decir, el medicamento vale tanto como el beneficio en salud que genera. ¿Cuánto vale una vida entonces? Evidentemente, todo lo que estemos dispuestos a pagar (4). La industria mantiene así hoy una ambigüedad en la que justifica los altos precios por un lado en los ADPIC pero por otro lado niega este principio para hablar de precio por valor pero sin renunciar a sus monopolios. Con todos los frentes cubiertos, el gasto farmacéutico sigue siendo el peso pesado del presupuesto sanitario y no para de crecer ignorando crisis, recesiones y otros avatares de los ciclos económicos capitalistas.
Y a nosotros como primaristas, ¿nos importa algo de todo esto -más allá de la evidente injusticia-? Debería, teniendo en cuenta que el precio de los medicamentos en sí mismo es una barrera al acceso a los tratamientos. Un alto precio sumado a sistemas de repago de medicamentos y estrategias de desabastecimiento por parte de los laboratorios para forzar el consumo de los medicamentos más caros es una combinación letal: hasta un 8% de los estadounidenses declaran saltarse dosis de medicación para ahorrar dinero (5) y se estima que un 3% de la población española no pudo pagar el medicamento prescrito por un profesional del sistema sanitario. La publicidad de enfermedades de dudosa entidad clínica –disease mongering– (6) y las indicaciones sin respaldo sólido en la evidencia en las que los profesionales a menudo participamos con entusiasmo magnifica este efecto a la par que las ganancias de la industria del medicamento.
Ante esta situación, son muchos los grupos y propuestas diferentes para abordar este problema. Las más conservadoras defienden la imposibilidad de echar abajo el sistema APID en este momento y la necesidad, por un lado, de hacer respetar los acuerdos de los ADPIC originales, fiscalizando el proceso de patentes con especial atención en las prácticas de evergreening o haciendo un mayor uso de las flexibilidades de los ADPIC y por otro, instaurar una transparencia total de los costes de I+D, ya que es en estos en los que se sustenta, al menos en la teoría, la razón de ser de los ADPIC.
Otras posiciones van un paso más allá y creen necesarios algunos cambios que, en cierto modo, cuestionan la esencia misma del sistema ADPIC. Entran en esta categoría las propuestas de inversión pública en todo el proceso de I+D (evitando así la parasitación por la industria de los costosos estadios iniciales del desarrollo que a menudo compran de entidades públicas una vez realizados), la supeditación de la investigación a las necesidades reales de los países y no a las decisiones de la industria o la implementación de sistemas de fijación de precios según el precio de genérico y no el fijado por la industria.
Finalmente, no nos gustaría acabar sin apuntar que en lo que tanto los más conservadores como los más radicales están de acuerdo es en el tremendo lastre que supone el precio por valor. Y es quizá en este último sentido que en Atención Primaria tenemos mucho que decir. En este paradigma la gran, quizá única, arma de negociación de la industria farmacéutica es el irremediable hecho de que “las vidas de todos están en sus manos”. ¿Irremediable? Desde la medicina de familia, al menos tal y como desde aquí la entendemos, el abandono del enfoque biomédico como modelo único y monolítico no es sólo deseable sino también necesario. Son otros elementos como la vivienda, el trabajo, los territorios, el género, la racialización… los que determinan en mayor medida nuestra salud. Trabajar desde esta perspectiva supone poner al medicamento en un lugar más realista en el gran espectro de la salud. Evidentemente muchos de ellos son extremadamente necesarios, pero también muchos de ellos aportan, como hemos visto, nada o casi nada a la salud de las personas. Así, la defensa de un sistema centrado en los determinantes sociales ve al fármaco como una herramienta más y no como un pilar en la construcción de la salud. Creemos, sinceramente, que esta perspectiva contribuiría enormemente a la desactivación del sistema de precio por valor.
Todas estas propuestas pasan, necesariamente, por el concurso de la sociedad civil, sin cuya participación en estas iniciativas es extremadamente difícil que se lleguen a desarrollar normativas e implementar políticas en alguna de estas líneas. Precisamente la información, movilización y trabajo de abogacía es el eje que articula la campaña de No Es Sano (7), que intenta poner en el centro del tablero el problema del precio de los fármacos. Queremos así terminar haciéndonos eco de su excelente trabajo y de la necesidad de colaborar todos, cada cual, desde su gran o pequeño ámbito de acción, a la solución de un problema que impacta cada día más y en más personas.
Texto elaborado por Alberto Cabañas a raíz de su participación en el curso de la Cátedra Universitaria Extraordinaria ‘Derecho a la salud y acceso a medicamentos’ de Farmamundi en la Universidad Complutense de Madrid.
Alberto Cabañas es residente de Medicina Familiar y Comunitaria del Centro de Salud Numancia (Puente de Vallecas, Madrid)
BIBLIOGRAFÍA:
- Overpatented, Overpriced: How Excessive Pharmaceutical Patenting is Extending Monopolies and Driving up Drug Prices. I-MAK. 2018. Disponible en https://www.i-mak.org/overpatented-overpriced- excessive-pharmaceutical-patenting-extending-monopolies-driving-drug-prices/
- Drugs in 2017: a brief review. Prescrire Int 2018; 27 (192): 110-111.
- Declaración relativa al acuerdo sobre los ADPIC y la salud pública. Organización Mundial del Comercio. Doha. Adoptada el 14 de noviembre de 2001. Disponible en https://www.wto.org/spanish/thewto_s/minist_s/min01_s/mindecl_trips_s.htm
- A propósito del escándalo desatado por Martin Shkreli cuando era CEO de Turing Pharmaceuticals al elevar un 5.000% el precio de la pirimetamina para el tratamiento de toxoplasmosis en VIH, el también CEO de Nostrum, Nirmal Mulye, declaró que consideraba como “requisito moral” el cobrar todo lo posible por un medicamento. La noticia completa disponible en https://www.ft.com/content/48b0ce2c- b544-11e8-bbc3-ccd7de085ffe
- Explotación de datos de la Encuesta Nacional de Salud 2017 de Estados Unidos.
- Health metamorphosis: disease mongering and communication strategies. María Teresa Ruiz-Cantero y Belén Cambronero-Saiz. Gac Sanit. 2011;25(3):179–181. Disponible en http://www.gacetasanitaria.org/es-la-metamorfosis-salud-invencion-enfermedades-articulo- S0213911111000914
- Toda la información disponible en http://noessano.org/es/
miércoles, 19 de junio de 2019
Zara condenada por despedir a otra trabajadora que denunció tras encadenar docenas de contratos
El Tribunal Superior de Xustiza de Galicia acaba de condenar a Inditex a readmitir o indemnizar a una empleada que previamente había denunciado a la empresa en los juzgados de lo laboral. Este trabajadora de Zara encadenó 57 contratos temporales, 28 a través de ETT, en dos años y cuatro meses. Un "fraude en la contratación" que la Justicia también probó en varios otros casos sin que la empresa de Amancio Ortega haya modificado su apuesta por la precariedad.
La empleada ya había ganado en la magistratura de Trabajo. Ahora la Justicia le vuelve dar la razón, aunque no admite la violación de derechos fundamentales por discriminación que alegaba. El grupo de Amancio Ortega tendrá, eso si, que pagarle 3.424 euros de indemnización o readmitirla, según la sentencia que detalla Economía Digital.
Lo cierto es que este caso de una trabajadora de la tienda deAs Cancelas es similar a la política de "fraude en la contratación", que los sindicatos gallegos llevan años denunciando . Por ejemplo, el año pasado UGT lanzó una campaña alegando, precisamente, que Inditex encadenaba contratos temporales ilegamente durante años y, cuando las trabajadoras finalmente se atrevían a reclamar ser indefinidas, el grupo simplemente las despedía.
e acuerdo a la versión sindical, si las operarias iban un paso más allá denunciando los hechos ante la Justicia, la compañía simplemente admitía el despido improcedente, pagaba la indemnización -unos pocos miles de euros, en la mayoría de los casos- pero no readmitía a la denunciante. Tan solo la substituía por otra joven, que empezaba, como todas, encandenando contratos a través de ETT.
Gracias a la acción sindical, la Justicia forzó a la firma de Arteixo a readmitir a cinco trabajadorasel pasado noviembre. Vista esta nueva sentencia parece que, pese a las protestas de los sindicatos, la política de Inditex sigue siendo la misma.
"Inditex también firma acuerdos internacionales de cumplimiento de normativa laboral en los distintos países. Queda claro que es todo fachada, a su buque insignia, ZARA, le da igual todo esto", concluyó en su día UGT.
POLÍTICA DE SILENCIO
La compañía téxtil nunca ha respondido a las críticas de los sindicatos y tampoco comenta las sentencias laborales cuando los medios le piden su opinión, como hizo en reiteradas ocasiones Galiciapress.
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