Santiago Alba Rico *
Esta idea de “genocidio estructural” implica, por supuesto, una acusación: las estructuras no se imponen solas sino que necesitan decisiones políticas que las mantengan en marcha, decisiones políticas que eventualmente podrían también desactivarlas. Cuando una estructura es incompatible en su raíz con la Declaración de los DDHH y la más elemental dignidad humana, las decisiones que se toman para mantenerla viva adquieren un aura necesariamente truculenta, un aire de lúdica crueldad infantil, la forma de un gran bostezo nihilista. Supongo que a Barroso y Letta no les habrá gustado ser recibidos en Lampedusa al grito de “asesinos”. No se sienten “asesinos” y probablemente les produce horror sincero la pila de cadáveres acumulados a sus pies. Pero tienen que tragarse los insultos y los remordimientos de conciencia y responder de manera responsable a sus compromisos con la “estructura”, de los que en alguna medida dependen también los votos de sus electores.
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