domingo, 31 de marzo de 2013

MUJERES EN LA VIDA DE MONSEÑOR ROMERO

olgavasquez
Olga C. Vásquez Monzón/SAN SALVADOR– Monseñor también estableció relación con diversas mujeres de quienes poco o casi nada se ha dicho: compañeras de trabajo, religiosas, amigas, interlocutoras, mujeres “de a pie” que, como él, se jugaron la vida desde distintos espacios y proyectos. De ellas habla él mismo, en el diario personal que recoge los dos últimos años de su vida.     
La relación que Monseñor Romero estableció con las religiosas fue de mucha cercanía. Así como recibió de la mayoría de congregaciones un firme apoyo en su línea pastoral así también las respaldó e intercedió por ellas cuando fueron víctimas de la persecución. Solía reunirse con las religiosas en las parroquias o las visitaba durante sus reuniones congregacionales para reflexionar juntos sobre la situación del país. Pero no solo reflexionó con ellas sino que generó espacios de participación inéditos en la vida de la iglesia arquidiocesana: fue el primer obispo que incorporó a las religiosas a las reuniones del clero. Valoró mucho a estas mujeres comprometidas con la pastoral del acompañamiento desde sus congregaciones religiosas, tanto en colegios como en las parroquias y comunidades rurales. Confiaba en ellas, en sus intuiciones y en su trabajo. Reivindicó su valor y coraje para afrontar la persecución y mantenerse fieles a las orientaciones de la arquidiócesis. Se sintió respaldado y confirmado por ellas y llegó a considerar providencial su labor en la iglesia arquidiocesana.  
Monseñor mantenía vínculos de amistad con varias mujeres desde sus tiempos de párroco en San Miguel. Sabía cuidar a sus amigas, les dedicaba tiempo. Las acompañaba en momentos gratos y en momentos de dolor. En una ocasión hizo un viaje a Oriente solamente para dar el pésame a una familia de aquella región. Estas mujeres y sus allegados fueron para Monseñor espacios de acogida cordial y cariñosa donde se sentía confirmado en su vida y su trabajo. Dos de los nombres más conocidos son el de Doris Osegueda y el de María Julia Hernández. Además de compartir con ellas una estrecha amistad, ellas fueron pilares de apoyo fundamentales en su trabajo como arzobispo.  
Doris Osegueda fue diputada de la Democracia Cristiana por el departamento de San Miguel, a finales de la década de 1960. Se trasladó a San Salvador en el tiempo que a Monseñor Romero lo nombraron arzobispo. Licenciada en periodismo, dejó su trabajo en la universidad para integrarse al equipo de colaboradores del arzobispo en enero de 1979, donde él la puso al frente de la Secretaría de Comunicación Social del Arzobispado. Como parte del equipo de asesores, Osegueda se reunía los sábados con Monseñor Romero para aportar elementos para la preparación de las homilías dominicales. Ella reunía información a lo largo de la semana y preparaba una síntesis de los principales hechos. En mayo de 1979, Monseñor la nombró directora de Orientación, semanario de la arquidiócesis de San Salvador. Aunque no tenía estudios de teología, sus conocimientos de los documentos de la Iglesia le permitieron hacer de Orientación un espacio de evangelización fiel a las líneas doctrinales de Vaticano II, Medellín y Puebla. Este espacio fue una plataforma de denuncia de los atropellos y violaciones a los derechos humanos en el país.
Dedicada a los derechos humanos trabajó también María Julia Hernández. Ella era profesora de filosofía de la Universidad Nacional de El Salvador y, como muchas otras personas, buscaba colaborar para transformar la situación del país. El arzobispo solicitó apoyo a diferentes sectores, incluyendo el universitario y ella se incorporó a uno de los equipos de Monseñor Romero. A María Julia se le debe el hecho de tener hoy las homilías dominicales del obispo. Ella fue la de la idea de grabarlas. Desde el inicio insistió en publicarlas pero él se resistía. Logró convencerlo al presentarle un legajo de cartas en las que mucha gente solicitaba la publicación de las homilías.   
El trabajo liderado por estas dos mujeres aportó elementos de juicio a toda una población en medio del silencio y la desinformación que reinaba en aquel momento. Las publicaciones del arzobispado se convirtieron en referentes del compromiso de la iglesia en la defensa por los derechos humanos. Junto con Monseñor Romero, estas mujeres se jugaron la vida para lograr remediar en algo el sufrimiento y el dolor de la gente.
Son muchas las mujeres que, al final del día, estaban presentes en la relectura diaria de Monseñor: enfermeras, reclusas y vendedoras del mercado con quienes celebró varias eucaristías; campesinas, madres y esposas angustiadas por familiares desaparecidos; periodistas extranjeras interesadas en conocer su pensamiento; mujeres de movimientos eclesiales que buscaban una acción cristiana más comprometida; secretarias y asistentes que le apoyan en la organización y sistematización de los archivos del arzobispado. A todas estas mujeres las escuchó y acompañó. Guardó su recuerdo en la memoria narrada de su diario. Pero también aprendió y se dejó aconsejar por ellas. No se sintió amenazado, sino complementado. No buscó enseñarles sino aprender junto con ellas.

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