Olga C. Vásquez Monzón/SAN SALVADOR– Monseñor también estableció relación con
diversas mujeres de quienes poco o casi nada se ha dicho: compañeras de
trabajo, religiosas, amigas, interlocutoras, mujeres “de a pie” que,
como él, se jugaron la vida desde distintos espacios y proyectos. De
ellas habla él mismo, en el diario personal que recoge los dos últimos
años de su vida.
La relación que Monseñor Romero estableció con las
religiosas fue de mucha cercanía. Así como recibió de la mayoría de
congregaciones un firme apoyo en su línea pastoral así también las
respaldó e intercedió por ellas cuando fueron víctimas de la
persecución. Solía reunirse con las religiosas en las parroquias o las
visitaba durante sus reuniones congregacionales para reflexionar juntos
sobre la situación del país. Pero no solo reflexionó con ellas sino que
generó espacios de participación inéditos en la vida de la iglesia
arquidiocesana: fue el primer obispo que incorporó a las religiosas a
las reuniones del clero. Valoró mucho a estas mujeres comprometidas con
la pastoral del acompañamiento desde sus congregaciones religiosas,
tanto en colegios como en las parroquias y comunidades rurales. Confiaba
en ellas, en sus intuiciones y en su trabajo. Reivindicó su valor y
coraje para afrontar la persecución y mantenerse fieles a las
orientaciones de la arquidiócesis. Se sintió respaldado y confirmado por
ellas y llegó a considerar providencial su labor en la iglesia
arquidiocesana.
Monseñor mantenía vínculos de amistad con varias mujeres
desde sus tiempos de párroco en San Miguel. Sabía cuidar a sus amigas,
les dedicaba tiempo. Las acompañaba en momentos gratos y en momentos de
dolor. En una ocasión hizo un viaje a Oriente solamente para dar el
pésame a una familia de aquella región. Estas mujeres y sus allegados
fueron para Monseñor espacios de acogida cordial y cariñosa donde se
sentía confirmado en su vida y su trabajo. Dos de los nombres más
conocidos son el de Doris Osegueda y el de María Julia Hernández. Además
de compartir con ellas una estrecha amistad, ellas fueron pilares de
apoyo fundamentales en su trabajo como arzobispo.
Doris Osegueda fue diputada de la Democracia Cristiana por
el departamento de San Miguel, a finales de la década de 1960. Se
trasladó a San Salvador en el tiempo que a Monseñor Romero lo nombraron
arzobispo. Licenciada en periodismo, dejó su trabajo en la universidad
para integrarse al equipo de colaboradores del arzobispo en enero de
1979, donde él la puso al frente de la Secretaría de Comunicación Social
del Arzobispado. Como parte del equipo de asesores, Osegueda se reunía
los sábados con Monseñor Romero para aportar elementos para la
preparación de las homilías dominicales. Ella reunía información a lo
largo de la semana y preparaba una síntesis de los principales hechos.
En mayo de 1979, Monseñor la nombró directora de Orientación, semanario
de la arquidiócesis de San Salvador. Aunque no tenía estudios de
teología, sus conocimientos de los documentos de la Iglesia le
permitieron hacer de Orientación un espacio de evangelización fiel a las
líneas doctrinales de Vaticano II, Medellín y Puebla. Este espacio fue
una plataforma de denuncia de los atropellos y violaciones a los
derechos humanos en el país.
Dedicada a los derechos humanos trabajó también María Julia
Hernández. Ella era profesora de filosofía de la Universidad Nacional
de El Salvador y, como muchas otras personas, buscaba colaborar para
transformar la situación del país. El arzobispo solicitó apoyo a
diferentes sectores, incluyendo el universitario y ella se incorporó a
uno de los equipos de Monseñor Romero. A María Julia se le debe el hecho
de tener hoy las homilías dominicales del obispo. Ella fue la de la
idea de grabarlas. Desde el inicio insistió en publicarlas pero él se
resistía. Logró convencerlo al presentarle un legajo de cartas en las
que mucha gente solicitaba la publicación de las homilías.
El trabajo liderado por estas dos mujeres aportó elementos
de juicio a toda una población en medio del silencio y la desinformación
que reinaba en aquel momento. Las publicaciones del arzobispado se
convirtieron en referentes del compromiso de la iglesia en la defensa
por los derechos humanos. Junto con Monseñor Romero, estas mujeres se
jugaron la vida para lograr remediar en algo el sufrimiento y el dolor
de la gente.
Son muchas las mujeres que, al final del día, estaban
presentes en la relectura diaria de Monseñor: enfermeras, reclusas y
vendedoras del mercado con quienes celebró varias eucaristías;
campesinas, madres y esposas angustiadas por familiares desaparecidos;
periodistas extranjeras interesadas en conocer su pensamiento; mujeres
de movimientos eclesiales que buscaban una acción cristiana más
comprometida; secretarias y asistentes que le apoyan en la organización y
sistematización de los archivos del arzobispado. A todas estas mujeres
las escuchó y acompañó. Guardó su recuerdo en la memoria narrada de su
diario. Pero también aprendió y se dejó aconsejar por ellas. No se
sintió amenazado, sino complementado. No buscó enseñarles sino aprender
junto con ellas.
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