viernes, 4 de octubre de 2013
jueves, 3 de octubre de 2013
martes, 1 de octubre de 2013
domingo, 29 de septiembre de 2013
AMAZON, ¿campo de concentración?
En la empresa que representa la modernidad y parece reunir
en sí misma todos los aspectos positivos de la globalización, hay
trabajadores que permanecen de pie siete horas haciendo paquetes. Otros,
durante una jornada similar, caminan más de 20 kilómetros recogiendo
objetos de gigantescas estanterías para llevárselos a los
empaquetadores. Unos y otros tienen prohibido contar a nadie cómo es su
trabajo y en qué condiciones se realiza, y están permanentemente a
disposición de su empresa. Todo ello, por un salario bruto de 9,725
euros a la hora. La firma es Amazon y en 2012 facturó 61.000 millones de
dólares.
Siguiendo el ejemplo de Günter Wallraff, el periodista
alemán que lo mismo bajaba a las minas que se hacía ingresar en una
clínica psiquiátrica, siempre con identidad falsa para luego contar lo
que allí veía, Jean-Baptiste Malet ha estado trabajando tres meses en un
almacén de Amazon en Francia. Ahora lo relata en un libro, 'En los
dominios de Amazon. Relato de un infiltrado' (Trama Editorial) que acaba
de salir a la luz. El documento tiene un valor mayor si se considera
que los servicios centrales de prensa de la empresa, en EE UU, prohíben a
los periodistas entrar en los almacenes, verdadero centro neurálgico de
una firma que no es más que una comercializadora. En Amazon trabajan
80.000 personas con contrato fijo, más los temporeros, muy numerosos en
las grandes campañas, sobre todo la de Navidad. (...)
Exhaustos
Vigilancia 'orwelliana' de cada
empleado, controlado mediante un sistema que permite a los supervisores
saber dónde están en cada momento y cuánta tarea han realizado. Los
temporeros, como el resto, se tutean y tutean a sus jefes, pero no
porque se busquen unas relaciones igualitarias, sino porque han
descubierto que eso mejora la productividad. La delación -sobre pequeños
hurtos, o de quienes critican a la empresa o a los jefes- se premia. No
se puede comer durante el horario de trabajo. No se puede llegar tarde,
ni aunque sea unos minutos. Cualquier baja debe estar justificada
documentalmente: por el médico, si es por enfermedad, o mediante una
factura de un taller, si, por ejemplo, el trabajador ha sufrido una
avería en su coche.
La jornada tiene reglamentados dos cortes de veinte
minutos, pero uno no cuenta como tiempo trabajado. De todas formas, la
sala de descanso está muy lejos y el paso por los detectores es
preceptivo, de forma que los agotados trabajadores -los músculos de las
piernas duros como piedras, la espalda dolorida- solo disponen de cuatro
o cinco minutos para sentarse.
En invierno, la temperatura del almacén no llega a 15º, y
los empleados están ateridos. Muchos no se adaptan nunca a los horarios
-los turnos cubren toda la jornada-, y se marean por no haber comido lo
suficiente antes de empezar la tarea. No lo hacen porque están tan
exhaustos que tienen el estómago cerrado. La enfermería solo abre de
ocho de la mañana a cinco de la tarde, así que los que cubren el horario
de noche no conocen ni la cara de quienes la atienden.
Eso sí, hay premios. Pequeñas chucherías -chocolatinas, una
comida en Navidad, solo excepcionalmente y para unos pocos, algún
televisor- que se publicitan de tal forma que parecen viajes al Caribe. A
cambio, los empleados tienen que escuchar cada día las arengas
encaminadas a mejorar la eficacia y batir los récords de productividad.
Para lograrlo, pueden ser obligados a trabajar un sexto día por semana.
Todo cuanto pasa de puertas adentro está protegido por un
manto de invisibilidad. Las normas de la empresa prohíben «divulgar a
cualquiera la información relacionada con la actividad, los reglamentos,
la dirección y el personal». En aplicación de esa normativa, nadie
puede decir siquiera a sus amigos que trabaja en Amazon. Los directivos
de los almacenes locales también tienen vetado contestar a las preguntas
de un periodista «por muy inocentes o insignificantes que parezcan».
Malet habló con algunos trabajadores afiliados a la CGT, el sindicato
más poderoso de Francia. Un día les confesó que es periodista y les
pidió una cita para que le contaran los detalles que no había podido
conocer en tres meses. Todavía está esperando que se presenten a la
misma. Temen perder su empleo.
La compañía de Jeff Bezos empezó en 1995 con un almacén en un garaje de 45 m2.
Factura más de 61.000 millones de dólares anuales. La
Hacienda francesa le reclamó 200 millones de euros de impuestos
atrasados en 2012. Tiene 80.000 empleados fijos y miles de temporeros.
En Navidad, en EE UU, vende 300 artículos por segundo.
'En los dominios de Amazon' de Jean-Baptiste Malet (Ed. Trama).multi
viernes, 27 de septiembre de 2013
FUNCIONARIOS LLORONES
Samuel Valderrey/facebook
Los
funcionarios se quejan porque un año más les congelan los salarios, y
digo yo, ¿se han solidarizado con los más de 6 mill de parados de
nuestro país? así nos va, cada uno a lo suyo y el poder contra todos. El
imperio campa a sus anchas y se frota las manos con hechos como estos.
¡Ay sindicatos! Es posible la solidaridad si queremos...y si dejamos en
segundo lugar nuestras legitimas reivindicaciones por poner en primer
lugar las de los demás, de los últimos, ....¿quien se apunta?
ESCLAVOS EN EL AEROPUERTO DE SAO PAULO
Brasil no termina de sorprender. Fiscales del ministerio del Trabajo
encontraron 111 obreros en condiciones análogas a la esclavitud en las
obras de ampliación y modernización del aeropuerto internacional de
Guarulhos, en São Paulo, uno de los más importantes y concurridos de
Iberoamérica, que se prepara para el Mundial 2014
. Los fiscales cerraron once alojamientos en los que los obreros dormían
en el suelo, no tenían dinero para comer y estaban sin ropa suficiente
para soportar el invierno paulista. Entre los obreros rescatados había seis indios de la etnia Pankararu, del estado de Pernambuco.
Según la denuncia, los obreros fueron transportados en autobuses clandestinos por la constructora OAS, desde regiones pobres del país a la rica capital de São Paulo, con la promesa de ganar casi 500 euros mensuales. Los trabajadores pagaban el transporte de sus bolsillos y al llegar a São Paulo quedaban a disposición de la empresa en esos alojamientos degradantes.
Según la denuncia, los obreros fueron transportados en autobuses clandestinos por la constructora OAS, desde regiones pobres del país a la rica capital de São Paulo, con la promesa de ganar casi 500 euros mensuales. Los trabajadores pagaban el transporte de sus bolsillos y al llegar a São Paulo quedaban a disposición de la empresa en esos alojamientos degradantes.
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