martes, 25 de agosto de 2020

EXPLOTACIÓN EN EL CALZADO

Aparadoras: la huella invisible de la precariedad

El 88% de las mujeres que trabajan cosiendo zapatos lo hacen sin contrato, según un informe publicado por la Universidad de Alicante

Sheila Pedro
Jun 4 · 11 min read

Elche. 1:49 horas. Son cerca de las dos de la mañana de un jueves cualquiera y, aunque en la mayoría de los hogares ilicitanos reine el silencio, todavía se vislumbran en cocinas y salones algunas luces encendidas. Con el cansancio de llevar más de 11 horas cosiendo zapatos, con los dolores de espalda y manos que comporta su trabajo, y con el olor de cola ya imperceptible por su cerebro, allí siguen ellas, cosiendo zapatos y preguntándose si algún día las tratarán como lo que son: unas trabajadoras más.

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Aparadora cosiendo zapatos alumbrada por la luz de un flexo | Foto cedida por Isabel Matute

El oficio de aparar puede que en la actualidad sea uno de los trabajos que más polémica genere a nivel nacional. Todo surge a raíz de dos informes que publica la Agencia Tributaria sobre la renta que se distribuye entre las localidades y barrios españoles. De la noche a la mañana, la cuna del calzado es señalada como una de las ciudades más pobres de España, y meses después la atención gira entorno al barrio ilicitano de Carrús, que según los informes posee una de las rentas más bajas del territorio nacional. “La ciudad de Elche no tiene un consumo correspondiente al de una ciudad con rentas bajas. Yo llegué a determinar que en la ciudad había por cada familia un coche y medio, lo cual es un indicador de alto consumo”, señala Josep Antoni Ybarra, experto y autor de numerosos estudios sobre el sector del calzado. La economía sumergida que se genera en Elche a través de la industria de calzado empieza a estar en el punto de mira y las aparadoras, también.

La suela de la industria

Para hacer un zapato, uno de los primeros pasos que hay que seguir es unir las diferentes piezas para así formar su estructura. Esta tarea, una de las más básicas y fundamentales en la confección de cualquier calzado, se lleva a cabo gracias a las aparadoras, primer eslabón de la industria del calzado y a su vez el oficio más precario. “Es muy deprimente tener que estar trabajando 10 y 11 horas para estar cobrando 100 euros a la semana, que a veces ni llega a esa cifra, pero al menos mientras estás luchando tienes la esperanza de que la situación pueda cambiar”, arremete Isabel Matute, presidenta de la Asociación de Aparadoras de Elche.

Isabel llegó a Elche con edad de trabajar, y a los 14 años entró como aprendiz en un taller de zapatos. “Y mira que pataleé por poder estudiar, pero no me pudieron dar la oportunidad, mi misión era trabajar”, enfatiza Matute. Con su sueño de ser abogada hecho trizas empezó en el oficio de aparar, pero 44 años después de ese día, Isabel se plantó, no quería seguir trabajando con unas condiciones tan precarias. Había que hacer algo. Y, aunque en su día no pudo estudiar para convertirse en abogada, en la actualidad, a sus 58 años, Isabel encabeza la Asociación de Aparadoras de Elche y pelea para que se haga justicia y se empiecen a reconocer tanto sus derechos, como los de sus compañeras.

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Isabel Matute aparando en su domicilio particular | Foto cedida por Isabel Matute

No obstante, a Isabel ser la cara visible de la asociación le ha supuesto muchos cambios en su vida. Para empezar, a raíz de sus apariciones en los medios de comunicación, dejaron de hacerle encargos de zapatos y perdió su empleo. Ahora admite que todo el mundo la conoce y que, incluso por el apellido, su hermana también está teniendo problemas a la hora de encontrar trabajo. “Empezar a luchar por nuestros derechos a algunas mujeres también les ha traído consecuencias negativas como a mí, han perdido su trabajo o cada día les dificultan más realizar su oficio, ahí está la respuesta de por qué no habíamos denunciado antes”, concluye Isabel.

“Somos aparadoras, no personas…”

Horarios de más de 11 horas, problemas con la conciliación familiar, trabajar en talleres clandestinos sin apenas ventilación, no poder ir al lavabo más de una vez al día, no saber para quién coses los zapatos o tener miedo de no poder llegar a fin de mes. Estas son algunas de las situaciones con las que se están viendo obligadas a lidiar miles de mujeres en la provincia de Alicante.

Día a día, las aparadoras hacen frente a multitud de condiciones precarias, una de las más relevantes es que la mayoría del colectivo trabaja sin contrato. El 88% de las mujeres que cosen zapatos, bien en talleres clandestinos o en sus propios domicilios, trabaja sin contrato, según un estudio realizado en la Universidad de Alicante. “Las perspectivas de salir del trabajo sumergido hace 30 años eran posibles, hoy en día no lo son. Las circunstancias económicas hacen que las aparadoras no pueden tener otra opción, o siguen trabajando en el mismo sector y en las mismas condiciones o se quedan sin trabajo”, advierte Ybarra.

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El inicio de la vida de un zapato | Foto cedida por Isabel Matute

Mari Carmen Beviá es una de las mujeres que ha ejercido el oficio de aparar durante toda su vida. Como muchas de sus compañeras, Mari Carmen ha podido observar desde dentro de la industria cómo la precariedad de su oficio iba aumentando según iban pasando los años. “Desde que empecé en el calzado, que fue más o menos en el 70, hasta bien entrada la década de los 90 estaba bien la cosa, pero luego fueron empeorando las condiciones y la crisis del 2008 ya fue la catástrofe”, recuerda Beviá.

No obstante, en la actualidad, y a pesar de las condiciones precarias del oficio, a Mari Carmen con 65 años, no le queda más remedio que seguir trabajando sea con o sin contrato. “Mi jefe me dice: date tú de alta si quieres, yo tengo que pagar por ti 500 euros todos los meses, más no. Pero es que no me queda más remedio que acogerme a esas condiciones porque como no trabaje no tengo para comer”, explica la aparadora.

Con regulación, pero sin contrato

“El oficio de las aparadoras está regulado, pero todo el mundo sabe que no se cumple”, apunta Josep Antoni Ybarra. El actual convenio de las aparadoras, vigente de 2019 hasta 2021, contempla, entre otros muchos aspectos, que la persona que trabaja a domicilio tiene los mismos derechos y obligaciones que cualquier otro trabajador o trabajadora. No obstante, las mujeres que aparan desde casa, pese a tener sus condiciones laborales recogidas en el convenio, están sin contrato y muchas de ellas se encuentran en una situación de desamparo.

Uno de los grandes problemas que tienen estas aparadoras es la incertidumbre de no saber para quién están cosiendo. Las trabajadoras reciben los encargos a través de un intermediario y cuando finalizan los zapatos los entregan a esta misma persona. “El otro día vino una chica a contarme que el intermediario le había bloqueado del WhatsApp y que le debía un mes de trabajo, claro ella no sabía para donde tirar. Nunca tienes garantías de que te vayan a pagar”, se lamenta Isabel Matute, presidenta de la Asociación de Aparadoras de Elche. Y añade: “Ya ni siquiera se conforman con pagar poco y no darte de alta, es que ya ni nos quieren pagar”.

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Aparar sin apenas luz | Foto cedida por la Asociación de Aparadoras de Elche

En la mayoría de los casos, la imposibilidad de conciliar la vida laboral con la familiar es una de las razones por las que las mujeres que trabajan en fábricas o talleres toman la decisión de empezar a hacerlo desde su propia casa, aún a sabiendas de que van a estar aparando sin contrato. “Es la única forma en la que puedes criar a tus hijos y trabajar”, argumenta la aparadora Luz María Mira. Y añade: “Aunque cuando trabajas desde casa tienes derecho a tener un contrato, los empresarios no lo hacen, es muy raro encontrar a una mujer que esté trabajando en casa con contrato”.

La conciliación familiar para las mujeres que trabajan desde casa es mucho más sencilla. Se marcan sus propios ritmos y se adaptan sus necesidades familiares. Luz María, con más de 22 años de experiencia en el sector, explica que, cuando una aparadora trabaja desde un taller o una fábrica, ir a recoger a los hijos o llevarlos al colegio se vuelve imposible. Además, la aparadora menciona que, por los horarios que suelen marcar las fábricas y los talleres, una de sus compañeras levanta todos los días a las cinco y media de la mañana a sus dos hijas pequeñas.

“Evidentemente al final todo está enmarcado en la cultura machista en la que vivimos, por ejemplo, las aparadoras trabajan desde casa porque tienen necesidad de conciliación”, denuncia Julia Ojeda, experta en igualdad. Y añade: “Pero ¿la conciliación es una necesidad de las mujeres? Parece ser que, a pesar de que estamos en el siglo XXI, en España las mujeres son las que tienen que conciliar”.

Además, trabajar desde casa puede llevar consigo ciertos riesgos debido a que, en la mayoría de los casos, las viviendas no están adaptadas y no cuentan con un espacio reservado para desempeñar la actividad. “Hace unos cinco años a una conocida mía que también trabajaba de aparadora en casa se le prendió la cocina y, tras estar varios días grave en el hospital, finalmente falleció. Eso sí, no sabría decirte cuál fue la causa del incendio, pero algunos de los productos que usamos las aparadoras son muy inflamables”, menciona Mari Carmen Bevià.

El precio de ser aparadora

Invisibles a los ojos de los empresarios y de la sociedad, miles de aparadoras llevan toda una vida cosiendo zapatos sabiendo que, el día en el que no puedan seguir trabajando más y tengan edad de jubilarse, van a tener que depender económicamente de alguien.

Uno de estos casos es el de Carmen Pizana, que con 71 años está “jubilada sin dinero” que es como ella misma se refiere a su actual situación. Carmen empezó a trabajar a los 13 años en la industria del calzado a raíz de que la amiga con la que solía jugar de pequeña tenía dos hermanas aparadoras. “Yo por aquel entonces trabajaba en la tierra con mi madre, pero cuando volvíamos del campo yo le decía: me voy a jugar a casa de mi amiga, pero al final yo siempre iba allí porque me gustaba ver a sus hermanas trabajar en la máquina”, destaca Pizana.

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Carmen Pizana durante su juventud trabajando desde casa | Foto cedida por Carmen Pizana

A Carmen en condiciones normales, tras toda una vida trabajando le correspondería una pensión por jubilación. No obstante, ahora mismo ella no percibe pensión ninguna. “De todos los años que estuve trabajando con la máquina no coticé ninguno”, comenta Carmen. Y añade: “Los empresarios son los que se han ido enriqueciendo a nuestra costa”. No obstante, Carmen no es la única aparadora que se encuentra en esta situación. A principios del mes de mayo, tomando como muestra alrededor de 60 aparadoras, se realizó un encuesta de elaboración propia sobre la precariedad laboral del colectivo a las usuarias de la Asociación de Aparadoras de Elche, entre otras. Las cifras obtenidas por el sondeo reflejan que el 100% de las personas que participaron en este estudio habían trabajado sin contrato.

Por las condiciones a las que hacen frente estas trabajadoras, los horarios excesivos o por estar vinculadas a la industria sumergida, parece ser que cada día hay menos jóvenes que quieren dedicarse a coser zapatos. “Yo tengo 40 años y soy de las más jóvenes, aparadoras con 30 años o menos es difícil encontrar. Como no se te reconoce y no te pagan las horas que te tienen que pagar, ya nadie quiere aparar”, señala Luz María Mira.

Ante la falta de mujeres que puedan recoger el relevo, Luz menciona que el oficio de aparar no se extinguirá totalmente, pero señala que, si en el futuro hay una escasez de aparadoras en la provincia de Alicante, el trabajo se externalizará. Si se observa el gráfico con atención, se puede prever la tendencia que siguen las dos variables: a mayor edad, mayor número de aparadoras. No obstante, la encuesta también muestra que a partir de los 65 años el número de aparadoras en activo es mucho menor debido a que las mujeres ya superan la edad para “jubilarse”.

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El gráfico muestra la relación que existe entre la edad y el número de aparadoras. Fuente: Elaboración propia

Oficio feminizado, oficio precario

Uno de los motivos de la precariedad laboral que rodea al oficio de aparar puede que tenga una estrecha vinculación con la feminización del trabajo. En la actualidad, la inmensa mayoría de las personas que aparan son mujeres, aunque si bien es cierto que también hay hombres aparadores, la cifra del género masculino en comparación con el femenino es casi minúscula. “En los talleres sí que he visto algún que otro aparador, pero hay muy pocos y todos son extranjeros”, menciona Isabel Matute. De hecho, un 98% de las personas que trabajan en el oficio de aparar son mujeres, según la encuesta que se realizada el pasado mes de mayo sobre la precariedad laboral del colectivo. Frente el 2%, que sitúa a los hombres que aparan en la actualidad y simboliza la feminización del oficio.

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El gráfico muestra la diferencia que hay entre la cantidad de hombres que aparan frente a el número de mujeres. Fuente: Elaboración propia

Son muchos los oficios ejercidos por mujeres que están inmersos en condiciones precarias. Las aparadoras o las Kelly podrían ser un claro ejemplo. “Actualmente muchos de los oficios ejercidos por mujeres no se valoran económicamente en el mercado laboral, debido a que tradicionalmente eran tareas no remuneradas, que se hacían en casa para la familia, esta situación provoca que se precarice el oficio y, por tanto, quien lo ejerce no cuenta con buenas condiciones”, argumenta Julia Ojeda.

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Aparadora cosiendo en un taller | Foto cedida por Isabel Matute

La precariedad del oficio de aparar lleva adueñándose del colectivo más de dos décadas y parece que la situación, lejos de mejorar, cada vez va a peor. “Las aparadoras todavía no han encontrado un mecanismo de defensa y hay alguien que se está aprovechando deliberadamente de esta situación”, destaca Ybarra. Y añade: “Pero quizá ellas sí puedan dar con la solución, para ello habría que plantear seriamente unos mecanismos para poder defenderse en conjunto como posibilitar que haya una bolsa de trabajo”.

A través de la bolsa de trabajo que propone Ybarra, las aparadoras podrían solicitar la faena a través de este mecanismo mientras que los empresarios colgarían todas sus ofertas de trabajo en la plataforma que se habilitase. De esta forma, habría constancia de lo que las mujeres trabajarían y todo el empleo de este colectivo se canalizaría mediante la bolsa. “En todo caso, las personas que deberían llevar a cabo esta acción debería ser la Administración local, pero claro, para eso se necesita voluntad, política o responsabilidad social, aspectos en los que somos realmente deficientes”, concluye Ybarra. Pero quién sabe si en futuro este mecanismo pueda llevarse a cabo y consiga que la única luz que alumbre la ciudad de Elche de madrugada sea la de la luna.

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