viernes, 21 de enero de 2022

Solicitud al Ministerio de Sanidad de España


Enviada el 18 de enero del 2022 mediante burofax a la Ministra de Sanidad de España, Carolina Darias

A la atención de la máxima responsable de Sanidad, Excma. Sra. Doña Carolina Darias: 


El objetivo de la presente carta es contribuir al debate científico sobre la conveniencia de la administración de la vacuna anti-covid a niños entre 5 a 11 años, solicitar respuesta a importantes cuestiones, así como pedir al Ministerio la moratoria al plan de vacunación covid en niños. 

Para ello exponemos en el informe adjunto, a partir de documentos oficiales, cuáles han sido los fundamentos de la Agencia Europea del Medicamento (EMA) y el Ministerio de Sanidad de España para extender al grupo de 5 a 11 años la administración de la vacuna Comirnaty (Pfizer). También hemos llevado a cabo la lectura analítica del estudio publicado en The New England Journal of Medicine sobre el ensayo pivotal de la vacuna anti-covid Comirnaty en niños, en el que se observan importantes sesgos que ponen en duda las consideraciones de la EMA sobre la seguridad y eficacia. Seguido listamos una serie de argumentos a considerar para hacer un correcto balance riesgo/beneficio de la vacunación en estas edades. 

Un análisis sesgado supone un peligro para los niños a los que se les administre este medicamento. Tanto en el contexto del estudio, como fuera del mismo, afirmar que "el beneficio es superior al riesgo” es muy cuestionable. Sobre todo, considerando la muy baja afección de esta enfermedad en niños. 

Las consideraciones expuestas, así como la no necesidad de vacunación en niños nos lleva a concluir que el riesgo de estas vacunas es considerablemente superior a su beneficio. Los abajo firmantes pedimos que atienda esta solicitud.

jueves, 20 de enero de 2022

El truco de la igualdad

Moisés Mato

El No-Do en el que se están convirtiendo los grandes medios de comunicación no deja de sorprender por su eficacia. El capote no puede ser más elemental, y a pesar de ello (¿o debería decir, precisamente por ello?) los expertos en opinión, por llamarles de alguna forma, hacen cola para entrar a diestro y siniestro a la faena. Hay que mantener el chiringuito, oiga.

Resulta que un supermillonario tenista, muy bueno en lo suyo, decide no vacunarse y un gobierno de un país con una tradición política migratoria inhumana, muy bueno también en lo suyo, coinciden en el ruedo. Por fin el espectáculo perfecto para activar al sufrido público del tendido.

El ufano presidente de Australia afirma: No hay casos especiales. Las reglas son las reglas. Y a continuación un coro de presidentes y mandatarios políticos en todo el mundo repiten sin pudor: Las reglas son las mismas para todos. El mantra suena verdadero, y hasta decente, con el rostro del serbio en la pantalla. Pero si cambiamos el rostro del súper conocido, supermillonario, súper deportista, es decir, la excepción por excelencia, por el rostro de la mayoría del plantea, una nadería vamos, la afirmación nos puede hacer dudar.

¿Pero quiénes son la mayoría del planeta?

Mientras nos meten una indigestión de Djokovic, aparece en las noticias el informe de Intermon Oxfam titulado, para más inri, La desigualdad mata, que explica que en pandemia aumentan los supermillonarios, esos que según los presidentes se ven afectados por las mismas leyes que los demás. El informe indica además que la desigualdad económica y social contribuye a la muerte de al menos 21 000 personas al día, una cada cuatro segundos. El informe es la anécdota de los informativos, se trata de no amargar al personal. Pero nadie contesta las cifras.

Caben unas preguntas inocentes: ¿Es bueno que las reglas sean iguales para todos si unos lo pagan con su vida y otros ni se enteran? ¿Cuándo los de arriba presumen orgullosos de que las reglas son iguales para todos nos están diciendo que así entienden ellos la igualdad? ¿Las mismas normas, las mismas políticas, para los millonarios que para los pobres?

Hay que suponer que los infantes y adolescentes con problemas crecientes de salud mental se sentirán satisfechos porque se les aplican las mismas reglas que Djokovic (¡Qué suerte!). Los que viven en la parte del mundo que no tiene acceso a las vacunas, los que no pueden permitirse las cuarentenas, los que viven en infraviviendas, todos son iguales que el súper campeón, se les aplican las mismas reglas. Ya puede el mundo respirar tranquilo. Se acabó la arbitrariedad. Viva la libertad de las reglas.

Cuando un político corrupto eventualmente pisa una cárcel, cuando un empresario paga una multa de vez en cuando o a un deportista se le niegan sus privilegios, se multiplican las declaraciones que nos recuerdan que las normas son iguales para todos. Yo, que soy un mal pensado, siempre he creído que las normas están hechas siempre a favor de los poderosos y por eso tenemos que cumplirlas todos. Para que el truco sea digerible es bueno que de vez en cuando alguno se lo salte y así podamos dedicarle diez días de titulares que servirán para convencer al personal de lo bueno que es que las reglas hechas a medida de unos pocos, las tengamos que cumplir todos.

miércoles, 19 de enero de 2022

POR UNA MORATORIA EN LA VACUNACIÓN INFANTIL DESDE ESCUELAYCOVID

FOTO DE LA TERTULIA
PINCHANDO AQUÍ NO SALE LA TERTULIA
PARA VER LA TERTULIA HAY  QUE
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VIDEO CENSURADO EN YOUTUBE

Para ver una tertulia de testimonios de personas que prefieren demorar la vacunación infantil.
La plataforma VEOH es de confianza. 
De más confianza.

sábado, 15 de enero de 2022

Besos en la coronilla contra el Covid

El invierno ha comenzado y la pandemia retorna esplendorosa a los medios de comunicación. Volvemos a escuchar el reporte diario de casos, ingresados en hospitales y muertos. Volvemos a surfear diariamente en los datos de la incidencia acumulada y de la presión hospitalaria. Volvemos a contemplar casos particulares dramáticos en nuestras pantallas. Volvemos a escuchar las tertulias de prestigiosos expertos. Por volver, vuelve hasta el uso de la mascarilla en exteriores. Volvemos a tener mucho miedo, a evitar tocarnos, a aislarnos.

En este contexto, a pesar de todo, aún queda espacio para la sorpresa, que a mí me llegó una mañana, tempranito, cuando conducía hacia el trabajo y una famosa periodista de radio dedicaba unas palabras de ánimo a la población, deslizando un hecho que para mí era desconocido: hay personas que saludan a su seres queridos con besos en la coronilla para disminuir el riesgo de contagio por coronavirus.

He visto (y en algún caso me han obligado a hacer) lamentables saludos con los puños, con el codo e incluso con una especie de reverencia mutilada. Pero nunca había oído hablar de besos en la coronilla.

Quiero pensar que eso no se hace por recomendación de ningún experto, pero por desgracia no me resultaría increíble. No en vano hemos escuchado y visto aplicar, en los últimos dos años, recomendaciones expertas (a veces imposiciones) para luchar contra la pandemia y que eran manifiestamente ridículas: afeitarse, limpiar los productos del supermercado, usar guantes por la calle, pulsar interruptores con llaves u otros objetos, limpiarse los zapatos en felpudos con desinfectantes, desinfectar con ozono las superficies y las calles, utilizar mascarillas al aire libre, controles de temperatura aleatorios, pasear en distintas horas según la edad, no cantar (o, si se canta, hacerlo bajito y al final de la reunión), no hablar si se comparte coche o normativizar dónde debe sentarse cada miembro de la familia en la cena de Navidad.

Además de tamañas absurdidades, algunas de las cuales aún se mantienen, cabe también recordar medidas mucho más contundentes y potencialmente dañinas cuya eficacia en la contención de la pandemia es más que dudosa y que han sido y son defendidas con gran ahínco por muchos expertos salubristas. Me refiero, por ejemplo, a la instauración de los pasaportes sanitarios, a la propuesta de vacunación obligatoria, a la vacunación masiva de niños o a los confinamientos generales y estrictos.

Todas estas medidas tienen en común, como se ha dicho, una eficacia dudosa, pero también una voluntad de colonizar la vida cotidiana de las personas, un espíritu autoritario innegable y una apelación a la fe en los expertos y en la Ciencia.

Ya antes de la actual pandemia era evidente el proceso de medicalización de la vida cotidiana y de expropiación de la salud, cuyo cuidado hemos ido delegando acrítica y peligrosamente en la institución médica. A pesar de ser un proceso que viene de lejos, las cotas que estamos alcanzando estos meses rozan el delirio y no sabemos qué consecuencias pueden tener. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Quizá el factor clave sea el miedo. Vivimos mayoritariamente asustados y, por ello, paralizados. La enfermedad y la muerte son experiencias humanas inevitables que intentamos negar y que nos aterran profundamente. Así, el mantenimiento de la salud se ha convertido en el objetivo vital de demasiadas personas, de tal forma que el resto de experiencias humanas deben sometérsele. Pues bien, aquí afirmo, y reconozco que es un posicionamiento vital personal, que la salud no es -o no tiene que ser- lo más importante.

Una buena salud puede ayudarnos a tener una vida mejor, eso es evidente, y de ello intento ser partícipe en mi trabajo como médico. Pero nos equivocamos si olvidamos que, como me enseñó un colega, “la salud es como el dinero, fantástica como abono pero una mierda como cosecha”.

Gracias a los misteriosos vericuetos del pensamiento, al escribir lo anterior me viene a la cabeza la frase del presidente Sánchez hace unos días: “el criterio de la Ciencia debe anteponerse a todo por el bien común”.

Las palabras de Sánchez son asombrosas. Lo son porque insisten en la gran paradoja de nuestro tiempo: la conversión de la Ciencia en Religión. Y lo son también porque inciden en la errónea idea de que lo tecnocientífico está desprovisto de ideología y de que, por esa neutralidad, se le deben someter todos los demás ámbitos de la vida humana.

Nada tienen que decir los propios seres humanos sobre cómo desean vivir su vida individual y también su vida social y comunitaria. La Ciencia, a través de los expertos reconfigurados en sacerdotes y conocedores de la Verdad, sabe lo que es mejor para todos nosotros y por sus normas debemos regirnos por nuestro bien personal y común.

No es sólo que los expertos sepan qué hacer para que obtengamos el bien, sino que saben qué es lo bueno y qué es lo malo. Es esa una cuestión previamente decidida -o revelada- y de la que tampoco tenemos nada que decir. Por eso se torna necesario obligar a todos a seguir sus dictados: para protegernos incluso de nosotros mismos. Se nos pide fe, y con fe nos entregamos. La Ciencia nos salvará.

Es preciso, tal vez, que aclare algo importante: no estoy afirmando que los expertos de cualquier área no deban aportar su conocimiento a la sociedad y trabajar por el bien de todos. Deben hacerlo y debemos tenerles en cuenta. Mi crítica es otra. Es al hecho de que a la población le haya sido expropiada su capacidad para decidir la mejor forma de, individual y comunitariamente, afrontar la propia vida.

Esta expropiación ha sido tristemente espoleada desde los púlpitos de la Salud Pública, que parece haber olvidado algunos de sus elementos fundamentales: que la salud es un concepto amplio, que debe tener en cuenta todos los factores que influyen en ella; que su misión no es obligar e imponer, sino facilitar y proponer; que no debe centrarse únicamente en una enfermedad, que debe tener una visión global y de largo plazo; y, sobre todo, que las personas no son maniquíes, que deben respetarse sus derechos, tradiciones y cosmovisiones.

Es preciso, a mi juicio, que rompan su silencio muchas voces también expertas que, seguro, no están de acuerdo con la deriva autoritaria que ha tomado el salubrismo. Es preciso que se reinstaure el debate científico y también el social, y que luchemos contra la pandemia apelando a la razón y no a la obediencia. Es preciso que se abandonen el dogmatismo y el silenciamiento de las opiniones críticas. Es preciso que recuperemos los lazos sociales y comunitarios, que recuperemos nuestras capacidades para el autocuidado y el apoyo mutuo.

Si no construimos entre todos, nada quedará en pie.

Besos en la coronilla.

Juan Diego Areta Higuera.

martes, 11 de enero de 2022

Veritas? Quid est veritas?


Juan Diego Areta Higuera

Yo estaba sentado a su lado y veía con qué atención escudriñaba su móvil hasta que, de repente, se levantó con decisión. “Voy a tender la ropa”, me dijo. Miré por la ventana. Las nubes eran muy oscuras; el viento, de tormenta. Incluso en la habitación olía a lluvia. “¿Seguro?”, le pregunté. “He visto en ‘el tiempo’ que no va a llover”. Llovió.

Esta anécdota es pequeña, pero no es única. Es interesante comprobar cómo tendemos a fiarnos cada vez más de la información que obtenemos de nuestros dispositivos digitales. Es paradigmática la broma/performance de Simon Weckert, quien, paseando por la calle con una carretilla llena de teléfonos, consiguió alterar el tráfico de Berlín.

Es tal la confianza que tenemos en nuestros apéndices electrónicos y en sus casi ilimitadas capacidades que llegamos incluso a dudar de lo que nuestros sentidos y nuestra razón nos están indicando. Si la aplicación dice que no va a llover o que hay un atasco… ¿quién soy yo para dudar por pequeñas nimiedades como que esté lloviendo o que la calle esté vacía?

Es ya algo establecido que grandes mayorías utilicen las redes sociales para informarse sobre distintos temas. Cabe recordar aquí que dichas redes no tienen vocación periodística ni informativa, sino que su principal interés es captar nuestra atención y que pasemos más tiempo conectados, para así saber más de nosotros y podernos ofrecer/publicitar productos de forma personalizada. Es ese el modo en el que pueden acabar generando beneficios económicos.

Por eso, las redes sociales no se preocupaban de si la información que un usuario ve, lee o escucha es real o no. Su objetivo era que dicho contenido le llamase la atención, por lo que le iba ofreciendo cada vez más. Si era o no verdad, era irrelevante.

Esto era exclusivamente así hasta que los escándalos derivados de las llamadas fake news llegaron a influir incluso en las elecciones estadounidenses. A partir de ahí entramos en una nueva fase y encontramos que, las mismas redes sociales -cuyos intereses no han cambiado sustancialmente- empiezan a autoerigirse en los principales luchadores contra las fake news. Se han transformado en “verificadores de hechos”.

¿Qué quiere decir esto? Sencillamente, que estas redes, con Facebook y Twitter a la cabeza, borrarán las noticias que puedan considerarse fake news (e incluso la cuenta de quien la publique o difunda). En principio, si una noticia o una información es falsa, podríamos convenir en que lo mejor es que no sea divulgada. De hecho, esa es una premisa ética fundamental de la profesión periodística.

Pero, y aquí entramos en una cuestión relevante, ¿hay periodistas detrás de Facebook o Twitter? ¿Cuáles son los criterios que se siguen para considerar una noticia como falsa? En definitiva, ¿qué es la verdad en la era de la desinformación por sobreinformación?

No quisiera teorizar más sobre esta cuestión, sino traer aquí un ejemplo de como Facebook, actuando como “verificador de hechos”, ha llegado a bloquear un artículo periodístico publicado por la histórica y prestigiosa revista médica ‘The British Medical Journal’.

El 2 de noviembre de 2021, el BMJ publicaba un artículo de investigación del periodista Paul D. Thacker en el que se relataba que un ex empleado de Ventavia (una empresa de investigación por contrato que ayudaba a llevar a cabo el ensayo principal de la vacuna de Pfizer contra la COVID19), aportó al BMJ una serie de documentos internos que dejaban entrever la posibilidad de que la investigación no estuviera realizándose adecuadamente, lo cual podría alterar la integridad y fiabilidad de los datos del ensayo clínico, así como la seguridad del paciente. Al parecer, el BMJ también tuvo acceso a la información de que la FDA no había investigado estos hechos a pesar de que recibió quejas directas sobre ello.

Según parece, a partir del 10 de noviembre, hubo lectores de la revista que avisaron de que tenían dificultades para compartir el artículo en Facebook, que llegó a marcar la publicación con una advertencia de que “los verificadores de hechos independientes dicen que esta información podría engañar a las personas", de que compartían “información falsa”, justificando esa decisión en base al criterio de los verificadores de hechos de Lead Stories (empresa contratada por Facebook para ello).

Esta situación llevó a dos editores del BMJ (Fiona Godlee y Kamran Abbasi) a escribir una carta abierta a Mark Zuckerberg. En dicha carta, publicada el 17 de diciembre de 2021, exponían por qué consideran que la “verificación de hechos” realizada por Lead Stories es “inexacta, incompetente e irresponsable”, argumentando que (y cito literalmente):
- No proporciona ninguna afirmación de hecho de que el artículo de BMJ se equivocó;
- Tiene un título sin sentido: "Verificación de hechos: la revista médica británica NO reveló informes descalificadores e ignorados de fallas en los ensayos de la vacuna Pfizer COVID-19";
- El primer párrafo etiqueta incorrectamente al BMJ como un "blog de noticias";
- Contiene una captura de pantalla de nuestro artículo con un sello sobre él que indica "Defectos revisados", a pesar de que el artículo de Lead Stories no identifica nada falso o falso en el artículo de The BMJ;
- Publicó la historia en su sitio web con una URL que contiene la frase "alerta de engaño". 


Aseguran desde el BMJ que se pusieron en contacto con Lead Stories y Facebook para abordar este problema pero que no tuvieron respuestas. Exponen además Godlee y Abbasi una preocupación que personalmente comparto: “Somos conscientes de que el BMJ no es el único proveedor de información de alta calidad que se ha visto afectado por la incompetencia del régimen de verificación de datos de Meta (empresa propietaria de Facebook). Por ejemplo, destacaríamos el tratamiento de Instagram (también propiedad de Meta) a Cochrane, organización internacional experta en revisiones sistemáticas de alta calidad de evidencia médica. En lugar de invertir una parte de las ganancias sustanciales de Meta para ayudar a garantizar la precisión de la información médica compartida a través de las redes sociales, aparentemente ha delegado la responsabilidad a personas incompetentes para llevar a cabo esta tarea crucial. La verificación de hechos ha sido un elemento básico del buen periodismo durante décadas. Lo que ha sucedido en este caso debería ser motivo de preocupación para cualquiera que valore y confíe en fuentes como el BMJ”.

Veritas? Quid est veritas? Es evidente que el BMJ no tiene la patente de la verdad, y que en sus artículos puede haber errores; pero también es evidente que son poco claros los métodos de los “verificadores de hechos” que pretenden combatir las fake news.

Pero la capacidad de influencia de estas grandes plataformas puede hacer que, por ejemplo, Facebook gane al BMJ en esta extraña “batalla por la verdad”… ¡sin que lleguemos a saber siquiera por qué! También yo puedo subir a tender bajo la lluvia. ¿Hacia dónde nos lleva esto? Cada cual que saque sus conclusiones. Las mía es quizá la misma que la de Antonio Machado: “¿Tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.

jueves, 6 de enero de 2022

Omicron: ¿final de la Pandemia o un nuevo comienzo?

Se han lanzado de nuevo las campanas al vuelo. Esta vez se afirma desde muchas fuentes que Omicron es el final de la Pandemia y que va a representar el camino concreto que va a utilizar el Sars Cov-2 para convertirse en una enfermedad endémica. El problema central con las variantes es determinar cual es el motor que les facilita desplazar a variantes previas y convertirse en predominantes. Se podrían considerar básicamente dos. La primera es que las mutaciones le proporcionen mayor afinidad por el receptor celular que utilizan para infectar la célula, el AC2. Cualquier cambio estructural y espacial de la proteína Spike podría incrementar esta posibilidad, aunque la mejora de la afinidad por el receptor tiene un límite insuperable: a partir de cierto nivel la afinidad es muy difícil de mejorar. Otra cuestión sería cambiar de receptor celular que es mucho mas difícil por el salto evolutivo que implicaría. Quedaría otra posibilidad que es la enfermedad potenciada por anticuerpos que permite otras vías de penetración del virus (eso lo dejo para otras reflexión).

El articulo que adjunto es importante porque presenta indicios sólidos de que el agotamiento de la capacidad de mejora en la afinidad por el receptor provoca que el principal motor evolutivo del virus sea la presencia de anticuerpos, especialmente los vacunales. Este articulo confirma que existen indicios sólidos de que la sospecha de que las vacunas estaban favoreciendo la evolución del virus no eran especulaciones sin sentido. Por lo tanto, se nos presentaría un panorama de un nuevo recomienzo de ondas epidémicas, probablemente invernales con un impacto por determinar.

La afirmaciones de que Omicron es substancialmente más leve que Delta están justificadas parcialmente, pero su dimensión está por ver. Desde el momento en que Omicron tiene mayor capacidad de esquivar anticuerpos vacunales, pero también los adquiridos por infección natural, nos tenemos que preguntar en que medida el hecho de que un porcentaje de los que son diagnosticados de covid ahora son reinfecciones influye en su aparente levedad. Os recuerdo que en junio del 2020 se decía también que el virus estaba perdiendo virulencia. NO olvidemos que es una enfermedad con un impacto selectivo.

Eso en principio sería la vía natural de endemización, exposiciones sucesivas que generan cuadros leves y que van reforzando la inmunidad. Pero el problema es que sigue existiendo un porcentaje de la población con una enorme dificultad para construir una inmunidad fuerte. Esta inmunidad robusta solo vendría de infecciones en el pasado cuando su sistema inmunitario funcionaba con mejores prestaciones. Si seguimos vacunando con vacunas que producen anticuerpos defectivos a la totalidad de la población, estamos jugando con fuego, podríamos seguir afrontando ondas producidas por nuevas variantes cada vez con mayor capacidad de esquivar los anticuerpos poblacionales y estamos evitando que una parte de la población, con riesgo bajo de enfermedad base su inmunidad en la infección natural.

Ahora más que nunca: Verdad

Margarita Mediavilla: NO NORMAL