martes, 7 de julio de 2026

Salvador López Arnal: Ecomunismo de Ariel Petruccelli

 


 
EPÍLOGO

En términos históricos, la sociedad capitalista es una absoluta rareza. Es la única de las sociedades humanas conocidas que posee un mecanismo intrínseco y sistémico de aumento permanente de la productividad, lo que se traduce en innovaciones tecnológicas y organizativas casi constantes y en un crecimiento del tamaño de la economía de manera general. Este dinamismo beneficia a determinados actores y perjudica a otros, pero no es controlado por ninguno de ellos. Los grandes magnates deben obedecer las exigencias del sistema, a costa de quedar rezagados o perecer. Esta dinámica ha permitido superar muchas limitaciones históricas: en términos de cantidad de población humana, porcentaje de la población dedicada a tareas agrícolas, esperanza de vida, etc. Sin embargo, ya se ha superado el límite en el que las consecuencias positivas (que siempre estuvieron acompañadas por aspectos negativos) eran palpables. Ahora estas comienzan a eclipsarse mien- tras los resultados negativos se acrecientan. La esperanza de vida ya casi no crece, pero las enfermedades mentales y distintos tipos de cáncer se disparan. Inundados de vehículos, el transporte se ha tornado un caos que consume horas y horas de tiempo, quita la vida en accidentes a miles de personas cada año y ha conseguido que el aire se vuelva casi irrespirable: ya hay paí- ses en los que se vende oxígeno. Rodeados de tecnologías fabulosas que su- puestamente harían todo más fácil, la inmensa mayoría casi no dispone de tiempo libre. El cada vez más dudoso “confort” de una parte de la humani- dad se paga con la explotación y la expoliación de otra parte, y con la de- predación general de la naturaleza. Las “redes sociales” generan pingües ganancias a sus accionistas, pero sus usuarios (la inmensa mayoría de la población) padecen cada vez más de soledad, estrés y ansiedad. Los bienes indispensables no llegan a toda la población, pero los superfluos y los dañinos la inundan. Abrumada por torrentes de información, la ciudadanía carece de todo criterio discernible para tomar decisiones sensatas sobre casi nada. Las tecnologías “inteligentes” se expanden, pero la capacidad de raciocinio promedio parece disminuir. Y entre tanto ni el hambre ni la pobreza ni las guerras han desaparecido: más bien tienden a aumentar. Es un espectácu- lo siniestro dar clases en escuelas en las que todos los estudiantes poseen su respectivo teléfono móvil, mientras que posiblemente la mitad de ellos tenga  algún grado de desnutrición.

En parte esto se debe a la perversión publicitaria, pero también a que hoy en día resulta relativamente más barato producir objetos de alta tecnología que alimentos. Y la producción alimenticia se volverá cada vez más costosa a medida que el cambio climático vuelva in- cultivables antiguas zonas de labor, el precio de los hidrocarburos aumente debido a su escasez (y con ello todo lo que hace a la industria agraria) y la degradación de los suelos provocada por un uso depredador asociado al monocultivo, los fertilizantes químicos y los pesticidas alcance cotas irreversibles o casi irreversibles. La innovación permanente que caracteriza al capitalismo nunca tuvo como objetivo primero satisfacer necesidades humanas. Su objetivo fue siempre, y siempre lo será, la producción de plusvalor, la obtención de ganancias. Mientras la decisión de qué se produce y cómo se lo produce sea prerrogativa de los dueños del capital, todo lo que sea rentable será producido, sin importar si es necesario o superfluo, beneficioso o dañino, sustentable o insostenible. Solo la socialización de los medios de producción y la democratización real de las decisiones sobre qué producir y cómo hacerlo puede darnos la posibilidad de que se produzca lo verdaderamente necesario, saludable y beneficioso para la mayoría; y que se recompongan los ciclos naturales de los que depende la vida humana, pero a los que la locura capitalista está destruyendo. Si queremos dejar a nuestros hijos un mundo habitable con un mínimo de dignidad, entonces deberemos hacer una revo- lución ecomunista. Si pretendemos que la Tierra nos siga cobijando, habrá que tomar el cielo por asalto.

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