sábado, 6 de febrero de 2021

Humanidad de un director crítico. Centenario de Luis García Berlanga

"Plácido", una obra maestra
Luis García Berlanga nació en Valencia, en 1921, Su padre llegó a ser gobernador civil de Valencia en tiempo de la República. Su abuelo era un rico terrateniente de Camporrobles, Utiel. Después de la Guerra Civil, Berlanga estuvo un tiempo en la División Azul, junto al actor Luis Ciges y el poeta Dionisio Ridruejo.

Fue la entrañable “Bienvenido Mister Marshall“ en 1952, cuando el nombre de Berlanga se hizo popular en toda España. En los inicios de su obra cinematográfica se resaltaban con alegría y ternura los problemas de España de la posguerra y el subdesarrollo, aunque el sarcasmo posterior aún no había aparecido. 

La primera fase de su obra está influida fuertemente por el movimiento italiano del neorrealismo (algunas de sus películas recuerdan enormemente las primeras de De Sica o de Federico Fellini). En una segunda fase, el análisis de los años más oscuros de la dictadura de Franco y del Nacional Catolicismo son objeto de su atención, dirigiendo tal vez las mejores películas de su filmografía: “Plácido “ (1961), “El verdugo” (1963) o “¡Vivan los novios!” (1969). La tercera fase, quizá más esperpéntico, más ácida, más amarga, corresponden a los filmes que hizo en el tiempo de la Transición: “la escopeta nacional” (1978), la trilogía de “Patrimonio nacional” (1978), y por último, la ácida y desgarradora “París-Tombuctú”.

He aquí la maestría de un artista como fue Luis García Berlanga: su sentido del humor tan vitriólico, su espíritu humanista, su descarado erotismo, su comicidad a veces zafia, su preocupación política y social convierten sus obras cinematográficas en un motivo de risa (alguien ha dicho que Berlanga se reía por no llorar), una mirada muy humana sobre el español, una honda preocupación por el estado de su país España. Podríamos afirmar que es el amor y el dolor que sentía por España lo que vemos representado en la pantalla: corrupción, hipocresía, mentira, tráfico de influencias, enchufes y halagos, es lo que ocurría (¿ocurre todavía?) en las distintas Españas que él conoció. Salvo al principio, donde aún aparecía el optimismo, la amargura de la desesperanza, fue haciéndose cada vez más fuerte en sus películas, tal vez también por la influencia de su gran guionista Rafael Azcona, que colaboró con él durante muchos filmes.

Naturalmente a Luis García Berlanga le preocupaba también -y mucho- la religión, y en concreto, la religión en España. En sus películas hay muchos apuntes de corte anticlerical bastante razonables: los curas de “misa y olla”, la hipocresía religiosa. Afrontó directamente, y bajo la mirada atentamente vigilante de la censura oficial, la manipulación religiosa de la gente sencilla (un tema también muy querido por Federico Fellini) en la película “Los jueves, milagro“ que fue masacrada por los censores y cuyo resultado final no nos es dado ni imaginar. Ahí pone en solfa la cuestión de las apariciones de la Virgen que en la época en que se hizo en España estaban casi de moda. Los intereses económicos, la hipocresía, la manipulación de la gente sencilla que nos muestran ciertamente mezclados con su sentido del humor. 

Pero será en “Plácido”, (“¡Siente un pobre en su mesa!”) quizá su mejor película y que optó por el Oscar, donde abiertamente Berlanga ataca la institución de la caridad establecida y los sentimientos hipócritas religiosos que muchas veces surgen alrededor de las obras de caridad. Religión, dinero, moral burguesa, mala conciencia, caridad devaluada, hipocresía… Son los ingredientes puestos en un filtro muy crítico de esta gran película. Yo creo que esta película es obligatoria de ser vista por todos los miembros que quieren pertenecer a los grupos de Cáritas de nuestras parroquias. Sería un buen antídoto contra la falsa caridad.

AHORA MÁS QUE NUNCA: HUMANIDAD

José Luis Barrera

miércoles, 27 de enero de 2021

Una cruz sobre la puerta del templo

Un amigo me comentó que un grupo político de su ayuntamiento organiza rutas para visitar “Cruceiros” (las Cruces de Piedra de Galicia) de la zona y me hacía a continuación esta observación: “¿Que le contarán a la gente sobre los Cruceiros?” Yo le contesté que eso tenía poca importancia porque una cruz tiene un claro significado y cuantas más mentiras cuenten y más manipulaciones hagan, pues, más desprestigio tendrán en el futuro.

Se pueden contar muchas historias, medias verdades e incluso falsedades, pero las personas estamos llamadas a conocer la verdad y si descubrimos que alguien nos manipula o nos engaña, nos parecerá mal, ¿y tú como responderías?

En la revista Cairón nº 4 (Boletín do Instituto de Estudos Ulloáns) se hace una presentación de la cruz que está en el tímpano sobre la puerta románica de acceso en la Iglesia de S. Martín de Amarante del Ayuntamiento de Antas de Ulla. En el escrito se pueden leer los párrafos siguientes: “En el tímpano podemos observar un elemento escultórico universal, quizás el más atrayente para los cristianos, por su significado simbólico universal como es la cruz griega, con sus cuatro aspas iguales... La cruz de cuatro brazos iguales, la griega, tiene un carácter universal, que la encontramos en todas las culturas del universo, mucho antes de que el cristianismo la adoptase como referencia para personalizar en ella la muerte de Cristo” ...”En todo eso, la cruz no deja de ser un símbolo totalizador en sus ramificaciones y variantes en diversas áreas culturales, místicas y religiosas. Mas aquí estamos hablando de la cruz mística que los primeros cristianos adoptaron como símbolo en sus primeros inicios”. Cuando habla de la presencia de cruces en las culturas menciona las mesopotámicas, egipcias, griegas, celtas, aztecas y africanas.

Lo que sorprende es que no se haga referencia a la civilización que dejó más huellas en nuestra historia, la romana, y no se pregunta si la cruz forma parte de la práctica de los romanos y, si es así, para que la usaban. Sí, es cierto que los romanos empleaban la cruz y lo hacían como instrumento de suplicio y pena de muerte para ciertos delitos. Pero conviene no olvidar que esta pena era para los que no tenían la condición de ciudadanos romanos.

La cruz no es un símbolo que adoptaron los primeros cristianos, sino que es una realidad ineludible en su origen. Esta cruz está en un templo porque en él se reúne la asamblea (ekklesia) de los seguidores de un tal Jesús de Nazaret, que era un israelita de la tribu de Judá. Lo que nos manifiesta es que la pena de muerte se la aplicó el poder romano a través de uno de sus gobernadores y no el poder judío. Si la pena de muerte se la aplicase el poder judío sería apedreado (lapidación).

Ante este hecho surgen muchas preguntas como algunas de las que se formulan a continuación: ¿Qué hizo ese Jesús? ¿Qué dijo ante sus oyentes? ¿Por quién se tenía? ¿Tuvo un grupo de seguidores, cómo eran y cómo actuaron? ¿Quién lo acusó, de qué y por qué? ¿Cómo se desarrolló el proceso? ¿Quién, cuándo, y por qué firmó su pena de muerte? ¿Cómo actuaron en el proceso sus amigos? ¿Qué hicieron a continuación y unos días más tarde? ¿Qué sucedió en el intermedio? ¿Cómo es que aparecieron y siguen existiendo hoy seguidores suyos no pertenecientes al pueblo judío, terminando como terminó? ¿Qué huellas de Él se ven en la historia? ¿Cómo su presencia transformó la historia y a incontables personas? ¿Qué es eso de “a. C.” y “d. C.”? ¿Qué dicen y que hacen sus seguidores? ¿Es posible tener hoy un diálogo-encuentro con ese Jesús? ¿Cómo es posible que en la España actual haya alrededor de 13.000 españoles que por causa de Él se vayan a la selva, a barriadas pobres de grandes ciudades, a países en guerra... para dar testimonio de Él y servir a las personas que los poderes de este mundo descartan por improductivas, débiles, enfermas...?

Está bien que nos ayuden a ver las influencias históricas y culturales a la hora de descubrir cómo se elaboran las representaciones históricas de la cruz, ya que, por ejemplo, podemos percibir una experiencia espiritual con matices diversos en la cruz y Cristo de Velázquez y en el de Dalí. Pero claro, siempre y cuando no nos oculten lo fundamental de por qué está la cruz presente entre los cristianos, quién murió en ella, y que luego resucitó según nos muestran las huellas de ese hecho que en la historia se ven desde entonces.

Ahora más que nunca: verdad

Antón Negro


martes, 26 de enero de 2021

Prometeo

 «Prometeo fue atado a una roca y su hígado era devorado por un águila» (Dión de Prusa). 

Hasta ahí todo bien, el titán estaba sujeto por cadenas a una roca para así ser escarmiento de todo aquel que se rebelaba contra los dioses. 

El águila que le devoraba el hígado debería ser nuestra conciencia. 

Según tengo entendido hay un precioso cuento, relatado por Carlos Díaz, en el cual el águila, para duplicar su vida, se retira a su morada para cambiar el plumaje y arrancarse las garras con el pico. De este modo le vuelven a crecer y se hacen fuertes para poder seguir consiguiendo alimento para subsistir. 


¿Quiénes son nuestros dioses? Todos tenemos nuestros diosecillos, camuflados muchas veces camaleónicamente entre engañosas buenas intenciones, por algo somos humanos.

Distinguir a nuestros dioses no es tarea tan fácil. Algunos, los más avezados, podrán replicar que, si a los cincuenta no sabes quiénes son tus dioses, mal vamos. Y no. No voy tan mal. Esos avezados deberían saber que, al igual que Prometeo es un mito, es un mito también el estar de vuelta de todo y, cuando una persona se encuentra tan ufanamente situada, es el momento del ‘águila’.

Yo confieso que cada vez que mi conciencia me trae a la mente un episodio escondido, de esos que barremos debajo de la alfombra, me siento miserable, un dios escondido que se rebela. Si soy capaz de profundizar un poco en mis actos, descubro dioses que no sabía que habitasen en mí. Me escandalizo de mí mismo, mi poquedad me avergüenza: verme tan endiosado y buscar ofuscadamente justificarme.

Recurro a Gregorio Luri para proseguir: «La búsqueda de comodidades viene acompañada de un desmedido afán de vanagloria y orgullo, el hígado se nos aumenta cuando somos alabados y se nos encoge cuando nos censuran». «Cuando Heracles rompió las cadenas de Prometeo y mató el águila, en realidad estaba liberando al titán de su vanidad y de su ambición desordenada».

Me descubro una y otra vez observando mi ombligo, fuente de alimento cuando fue preciso. Mas cada ser humano tiene su propio ombligo, y si únicamente miramos lo propio de uno, estaremos predispuestos a golpearnos unos a otros de continuo, pues no levantamos la cabeza. El ombligo es una señal inequívoca de que hemos necesitado de otra persona para ser alimentados y estar en este mundo; mas, una vez que se ha cortado, ya no tiene utilidad, es una cicatriz que nos recuerda un tiempo pasado. Ahora nos autoalimentamos, somos independientes en ese aspecto, y a la vez dependientes.

Dependemos en primer término del aire para seguir viviendo, mas no podemos considerarnos autosuficientes. Nunca lo seremos. El alimento que recibimos procede del trabajo de otros. De alguna manera siempre estaremos encadenados a esta roca, mundo, sutilmente engañándonos, pensando que somos autosuficientes e independientes, o, por el contrario, agarrándonos a ella para sentir que realmente estamos inmersos y sujetos a un elemento sólido y auténtico.

Nos dice Manuel Villegas Besora en El error de Prometeo: «… (fue) olvidar o no tener en cuenta que el ser humano no se regula de forma espontánea o natural, sino que precisa de un orden social interiorizado a través de la conciencia moral». Se nos ha regalado la vida fisiológica, mas «la dimensión moral no es una dotación originaria del ser humano, sino que debe ser añadida a su naturaleza primigenia».

Quisiera hacer notar nuestra dependencia a todos los niveles: fisiológicos, anímicos, espirituales, que se transforman en eslabones de la cadena que forma la humanidad. El ser humano postrado en una cama está ayudando a que otro ser humano salga de sí mismo para llegar a él, olvidando su ombligo y fijándose en el del postrado.

Podemos considerar dos tipos de cadenas. Las cadenas que nos hacen mejores personas y las que nos inutilizan como tales. Los dioses, de los que he comentado algo, no dejan de ser malas cadenas.

Ahora más que nunca: Solidaridad 

Israel Durán 

viernes, 22 de enero de 2021

Gonzalo Cardona, in memoriam


Estas semanas tenemos la agenda llena de eventos para profundizar en los "trends" de la sostenibilidad del año que estrenamos. También ha salido el muy esperado mapa de #riesgosdel World Economic Forum para el #2021. Hablaremos mucho de enfermedades infecciosas, cambio climático, propósito, OKRs, ODS, green deal, economía circular, ... Y hablaremos muy poco de los que están dando su vida encarnando la ecología integral, que es mucho más que la #sostenibilidad. Para cientos de empobrecidos anónimos el 2020 ha costado muy caro y el 2021 no augura un cambio a mejor. Alguno dirá, "¡Cómo te pones de tremendista!" y quizá no le falte razón. Pero no puedo, ni quiero pasar por alto el asesinato de Gonzalo Cardona. Porque los que dan la vida por los demás, merecen ser considerados algo más que una estadística.

Gonzalo y sus compañeros no necesitaron debates sesudos sobre la importancia de intregar el Propósito en su organización. Tenía y tienen grabado a fuego la urgencia de trabajar por el bien común de todos sus congéneres y del planeta. Creo que Francisco, en #FratelliTutti, habla de Gonzalo y sus compañeros cuando afirma que "los últimos en general «practican esa solidaridad tan especial que existe entre los que sufren, entre los pobres, y que nuestra civilización parece haber olvidado, o al menos tiene muchas ganas de olvidar. Solidaridad es una palabra que no cae bien siempre ... que expresa mucho más que algunos actos de generosidad esporádicos. Es pensar y actuar en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos. También es luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de tierra y de vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales".

Aquellos que vibramos con la sostenibilidad, el medio ambiente, la naturaleza, la responsabilidad social, deberíamos mirarnos más en mujeres y hombres como Gonzalo Cardona, Berta Cáceres, Angélica Ortiz y menos en Obamas, Von der Leyen y otros tantos de la élite. La solidaridad que practican los empobrecidos no necesita de planes estratégicos, metas, ciclos PDCA, DAFOS, ni matrices de materialidad. Necesita manos llenas de coherencia, de vida entregada por la comunidad, de humor, amor y dinamismo.

No. No vamos a dejar que sus muertes sean una estadística. Hoy quiero hacer un homenaje a personas como Gonzalo Cardona y a organizaciones que entregan su vida dia a día, a veces hasta la última gota, haciendo Historia en defensa de nuestra Madre Tierra y todos los que la habitamos.

AHORA MÁS QUE NUNCA: VERDADERA ECOLOGÍA 

Marta Sanz Buezo (enlace aquí)

jueves, 21 de enero de 2021

¿Por qué se han censurado fotos en la pandemia?

Foto de una protesta laboral en 2017
Efecto “boomerang” suele llamarse a recibir el golpe de un objeto que tu mismo lanzaste dadas sus peculiaridades aerodinámicas. 

Cuando las autoridades políticas decidieron impedir el fotoperiodismo en la sindemia no esperaban pagar tan caro semejante silenciamiento. Decimos silenciamiento porque todos podemos darnos cuenta de que no ha habido fotos dramáticas respecto de la sindemia. Todo eran aplausos en las calles, sirenas festivas y -en los hospitales- pasillos de honor a los recuperados. 

No es extrañó que asociaciones de periodistas hayan protestado (Aquí) y lanzado hasta manifiestos ofreciendo alternativas. Tienen razón: el COVID no puede ser excusa para la censura. Las organizaciones firmantes dicen: Lamentamos que la COVID-19 esté siendo utilizada como una coartada para, en determinados casos, ocultar información.

Los expertos en accidentes de tráfico afirman que entre las medidas más eficaces están esas campañas que algunos criticaban por escabrosas. Pero ver delante de tus ojos a dónde puede llevar el exceso de velocidad es un instrumento de conciencia.

Si hubiera habido fotoperiodismo no sería necesaria tanta represión porque habría más conciencia. Y no digo con esto que se elimine toda coacción. De hecho los expertos en tráfico dicen que también han sido esenciales las penalizaciones “por puntos”. Ninguno de estos elementos es perfecto, ya sabemos, solo queremos insistir en que podían haberse promovido (y no impedido) las acciones fotoperiodísticas.

Hacia el año 2000 el ser humano más informado de la tierra dedicó una serie de mensajes a agradecer y elogiar, una a una, todas las vocaciones profesionales. Algunos dirán que a mi me interesa porque soy forofo del Papa pero no creo exagerar si afirmo también que está muy bien informado y hasta Pedro Sánchez, que no visitó a Trump, quiso visitar al Papa. Las profesiones todas pueden servir al bien común, el fotoperiodismo también, aunque moleste al poder.

Estuve un rato pensando que fotos me parecen imprescindibles en los grandes medios y con la cobertura que le dan a la banca, el deporte y otros grandes temas:
-Madres de niños autistas paseando con un pañuelo azul en el brazo.
-Familias enteras metidas en una habitación.
-Trabajadores hacinados en fábricas de carne a bajísimas temperaturas.
-Temporeros sin condiciones higiénicas.
-Enfermos graves en UCIs.
-Sanitarios sin medios de protección.
-Reunión en la que ¿el PNV? logra que la fábrica de mascarillas en España vaya donde ellos digan.
-Reunión en que se discute si bajar o no el IVA a las mascarillas.
Y tantas otras.

A continuación va el trabajo de ocho fotoperiodistas (de los mejores del país) que se unen y, ante la negativa de cubrir en condiciones para medios, forman su propio Archivo Audiovisual sobre la cobertura de la pandemia. 

Ahora más que nunca: Verdad en política

Eugenio A. Rodríguez


viernes, 15 de enero de 2021

Educación social: Se nos va de las manos

 


   Al lanzarla, el arco le susurra a la flecha “tu libertad es la mía”. En esta cita de Rabindranath Tagore, filósofo, dramaturgo y poeta bengalí, se recoge el sentido profundo de la educación social. El arco: una generación que mira el mundo que habita y se propone transformarlo para que quienes llegarán más adelante (la flecha) emprendan retos diferentes y continúen, a través las camadas venideras, lanzando un mensaje de esperanza, superación y aprendizaje en un ciclo que no termina y que siempre es diferente. Es la transformación constante del mundo a través de la transmisión de los errores y los aciertos y, sobre todo, la sabiduría que cada generación extrae de ellos. Es compartir el fuego, es “impulsar lo que no se controla” hacia el futuro, mientras se lucha por crear en el presente las condiciones para que ese futuro sea posible. Es ser el arco y ser la tierra, donde otros puedan florecer. 

    Estas comparaciones me sirven para hablar de la belleza de mi profesión. Pero no buscan sólo ser bonitas: todas hacen referencia a una tarea que implica las manos; tacto y precisión, firmeza y cuidado. Todas las tareas de mis comparaciones son oficios manuales que requieren conocimiento, experiencia y compromiso personal. No le confiaríamos un arco a cualquiera... ¿Verdad? 

    En el día a día, la intervención socioeducativa es un conjunto de tareas destinadas a generar espacios de valor y de valores educativos en pro de la vida en común, el espíritu y pensamiento crítico, la justicia y la solidaridad. Ya no como virtudes morales, sino como elementos clave de la supervivencia de la raza humana hasta la fecha. Estas tareas, se dividen en tres grandes grupos: 

    En primer lugar, la intervención directa con participantes (o generación de contextos con los y las protagonistas de las transformaciones que las educadoras sólo intuimos). 

    Por otro lado, diálogos de equipo (es obvio que los valores, prácticas y estilos que se promueven deben ser discutidos con rigor y estar presentes en el ambiente y esto requiere dedicación y revisión permanente) 

    Y, finalmente, revisión de procesos (rendición de cuentas a la institución que ampara estas tareas, registro documental que permita la memoria colectiva, evaluación de aprendizajes, etc) 

    En la actualidad la educación social que, según lo dicho más arriba, debería ser un bien común, está casi en su totalidad circunscrita a paliar la injusticia social. A parchear con limosna y/o entretenimiento situaciones sistémicas de pobreza, exclusión y otras violencias. En otras palabras, la educación social se vive como una asistencia para pobres y excluíd@s, para que se integren, para que se saquen el graduado, para que encuentren trabajo en Amazon, para que no de guerra y produzcan, como todos. Pero ese es otro tema. No podemos ocuparnos de este vicio flagrante de nuestra profesión porque estamos muy ocupadas; tenemos las manos en otra cosa: la burocracia. 

    La burocratización (entendida como el papeleo al servicio de la autobombo y no del registro profesional ni de la creación de memoria colectiva) de la intervención educativa ha provocado que la educación social “se nos vaya de las manos”. Educadoras y educadores no podemos pararnos a pensar para qué (y para quién) sirve realmente lo que estamos haciendo porque nos pasamos la mitad de nuestra jornada rellenando informes que nadie va a leer con interés, produciendo documentación con verdades a medias para legitimar un determinado flujo de recursos que no es adecuado ni suficiente y redactando objetivos que no desafían a nadie porque no son el fruto de ninguna búsqueda colectiva con participantes. Estamos muy ocupadas haciendo nuestra parte de la cadena para mantener este absurdo. 

    La educación social hoy está financiada por organismos públicos y privados: desde el Ministerio de Trabajo hasta Coca Cola. Más allá de sus intenciones filantrópicas o la responsabilidad social corporativa (y sus consecuentes desgravaciones en el fisco), en el caso de las privadas; más allá de la necesaria supervisión del cómo y en qué se emplean los recursos de la bolsa común, en el caso de los organismos públicos; más allá, en definitiva, de cuestionar las razones por las que los financiadores deciden poner dinero al servicio de determinados proyectos de intervención social, nos topamos con la siguiente cadena: su dinero, su interés, su objetivo. 

    Por tanto, si el Ministerio de Trabajo, considera que lo importante de un proyecto educativo con jóvenes es que formen parte de forma eficaz y ajustada del engranaje del mercado laboral, premiará en sus concursos a aquellas entidades (privadas de mayor o menor envergadura, pero con un gran músculo gestor, lo que supone una cantidad de recursos que deja fuera del juego a entidades pequeñas y a pie de calle como Asociaciones de Barrio, Juveniles, etc) cuyos programas tengan entre sus objetivos principales la empleabilidad. Hasta aquí es hacer política. Al servicio del mercado laboral y no del bien común, pero se le llama decisión política. Sin embargo es a la financiación de las entidades privadas o sus fundaciones algo a lo que no sé cómo llamar…¿estratégica inversión de capitales en márketing?; ¿producción de consumidores fidelizados a su marca por una experiencia personal, biográfica, de alta activación emocional?. No ahondaré en esta cuestión, pero el hecho de que transnacionales cuyo objetivo es sacar el máximo beneficio al menor coste posible estén financiando proyectos educativos debería ser incluso aún más preocupante, ya que los mecanismo de rendición de cuentas y depuración de responsabilidades de estas trasnacionales son mucho más vagos y laxos. Una vez más: quien paga, manda. 

    Además de las consecuencias éticas, en la contingencia del día a día, el resultado es que en las organizaciones dedicadas a la educación social, el tiempo que se dedica a tareas de gestión (para la captación de fondos o para la justificación de gastos) es cada vez mayor. Esto, a su vez, tiene dos consecuencias: Por un lado, educador@s, que deberían ser agentes de cambio, se limitan a cumplir con lo que se les pide para huir de la precariedad y quedan con las manos atadas al teclado y alejados del trato y el acompañamiento de las personas para las que realmente trabajan y de la reflexión colectiva y organizada como profesionales que sería tan necesaria ante un panorama como el actual. Por otro, la educación social, incluso la intervención socioeducativa más urgente por lo alarmante de algunas situaciones, se convierten en una feria de imágenes de niñas racializadas sonrientes, números que han de cuadrar, logos y sellos de calidad +500. Y en esta feria de concursos, licitaciones y sorteos sólo las grandes organizaciones con una gran cuerpo gestor y de marketing, tienen opciones de competir. Sí: competir. Abaratando el coste, precarizando a la plantilla, y reduciendo los recursos que deberían estar destinados a la implementación de los programas en pro del objetivo educativo. 

    En esta situación, un ambiente de resignación, de “no se puede hacer más”, de impotencia, de cansancio y de frustración se apodera de nosotras, educadoras, referentes, y nos vuelve dóciles para seguir reproduciendo el sistema que no sana las heridas, sino las perpetúa. Esto no está ocurriendo sólo con la educación e intervención social por estar casi completamente externalizada y sometida al juego de los concursos, sino que también está ocurriendo con la educación formal pública, como se recoge es este articulo de Andreu Navarra en El País, https://elpais.com/educacion/2021-01-04/educacion-burocracia-y-espectaculo.html

    Entonces, ¿Cómo se sale de este círculo vicioso? ¿Cómo recuperamos nuestra profesión, su dignidad y su capacidad de transformar el mundo e imaginar colectivamente un futuro mejor para todos? Probemos lo que ha funcionado siempre en la Historia y la Prehistoria de nuestra especie: es urgente que nos busquemos para aliarnos. Es urgente volver a la tierra y sembrar. Si somos necesarias para mantener despierta la pesadilla de Sísifo , eso quiere decir que también tenemos poder para terminarla. Aunque aún no sepamos cómo, está en nuestras manos.

Ahora más que nunca: Política solidaria

Garazi García Ortega

El padre (Reino Unido, 2020) de Florian Heller. “Cuando seas viejo, otro te ceñirán”

Florián Heller, un famoso dramaturgo francés escribió y dirigió un drama teatral titulado El padre que tuvo un gran y resonante éxito en Francia hace diez años, ahora la ha convertido en una más que estimable película, sobre todo porque se acerca a una cuestión que por mor de esta maldita pandemia nos preocupa a todos: los ancianos, las personas mayores por las que todos debemos de tener sumo aprecio y máximo cuidado. Y a la vez nos muestra algo de lo que parece carecer la sociedad: la virtud de la piedad, que no es el hábito de rezar mucho y bien, sino la actitud de misericordia, compasión hacia los mayores y especialmente los padres.

El padre es un drama intensamente doloroso y al mismo tiempo profundamente humanista, que se acerca a la vejez del ser humano explicitado dramáticamente en el padecimiento del mal de Alzheimer. Lo hace con delicadeza y cariño pero también con la dureza y la crueldad de la verdad. Todo esto y más se nos muestra a través de la colaboración de sus grandes actores, especialmente del gran Anthony Hopkins, que pese a los muchos años que ya tiene, hace aquí una interpretación casi sublime, merecedora sin duda de un gran premio Óscar.

Con una puesta en escena muy sencilla y funcional pero al mismo tiempo muy rigurosa y clásica, El padre nos va a mostrando los distintos encuentros de un padre anciano aquejado de un incipiente Alzheimer, con su hija, con su cuidadora y también con su yerno. Estos encuentros se nos hace contemplar desde el punto de vista del padre cuya memoria cada vez está más averiada, de modo que el espectador parece al principio desorientarse al cambiarse rostros y roles de los personajes que le rodean, pues no ve lo que objetivamente aparece sino lo que los ojos del padre ven. Quizás sea un error del director abandonar este modo tan original narrativo para en su segunda mitad retornar a contar la película de un modo más convencional, pero sin duda El padre tiene otras cualidades (por ejemplo, los hermosos diálogos) que indultan ese fallo.

De todos modos, nos encontramos con una inmensa variedad de registros en la sublime actuación de Hopkins, a veces irritablemente cómico y sobre todo perdido en los islotes de su memoria, en medio de un tiempo que se le escapa (algo que se nos representa en su manía de mirar constantemente el reloj) a la vez que su propia ininteligibilidad de la vida. Contemplamos el sufrimiento inevitable de la hija (la actriz Olivia Colman, a la que hemos descubierto como Isabel II en la serie de televisión “The Crown“), que por un lado siente el deber de cuidar al padre y al mismo tiempo encontrar su propia felicidad, vivir su propia vida, el posicionamiento obtuso del yerno Contrasta también aquí la dulzura y exquisita profesionalidad de la cuidadora.

El padre, en el fondo nos está hablando no solamente de la enfermedad y la vejez sino también de todo el periplo que es la vida humana representada en la pantalla como si fuera también la nuestra propia. Es una obra desoladoramente triste pero a la vez llena de la esperanza que da contemplar a la vida humana con ese cariño y respeto. El padre es una película, aunque triste, muy digna de ser vista. 

Ahora, más que nunca, piedad

José Luis Barrera Calahorro, 11 de enero de 2020.

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