Es penoso y duro de vivir queriéndote morir cada día porque no ves luz ni sentido a nada de lo que haces.
Es penoso y duro acompañar a una persona que sufre queriendo morir y matarse. Y más lo es cuando no sabes cómo animarla; cómo sentarte a su lado; cómo decirle que la vida es hermosa y merece la pena cada nuevo día vivido.
En Granada, hace años, acompañé a una amiga.
Que tiempo atrás había intentado quitarse de en medio.
Y que ahora, otra vez, le venían aquellos pensamientos y aquellos sentimientos de desesperación, horror y sufrimiento.
Y de solo ver una desesperada y única salida a su tormento: quitarse de en medio.
Recuerdo que busqué recursos para ella; que buceé en Google y llamé a centros de diferentes dolencias mentales.
-Si no tiene nuestro trastorno, no podemos ingresarla con nosotros-
Recuerdo mi rabia y mi impotencia porque no encontré ningún recurso especializado a donde pudiera ir para tratarse su "no quiero seguir viviendo".
Por fortuna, ella acabó encontrándolo.
Asistió intensivamente.
Se implicó.
Conectó.
Se enganchó.
Y poco a poco logró ver algunas luces al final del túnel...
Luces como un propósito: un trabajo donde cuidar y servir a otros.
Luces como conexiones profundas y con sentido: un compañero a quien amar; unas sobrinas a quienes divertir y cuidar; una hermana con quien compartir...
Hasta hoy.
Donde hay más luz que oscuridad en su vida.
Duele recordar aquella desesperación.
Y duele leer cómo otros siguen viviendo esto.
A veces de tan injusta manera. Y con un final menos feliz que el nuestro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario