martes, 8 de septiembre de 2026
REFLEXIÓN SOBRE TECNOLOGÍA, EDUCACIÓN, FAMILIA Y SOCIALIZACIÓN - En diálogo con Ehsan Ulla Khan
Como siempre, cargando contra la escuela. Pero ¿por qué parece que todo lo que sucede con los niños de esta generación es responsabilidad de la escuela? ¿Acaso los niños de las generaciones de los años sesenta, setenta u ochenta no tuvieron dificultades? La escuela no estaba obsoleta, las tareas no eran excesivas... y todo ello sin la tecnología de la que disponemos hoy. ¿Es esto un error de la educación?
Quizá esta sea, en muchos aspectos, la generación de los «niños de cristal»: los que todo les parece demasiado, con una menor tolerancia a la frustración y a quienes, en ocasiones, se intenta evitar cualquier malestar.
Puede ser un error de la educación, pero no únicamente de la educación escolar. También deberíamos mirar hacia la educación familiar.
La primera escuela es la familia
A veces da la sensación de que algunos padres tienen miedo de que sus hijos se enfaden, pataleen o se frustren, y terminan consintiéndoles prácticamente todo con tal de evitar el conflicto. Pero la pregunta es: ¿estamos dedicando realmente tiempo de calidad a nuestros hijos?
¿Dónde quedaron, por ejemplo, los paseos de los domingos por el campo, los juegos al aire libre, explorar, aburrirse, ensuciarse o, simplemente, pasar tiempo juntos sin una pantalla de por medio?
Familia y escuela van de la mano
Nuestros niños tienen cada vez menos contacto con la naturaleza y, en cambio, cada vez más contacto con la tecnología. Y la tecnología, bien utilizada, puede ser una herramienta extraordinaria; el problema aparece cuando sustituye experiencias, relaciones y aprendizajes fundamentales para su desarrollo.
La familia constituye el primer y principal agente de socialización, mientras que la escuela amplía y complementa esa labor. Por su parte, la tecnología y los medios de comunicación también actúan como importantes agentes de socialización.
Es hora de dejar de preguntarnos únicamente qué está haciendo mal la escuela y empezar a preguntarnos también qué estamos haciendo como sociedad y como familias.
Por: Lidia Esther Rodríguez Sánchez
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Estimada Lidia Esther Rodríguez Sánchez:
ResponderEliminarAgradezco sinceramente su reflexiva y bien articulada intervención. Su énfasis en la responsabilidad compartida entre la familia, la escuela y la sociedad resulta tanto oportuno como necesario, y valoro el espíritu constructivo con el que aborda esta conversación.
Tiene usted razón al señalar que las dificultades de los niños no son un fenómeno exclusivo de nuestra época, y que las generaciones anteriores también enfrentaron desafíos, incluso sin las tecnologías que hoy nos rodean. Es igualmente cierto que la familia constituye la primera y más fundamental escuela. Ningún análisis serio del desarrollo infantil puede prescindir del papel central del hogar.
Al mismo tiempo, me permito ofrecer una perspectiva complementaria respecto a la noción de la «generación de cristal». Más que considerar la sensibilidad emocional como un rasgo novedoso o defectuoso de esta cohorte en particular, resulta más preciso reconocer que los niños han sido siempre, desde el momento mismo de su nacimiento, seres profundamente sensibles. Su mente llega al mundo como un disco duro en blanco: altamente receptiva, moldeable y capaz de una formación extraordinaria. Cuando esta sensibilidad inicial es acogida con presencia constante, guía paciente y apego seguro, se desarrolla progresivamente la resiliencia. Cuando, por el contrario, se encuentra con ausencia emocional, inconsistencia o la sustitución de las relaciones reales por pantallas, esa misma sensibilidad puede dejar al niño más vulnerable. La fragilidad, en este sentido, no es tanto un fallo generacional cuanto un reflejo de la calidad del entorno formativo.
La Sagrada Escritura nos recuerda el peso de esta responsabilidad. Los niños deben ser amados (cf. Salmo 127,3; Mateo 19,14). La visión bíblica de la paternidad y la maternidad invita, además, a los adultos a acompañar de cerca a los hijos en los ritmos ordinarios de la vida: «Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes» (Deuteronomio 6,6-7). Estos actos sencillos y reiterados de presencia constituyen el fundamento emocional sobre el cual se edifica la capacidad del niño para tolerar la frustración y afrontar las dificultades.
En muchas familias contemporáneas este patrón de acompañamiento cercano se ha fragmentado. Las exigencias laborales, las distracciones digitales y las transformaciones de las estructuras sociales han reducido, con frecuencia, la implicación cotidiana y corporal que antaño configuraba la infancia. Cuando ese cimiento se debilita, los niños aparecen de forma natural más vulnerables. La lección que corremos el riesgo de olvidar no es que los niños se hayan vuelto de pronto más frágiles, sino que siempre han necesitado que caminemos junto a ellos.
La tecnología, como usted observa con acierto, puede ser una herramienta extraordinaria cuando está al servicio del desarrollo humano y no lo reemplaza. El desafío que tenemos ante nosotros no consiste, por tanto, en rechazar ni la escuela ni la tecnología, sino en recuperar, como familias y como sociedad, esa presencia paciente y atenta que ha sido siempre la protección más segura para los más jóvenes.
Agradezco la oportunidad de continuar este diálogo en un espíritu de respeto mutuo y de preocupación compartida por los niños que nos han sido confiados.
Reciba un cordial saludo,
Ehsan Ullah Khan
Estimada Lidia Esther:
ResponderEliminarMe alegra profundamente que hayamos podido coincidir en lo esencial. Tiene usted toda la razón: la fragilidad se asienta, en efecto, en los cimientos. La parábola de la casa construida sobre la roca (Mateo 7,24-27) ilumina de forma admirable esta realidad. Solo cuando el fundamento es sólido —presencia, amor y acompañamiento constante— la estructura puede resistir las tormentas.
Agradezco de nuevo su generosa lectura y el diálogo que hemos compartido.
Un cordial saludo,
Ehsan Ullah Khan