viernes, 6 de mayo de 2022

Perfume, fragancia y esencia del amor, eso es la Resurrección

¿Alguien prefiere una Declaración de amor a un Acto de amor? No lo creo. Preferimos los actos de amor. También nos gustan las palabras de amor, las declaraciones de amor.... cuando van acompañadas de actos de amor, cuando ponen color a la belleza del amor, cuando aclaran el sentido del amor. Todos queremos una Declaración de Paz por parte de Putin si va acompañada de Actos de paz.

Todos, o casi todos, amamos algunas siglas que representan organizaciones. Unos aman la ONU, otros al PSOE, otros al PP, otros UP, otros VOX, otros la Unión deportiva.... o lo que sea, pero todos amamos más esa realidad (la que sea) que las siglas.

En el cristianismo siempre ha habido debate sobre si Cristo está donde se nombra a Cristo, o donde se ama como Cristo, o donde se dan las dos cosas al tiempo. Pero la escala de grises es enorme. ¿Dónde está la Resurrección de Cristo hoy? ¿En una campaña de anuncio explícito de la Resurreección en marquesinas como la de la ACdP (https://omnesmag.com/actualidad/eres-feliz-la-pregunta-que-acdp-esta-semana-santa/) ? ¿Cantando "Resucitó" por las calles? como hacen los neocatecumenales. A mí ambas cosas me parecen no solo inútiles sino contraproducentes? El Vaticano II recogió una vieja pregunta que nos hacemos muchos cristianos de todos los tiempos y de la que he podido dialogar con no pocos padres angustiados: ¿No habrán dejado de creer nuestros hijos por nuestra forma de vivir la fe? ¿por nuestra vida más de fe proclamada que de amor vivido? ¿por nuestra tristeza? ¿por nuestro ritualismo? ¿por esto o lo otro?

La experiencia de amor que más me ha llamado la atención estos meses es la que aquella pareja amamantando a su criatura a través de una verja en una protesta que incluyó "la toma" de viviendas populares en Argentina (https://factual.afp.com/la-foto-de-una-joven-amamantando-un-bebe-traves-de-un-alambrado-fue-tomada-en-2013-en-argentina). Eso es amor. Sean creyentes o no, es un acto de amor en todos los sentidos. Hoy mismo habrá habido enfermeros, médicas, bomberos, policías, ladrones, electricistas y un largo etcétera de personas que más allá de sus siglas hayan exhalado el perfume, la fragancia, la esencia del amor. Eso es la Resurrección.

viernes, 29 de abril de 2022

jueves, 28 de abril de 2022

MULTAR MENDIGOS. LA ORDENANZA DE LA VERGÜENZA

El pasado 15 de febrero el pleno del Ayuntamiento de Alicante aprobó la ordenanza de Convivencia Cívica en sesión extraordinaria y telemática. Esta normativa salió adelante con los votos y el apoyo de PP, Cs y Vox (16 votos) y el rechazo de PSPV, Unidas Podemos-EU y Compromís (13 votos).

Con esta tristemente famosa ordenanza de la vergüenza, el gobierno local afirma que pretende terminar con las mafias, la prostitución y la mendicidad en las calles de la ciudad. Mientras que la oposición y varios colectivos sociales afirmamos que es un ataque hacia estos colectivos vulnerables.

Las medidas que se aprueban en esta ordenanza y que han generado más polémica suponen sancionar actitudes supuestamente incívicas como dormir, orinar o lavarse en la calle y buscar en contenedores. Tal vez esas medidas punitivas serían justificables si las personas infractoras tuvieran alternativas y pese a ello, no hicieran uso de las mismas. El problema se da cuando esas personas no tienen alternativas. Y eso implica, por tanto, criminalizar estas conductas. Implica en esencia sancionar la pobreza, establecer multas (de hasta 3.000€) que no se cobrarán pero que pueden suponer un lastre vital a muchas personas a la hora de tratar de salir de la marginalidad. Pero es que además se les genera una situación de indefensión ante un procedimiento sancionador, porque quien no tiene domicilio ni informes económicos, difícilmente puede defenderse en un procedimiento de estas características ni, en su caso, acudir a abogados y procuradores de oficio por carecer de la documentación necesaria para acceder al beneficio de justicia gratuita.

La ordenanza que ha servido de base propuesta por la FEMP (Federación Española de Municipios y Provincias), cuyas infracciones copia la de Alicante, establece en estos casos alternativas desde acción social: informe social y traslado a centros médicos o de acogimiento, seguimiento por los servicios sociales y conmutación de la sanción. También incluso "toques de atención" previos a sancionar. En la ordenanza de Alicante todo esto desaparece y por eso ha generado un rechazo muy mayoritario en el tejido social. Por poner algunos ejemplos: Cáritas, Médicos del mundo, la mesa Alicante trata cero, las entidades que se coordinan en REAPSHA (Red de Entidades para la Atención a Personas Sin hogar de la ciudad de Alicante), la plataforma contra la pobreza de la ciudad, los sindicatos. De nada han servido las críticas ni las alegaciones presentadas.

De este modo es como se ha aprobado una medida que penaliza la pobreza. La penalización de la pobreza es el castigo social al hecho de ser pobre. Este castigo se evidencia de forma llamativa en cómo el sistema se comporta de forma excluyente y discriminatoria con todas las personas que se desvían de la normalidad, y en especial con quienes se sitúan fuera del sistema de producción y consumo. Las formas de encarar y gestionar la miseria y la exclusión social se están transformando y en la actualidad, las políticas se decantan más por un tratamiento penal de la miseria y el aumento de la estigmatización que por la búsqueda de soluciones asistenciales o de bienestar. Las nuevas formas de control, ejercen una vigilancia diferenciada sobre quien es diferente y sobre todo, sobre quien se encuentra fuera del mundo del consumo; al tiempo que las desigualdades siguen aumentando. Esto se traduce de facto, en un tratamiento punitivo de las personas en situación de exclusión.

El Gobierno municipal de Alicante conoce perfectamente a qué personas van dirigidas algunas de las conductas típicas que redacta en su ordenanza, especialmente en lo referente a conductas como dormir, orinar o asearse en la vía pública: las personas en situación de exclusión social y sin alternativa habitacional o asistencial.

El control policial y la sanción sobre las prácticas sexuales únicamente en espacios públicos (en la calle) sólo persigue la finalidad de que esta no sea visible. Realmente no se persigue la explotación sexual sino eliminar la visibilidad de la prostitución de la vía pública sin importar la situación de las mujeres y sus necesidades.

La Ordenanza va a obligar a la clandestinidad de la prostitución, a situaciones y lugares más escondidos y más vulnerables para las mujeres. O se traslada a clubes y pisos donde terceras personas adquieren parte de sus ganancias, da lugar a más proxenetismo y/o situaciones de explotación sexual y de trata de personas o se traslada a polígonos o áreas más apartadas donde hay menos seguridad para las mujeres y van a ser más susceptibles de ser víctimas violencia de género, abusos y conductas delictivas. Además, conlleva imposibilidad y mayor dificultad de las entidades sociales para llegar a donde están las mujeres, impidiendo que se pueda velar por su bienestar y que puedan ser informadas de los derechos y recursos a los que pueden tener acceso.

Básicamente esta norma somete a las personas más perjudicadas por el sistema a una más difícil situación, en la que poder sobrevivir, aun en el espacio público, les está prohibido y les es injustamente sancionado. Esta Ordenanza de la Vergüenza no busca la inclusión social ni resolver los problemas de las personas alicantinas más desfavorecidas.

Lo que está en juego con esta norma es que Alicante no se deshumanice. Que no deje de dolernos y comprometernos la elocuencia del sufrimiento de estas personas con unas vidas suficientemente maltrechas. No tiene sentido multarles "para acabar con las mafias", como afirman los representantes políticos que la pretenden justificar.

Humanizar la política pasa por humanizar las decisiones que se toman y que afectan a las personas que más necesidades tienen. Pobres, excluidos y excluidas y ahora multados. Legislar contra los pobres y no contra la pobreza es señal de haber perdido el norte en política.

Ahora más que nunca: Fraternidad

Manolo Copé

lunes, 25 de abril de 2022

MASCARILLAS. Renuncio a la inmortalidad



Estos días hay cierto revuelo, parece, con el tema de las mascarillas. El Gobierno ha determinado que dejan de ser obligatorias también en espacios interiores con algunas excepciones. Pensaba que la noticia sería recibida con un alivio general y, efectivamente, creo percibir que así ha sido para la mayoría. Aun así, me sorprendió escuchar, en mi vida cotidiana y en diversos medios de comunicación, cómo no pocas personas afirman que siguen y seguirán usando la mascarilla en interiores (y algunos también en exteriores).

Vaya por delante que ante una decisión libre como es usar una mascarilla cuando a uno le parezca bien, no tengo nada que objetar. Lo que me ha llamado la atención no es esa decisión, sino la repetición machacona de los mismos argumentos. A saber: que el coronavirus sigue aquí, que se previenen también otras enfermedades víricas, que la gente está más tranquila si vamos enmascarados, que es casi una cuestión de conciencia y respeto a los demás y que, por precaución, sería conveniente que a partir de ahora la lleváramos siempre que estemos en un sitio cerrado o con mucha gente.

Es relevante que ese argumentario esté exclusivamente basado -¡cómo no!- en la que sería la razón última: la Ciencia (en mayúscula, como la Religión) ha demostrado que el uso de las mascarillas salva vidas. He intentado repetidamente comprobar que esa afirmación es cierta, pero no he podido más que concluir, hasta la fecha, que las mascarillas puede que prevengan enfermedades si son usadas en algunos contextos concretos y de forma adecuada. En cambio, no he sido capaz de llegar al convencimiento de que el uso masivo y permanente de mascarillas en la vida cotidiana tenga utilidad.

A pesar de la multitud de artículos científicos a este respecto, realmente sigo sin saber, supino ignorante como soy, en qué evidencia se han basado los ‘expertócratas’ que decidieron que era necesario el abuso de mascarillas sin atender a los posibles efectos adversos que ahora parecen comenzar a percibirse (ansiedad al descubrir la cara en adolescentes, trastornos del desarrollo del lenguaje en niños…).

Seguramente, tras leer el párrafo anterior, muchos podrían lapidarme con “evidencias” arrojadas como piedras: ¡las mascarillas nos protegen del coronavirus y de otros virus!, ¡si las usamos habrá menos enfermedades infecciosas!

Bueno, vale, ¡tampoco es para ponerse así! Supongamos que sí, que es así, que me convenzo de ello, que la evidencia es indiscutible… Pues, resulta que, aun así, me sigo oponiendo al uso generalizado y permanente de las mascarillas. Más aún, incluso si la mascarilla nos confiriera inmortalidad, renunciaría a las dos, a la mascarilla y a la inmortalidad. Esto, dicho así, sugiere obstinación, estupidez, tal vez locura. No niego ninguna de esas acusaciones, aunque intentaré explicarme.

A nadie se le puede escapar que lo que aquí he expresado es únicamente mi posición personal y vital. Además, en estos tiempos de cientismo duro, es preciso también recordar que un posicionamiento vital no se basa sólo en datos científicos, que la vida humana incluye muchas otras facetas. Y es en este recordatorio en el que, de eso sí estoy convencido, se encuentra el principal escollo en estos debates.

Desde la Revolución Científica de los siglos XVI-XVII, la Ciencia se ha ido progresivamente consolidando como la única fuente de verdadero conocimiento. Así, el saber tecnocientífico, con su búsqueda constante de cada vez mayor certeza, con su método, ha ido desplazando a otras formas de conocimiento (Filosofía, Teología) o dando un barniz “científico” a lo que no puede serlo (Medicina, Psicología, Sociología).

Esto, como parece lógico, ha terminado originando una sociedad hipertecnificada, gobernada cada vez más por ‘tecnócratas’ y ‘expertócratas’, que poco a poco parece olvidarse de que lo humano es mucho más que lo científico; que ha creído en las promesas de la Ciencia, que asegura que será posible desentrañar todos los Misterios y que llegaremos a controlarlo todo.

Memento mori, se recordaban hace ya muchos siglos. Memento mori, quiero recordar yo hoy. Pese a las falsas promesas y a los espejismos que la Ciencia nos ofrece, la muerte nos va a llegar. Y la gran cuestión no es si hay vida después de la muerte, sino si la hay antes.

Por eso me opongo a la inmortalidad, porque es imposible. Y por eso me opongo al enmascaramiento permanente y general, porque impide vivir antes de morir. Porque vivir es besar, es abrazar, es sonreír, es amar, es odiar, es compartir, es bailar, es vernos, es tocarnos, es encontrarnos, es llorar y reír juntos, es morir… y es muchas más cosas que no podemos “cientificar”.

La vida es riesgo, siempre. Podemos y debemos evitar ciertos riesgos innecesarios e imprudentes, como conducir borrachos, pero la vida es riesgo, siempre. Y lo hemos olvidado. Y hemos llegado a creer que es mejor, más humano, no visitar a la abuela, porque así le evitamos riesgos. Y estamos obsesionados con la seguridad, con la salud y con el control. Y esa obsesión nos está impidiendo vivir -o vivir humanamente-; nos está convirtiendo en individuos aislados y manipulables, en temerosos y asustadizos, en ‘homo ignavus’. La ingente cantidad de malestares psicosociales que padecemos, ¿no tendrá al menos parte de su origen en la frustración y la alienación que son provocadas por creer en unas promesas irrealizables?

Quizá tengo una edad en la que, como canta Drexler, la certeza caduca. Lo cierto es que no tengo respuestas definitivas para casi nada. Por eso este breve texto no debe tomarse como nada más que como lo que es: la expresión de una actitud ante la vida, de un posicionamiento personal que nace también de la preocupación ante la posibilidad de un futuro en el que sea difícil encontrar otras formas de vivir.

Juan Diego Areta Higuera
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viernes, 22 de abril de 2022

Los más pobres de Melilla

Unos días antes de que queden determinados los acuerdos para abrir la frontera de Melilla (y Ceuta) sería bueno recordar a ese colectivo de hombres y mujeres nunca tenidos en cuenta para cosas importantes pero siempre presentes a la hora de realizar trabajos duros, trabajos mal pagados, a la hora de enriquecer de alguna forma a los demás recibiendo a cambio unas migajas para “por lo menos comer algo”… Cuantas veces hemos oido en Melilla aquello de “por lo menos comen algo”
Muchas familias se concentran en Melilla en barrios marginales, viviendo en infraviviendas, en un estado de necesidad absoluta y universal ¡dicho así para acabar pronto!

Vecinos nuestros y con un arraigo de 10, 20, 30 años… de toda la vida… Trabajando en lo que nadie quiere hacer, viviendo en donde nadie quiere vivir, comiendo lo que nadie quiere comer. Sin documentación, sin sanidad, sin colegio para sus hijos, sin vacunas para los niños, sin…. Sin todo.

A pesar de ello no dejan de ser nuestros vecinos y muchas veces con más tiempo de estancia en la ciudad que sus “señoritos” ¡Por tanto! Debe de reconocerse su presencia en la ciudad, normalizar su situación, darles la documentación que les corresponda a cada uno.

Ni Marruecos ni España deben jugar con esas familias que residen en Melilla aunque nunca se les haya dado documentación por el estado de racismo y segregación que se ha vivido hasta ahora. Nadie debe de ser expulsado del país donde vive, ni debe ser admitido en otro país en el que no reside si no hay más motivo que la limpieza por el origen nacional del presunto expulsado.

Regularizar a las familias en su casa, el trabajo, el colegio y la sanidad de sus miembros debe de ser la primera medida a tomar antes de cualquier otra que se tome para normalizar el transito fronterizo

A varias familias de Melilla se les ha iniciado un proceso de expulsión tras haber logrado escolarizar a sus hijos. Muchas familias presas de pánico han solicitado asilo y se han marchado a la península. Otras al estar la frontera cerrada han aguantado al ver la imposibilidad de ser expulsadas, pero ahora, con la inminente apertura de la frontera son presas del pánico.

España y Marruecos deben estar a la altura por una vez y recordar a ese “colectivo de hombres y mujeres nunca tenidos en cuenta para cosas importantes” Que España anule las ordenes de expulsión en su caso. Que se regularice a las familias residentes efectivas en la ciudad. Que Marruecos se niegue a admitirlos si fuera necesario.

domingo, 10 de abril de 2022

Un héroe (Irán, 2020) de Asghar Farhadi.

El complejo camino de la fidelidad a la conciencia.

Lo mejor: Su honda preocupación moral.
Lo peor: que por no ser cine comercial, pase desapercibida.


Viendo la última película del director iraní Asghar Farhadi me acordaba de aquellas películas entrañables de Frank Capra (¡Qué bello es vivir!, Caballero sin espada) donde también aparecían unos héroes a los que después de muchos vicisitudes y problemas se premiaba su heroísmo con un final feliz de película típicamente americano. En esta película, no es así: los tiempos han cambiado y ahora los héroes lo tienen muy crudo y difícil. No sé si por eso carecemos, hoy día y en nuestra sociedad, de verdaderos líderes o héroes que nos muevan a construir un mundo mejor. Y es difícil no solo por la ausencia de éstos sino porque la misma sociedad se ha tornado escéptica, incrédula. Los mismos medios de comunicación no son ajenos a esto.

”Un héroe” es una película dirigida por el director persa Asghar Farhadi, uno de los grandes directores contemporáneos importantes en el panorama actual del cine de autor. Tiene en su haber películas de gran éxito y resonancia como son la oscarizada “Nadar y Simin, una separación”, ”El viajante”, “A propósito de Ely“ ,”La vida de los demás”(¡rodada en España!). Su cine siempre enfoca asuntos tan actuales e importantes como pueden ser el divorcio, la obsesión y el engaño, el aborto. Ahora este su último filme nos coloca ante el nudo gordiano de qué es la verdad o la mentira y si la bondad o la maldad dependen o están a merced de lo que diga la sociedad y los medios de comunicación. El protagonista, Shiraz, ha sido encarcelado por no poder pagar una deuda que contrajo para hacer un negocio que fracasó y le dan un permiso de dos días que él emplea para poder convencer a su avalista que retire la denuncia y así poder devolverle, trabajando, el dinero que le debe. La casualidad hace que se encuentre un sobre con ocho monedas de oro pero, en vez de emplearlas para pagar su deuda, decide devolverlas a su dueña. Este hecho le convierte en un héroe casi popular, aupado por la televisión y las redes sociales. Pero pronto, prejuicios familiares y obstáculos burocráticos volverán todas las expectativas creadas contra él.

La exaltación de la bondad y recta conciencia del protagonista se quiebran por los errores naturales y lógicos que éste comete y se ven a la mitad del largometraje arruinadas por las trabas burocráticas (un tema repetido en las películas de este cineasta) y por zancadillas que su propia familia realiza. Muy arduo y muy cuesta arriba es el camino del seguimiento de lo que su propia conciencia le dicta.

¿Quién es bueno y quién es malo en esta sociedad en la que vivimos?, ¿Es importante seguir el dictado de la conciencia hasta el final?, ¿quien marca el baremo de lo que es correcto y lo que es heroico?, ¿se puede distinguir entre la verdad y la mentira a través de las redes sociales?… Magníficamente interpretada, con unos diálogos naturales y densos, “Un héroe” es una película sumamente interesante y que incita un verdadero un debate sobre la moralidad del ser humano.

Ahora más que nunca: ser fiel a la conciencia.


Jose Luis Barrera Calahorro 15 de marzo de 2022

Margarita Mediavilla: NO NORMAL